Capítulo: Comiendo de mi mano

1936 Palabras
El ambiente en el penthouse se cargó de una electricidad peligrosa cuando el teléfono de Sondra vibró con un mensaje de texto que la hizo saltar del sofá: "Acabo de aterrizar, mi vida. Ponte más hermosa de lo que ya eres; paso por ti en dos horas para cenar. Te extrañé demasiado. — L." ​Sondra sintió un frío recorrerle la espalda mientras miraba el anillo de plata de Jacob en su dedo. El "papacito" estaba de vuelta y la tregua con el "novio" se volvía una carrera contra el reloj. ​—¡Dina! ¡Dina, vení por favor! —gritó Sondra corriendo hacia su habitación—. Leandro ya llegó. Escuchame bien, mija: si Jacob llega a aparecer por aquí, le decís que me dio una migraña horrible, que me tomé unos analgésicos fuertes y que me quedé perdidamente dormida, que no me despierte por nada del mundo. ¡Me hacés el favor! ​Dina, mordiendo una arepa, la miró con los ojos muy abiertos. —¡Ave María, Sondra! Vos estás jugando con dinamita. Pero hágale, yo le tapo la vuelta. Metase a arreglar pues, que ese señor no espera. ​Sondra se encerró en el baño, transformándose. Guardó su faceta de novia juvenil y emergió como una diosa de alta sociedad, con un vestido n***o ajustado y el perfume que Leandro adoraba. Cuando el lujoso sedán n***o de Leandro se detuvo frente al edificio, ella bajó con el corazón a mil. ​La cena fue un despliegue de opulencia. Leandro la recibió con un ramo de orquídeas y un beso que sabía a posesión. En el restaurante, entre copas de vino y caricias bajo la mesa, Leandro se veía radiante. ​—No te imaginas la felicidad que tengo, Sondra —dijo él, tomándole la mano—. Mi hijo finalmente recapacitó. Va a tomar un puesto directivo en el Imperio el lunes. Por fin ese muchacho va a dejar de ser un rebelde y se convertirá en el hombre que la familia necesita. ​Sondra sonrió, ocultando el temblor de sus labios. —Es lo mejor para todos, Leandro. Me hace muy feliz saber que tu corazón está en paz con él —dijo ella, acercándose para darle un beso corto y tierno. ​Pero al separarse, la mirada de águila de Leandro cayó sobre la mano izquierda de Sondra. Sus cejas se juntaron con desaprobación al ver la sencilla banda de plata con la piedrita azul. ​—¿Y esta cosa, Sondra? —preguntó Leandro, tomando su mano con cierta brusquedad—. ¿Por qué usas esta baratija en lugar del diamante que te di? Sabes que me gusta que luzcas solo lo mejor. ​Sondra sintió que el aire se le escapaba, pero su instinto de supervivencia fue más rápido. Se acarició el anillo de plata con fingida nostalgia. —Es que... es de mi madre, Leandro. Me lo dio antes de venirme para acá. Es un recuerdo familiar, me hace sentir que ella está cerca de mí en los momentos importantes. ​La expresión de Leandro se suavizó al instante. La devoción de Sondra por su "familia" era algo que él admiraba profundamente. —Perdóname, amor. No lo sabía. De hecho, eso me recuerda que quiero conocer a tu madre y a tu hermana. Me encantaría viajar contigo a Colombia pronto para que me las presentes formalmente. ​—¡Encantada te llevaría, papacito! —exclamó ella, sintiendo que ganaba tiempo—. Ellas te van a adorar tanto como yo. ​Al final de la noche, Leandro la dejó en la puerta de su edificio. Antes de que ella bajara, él le entregó una tarjeta de crédito negra, sin límite. —El lunes no te quiero en la oficina. Tómate el día para comprar toda la ropa y las cosas que necesites. Nos vamos a París el lunes por la noche en el jet privado. Es hora de que el mundo sepa quién es la mujer que me tiene loco. ​Sondra, eufórica, se le colgó del cuello, rodeándole la cintura con las piernas mientras él la cargaba entre risas en la penumbra del auto. —¡Me haces sentir tan amada, Leandro! —exclamó ella con los ojos brillantes. —Y tú me haces sentir vivo, amor. Como si tuviera veinte años otra vez —respondió él antes de despedirla con un beso apasionado. ​Sondra subió por el ascensor privado sintiéndose la dueña del mundo. Al entrar al penthouse, Dina la esperaba con cara de pocos amigos. —Llegaste... Jacob estuvo aquí buscándote como un loco. Le dije lo que me mandaste, que estabas "noqueada" por las pastillas. Se fue todo triste, el pobre. ​Sondra no la escuchó. Sacó la tarjeta de crédito negra y la hizo brillar bajo las luces de la sala. —¡Dina, mira! —gritó—. ¡Vuelo privado a París el lunes! ¡Tarjeta sin límite! ​Las dos amigas gritaron de emoción, saltando en la mitad de la sala, pero Dina volvió a la carga rápidamente. —Oíste, mija... aprovechá ese viaje y dejá a Jacob de una vez. Eso ya es mucha presión, ¡te va a dar un patatús! ​Sondra tomó un sorbo de agua, recuperando el aliento, con una sonrisa triunfal. —No, Dina. A mi regreso de París le digo. Estoy segura de que Leandro me va a pedir matrimonio en la Torre Eiffel. Cuando regrese como la futura señora Lotario, ya tendré el poder para manejarlo todo. Por ahora, dejame disfrutar El lunes por la mañana, el edificio del Imperio Lotario vibraba con una energía diferente. Leandro llegó temprano, con un traje gris marengo impecable y un aire de triunfo que contagiaba a todo el personal. Cruzó el vestíbulo con paso firme, saludando a los jefes de seguridad. ​—¿Ya llegó mi hijo? —preguntó Leandro en la recepción de la planta ejecutiva. —Aún no, señor Lotario —respondió la secretaria, ajustándose las gafas con nerviosismo. ​Quince minutos después, las puertas del ascensor se abrieron y el tiempo pareció detenerse. Jacob entró al piso 40 luciendo una elegancia natural que no necesitaba de protocolos. Vestía un traje entallado que resaltaba su juventud y esa mandíbula firme que era el sello de los Lotario. Las secretarias y asistentes cuchicheaban a su paso; el heredero, el chico rebelde que solía huir de las juntas, estaba de vuelta, y se veía más guapo y decidido que nunca. ​Leandro salió de su despacho y, al verlo, no pudo contenerse. Rodeó a Jacob con un abrazo protector y lleno de orgullo. ​—Gracias por esto, hijo —susurró Leandro con la voz ligeramente quebrada. —Gracias a ti, papá, por la oportunidad —respondió Jacob, separándose con una sonrisa—. Pero dime... ¿qué te hizo cambiar de opinión tan de repente? ​Caminaron hacia la oficina privada, un búnker de cristal y madera fina. Jacob se sentó frente al gran escritorio y continuó: —Es que conocí a la mujer de mis sueños, papá. Por primera vez en mi vida, quiero tener algo sólido que ofrecerle. Ella es... diferente. Me hace querer ser mejor hombre. ​Leandro se echó hacia atrás en su sillón de piel, conmovido. —Eso me encanta, Jacob. Que veas por tu futuro es lo único que siempre quise. Y obvio, ¡espero muchos nietos! —dijo entre risas. ​Luego, el magnate bajó la voz, compartiendo una confidencia de hombre a hombre. —Sabes... yo también estoy enamorado, hijo. De una mujer extraordinaria. ​Jacob, recordando lo que creía saber, sonrió para sus adentros pensando en Dina. —¿Ah, sí? ¿Y cómo es ella? —preguntó, curioso por ver cómo su padre describía a la mujer que, según él, lo estaba "desplumando". ​—Es única —dijo Leandro con la mirada perdida en el ventanal—. Es hermosa, inteligente y tiene una luz que no he visto en nadie más. Sí, nos llevamos una diferencia de edad grande, pero ella es todo lo que busco en una compañera. Es el motor de mis días ahora. ​—¿Tan en serio vas, papá? —preguntó Jacob, sorprendido por la intensidad de las palabras de su padre. ​—Tan en serio que hoy mismo salimos de viaje. Por eso, hijo, te dejo los proyectos clave en tus manos. A mi regreso de París, quiero que la conozcas. Es maravillosa y estoy seguro de que será la pieza que complete esta familia. ​Jacob sonrió, divertido por la ironía. —Ya lo creo, papá. Ya lo creo. ​Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Sondra vivía un frenesí de lujo. Acompañada de Dina, recorría las boutiques más exclusivas. La tarjeta de crédito negra de Leandro no dejaba de pasar por los lectores: zapatos de suela roja, vestidos de seda que se sentían como agua, joyas discretas pero carísimas y lencería de encaje francés que gritaba "pecado". ​—¡Mija, esto es el paraíso! —gritaba Dina mientras cargaba cinco bolsas de marcas de diseñador. ​En ese momento, el celular de Sondra sonó. Era Leandro. —Amor, está todo listo. El jet privado nos espera. Paso por ti en tres horas. ​—¡Ansió ya la hora, Leandro! Te espero lista —respondió ella, cerrando la llamada con una sonrisa de victoria. ​Sin embargo, al llegar al departamento para terminar de empacar, el mundo real volvió a llamar. El celular volvió a sonar, pero esta vez era Jacob. Sondra entró en pánico; entre tanta compra y emoción, había olvidado por completo inventar una excusa para el "novio". Faltaban menos de dos horas para que Leandro llegara. ​—¡Nena! —dijo Jacob al otro lado de la línea—. Tengo las mejores noticias del trabajo. Quiero verte ya, necesito besarte para celebrar. ​Sondra miró las maletas abiertas y a Dina que le hacía señas de urgencia. —¡Jacob, mi amor! No vas a creerlo... me iba a llamar justo ahora. Es mi mamá... se puso muy mal en Medellín. Dina recibió la llamada hace poco y estoy viajando a Colombia de emergencia ahora mismo. ​—¿Qué? ¡Nena, no puede ser! —la voz de Jacob se llenó de angustia—. ¿Necesitas dinero? Te transfiero ahora mismo lo que quieras. ​—No, no, amor. Dina me prestó de lo que tiene del novio, ya tengo todo resuelto —mintió Sondra, sintiéndose el ser más despreciable del mundo. ​—Voy para allá —sentenció Jacob—. Puedo decirle a mi papá que no puedo hacerme cargo hoy y me voy contigo a Colombia. No te voy a dejar sola en esto. ​—¡No! —gritó Sondra, casi tirando el teléfono—. ¡No, Jacob! Ya estoy por abordar, el vuelo sale ya. No puedes dejar tu primer día en la empresa, harías quedar mal a tu padre. Yo te llamo en cuanto pueda, lo prometo. Te amo. ​Colgó sin darle tiempo a replicar. Jacob se quedó en su nueva oficina, mirando el teléfono con preocupación, sintiéndose impotente. ​Mientras tanto, Sondra se terminaba de ajustar un abrigo de cachemira, cerraba su maleta y bajaba al encuentro de Leandro. Minutos después, ambos subían al jet privado. Mientras el avión despegaba hacia las luces de París, Sondra miraba por la ventanilla, dejando atrás a un Jacob preocupado y a una mentira que, tarde o temprano, cruzaría el océano para alcanzarla.
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