Capítulo: El destino se cierra cada vez más

1380 Palabras
El sol de la tarde comenzaba a teñir el cielo de un naranja encendido, fundiéndose con el azul profundo del mar en el horizonte. Sondra y Jacob caminaban por la orilla, dejando que la espuma blanca de las olas acariciara sus pies descalzos. Había una paz inusual en el ambiente, un silencio roto solo por el grito de las gaviotas y el susurro rítmico del océano. Por un momento, el mundo de cristal del Imperio Lotario, las mentiras de Dina y la sombra de Leandro en Italia parecieron disolverse en la salitre. ​Sondra sentía la mano de Jacob entrelazada con la suya, fuerte y protectora. Lo miró de reojo; él se veía más joven que nunca, con el cabello alborotado por la brisa y una luz de pureza en los ojos que ella no veía en el mundo de los negocios. En ese instante, ella no era la ejecutiva ambiciosa ni la mujer dividida; era solo una chica enamorada de la libertad que Jacob representaba. ​De repente, Jacob se detuvo en seco. Se soltó de su mano y, con una solemnidad que le erizó la piel a Sondra, se arrodilló sobre la arena mojada. ​El corazón de Sondra dio un vuelco violento. Se le cortó la respiración y sintió que la sangre se le congelaba en las venas. «No puede ser... ¡No ahora! ¡No él!», pensó con pánico. En su mente brilló la imagen de Leandro, el anillo de diamantes oculto en su bolso y la promesa de París. Si Jacob le pedía matrimonio en ese momento, el castillo de naipes se derrumbaría sin remedio. ​Jacob metió la mano en el bolsillo de su pantalón corto y sacó una pequeña caja de madera. Al abrirla, reveló un anillo sencillo, una banda de plata delgada con una piedra pequeña y azul que brillaba como el agua del mar. ​—Sondra, nena... —comenzó él, con la voz cargada de una emoción genuina que lo hacía temblar—. Nunca te lo pregunté formalmente porque todo fue tan rápido, tan loco... pero ahora que recuperé mi vida, quiero hacer las cosas bien contigo. ​Sondra lo miraba con los ojos muy abiertos, esperando el golpe final. ​—¿Quieres ser mi novia? —preguntó él con una sonrisa llena de esperanza. ​El alivio que recorrió el cuerpo de Sondra fue tan intenso que casi la hace flaquear de las piernas. No era una propuesta de matrimonio, no era un compromiso legal que chocara frontalmente con Leandro; era una declaración de amor joven, una etiqueta que ella podía manejar. La tensión abandonó su pecho y fue reemplazada por una ternura desbordante. ​Sonriendo con una alegría real, Sondra se dejó caer sobre sus rodillas frente a él, sin importarle que el agua empezara a empapar su vestido. ​—Sí, Jacob... claro que quiero ser tu novia —susurró ella, rodeándole el cuello con los brazos. ​Jacob deslizó el anillo de plata en su dedo anular izquierdo, justo donde Leandro planeaba poner su propia marca de propiedad. En ese momento, a Sondra no le importó la contradicción. Se lanzaron el uno al otro en un beso hambriento, lleno de sal y de promesas. ​Justo cuando el beso se volvía más profundo, una ola más grande de lo normal rompió contra ellos con fuerza, volcándolos por completo sobre la arena. Los dos terminaron empapados, revolcándose entre la espuma y la risa. Jacob la abrazó mientras el agua los cubría, riendo a carcajadas, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo por haber "conquistado" el corazón de la mujer que, sin que él lo supiera, ya le pertenecía a su padre en un contrato de oro. ​Sondra reía con él, gritando de emoción mientras el agua fría les golpeaba la piel, pero en el fondo de su mente, una pequeña voz le recordaba que los juegos en la orilla del mar siempre terminan cuando la marea sube demasiado. Jacob se encontraba en la terraza de un exclusivo club privado, donde el sol de la tarde golpeaba los cristales de los rascacielos. Frente a él, su mejor amigo de toda la vida, Mateo, lo observaba con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Hacía semanas que no veía a Jacob con ese brillo en los ojos, una mezcla de madurez y una paz que el dinero nunca le había dado. ​—Hermano, te lo digo en serio —dijo Jacob, dándole un sorbo a su trago pero sin despegar la vista del horizonte—. Estoy perdido por ella. Sondra no es como ninguna de las mujeres que hemos conocido en este círculo. No hay rastro de interés, ni de pretensiones. ​Mateo se inclinó hacia adelante, intrigado. —¿Y qué es lo que la hace tan especial, además de que te tiene como un adolescente? ​Jacob bajó la voz, con un respeto que Mateo nunca le había escuchado hacia ninguna mujer. —Es todo, Mateo. Pero hay algo que me voló la cabeza: ella era virgen cuando estuvimos juntos. En este mundo de apariencias y de relaciones desechables, encontrar a alguien que se entregue así, con esa pureza y esa verdad... me hizo sentir que tengo una responsabilidad enorme. No puedo fallarle. Es la mujer de mis sueños, hombre. ​Mateo soltó un silbido bajo y asintió con seriedad. —Oye, Jacob... eso no se encuentra todos los días. Mujeres así son una joya en extinción. Si ella te entregó eso, es porque ve en ti algo que ni tú mismo has visto. Si de verdad la quieres, tienes que estar a la altura. No puedes seguir siendo el "hijo rebelde" que vive de las sobras de la herencia. ​Jacob asintió, apretando el vaso con fuerza. —Eso es exactamente lo que he estado pensando. Quiero empezar a construir mi propio patrimonio. Quiero ofrecerle algo que sea mío, no de mi padre. Ella merece lo mejor del mundo: una casa que yo compre, lujos que yo gane. Quiero que se sienta orgullosa de decir que es mi novia. ​Mateo sonrió y le dio un golpe amistoso en el hombro. —Entonces, dejate de tonterías, hermano. Deja de evadir tu destino. Tienes el apellido, tienes la inteligencia y tienes el mejor maestro del país viviendo en tu propia casa. Deja de pelear con Leandro. Vuélvete el gran empresario que naciste para ser y toma lo que es tuyo. Entra al Imperio, aprende los trucos del viejo y construye tu propio reino desde ahí. ​Jacob se quedó pensativo un momento. La idea de volver al Imperio Lotario ya no le parecía una derrota, sino el primer paso hacia su futuro con Sondra. Por ella, estaba dispuesto a estrechar la mano del hombre que más lo había presionado. ​—Tienes razón —dijo Jacob con una determinación eléctrica en la mirada—. Es hora de madurar. ​Sin pensarlo dos veces, sacó su teléfono y buscó el número de su padre. Al otro lado de la línea, en Italia, el teléfono de Leandro sonó tres veces antes de que la voz profunda del magnate respondiera. ​—¿Jacob? —preguntó Leandro, sorprendido por la llamada en mitad de su jornada. ​—Papá... —dijo Jacob, con una voz firme y segura—. He estado pensando en lo que me dijiste. Tienes razón. Quiero dejar de jugar. En cuanto vuelvas de Italia, quiero que me des un lugar en la empresa. Quiero trabajar, quiero aprender y quiero empezar a construir mi propio camino a tu lado. ​Al otro lado, Leandro sintió que el pecho se le inflaba de un orgullo que no sentía en años. No sabía que el motor detrás de ese cambio era la misma mujer que él planeaba desposar, pero la noticia fue el mejor regalo de su viaje. ​—Es lo mejor que he escuchado en mucho tiempo, hijo —respondió Leandro, emocionado—. Te espero el lunes en la oficina principal. Vamos a hacer grandes cosas juntos. ​Jacob colgó con una sonrisa de victoria, sin saber que al aceptar entrar al Imperio Lotario, estaba caminando directo hacia el despacho donde su novia trabajaba como la favorita de su padre.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR