Capítulo: La vida quita y enreda

1471 Palabras
El lunes en el piso 40 no fue un martes cualquiera; fue el día en que los cimientos de la Constructora Lotario se sacudieron. A primera hora, Leandro convocó a una reunión general en el vestíbulo principal. Vestido con un traje gris marengo que le daba un aire de poder absoluto, tomó el micrófono y, con una mano posesiva en la cintura de Sondra, hizo el anuncio. ​—Damas y caballeros, quiero anunciar oficialmente que la señorita Sondra Gilbert asume desde hoy el cargo de Ejecutiva Senior de Finanzas. Su capacidad y visión han demostrado que es la pieza que este imperio necesitaba. —Hizo una pausa, y su mirada se volvió intensa mientras la acercaba más a él—. Pero además, quiero compartir con ustedes mi felicidad personal: Sondra no es solo mi mano derecha en los negocios, es también mi pareja. ​Un murmullo ensordecedor recorrió la sala. Hubo aplausos, por supuesto, pero en cuanto Leandro y Sondra se retiraron hacia los ascensores, el aire se llenó de veneno. Entre los pasillos y las máquinas de café, las lenguas bífidas empezaron a trabajar: «¿Finanzas? ¿Con qué títulos?», «Ya sabemos cómo se ganan los ascensos en el piso 40», «Pobre Leandro, tan inteligente para los negocios y tan ciego para ver que esa niña lo enredó por la billetera». ​Sondra caminaba con la cabeza alta, pero sentía el peso del diamante en su dedo y las miradas clavadas en su espalda como dagas. Al entrar en la suite presidencial, la calma se rompió por otro motivo. ​—¡¿Cómo que no vas a venir?! —El grito de Leandro resonó a través de las paredes de cristal. Estaba al teléfono, con el rostro enrojecido y la vena del cuello a punto de estallar. ​Jacob lo había dejado plantado de nuevo. No solo faltó a la asamblea, sino que ahora se negaba a asistir a una cena de gala para inversionistas. La discusión fue feroz. Leandro le recriminaba su falta de hombría, su vagancia y cómo despilfarraba el apellido Lotario, mientras que los gritos de Jacob al otro lado —aunque ininteligibles para Sondra— hacían que Leandro golpeara el escritorio con el puño. ​Al colgar, Leandro se desplomó en su silla, cubriéndose los ojos. Sondra, con el corazón encogido, se acercó lentamente. Se colocó detrás de él y comenzó a masajear sus hombros tensos. ​—Leandro, tranquilo... —susurró con voz dulce—. Tu hijo es joven, está buscando su camino. No dejes que esto te nuble el día. Eres el hombre más fuerte que conozco, no permitas que una rabieta te quite la paz. Yo estoy aquí contigo. ​Leandro tomó las manos de Sondra y las besó, suspirando. Su tacto lo calmaba, pero la herida del rechazo de su hijo seguía abierta. —No sé qué haría sin ti, Sondra. Eres la única luz en este edificio. ​Cuando Sondra finalmente pudo retirarse a su nueva y lujosa oficina —un espacio amplio con ventanales al horizonte y muebles de diseño—, lo primero que hizo fue cerrar la puerta con seguro. Su pecho subía y bajaba. Sacó el celular y escribió a Jacob: «Gracias por las flores de anoche, fueron el detalle más lindo. Siento mucho que no pudieras vernos, te extraño. ¿Podemos vernos hoy?» ​Pasó una hora. Dos. Cinco. El mensaje aparecía como "leído", pero Jacob no respondía. La angustia empezó a corroer a Sondra. ¿Acaso él se había arrepentido? ¿O quizá el "asunto familiar" del que hablaba era más grave de lo que ella pensaba? ​Al terminar el día, Leandro la esperaba en la puerta con el rostro sombrío. El trayecto a casa en la limusina fue silencioso hasta que llegaron al departamento de Sondra. ​—Esto se acabó, Sondra —dijo Leandro con una firmeza gélida—. No puedo permitir que mi propio hijo me falte al respeto de esta manera, y menos ahora que tú estás en mi vida de forma oficial. Mañana voy a buscarlo a donde sea que se esté escondiendo. Voy a arreglar sus caprichos de una vez por todas. O se alinea con este imperio, o lo desheredo. ​Sondra asintió, tratando de ocultar su miedo. Leandro la besó con una fuerza protectora antes de dejarla bajar. Ella subió las escaleras sintiendo que una tormenta se avecinaba. Jacob no le hablaba y Leandro estaba en pie de guerra contra su propio hijo. La colisión entre los dos hombres de su vida era inminente, y ella era el epicentro de la explosión. El aire en el penthouse de Jacob era irrespirable, cargado de una tensión eléctrica que amenazaba con hacer estallar los ventanales. Leandro entró como un huracán, su presencia imponente llenando cada rincón del espacio que él mismo pagaba. Jacob, de pie frente a él con una botella de agua en la mano, no retrocedió ni un milímetro. La genética era innegable: la misma mandíbula fuerte, la misma mirada desafiante, pero en versiones de épocas distintas. ​—¡Ya basta de juegos, Jacob! —rugió Leandro, su voz golpeando como un mazo—. ¡Te di una oportunidad de oro hoy y me escupiste en la cara! No eres un adolescente perdido, eres un Lotario, y es hora de que te comportes como tal. ​—¡Ese es tu problema, papá! —gritó Jacob, lanzando la botella sobre la mesa de diseño—. ¡Que para ti solo soy un apellido! No quiero tu imperio, no quiero tus juntas aburridas de viejos ambiciosos. Tengo mis propios negocios, mis inversiones digitales... no ocupo ni un centavo de tu maldito dinero. ​Leandro soltó una carcajada amarga, llena de veneno. —¿Ah, sí? ¿No ocupas nada? Pues empecemos por la realidad. Este departamento es mío. Ese auto que manejas es mío. La ropa que llevas puesta la pagó mi firma. Si eres tan independiente, demuéstralo ahora mismo. ​Leandro extendió la mano, con la palma hacia arriba y los ojos inyectados en sangre. —Dame las llaves. Ahora. Estás desheredado. A partir de este segundo, no tienes padre ni fortuna. Lárgate de mi propiedad. ​El silencio que siguió fue sepulcral. Jacob apretó los dientes, sacó el llavero de su bolsillo y lo lanzó con desprecio hacia el pecho de su padre. —Quédatelo todo, Leandro. Prefiero dormir en la arena que seguir siendo un títere de tu ego. ​Jacob tomó una chaqueta de cuero y salió de un portazo que hizo vibrar los cimientos del edificio, dejando a Leandro solo en la inmensidad del lujo vacío. ​Esa tarde, el piso 40 era un cementerio de silencio. Sondra miraba el reloj cada cinco minutos. Leandro no había llegado, no había llamado, y la oficina de presidencia permanecía cerrada. Ella le marcó tres veces, pero el teléfono siempre la enviaba directamente al buzón de voz. La angustia le apretaba el pecho; temía que la discusión con su hijo hubiera terminado en algo peor. ​De pronto, su celular personal vibró sobre el escritorio. Su corazón dio un vuelco al ver el nombre: Jacob. ​—¿Hola? —respondió ella en un susurro, escondiéndose tras su pantalla. ​—Sondra... perdóname por desaparecer —la voz de Jacob sonaba cansada, pero extrañamente libre—. Mi asunto familiar... creció para mal. Mucho peor de lo que imaginé. Perdí muchas cosas hoy, pero no quiero perderte a ti. Necesito verte. Por favor. ​—Jacob, estoy trabajando, pero... sí. Dime dónde y voy en cuanto salga —respondió ella, sintiendo que su lealtad se fragmentaba una vez más. ​Mientras tanto, lejos del ruido de la ciudad y de la furia de su hijo, Leandro se encontraba en un lugar que era su único refugio de paz. El cementerio privado de los Lotario era un jardín de mármol blanco y cipreses. Leandro se arrodilló frente a la tumba de su difunta esposa, depositando un ramo de rosas blancas sobre la piedra fría. ​—Elena... no sé qué hacer con él —susurró con la voz quebrada, dejando caer su máscara de hierro—. Es igual a ti: apasionado, testarudo, libre. He intentado protegerlo, pero solo he logrado que me odie. He encontrado a una mujer, Elena... Sondra. Ella me da la paz que perdí cuando te fuiste, pero hoy siento que el mundo se me escapa de las manos. Ayúdame a encontrar el camino. ​Leandro cerró los ojos, buscando una respuesta en el silencio de las tumbas, mientras en la ciudad, Sondra se preparaba para encontrarse con Jacob, sin saber que el hombre que acababa de ser "desterrado" por su prometido era el mismo que la hacía sentir fuego en las venas.
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