El lugar elegido por Leandro no era simplemente un restaurante; era un santuario de exclusividad situado en la azotea de un edificio histórico, con una vista de 360 grados sobre la ciudad iluminada. Al llegar, el personal se detuvo como si entrara la realeza. No hubo necesidad de dar un nombre; el "Señor Lotario" era la llave que abría todas las puertas.
Leandro guio a Sondra hacia una mesa apartada, rodeada de orquídeas blancas y cristalería que brillaba bajo la luz de las velas. En cuanto se sentaron, él tomó su mano y la besó con una parsimonia que hizo que el vello de los brazos de Sondra se erizara.
—Estás absolutamente deslumbrante, Sondra —dijo él, su voz vibrando con una profundidad que llenaba el espacio entre ambos—. El n***o resalta esa piel de porcelana que tienes. Esta noche no celebramos solo un ascenso, celebramos que finalmente estás donde perteneces: a mi lado.
Sondra lo observaba, casi hipnotizada. Leandro emanaba una seguridad que resultaba embriagadora. Lo veía interactuar con el sommelier, ordenando un vino que probablemente costaba más que la renta de su departamento de seis meses, con una naturalidad que denotaba décadas de poder. Era imponente, fuerte y, a sus 45 años, poseía una apostura madura que era imposible de ignorar. Su mandíbula firme, el ajuste perfecto de su traje de seda y la forma en que sus ojos grises la devoraban con una mezcla de protección y deseo la hacían sentir pequeña, pero intensamente cuidada.
En medio de la cena, Leandro sacó una pequeña caja de terciopelo azul de su bolsillo y la deslizó por el mantel.
—Es un presente, Sondra. No es un compromiso formal, no quiero asustarte —dijo con una sonrisa gentil mientras le acariciaba el cabello, apartando un mechón detrás de su oreja con una delicadeza que contrastaba con su imagen de hierro—. Consideralo un símbolo de este nuevo capítulo. Un adorno para la mujer más brillante que he conocido.
Sondra abrió la caja y ahogó un suspiro. Era un anillo de oro blanco con un diamante solitario que capturaba cada destello de las velas. Era exquisito, fino y, sobre todo, abrumador.
—Leandro, es... es demasiado —susurró ella, admirando la joya.
—Nada es demasiado para ti —respondió él, tomándole la mano para deslizar el anillo en su dedo—. Me encanta verte así, rodeada de lo mejor, porque tú eres lo mejor.
Por un momento, Sondra se sintió flotar. La admiración que sentía por Leandro era real; admiraba su sabiduría, su control absoluto sobre cada detalle de su vida y la forma en que, con un solo gesto, resolvía cualquier problema. Era maravilloso sentirse la elegida del rey. Sin embargo, en el punto más alto de esa euforia, cuando Leandro se inclinó para besarla suavemente en los labios, el recuerdo de Jacob la golpeó como un impacto físico.
De repente, la imagen de la arena fría bajo sus pies descalzos, la risa rebelde de Jacob y la sensación de su cuerpo joven y salvaje sobre el de ella inundó su mente. La seguridad de Leandro era un refugio, pero el recuerdo de Jacob era una tormenta que la hacía sentir viva de una manera peligrosa. Mientras Leandro le hablaba con orgullo sobre los nuevos proyectos, Sondra sentía el peso del anillo en su dedo como un ancla que la anclaba a una realidad de seda, mientras su corazón seguía perdido en la libertad que Jacob le había mostrado.
Se sintió como una impostora. Estaba cenando con el hombre que le daba todo, mientras el rastro del hijo de ese mismo hombre seguía quemando en su piel.
—¿Sucedió algo, querida? Te has quedado callada —preguntó Leandro, notando el cambio en su semblante, mientras su mano recorría su mejilla con posesividad.
—No, nada... —mintió ella con una sonrisa forzada—. Es solo que todo esto parece un sueño.
—No es un sueño, Sondra. Es tu nueva vida —sentenció él, alzando su copa de cristal para brindar.
Sondra brindó, pero sus ojos buscaron discretamente su celular en el bolso, deseando y temiendo al mismo tiempo encontrar una señal de aquel chico que le había prometido fuego y que ahora, irónicamente, era el causante del "problema mayor" que Leandro mencionaba con tanto desdén.
Mientras el lujo y la orquesta suave envolvían a Sondra en la azotea, la realidad en la calle era muy distinta. Cerca de las diez de la noche, el motor rugiente del auto deportivo de Jacob se detuvo frente al modesto edificio de Sondra. Él bajó con urgencia, llevando consigo un ramo de flores silvestres, despeinado y con la mirada cargada de una culpa que no podía explicar por mensaje.
Subió las escaleras de dos en dos y llamó a la puerta. Fue Dina quien abrió, sorprendida al ver al "chico de la playa" en persona.
—¿Sondra? —preguntó él, casi sin aliento.
—No está, Jacob —respondió Dina, apoyándose en el marco de la puerta, evaluándolo de arriba abajo. Tenía que admitir que el chico era un imán de testosterona—. Salió a atender unos asuntos importantes. Muy importantes.
Jacob frunció el ceño, sintiendo una punzada de celos que no supo procesar. Miró el reloj; eran casi las once.
—¿Va a tardar? Puedo esperarla si no te importa.
—No creo que llegue pronto, galán —dijo Dina con una pizca de malicia, sabiendo que su amiga estaba en un banquete con un diamante en el dedo—. Si quieres, deja lo que traigas y yo se lo entrego.
Jacob suspiró, derrotado. Le entregó las flores a Dina con un gesto de frustración.
—Dile que lo siento. Que el "asunto" fue algo que no pude evitar. Yo le llamo después.
Se dio la vuelta y bajó las escaleras con el corazón pesado. Apenas unos minutos después de que el auto de Jacob desapareciera por la esquina, una limusina negra, larga y silenciosa como una pantera, se estacionó exactamente en el mismo lugar.
Leandro bajó primero. Con una elegancia natural, rodeó el vehículo y abrió la puerta para Sondra, extendiéndole la mano con una devoción absoluta. Ella bajó, sintiéndose como una princesa de un cuento que no terminaba de entender. El aire fresco de la noche agitó su vestido de encaje mientras Leandro, imponente bajo la luz de las farolas, la atraía hacia su pecho.
Él miró el edificio viejo, las paredes descascaradas y la calle estrecha, y una sonrisa de suficiencia apareció en su rostro.
—Esto también va a cambiar pronto, cariño —le susurró al oído, su voz resonando con la autoridad de un rey—. Dame unos días. Voy a mover unas fichas para que tú y tu familia vivan donde realmente merecen. No quiero que pases ni una noche más aquí.
Sondra lo miró, abrumada por la magnitud de su protección. Leandro la tomó de la cintura y la besó. Fue un beso largo, profundo, con sabor a vino caro y a una estabilidad que ella siempre había añorado. El beso le movió el suelo, porque Leandro era un hombre que cualquier mujer soñaría con tener: guapo, poderoso y locamente enamorado de ella. Pero, muy en el fondo, ese beso no tenía la chispa eléctrica y salvaje que Jacob le encendía con solo mirarla.
—Descansa, mi vida. Mañana nos vemos en la oficina —se despidió él con una última caricia en la mejilla antes de subir a la limusina.
Sondra subió las escaleras con las piernas temblorosas. En cuanto entró al departamento, Dina saltó del sofá como si hubiera visto un fantasma.
—¡Por fin llegas! ¡Cuéntamelo todo ahora mismo! —gritó Dina, pero sus ojos se clavaron de inmediato en la mano izquierda de Sondra—. ¡SANTOS CIELOS! ¡Sondra! ¡¿Te vas a casar?! ¡Esa piedra es del tamaño de un planeta!
—¡No, no! ¡Cállate, Dina! —dijo Sondra riendo, tratando de esconder la mano—. No es un compromiso, Leandro dice que es solo un presente. Un regalo por el ascenso. Dice que quiere sacarme de aquí, que me va a comprar una casa... es una locura.
Dina estaba en shock, pero de repente recordó lo que tenía sobre la mesa. Su expresión se volvió seria y luego pícara.
—Vaya, vaya... pues el "Rey de la Construcción" no es el único que marcó territorio hoy. El chico de la playa, Jacob, estuvo aquí hace un rato. Estaba desesperado por verte.
El corazón de Sondra dio un vuelco violento, ignorando por completo el diamante que brillaba en su dedo.
—¿Jacob vino? ¿Qué dijo? ¡Dina, cuéntame todo!
Dina señaló el ramo de flores silvestres que descansaba en un florero improvisado.
—Dijo que se sentía fatal por cancelarte. Estuvo a punto de quedarse a esperarte, pero eran más de las once. Se veía... no sé, intenso. Como si realmente le doliera haberte fallado. Me dijo que te llamaría después.
Sondra caminó hacia las flores y las acarició con una ternura que no había mostrado con el anillo. Eran flores sencillas, comparadas con las peonías de Leandro, pero tenían ese aroma a libertad que Jacob emanaba.
—Vino por mí... —susurró Sondra, sintiendo una alegría infantil—. Dina, me siento la mujer más horrible del mundo. Tengo un diamante de miles de dólares en un dedo y el aroma de otro hombre en el alma. Leandro me ofrece el mundo entero en una bandeja de plata... pero Jacob... con Jacob siento que el mundo desaparece.
—Amiga, estás metida en un lío de proporciones épicas —dijo Dina, abrazándola—. Tienes a un Dios del Olimpo dándote seguridad y a un rebelde dándote fuego. El problema es que el Dios del Olimpo es tu jefe... y no creo que Jacob se rinda tan fácil.
Sondra se quedó mirando las dos realidades en su sala: el brillo frío del diamante de Leandro y la calidez humilde de las flores de Jacob. Mañana sería martes y la oficina se convertiría en el escenario de una verdad que estaba a punto de estallar.