El lunes por la mañana, el piso 40 vibraba con una energía eléctrica. Se preparaba la asamblea más importante del trimestre para cerrar los contratos con los inversionistas turcos. Sondra estaba en su escritorio, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia la pantalla de su celular. Una pequeña sonrisa se dibujaba en su rostro cada vez que recordaba el calor de los brazos de Jacob.
—Señorita Gilbert... ¿estamos aquí o seguimos en el fin de semana? —La voz grave de Leandro la trajo de vuelta a la realidad.
Él estaba apoyado en el marco de la puerta de su oficina, observándola con una ceja arqueada. No parecía molesto, sino curioso, con esa mirada analítica que parecía leerle el alma.
—Lo siento, señor Lotario. Solo revisaba unos pendientes —mintió ella, guardando el teléfono rápidamente.
—Enfoquémonos. La junta con los turcos es en diez minutos y necesito que esté al cien por ciento —dijo él con firmeza, pero antes de entrar, le dedicó una sonrisa suave—. Por cierto, se ve hermosa hoy. Ese brillo en sus ojos le sienta bien.
Justo antes de entrar a la sala de juntas, el celular de Sondra vibró en su mano. Era un mensaje de Jacob: "No puedo dejar de pensar en tu piel. Prepárate esta noche, quiero llevarte a cenar al lugar más especial de la ciudad. Paso por ti a las 8. J." El corazón de Sondra dio un vuelco de alegría y respondió con un rápido "Acepto" antes de entrar al salón.
La asamblea comenzó. Sondra observaba a Leandro con una mezcla de asombro y respeto. Era un maestro de la estrategia; explicaba los planos de las nuevas construcciones y los márgenes de ganancia con una sabiduría que dejaba a los inversionistas turcos sin palabras. Era imponente, seguro, un hombre que dominaba el mundo con una sola palabra. Inevitablemente, Sondra comenzó a compararlo. Jacob era fuego, aventura, rebeldía; Leandro era roca, estabilidad, un imperio sólido. Eran los dos polos opuestos de una misma fuerza.
En un momento de la reunión, uno de los accionistas principales intervino:
—Señor Lotario, es una lástima que su hijo no haya podido acompañarnos hoy. Esperábamos que el heredero estuviera presente en esta firma tan importante.
El rostro de Leandro se endureció instantáneamente. La mandíbula se le tensó y sus ojos se tornaron fríos.
—Mi hijo debería haber llegado para la asamblea. Al parecer, tiene otras prioridades —respondió con una sequedad que cortó el aire.
Al terminar la junta, mientras los ejecutivos salían, el teléfono personal de Leandro sonó. Él contestó de inmediato, con voz de trueno:
—¿Dónde demonios estás? Te esperaba aquí hace dos horas. No puedes seguir huyendo de tus responsabilidades mientras disfrutas del dinero que este imperio genera... —Leandro se alejó unos pasos, pero Sondra escuchó suficiente.
Estaba confundida. Por lo que él le había contado de "cuidar a sus hijos", ella imaginaba a adolescentes o niños, no a alguien con edad suficiente para estar en una asamblea de accionistas.
—Sondra, acompáñeme a la oficina. Quiero hablar con usted en privado —ordenó Leandro al colgar, frotándose las sienes con frustración.
Una vez dentro, el silencio era denso. Sondra se acercó con cautela.
—Señor... ¿le molesta mucho lo de su hijo?
—Me duele, Sondra —confesó él, sentándose en el borde de su escritorio—. Me duele que no sienta el más mínimo interés por el imperio que he construido para él, pero que no dude en usar mi dinero para sus viajes y caprichos por el mundo. Es un rebelde sin causa.
—Lo siento... yo pensé que sus hijos eran adolescentes —admitió ella con sinceridad.
Leandro soltó una risa amarga y se puso de pie, acortando la distancia entre ellos. Su presencia la envolvió, eliminando cualquier rastro de la conversación anterior. Le tomó la barbilla con suavidad, obligándola a mirarlo a los ojos. La calidez regresó a su rostro, pero esta vez era una calidez peligrosa, cargada de una intención clara.
—Sondra... ya basta de hablar de mi familia. La verdad es que me gustas demasiado. He intentado ser profesional, he intentado ir despacio, pero ya no puedo más —dijo con una voz que era puro terciopelo—. Quiero saber si quieres salir conmigo. No como mi secretaria, no como empleada... sino como mujer. Mi mujer.
Antes de que ella pudiera responder, Leandro la atrajo hacia su cuerpo. El contacto de su pecho firme contra el de ella la dejó sin aliento. Él inclinó el rostro y la besó. Fue un beso maduro, experto, lleno de una posesividad protectora que la hizo flaquear. Sondra, confundida por la intensidad del momento y por el afecto genuino que sentía hacia él, se dejó llevar, correspondiendo al beso mientras su mente gritaba el nombre de Jacob.
—Sabía que me correspondías —susurró él contra sus labios, besándola de nuevo con más hambre—. Sabía que sentías esta conexión igual que yo.
Sondra intentó tomar aire para decirle que había alguien más, que su corazón estaba dividido, pero Leandro estaba eufórico.
—Y hay algo más —continuó él, tomándole las manos con entusiasmo—. He decidido ascenderte. A partir de hoy, dejas de ser mi secretaria. Pasas a formar parte del equipo estratégico de finanzas, con una oficina propia aquí arriba y un sueldo que triplica el actual. Te lo has ganado por tu talento, pero también porque quiero que estés a mi nivel ante los demás.
Sondra se quedó sin palabras, abrumada por la magnitud de lo que estaba recibiendo. Su madre, su hermana, su futuro... todo estaba resuelto gracias a este hombre.
—Hoy celebramos tu ascenso y nuestra nueva relación, Sondra. Esta noche cenaremos juntos —sentenció él con una sonrisa triunfal, dándole un beso en la frente.
Sondra salió de la oficina caminando como en un sueño. Tenía una cita con Jacob a las 8 y ahora Leandro acababa de sellar su destino con un ascenso y un compromiso que ella no sabía cómo romper. Estaba atrapada entre el fuego del hijo y el imperio del padre, y el colapso era inevitable.
Sondra sintió que el suelo se movía bajo sus pies. El beso de Leandro todavía ardía en sus labios, un beso cargado de promesas de estabilidad y un futuro brillante, pero el mensaje de Jacob en su celular era un recordatorio constante del fuego que había descubierto el fin de semana.
—Señor Lotario... Leandro —dijo ella, tratando de que su voz no temblara—, me encantaría, pero la verdad es que ya tengo un compromiso previo para esta noche.
Leandro no frunció el ceño. Al contrario, dio un paso hacia ella, emanando esa aura de autoridad imponente que lo hacía parecer el dueño del tiempo mismo. Se ajustó los gemelos de la camisa y la miró con una sonrisa que no aceptaba un "no" por respuesta.
—Sondra, querida, no hay nada más importante hoy que celebrar tu ascenso y el inicio de lo nuestro. Mañana el mundo sabrá que eres parte del equipo estratégico, pero esta noche solo quiero que sepas lo importante que eres para mí. Cancela lo que tengas que cancelar.
Sondra bajó la mirada, sintiéndose acorralada por la generosidad y el poder de aquel hombre.
—Está bien... deje que mueva unos asuntos —susurró.
Regresó a su escritorio y, con el corazón apretado, le envió un mensaje a Jacob: "Jacob, surgió algo urgente en el trabajo, no podré ir a cenar. Por favor, dime que estás ahí". Pasaron los minutos, la hora de salida llegó, y el celular permaneció en silencio. Jacob no respondió.
Al finalizar la jornada, Leandro la acompañó hasta el ascensor.
—Mi chofer te llevará a casa para que te prepares. Guzmán te recogerá a las nueve. Ponte algo que te haga sentir la reina que eres.
El trayecto a casa fue un torbellino de pensamientos. Al llegar, Sondra encontró a Dina, quien al verle la cara supo que algo grande había pasado.
—¡No me lo vas a creer! —exclamó Sondra, lanzando su bolso al sofá—. Leandro me besó. Me ascendió a Finanzas, tengo oficina propia, un sueldo increíble... y me pidió que fuera su mujer. ¡Me está esperando para cenar!
Dina se quedó con la boca abierta, pero pronto su expresión se transformó en una de triunfo absoluto.
—¡Sondra! ¡Es la oportunidad de tu vida! Te lo dije, ese hombre está loco por ti. Es guapo, es sexy, es el hombre más poderoso del país y, encima de todo, te está resolviendo la vida y la de tu familia. ¡Olvídate de ese tal Jacob! Jacob es un sueño de verano, Leandro es la realidad que necesitas.
Sondra se sentó en la cama, cubriéndose el rostro.
—Pero Dina... con Jacob siento fuego. Siento algo que nunca había sentido. Leandro me gusta, sí, es un hombre maravilloso y muy atractivo, pero lo que siento con Jacob es... eléctrico.
—El fuego quema, Sondra, pero el imperio de Leandro da calor y seguridad —sentenció Dina—. No seas tonta. No puedes dejar pasar esto por un chico que ni siquiera te ha respondido el mensaje.
En ese momento, el celular de Sondra vibró. Su corazón saltó pensando que era la respuesta que esperaba, pero el mensaje de Jacob fue como un golpe frío: "Sondra, perdóname. Surgió un problema mayor que no puedo ignorar. No podremos cenar hoy. Lo siento mucho".
Sondra dejó caer el teléfono sobre las sábanas, con los ojos empañados.
—Ves... —dijo Dina, señalando el aparato—. Es una señal, amiga. El destino te está quitando las distracciones del camino para que vayas hacia tu verdadero destino. Jacob te cancela, Leandro te pone el mundo a los pies. ¿Qué más pruebas quieres?
Con un suspiro cargado de resignación y una extraña mezcla de tristeza y gratitud, Sondra comenzó a arreglarse. Se puso un vestido n***o de encaje, elegante y sofisticado, que gritaba éxito. Se maquilló con esmero, ocultando cualquier rastro de la confusión que sentía.
A las nueve en punto, el timbre sonó. Era Guzmán. La limusina de Leandro esperaba abajo, reluciente bajo las luces de la calle. Sondra bajó las escaleras sintiendo que cada paso la alejaba más de la arena de la playa y la adentraba más en el corazón del Imperio Lotario