Capítulo: Jacob es perfecto

1658 Palabras
El sol de la mañana se filtraba a través de los ventanales del penthouse, bañando la habitación con una luz dorada y cálida. Sondra despertó lentamente, sintiendo una suavidad inusual en la piel y un peso cálido a su lado. Por un segundo, mantuvo los ojos cerrados, convencida de que todo —el bar, el vestido rojo, el hombre de ojos magnéticos— había sido producto de un sueño febril causado por el cansancio y el estrés de la oficina. ​Pero entonces, sintió unos labios húmedos recorriendo su hombro y una mano grande que acariciaba su muslo con una ternura infinita. ​—Buenos días, preciosa —susurró Jacob contra su oído, su voz ronca por el sueño. ​Sondra abrió los ojos y lo vio allí: despeinado, hermoso y con una sonrisa que la hizo derretirse. Él comenzó a besarla de nuevo, pero esta vez no con la urgencia salvaje de la madrugada, sino con una delicadeza que le recorrió cada nervio. Sus dedos trazaban círculos sobre su vientre, subiendo hacia sus pechos, mientras sus piernas se entrelazaban. El deseo volvió a encenderse como una brasa avivada por el viento. Jacob se posicionó sobre ella una vez más, y Sondra lo recibió con el cuerpo entregado, disfrutando de una segunda unión mucho más consciente, lenta y profunda, donde cada roce parecía una caricia al alma. ​Después de que el éxtasis los dejara exhaustos y abrazados, se quedaron en silencio, simplemente escuchando el sonido del mar a lo lejos. ​—Cuéntame de ti, Jacob —pidió ella, acariciando el pecho marcado de él—. No sé nada de ti, solo que bailas increíble y que... bueno, que enseñas muy bien. ​Jacob soltó una carcajada y se recostó contra las almohadas, mirando al techo. —No hay mucho que decir. He pasado los últimos años escapando. He estado en Bali, en Islandia, en Marruecos... Prefiero las mochilas y los albergues a los trajes de sastre. Hay un mundo ahí fuera al que me siento obligado a pertenecer, una estructura rígida de negocios y apariencias que detesto. No quiero ser un engranaje más en una máquina de hacer dinero. Solo quiero ser libre. ​Sondra lo escuchaba fascinada. Para ella, que vivía atada a las responsabilidades y al orden del piso 40, la vida de Jacob sonaba como una fantasía prohibida. Él no mencionó apellidos, ni empresas, ni al hombre que gobernaba ese "mundo obligado" desde la cima de un edificio de cristal. ​Finalmente, Jacob se incorporó para levantarse. Al retirar las sábanas de seda gris para ir hacia el baño, se detuvo en seco. Sus ojos se fijaron en una pequeña mancha carmesí, ya seca, sobre el tejido impecable. ​Se giró hacia Sondra, con una expresión de asombro genuino. —En verdad eras virgen... —dijo, con la voz suave, casi en un susurro de respeto—. No era una frase para detenerme. Realmente fui el primero. ​Sondra sintió que las mejillas le ardían y se cubrió con la sábana, sintiéndose vulnerable bajo su mirada. Jacob se sentó de nuevo en el borde de la cama, tomándole la barbilla para que lo mirara. ​—¿Por qué? —preguntó él con curiosidad—. ¿Por qué te acostaste conmigo si apenas me conoces de unas horas? Una mujer como tú... podrías haber elegido a cualquiera, haber esperado a alguien que conocieras de años. ​Sondra guardó silencio un momento, buscando la respuesta en su propio corazón. —No lo sé —confesó con honestidad—. Supongo que me dejé llevar. Tengo 24 años y siempre he sido la hija perfecta, la hermana perfecta, la empleada perfecta. Anoche, por primera vez, solo quise ser yo. Y me gustaste muchísimo, Jacob. Muchísimo. Y bueno... —añadió con una sonrisa tímida y pícara—, creo que no salió nada mal, ¿verdad? ​Jacob soltó una sonrisa radiante, la más auténtica que había dado en mucho tiempo. Se inclinó y le dio un beso corto y sonoro en la punta de la nariz. —Salió perfecto, Sondra. Absolutamente perfecto. ​Se puso de pie y le tendió la mano, invitándola a seguirlo. —Ven, vamos a quitarnos la arena y el sueño. ​Se metieron juntos en la ducha de cristal, donde el agua caliente comenzó a caer sobre sus cuerpos entrelazados. Entre risas, juegos con el jabón y besos robados bajo el vapor, Sondra se sentía en la cima del mundo. No había rastro de arrepentimiento, solo la alegría de un despertar que parecía el inicio de algo grande. Sin embargo, mientras Jacob le lavaba el cabello con cuidado, el destino ya estaba preparando el choque: el lunes, Sondra volvería al piso 40, y Jacob tendría que enfrentarse finalmente al padre que intentaba heredarle el trono. Aquel fin de semana fue un paréntesis de cristal en la vida de Sondra, una burbuja donde el tiempo se detuvo y las responsabilidades del Imperio Lotario quedaron a cientos de kilómetros de distancia. Durante el sábado y el domingo, ella y Jacob se convirtieron en una sola sombra que recorría la costa. ​Desayunaron en pequeños puestos frente al mar, riendo mientras compartían café y frutas tropicales. Caminaron por la orilla tomados de la mano, con los dedos entrelazados, pareciendo una pareja que llevaba años conociéndose en lugar de apenas unas horas. Sondra, sintiéndose en un espacio seguro, le abrió su corazón. Le habló de su madre, de la lucha contra el cáncer, de sus sueños pausados y de la presión de sacar adelante a Lila. Jacob la escuchaba con una atención casi devota, besando sus manos cada vez que ella se ponía melancólica. Él, a cambio, le regalaba historias de atardeceres en Grecia y noches bajo las estrellas en el desierto, alimentando el hambre de libertad de Sondra. ​Se sentían flechados, unidos por una fuerza magnética que ninguno de los dos podía (o quería) explicar. ​El domingo por la noche, el auto deportivo de Jacob se detuvo frente al edificio de Sondra. El aire dentro del vehículo estaba cargado de una despedida dulce y difícil. ​—No quiero que te bajes —susurró Jacob, recorriendo la mejilla de ella con el pulgar. —Mañana es lunes, Jacob. La realidad me espera —respondió ella con una sonrisa triste, dándole un último beso profundo que sabía a promesa. ​En cuanto Sondra cruzó la puerta de su departamento, Dina saltó del sofá como si tuviera resortes. Estaba despeinada y con una mascarilla facial, pero sus ojos brillaban con una curiosidad insaciable. ​—¡Por fin! —gritó Dina, arrastrándola hacia la sala—. ¡Tres días, Sondra! ¡Tres días desaparecida! Cuéntamelo todo ahora mismo. ¿Quién es él? ¿Cómo es? ¿Es tan bueno como parece? ​Sondra se dejó caer en el sofá, con una sonrisa radiante que iluminaba toda la estancia. Suspiró, abrazando un cojín. ​—Dina... es el indicado. De verdad. No sé cómo explicarlo, pero siento que lo conozco de toda la vida. Es tierno, es aventurero, me hace sentir que no tengo que ser perfecta, solo yo. Pasamos el fin de semana hablando, caminando... fue mágico. ​Dina la miró fijamente, analizando el brillo en sus ojos y la forma en que su cuerpo parecía más relajado. ​—Sondra Gilbert... esa cara no es solo de haber caminado por la playa —dijo Dina, bajando la voz con un tono juguetón—. ¿Pasó algo más? ​Sondra se tapó la cara con las manos, pero no pudo evitar asentir. —Ya no soy virgen, Dina. Fue con él... y fue la decisión más hermosa que he tomado. No me arrepiento de nada. Fue perfecto. ​—¡¿Qué?! —Dina soltó un grito de alegría que seguramente escucharon los vecinos, comenzando a saltar y aplaudir—. ¡Mi niña creció! ¡Felicidades! Si él logró eso, es que realmente te tiene loca. ​Pero de repente, Dina se detuvo en seco. Se sentó junto a su amiga y su expresión cambió a una de intriga pura. El recuerdo de las peonías, el bono generoso y el chofer de lujo inundó la habitación. ​—Espera un segundo... —dijo Dina, entrecerrando los ojos—. ¿Y Leandro? ¿Qué va a pasar con tu jefe, el "Rey de la Construcción"? Porque ese hombre no te mira como a una empleada, Sondra. Te envía flores, te cuida, te da bonos... Te está cortejando con todo su arsenal. ¿Qué vas a hacer mañana cuando lo tengas de frente en el piso 40 después de haberle entregado tu tesoro a un "desconocido" de la playa? ​El corazón de Sondra dio un vuelco. La mención del nombre de Leandro actuó como un jarro de agua fría. La imagen del CEO, serio, protector y maduro, chocó de frente con la imagen de Jacob, rebelde y apasionado. ​—Leandro es... es diferente —murmuró Sondra, repentinamente confundida—. Él es mi jefe, Dina. Me cuida, sí, y lo aprecio muchísimo, pero Jacob despertó algo en mí que no sabía que existía. Mañana seré profesional, como siempre. Leandro no tiene por qué saber nada de mi vida privada. ​—Ay, amiga —suspiró Dina, dándole una palmada en el hombro—. El problema es que los hombres como Leandro Lotario tienen un radar para estas cosas. Mañana va a notar ese brillo en tus ojos, y no creo que le guste mucho saber que alguien más lo provocó. ​Sondra se quedó pensativa mientras se preparaba para dormir. Mañana volvería al imperio de cristal, al orden y al perfume a sándalo de Leandro, llevando consigo el secreto de la arena y los besos de Jacob. No tenía idea de que los dos hombres que ocupaban su mente estaban unidos por la misma sangre.
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