Jacob acortó la distancia final, sus labios rozando los de ella con una promesa de fuego. Pero justo cuando el contacto iba a sellarse, Sondra giró la cabeza, su respiración agitada golpeando la mejilla del joven. Su inexperiencia y el recuerdo fugaz de la elegancia de Leandro actuaron como un freno de mano en su pecho.
—No... no tan rápido —susurró ella, con la voz quebrada.
Jacob no se molestó. Al contrario, soltó una risa ronca y fascinada, admirando esa resistencia que la hacía ver aún más deseable.
—Me gustan los retos, Sondra. Tenemos toda la noche.
Siguieron bebiendo, perdidos en una burbuja donde el tiempo dejó de existir. Copa tras copa, el gin y la música fueron erosionando las defensas de Sondra. Para las tres de la mañana, el bar empezó a vaciarse y el estruendo de los bajos fue reemplazado por el sonido rítmico del mar.
—Ven conmigo —dijo Jacob, tomándola de la mano.
Salieron a la arena fría. Sondra se despojó de sus tacones negros, sintiendo los granos de sal bajo sus pies descalzos. El aire de la noche agitaba su vestido de satén rojo, que se pegaba a sus muslos como una segunda piel. Caminaron por la orilla, donde la espuma del mar les lamía los tobillos, hasta que Jacob la detuvo frente a una zona de sombras.
La tomó por la nuca, sus dedos enredándose con fuerza en su cabello castaño, y esta vez no pidió permiso. El beso fue una colisión de alcohol, sal y deseo reprimido. Sondra, en su confusión y embriaguez, sintió que el mundo giraba. Correspondió con una torpeza desesperada, abriendo la boca para recibir la lengua de Jacob, que exploraba la suya con una maestría que la dejó sin fuerzas. Sus manos, antes tímidas, subieron por el pecho de él, aferrándose a su camisa de lino mientras sentía el latido salvaje de su corazón.
—Vayamos a mi departamento —susurró Jacob contra sus labios, su voz cargada de una urgencia oscura—. Está cerca. Quiero quitarte ese vestido y ver si tu piel quema tanto como tus ojos.
Sondra, nublada por la sensación de libertad y la humedad punzante que seguía creciendo entre sus piernas, asintió. No pensó en su madre, no pensó en su puesto en la constructora, ni en la cara de Leandro Lotario. Solo quería dejar de ser la "niña buena" por una noche.
El departamento de Jacob era un penthouse de soltero, minimalista y lujoso, con ventanales que daban al océano. En cuanto la puerta se cerró, él la acorraló contra la madera. Sus manos bajaron de inmediato a los muslos de ella, levantando el satén rojo hasta que pudo sentir la suavidad de su ropa interior.
Sondra soltó un gemido que fue ahogado por un nuevo beso, más profundo y hambriento. Jacob la cargó, envolviendo las piernas de ella alrededor de su cintura. Ella sintió la dureza de él presionando contra su feminidad aún sellada, una presión que la asustaba y la excitaba a partes iguales.
Él la llevó hasta la cama, dejándola caer sobre las sábanas de seda gris. La luz de la luna entraba de lado, iluminando el cuerpo de Sondra como si fuera una ofrenda. Jacob se despojó de su camisa, revelando un torso joven, marcado y potente. Se arrodilló entre las piernas de ella, acariciando la parte interna de sus muslos con una lentitud tortuosa.
—Eres perfecta —gruñó él.
Jacob deslizó sus dedos bajo el encaje de la lencería de Sondra, retirándola con una lentitud que torturaba los sentidos de la joven. Cuando la prenda cayó al suelo, la intimidad de Sondra quedó expuesta bajo la luz plateada de la luna; era una visión de porcelana y vello delicado, brillando por la humedad que ella no había podido contener.
Él no perdió tiempo. Se posicionó entre sus piernas y bajó su rostro, buscando el centro de su placer. Cuando la lengua de Jacob hizo el primer contacto, cálido y experto, Sondra arqueó la espalda con un grito que se perdió en el techo del penthouse. Era una sensación eléctrica, un relámpago que nacía ahí abajo y le recorría la columna hasta nublarle el juicio.
—¡Oh, Dios...! —gemía ella, hundiendo sus manos en el cabello de Jacob.
Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la nuca del joven, guiándolo, presionándolo contra ella. Jacob la devoraba con una voracidad salvaje, alternando lamiendo con firmeza y succionando con delicadeza su clítoris, mientras sus dedos exploraban la entrada de su canal, encontrándolo estrecho, ardiente y virgen. Sondra nunca imaginó que el placer pudiera rozar el dolor de una manera tan deliciosa; sentía que su cuerpo se convertía en líquido bajo el asedio de aquel hombre.
Jacob se detuvo un segundo, jadeando, y se puso de pie para deshacerse de sus pantalones. Cuando quedó desnudo frente a ella, Sondra contempló su torso atlético y la magnitud de su hombría, que se alzaba orgullosa y vibrante. Él, con un movimiento dominante, tomó la mano de ella y la llevó hacia su m*****o, inclinándole suavemente la cabeza para invitarla a probarlo.
Sondra sintió que el pulso se le detenía. El calor que emanaba de él, la textura desconocida... la vergüenza la golpeó como un balde de agua fría ante su propia ignorancia.
—Nunca he estado con alguien... no sé cómo hacerlo —confesó con la voz temblorosa, apartando la mirada.
Jacob se quedó inmóvil, procesando las palabras. La miró a los ojos, buscando una mentira que no existía.
—¿Es broma? —preguntó él con una risa incrédula que pronto se transformó en una mirada de puro fuego.
—No... de verdad —respondió ella, cubriéndose instintivamente—. Creo que es mejor que me vaya. Esto es un error.
Pero Jacob no la dejó moverse. La tomó de las muñecas con suavidad pero con una firmeza absoluta, inmovilizándola contra las almohadas. Su sonrisa ya no era de burla, era de un triunfo primitivo. La idea de que ese cuerpo perfecto, esa piel que parecía seda, no hubiera sido reclamada por nadie más, le inyectó una dosis de adrenalina y deseo que casi lo hizo perder el control.
—¿Irte? Ni lo pienses —susurró él, bajando el tono de su voz a una frecuencia magnética—. Para nada... yo voy a enseñarte. Voy a ser el primero en cada rincón de tu cuerpo.
Con una paciencia que no parecía propia de su edad, Jacob terminó de retirar el vestido de satén rojo, deslizándolo por sus hombros y caderas hasta que Sondra quedó totalmente desnuda ante él. La admiró como si fuera una reliquia sagrada: sus pechos firmes con los pezones endurecidos por el frío y la excitación, su vientre plano que subía y bajaba con la respiración errática.
Comenzó a besarla de nuevo, pero esta vez con una ternura protectora que se mezclaba con la lujuria. Sus labios viajaron por su cuello, por el nacimiento de sus senos, mientras sus manos volvían a abrirle las piernas con delicadeza.
—Relájate, Sondra —murmuró contra su piel—. Voy a ir despacio. Solo siente lo que te hago...
Él estaba fascinado. La idea de romper el sello de esa mujer, de ser el único dueño de su recuerdo más íntimo, lo excitaba más que cualquier otra experiencia previa. Mientras la preparaba con besos y caricias expertas, Sondra sentía que el miedo desaparecía, reemplazado por una confianza ciega en ese extraño
El momento de la verdad llegó rodeado de una atmósfera cargada de electricidad y el aroma salado del mar que entraba por el ventanal. Jacob se posicionó sobre ella, sosteniendo su peso con los brazos mientras miraba fijamente los ojos de Sondra, que estaban dilatados por la mezcla de miedo y deseo.
Con una lentitud casi agónica, él separó sus piernas y se encajó entre ellas. Al sentir el primer contacto de su hombría contra su entrada aún cerrada, Sondra contuvo el aliento. Jacob empujó con firmeza, rompiendo finalmente esa barrera que ella había guardado toda su vida. Un gemido agudo y vibrante escapó de los labios de ella, y sus uñas se clavaron instintivamente en los hombros bronceados de Jacob.
—¿Estás bien? ¿Te duele? —susurró él, deteniéndose de inmediato, con el rostro contraído por el esfuerzo de no perder el control.
Sondra negó con la cabeza, parpadeando para contener las lágrimas de la impresión inicial. El dolor fue solo un destello que rápidamente fue sepultado por una sensación de plenitud abrumadora.
—No... no te detengas —logró articular.
Jacob comenzó a moverse. Al sentir lo increíblemente estrecha que estaba, un gruñido gutural salió de su garganta. No podía creer la sensación de estar rodeado por ella; era un calor asfixiante y perfecto. La besaba con ternura mientras la embestía delicadamente, permitiendo que su cuerpo se acostumbrara a él, haciendo que ella gimiera con cada vaivén, sintiendo cómo su propia humedad empapaba las sábanas de seda.
El ritmo fue subiendo de intensidad a medida que la confianza crecía. Jacob ya no era solo delicado; comenzó a moverse con una fuerza más primitiva, haciendo que la cama crujiera y que los pechos de Sondra saltaran rítmicamente. Ella lo apretaba por la espalda, enterrando sus dedos en sus músculos, sintiendo que perdía la noción de quién era.
—Eres mía, Sondra... qué rico se siente —gruñó él al oído de ella, su aliento caliente quemándole la piel—. ¿Te gusta?
—Sí... ¡sí! —respondió ella entre jadeos, entregada por completo al ritmo que él marcaba.
—¿Me detengo?
—¡No, continúa! ¡Por favor!
Sondra sintió que una tensión insoportable se acumulaba en su vientre. Sus piernas se contrajeron y su abdomen se puso rígido mientras el primer orgasmo de su vida la golpeaba como una ola gigante, haciéndola gritar el nombre de Jacob. Al sentir las contracciones de ella abrazándolo por dentro, Jacob perdió el último gramo de cordura. Aumentó la velocidad, embistiéndola con una fuerza explosiva, jadeando mientras llegaba a su propio límite.
En el último segundo, con un control impresionante, Jacob se retiró. Sondra, aún vibrando por su propio clímax, observó con los ojos muy abiertos cómo el semen saltaba con una fuerza casi violenta, cayendo sobre su vientre y las sábanas en una evacuación que parecía no tener fin.
El silencio que siguió solo estaba roto por sus respiraciones agitadas. Jacob se dejó caer a su lado, todavía sudoroso y con el corazón a mil. Sonrió y la miró con una mezcla de orgullo y fascinación.
—Es que tenía tiempo de no estar con alguien... es normal —dijo él con una sonrisa pícara, tratando de normalizar la intensidad del momento.
Sondra, a pesar de que su cuerpo aún temblaba y de la magnitud de lo que acababa de pasar, no sintió arrepentimiento. Se sintió mujer, se sintió viva y, sobre todo, liberada. Se acercó a él y lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello.