ALONDRA. Sentir el cuerpo de Mariano junto al mío era sin duda el más bello despertar y solo deseaba que fuera así, por el resto de mi vida. Sonreí al sentir como se movía en la cama, buscando mi calor de la misma manera que yo buscaba el suyo. Sus manos me atrajeron a su cuerpo rozando nuestras pieles desnudas. Sus labios besaron mi hombro, me estremecí ante sus caricias, necesitando un poco más de ese contacto al que estaba volviéndome adicta. —¿Qué haces? —pregunte, mientras de mis labios escapaban gemidos placenteros al sentir como sus manos acariciaban mi pecho desnudo. —¿Tengo que decirlo? Creo que es muy claro lo que hago —respondió mientras mordía mi hombro suavemente y su mano descendía entre caricias desde mi seno, se entretuvo unos segundos sobre mi vientre plano,

