ALONDRA. Al día siguiente y fiel a mi palabra, fuimos al hospital donde la amiga de Mariano se encontraba hospitalizada. Sentía pena por ella, a pesar de no conocerla personalmente más allá de la vez que la vi en el restaurante y en el desfile. Me sentía preocupada por su estado y por su bebé. No debía ser fácil para ninguno de sus amigos o incluso para su esposo, vivir lo que estaban viviendo. Mariano me tomó de la mano mientras caminábamos por los pasillos de la clínica. Hasta llegar a la habitación de la joven. —Mariano —un hombre mayor de aproximadamente cincuenta años, quizá más o menos, se levantó para saludar. Se veía cansado, las ojeras bajo sus ojos hablaban de sus noches de desvelo y la tristeza en su rostro del momento difícil por el cual estaba pasando. —Rodrigo ¿Cómo

