Prólogo
Los grandes amores no se buscan… se encuentran. Y cuando lo hacen, el universo entero conspira para que se queden.
Concentrada en los últimos retoques de mi nuevo diseño, inmersa en trazos y texturas dentro de la calma luminosa de mi oficina, la puerta se abrió de golpe. Era ella, mi abogada y gran amiga, con los ojos desorbitados y el gesto de quien trae una verdad demasiado grande para sostenerla en silencio.
—¡No puedes casarte, Eva! —exclamó con un dramatismo que me hizo fruncir el ceño.
Solté el lápiz, sin ocultar mi molestia.
—Ellah, ya hemos tenido esta conversación. Sé que Dominic no te cae bien, pero es mi prometido. En poco más de un mes, seré su esposa, te guste o no.
—No, cariño. No es por opinión ni por gusto. Lo digo porque legalmente… no puedes casarte.
Abrió su portafolios con esa elegancia calculada que siempre la caracterizó, de él extrajo un documento que colocó sobre mi escritorio con una mezcla de compasión y urgencia en la mirada.
—Eva, no podrás casarte… porque ya estás casada.
Sus palabras me atravesaron como una flecha helada. El alma se me fue directo al piso, como si mi cuerpo no pudiera procesar el significado completo de lo que acababa de escuchar. Tomé el papel con manos temblorosas. Y al leerlo, la realidad me golpeó sin contemplaciones.
Tenía diecinueve años.
Un viaje a “Las Vegas” con mis amigas. Risas, caos, libertad. Un descontrol hermoso que saboreamos como si el mundo fuera nuestro. Y él… el chico de cabello rubio, los ojos imposibles de descifrar, suspendidos entre el gris y el azul. Unos años mayor, misterioso, encantador. Recuerdo cómo me miraba como si no existiera nadie más. Me dejé llevar, sí. Fue una noche intensa, sin frenos, llena de química y de ese vértigo embriagador que solo se siente una vez.
Pero al amanecer… supe que algo no estaba bien. En su celular, una llamada perdida con un nombre que lo dijo todo: “Amor de mi vida”. No supe si era una novia, una prometida… pero algo dentro de mí se quebró. No quise quedarme a preguntar. Yo no nací para quedarme donde no se me elige por completo y menos aún para ser “La Otra”
La voz de Ellah me trajo de vuelta.
—Eva… ¿sabes quién es?
Negué con la cabeza, y en ese instante me di cuenta de que estaba llorando. No por él. No por la situación. Lloraba por la joven que fui, por la ingenuidad con la que entregué mi primer pedazo de corazón a un desconocido que no supo sostenerlo.
Y, sin embargo, también recordé las palabras de papá, tan claras como si las dijera en ese instante:
“Nunca te conformes con menos amor del que yo te doy.”
Y eso hice. Esa ha sido mi regla de vida. Esa frase ha guiado cada decisión, cada límite que me he atrevido a poner.
Porque si aquel hombre no supo valorar lo que tuvo en sus manos, entonces no merecía que yo me quedara. No lo merecía entonces… y no lo merece ahora.
Yo soy Eva Olsen.
Y yo no nací para rogar.
—¿Sabes cómo localizarlo? —insistió Ellah con ese tono profesional que no logra del todo ocultar su dramatismo. —Necesitas divorciarte, Eva. Si realmente quieres casarte con Dominic, esto es urgente.
Suspiré, llevándome una mano a la frente mientras me dejaba caer en el sofa de mi oficina.
—Ellah… esta noche Dominic cenará con mis padres. Piensa pedir oficialmente mi mano. ¿Cómo se supone que voy a romperle el corazón y decirle que debemos aplazar la boda… o peor aún, que ya estoy casada?. ¡Y ni hablemos de papá! Si se entera, me mata. Y después mata a ese hombre, aunque tenga que buscarlo debajo de las piedras.
Ellah cruzó los brazos con esa expresión que mezcla ternura y juicio.
—¿Y si esto no es una desgracia, sino una señal del destino? Tal vez sea una forma de evitar que cometas un error…
—No digas eso —repliqué, exasperada. —El error ya lo cometí. Y fue uno enorme: me casé inconscientemente, borracha y con un completo desconocido. ¡Dime tú qué puede ser más trágico que eso!
Ellah alzó una ceja con astucia.
—No sé, Eva… ¿no es casi lo mismo que estás a punto de hacer con Dominic?
Me giré a mirarla, indignada.
—¡Por supuesto que no! A Dominic lo conozco desde hace seis meses. Y sí, es cierto que solo llevamos un mes como novios, pero es un buen hombre. Es atento, educado, romántico. Hasta ha decidido esperarme tú sabes en que.. ¡hasta la boda!
Ellah se llevó una mano al pecho y fingió una arcada.
—Uy, eso más que romántico suena sospechoso, querida.
—¿Sospechoso?
—Sí, ¡como para dudar de sus proporciones reales!—dice señalando allí abajo.
La miré, incrédula.
—Ay no, Ellah…
—¡Lo digo en serio! Tú sabes lo que dicen: mercancía que no se prueba, no se garantiza. Y mira que con este mercado actual… ¡eso puede salirte carísimo!
Intenté mantener la compostura, pero la carcajada se me escapó. Ellah siempre tenía la capacidad de convertir cualquier drama en una comedia con clase.
—Dominic es el prospecto perfecto de hombre. Atractivo, elegante, serio… además de que es un duque, Ellah. ¿Qué más podría pedir?
Ellah entrecerró los ojos como si examinara mi alma.
—No sé, tal vez… que al hablar de él se te iluminen los ojos. Que me digas que te vuelve loca, que te enciende, que te hace perder la cabeza.
Se inclinó hacia mí con una sonrisa traviesa.
—Porque, seamos honestas… hasta ahora, suena más a un contrato de inversión que a una historia de amor.
Rodé los ojos, pero me quedé en silencio.
Porque, aunque no quería admitirlo, había una parte de razón en sus palabras. Y eso era justo lo que no quería pensar ahora, yo ya viví un amor fugaz y no me sirvió de nada ahora solo quiero paz y estabilidad, Dominic me ofrece todo eso.
No niego que solo a veces me pregunto qué es mejor: un amor sereno que te ancla, que te ofrece seguridad y mantiene tus pies firmes sobre la tierra… o ese otro que te sacude el alma, que te consume sin medida y, aunque puede romperte el corazón, te hace sentir viva como ningún otro.
Debo confesar que, después de aquel encuentro con quien ahora sé que es mi esposo, no volví a tener una relación seria. Me volqué por completo en mi empresa, trabajé incansablemente y, casi sin darme cuenta, me olvidé de lo que era amar
Fue entonces cuando apareció Dominic, un hombre al que conocí en uno de los eventos empresariales organizados por mi padre. Con una elegancia medida y una cortesía constante, supo acercarse a mí con paciencia, ganándose mi confianza sin prisas ni estridencias. Por eso, aunque apenas llevábamos un mes como novios, acepté su propuesta de matrimonio.
—Entonces, ¿cuál será tu plan? —preguntó Ellah, cruzando la pierna con elegancia mientras revisaba los documentos. —Como tu abogada, te recomiendo que lo busques cuanto antes. Si logras un acuerdo de divorcio mutuo, sin conflicto, el proceso será mucho más ágil. No ha habido convivencia, separación prolongada ni hijos. Es más, esto podría resolverse bajo una anulación por error de hecho, considerando que ninguno de los dos recordaba el acto ni sus consecuencias legales.
—¿Y si él no quiere firmar? ¿O si ni siquiera lo encuentro? —dije, sintiendo cómo el caos empezaba a expandirse como tinta en agua.
—Entonces lo resolveremos por la vía judicial —replicó con calma, — pero primero agotemos la opción pacífica. Yo me encargaré de redactar el acuerdo de divorcio esta misma noche.
Se despidió con un beso en la mejilla y un guiño:
—Y por favor, no te estreses demasiado.
Me quedé sola, observando el acta de matrimonio con mayor detenimiento. Y entonces lo vi: Nigel Fletcher Jagger. Nacido en Inglaterra. ¿Había estado también de vacaciones, como yo? ¿O acaso reside en Estados Unidos? No pude evitar preguntarme, con una mezcla de ironía y nostalgia: ¿Quién era el hombre que alguna vez rompió mi corazón?
Suspiré hondo. No había tiempo para divagar. Esta noche, Dominic vendría a pedir oficialmente mi mano a mis padres. Y yo debía parecer una prometida normal. No una fugitiva matrimonial.
Tomé mis cosas y volví a casa. Apenas abrí la puerta, el aroma a canela y lavanda me abrazó. Mamá estaba decorando el comedor con su mejor vajilla. Sabía que Dominic venía, aunque aún era un secreto para mi padre y Evan, mi hermano.
—Hola, mi princesa —dijo, con ese tono que solo usan las madres cuando quieren que confieses algo antes de siquiera preguntar.
—Hola, mamá —respondí, intentando parecer entera.
—¿Qué pasó, Eva? Cuéntame —preguntó, siguiéndome al cuarto como si ya supiera que traía algo grande entre manos.
Cerré la puerta, saqué el acta del bolso y se la puse frente a los ojos. Mamá la leyó y abrió los suyos como si hubiera visto un fantasma con corona.
—Esto sucedió en aquel viaje, ¿verdad? —susurró.
—Sí… el de mi cumple número 19. El que terminé llorando con resaca emocional y un nuevo trauma.
Me miró con ternura y complicidad.
—Mi amor, sabes que siempre te he apoyado… por eso esta vez, lo mejor es que tu padre no se entere. Trataré de convencerlo de que no se meta en tus asuntos. Ya bastante vulnerable se va a sentir esta noche cuando Dominic venga con su padre.
—Gracias, mamá. Es lo mismo que quería pedirte. No quiero que papá se convierta en Batman, rastree al misterioso esposo y acabe con medio Reino Unido.
Mamá, que en lugar de alterarse, se volvió aún más brillante, soltó una sonrisa traviesa.
—Tengo una idea: ¿y si contactas a Gabriel Lancaster? ¿Te acuerdas de él? El hijo de Bruce, el amigo de tu padre, que tiene esa empresa de seguridad e investigaciones en Canadá.
—¡Gabriel! Claro que lo recuerdo… De hecho, a veces hablamos por r************* . Es más, reaccionó a una historia en mi perfil hace dos semanas. Un fueguito. ¿Eso cuenta como red de apoyo?
—Perfecto. Escríbele. Si alguien puede encontrar a Nigel Fletcher Jagger sin que salga en los tabloides, es él.
—Ay, mamá, eres un oráculo además de una gran mamá. Lo haré.
—Y mientras tanto… —dijo, arqueando una ceja. — ¿vas a seguir con la boda?
—¡Claro que sí! Tengo exactamente treinta días para divorciarme. Treinta. Eso es toda una comedia romántica esperando a escribirse.
Mamá me abrazó.
—Solo quiero que seas feliz, Eva. Tú naciste para brillar. Pero no olvides que el amor de verdad no necesita títulos ni castillos. Solo verdad.
—Gracias, mamá. Eres mi reina. Ahora, ¿me ayudas a parecer una princesa?
Ya lista, bajé las escaleras justo cuando papá y Evan llegaban. Papá, con su eterna seriedad, cambió de expresión en cuanto vio a mamá. Siempre la mira como si fuera la única mujer que ha existido. Y a mí… bueno, a mí me mira con la misma devoción, pero con más celos.
—Princesa —dijo al verme. — ¿Por qué tanta elegancia esta noche?
—¿Ya lo olvidaste? Te dije que Dominic venía a cenar.
—Ah, sí —dijo con resignación. —El novio…
—Papá, por favor… acéptalo. No soy una niña. Ya no puedes comprarme un pony para que no tenga novio.
—¿Y si en lugar de un pony te ofrezco un Ferrari? ¿O una mansión en Beverly Hills? Todo lo que tú quieras, siempre y cuando no tengas novio.— me dice
—Papá, ¿escuchas lo que dices? Suenas como un sugar daddy emocional.
Mamá, sin perder un segundo, intervino:
—Dante, no hagas un espectáculo. Ya sabes lo que pasa si te portas mal… te mando a dormir con el perro.
—¡Pero si no tenemos perro!
—Bueno, eso lo resolvemos mañana —dijo mamá con una sonrisa de amenaza adorable.
Evan, que venía detrás, soltó una carcajada.
—Esta familia es una telenovela de comedia —murmuró.
Se acercó y me dio un beso en la mejilla.
—Eres una mujer inteligente, Eva. Yo solo espero que elijas con el corazón… no con la presión que aveces la sociedad ejerce en las mujeres. — exclamó con mucha seriedad.
Sus palabras me tocaron más de lo que esperaba.
Y ahí, en medio del bullicio, la risa de mamá, la mirada sospechosa de papá y el consejo de Evan, me invadió la duda.
¿Y si estoy eligiendo mal? ¿Y si lo que me falta no es tiempo… sino una verdad que aún no quiero ver?
Pero el timbre sonó.
Dominic había llegado.
Y yo… estaba a punto de cenar con mi prometido mientras legalmente le pertenecía a un tal Nigel Fletcher Jagger.
Una boda, un misterio, un pasado borroso… y 30 días para divorciarme.