Día 1 🪖🕵️‍♂️

2675 Palabras
“Lo que ha de suceder, sucederá” Virgilio Eva Olsen Es un nuevo día… y hoy oficialmente inicio la búsqueda de “mi esposo.” La cena de anoche podría catalogarse como un éxito moderado. Es decir, nadie murió, lo cual, en mi familia, ya es mucho decir. Mi padre por poco sufre un infarto cuando comprendió, con esa mirada lenta pero demoledora que tiene para los descubrimientos catastróficos, que aquella “cena familiar casual” no era tal, sino la pedida formal de mi mano. Mi prometido, Dominic, ignoraba por completo que acababa de sentarse a la mesa con una versión británica de Hércules mezclado con la astucia de Sherlock Holmes: mi padre. Un hombre que puede intimidar con solo masticar pan. Gracias a Dios, la única criatura viviente con la capacidad de calmarlo (una forma elegante de decir dominarlo) es mi madre. Fue ella quien, con una mano sobre su brazo y una mirada que prometía divorcio en tres idiomas, lo contuvo. Milagrosamente, no hubo escándalo. Solo un brindis incómodo, por parte del padre de mi prometido. Dominic me sonreía con ternura, al despedirnos dijo que entendía la manera de reaccionar de mi padre, él siempre tan comprensivo. Cuando todo terminó, mi padre me llamó aparte. Nos quedamos solos en la biblioteca, ese templo suyo donde los libros están mejor ordenados que nuestras emociones. —Hija —me dijo con esa voz que usaba cuando me explicaba de niña por qué los truenos no podían alcanzarme, — solo quiero que recuerdes algo: eres mi mayor tesoro. Y si decides compartir tu vida con alguien, asegúrate de que él te dará ese mismo valor, nunca, nunca te conformes con menos. Mi corazón se encogió. A veces olvido que, tras toda esa rudeza de CEO frío, calculador y padre vigilante, hay un hombre que me ama más allá de cualquier razón. —Si tú crees que él es el adecuado —continuó, — lo respetaré. Ya sabes que tu madre me amenazó con dejarme si intervenía o lo investigaba… así que, por esta vez, no voy a interferir. Pero, Eva… ten presente esto: sea lo que sea, siempre podrás contar conmigo. Si dudas, si te arrepientes y quieres huir… yo estaré aquí. No respondí. Solo lo abracé. Porque no hay palabras para un amor así. Mis padres son, sin duda, mi más preciado refugio. Y oír a Melissa, mi madre, decir que se sentía orgullosa de mí, fue como si me colgaran una medalla invisible. Su mirada me hizo sentir importante. Amada. Capaz. Y así, con el corazón lleno y la cabeza hecha un caos, tomé la decisión más razonablemente absurda de mi vida: buscar a mi esposo y divorciarme de él para poder casarme con otro. Sí, realmente tengo una situación sentimental complicada. Recordé el consejo de mi madre y, decidida, llamé a Gabriel Lancaster. Amigo de la infancia, casi mi gemelo por edad, y actualmente… militar del ejército canadiense. Porque, claramente, si vas a buscar a tu esposo secreto, mejor que te ayude alguien con entrenamiento táctico, contactos en inteligencia y buena disposición para ocultar secretos familiares. La videollamada conectó y su rostro apareció, impecablemente afeitado, ojos azul grisáceo, uniforme perfectamente entallado. Suspiré y por un momento dudé si pedirle ayuda o simplemente decirle que me casé y acabamos con todo este embrollo. —¡Eva! —saludó con su sonrisa amplia y coqueta. — ¿A qué se debe el milagro de tu llamada? ¿Por fin vendrás a rescatarme del frío de Canadá? —Hola, Gabriel. No, aún no soy tan heroica… aunque voy a necesitar que tú lo seas por mí. Le lancé una sonrisa nerviosa. Gabriel entrecerró los ojos, ya captando que se venía el drama. —A ver… habla. ¿Qué pasa? —Necesito que me ayudes a localizar a una persona. Es urgente. Su ceño se frunció de inmediato. —Eva, me estás empezando a asustar. ¿De qué se trata? Tragué saliva. Esto era lo más parecido a una confesión en misa. —Me voy a casar. —¿Qué? —Abrió los ojos como si le acabara de decir que iba a unirme a un circo ambulante. —Pero ese no es el problema. —Ah, ¿no? ¿Entonces? —Ya estoy casada. Gabriel parpadeó. Varias veces. Incluso se inclinó hacia la pantalla como si no me hubiera oído bien. —¿Qué hiciste? ¿en qué estás metida? Mi querida Eva, ¿no te han dicho que tener un esposo es suficiente?… querer dos ya es codicia amiga. — dijo, no pude evitar reír ligeramente avergonzada. —Fue hace años, en un viaje a “Las Vegas,” una noche, muchas copas, mi inexperiencia… y un joven con una sonrisa muy peligrosa. Yo no recuerdo bien esa noche… hasta que mi abogada al preparar mis documentos para mi boda encontró un acta de matrimonio en el sistema, así que descubrió que ya estaba casada, lo que obviamente me impide casarme de nuevo. Y, bueno… ahora tengo treinta días para divorciarme antes de que Dominic me lleve al altar. — le conté mi terrible situación, un poco más exasperada. —¿Y Dante sabe? —Por supuesto que no. ¿Quieres que me entierren viva en el jardín? —Tu padre va a hacer estallar medio continente cuando lo sepa. —dijo entre carcajadas —Por eso te llamé a ti. Mi madre me recordó que tú eras la única persona lo bastante inteligente, competente y leal como para ayudarme sin levantar sospechas… y sin ser asesinado por mi familia en el proceso. Gabriel se quedó en silencio. Luego, para mi alivio, sonrió. —Mira que te metes en líos dignos de una serie de Netflix. Pásame una foto del acta de matrimonio, donde sea legible el nombre completo del susodicho, cualquier otro dato que tengas puede ayudar. Pediré a la agencia de inteligencia privada de mi padre que nos ayude a rastrearlo. —Gabriel… por favor, con discreción. Si tu padre se entera, probablemente le cuente al mío. Y si eso pasa… —Tranquila. Sé lo que está en juego. Tengo mis contactos y mi sentido de autoconservación bien desarrollado. Dame una semana. —¡Una semana no! No podemos perder tanto tiempo, no sé cómo sea el tipo y no quiero que se me dificulte el divorcio ¡Faltan solo treinta días para mi boda! —¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre casarte en tan poco tiempo? Y no conforme con eso quieres apresurar mi proceso de investigación. —¿Puedes no sonar como mi padre por cinco minutos? Gabriel soltó una carcajada. —Está bien, está bien. Haré lo posible. Envíame todo ahora mismo y veré si puedo tener novedades hoy mismo. Pero si este tal “esposo perdido” está en alguna cueva del Himalaya… no prometo milagros. —Gracias, Gabriel. Te debo una. Una muy grande. —Una caja de whisky escocés de 21 años de añejamiento mínimo, ¡ah!, y que me invites a tu boda… la legítima. —dijo el muy descarado. —Si logro divorciarme a tiempo, te dejo elegir el licor del banquete. —Trato hecho. Colgué con una mezcla de nervios, gratitud y vértigo. La cuenta regresiva había comenzado. Este era el primer día. Un esposo desconocido. Un prometido que ignora todo. ¿Por qué no puedo simplemente ser una novia normal? Esas que solo se preocupan de los detalles de la boda, de verse perfecta ese día, y no de buscar a su primer esposo, divorciarse, sobre todo, intentando no morir en el proceso. Porque últimamente la paz no parece formar parte de mi contrato con la vida, de eso estoy más que segura. Intenté concentrarme en el trabajo, y por un breve instante, casi lo conseguí… hasta que, justo al mediodía, irrumpió en la oficina mi gran amiga, Ellah, con la energía de una tormenta elegante. —Eva, Eva, mi querida Eva —canturreó, agitando en el aire un sobre manila como si fuese una bandera de victoria. — Aquí traigo el documento preparado. Ahora dime, ¿cómo va tu investigación? Me entregó el acuerdo de divorcio con una sonrisa triunfal, como si acabara de firmar un tratado de paz entre dos reinos enemigos. —Muchas gracias, Ellah —respondí con alivio. —Pues debo decirte que ya tengo ayuda para investigar al famoso Nigel Fletcher. —Eso es excelente —dijo, acomodándose el bolso con una gracia que solo una mujer que ha practicado yoga, ha hecho política universitaria y trazado un prestigio en cada juzgado, puede lograr. — Así podrás hacer lo necesario para conseguir tu tan ansiado divorcio… y, con suerte, sin tener que recurrir a una vidente para localizar a tu esposo fantasma. Tomé el documento con un suspiro digno de una protagonista de telenovela: largo, dramático, con una leve mirada al horizonte (aunque en realidad solo estaba viendo la fotocopiadora). Ahora, solo quedaba esperar a que Gabriel cumpliera su promesa y lograra encontrar a ese esquivo “Nigel” lo antes posible. Preferiblemente antes de mi despedida de soltera. Mientras guardaba el acuerdo de divorcio en uno de los compartimentos secretos de mi escritorio, la puerta se abrió y apareció Dominic, impecable como siempre, con ese aire de realeza que lo acompaña en todo lugar. —Eva, querida —dijo, con una sonrisa que haría dudar incluso a una estatua. — He venido a invitarte a comer. Se acercó con su paso sereno, propio de alguien que ha firmado acuerdos internacionales antes del desayuno, y depositó un beso en mis labios con una naturalidad que siempre me derrite. —Hola, cariño. Llegas justo a tiempo —le respondí con una sonrisa que disimulaba hábilmente mi caos interior. Entonces, Dominic dirigió su mirada a Ellah, que aún permanecía de pie junto a mi escritorio. —Buenas tardes, Ellah. Si deseas, también estás invitada. Ellah, que dominaba el arte de la cortesía incómoda como nadie, apenas pudo evitar que un músculo rebelde en su ceja revelara su desaprobación. —Lo siento, Eva, Dominic —dijo con su tono más profesional y encantadoramente falso. —Tengo una reunión importante. Será en otra ocasión. —Está bien, amiga. Estamos en contacto —dije mientras se despedía con esa elegancia propia de quien ha pasado por más tribunales que cenas románticas. A solas con Dominic, él se sentó frente a mí, su presencia irradiando esa dulzura aristocrática que desarma hasta los sistemas de seguridad emocional más robustos. —¿Cómo ha estado tu día, cariño? —Muy bien —respondí, regalándole mi mejor sonrisa, aunque por dentro sentía que vivía un reverendo lío entre una boda y un divorcio. —Perfecto. Entonces vamos, estoy lista —dije tomando mi cartera, con esa determinación incierta que una mujer solo tiene cuando sabe que está aplazando una verdad incómoda. Con su habitual caballerosidad, me tomó de la mano y salimos de mi oficina. Sus ojos marrones, serenos y envolventes, parecían cautivar a todos los transeúntes con los que nos cruzábamos. Lo saludaban con respeto, con admiración. No había duda: Dominic era un hombre querido… y, quizás, demasiado perfecto para alguien que oculta un matrimonio olvidado como quien esconde una multa sin pagar. Llegamos a uno de mis restaurantes favoritos. Apenas nos sentamos, él tomó mi mano sobre la mesa y, con esa voz baja y afectuosa, dijo: —Cariño, dime, ¿cómo puedo ayudarte a organizar nuestra boda? ¿O te gustaría contratar una wedding planner? Sentí, en lo más profundo de mi ser, como mi sistema nervioso central intentaba forzar un reinicio abrupto, tan solo para silenciar, aunque fuera por un instante, la angustia que me carcomía por dentro y permitirme esbozar una sonrisa, para así mantener la fachada de la prometida perfecta y enamorada que él merecía. Respiré profundo, abusando ligeramente de su paciencia y comprensión: —Estaría bien que nos ayuden… sabes que para mí es importante nuestra boda, pero justo estoy en plena preparación del lanzamiento de mi nueva colección de zapatos. Y tú sabes lo que implica la temporada: diseñadores estresados, modelos con ego y suelas que no perdonan errores. —Entiendo, cariño. Lo que sea mejor para ti. Por cierto, —añadió él, como quien pregunta algo casual y sin consecuencias —¿ya hablaste con tu amiga sobre los trámites legales? ¿El acuerdo prenupcial? —Sí, cariño. Ellah se encargará de todo. Me pidió hacerlo como asesora de mis intereses. Entonces, por un segundo, vi algo en sus ojos… ¿una sombra?, ¿una duda?, ¿una pequeña disconformidad diplomática? Fue fugaz. Me tomó la mano con suavidad y me dijo: —Cariño, por mi parte no es necesario. Recuerda que te amo… y todo lo mío será tuyo, mi futura duquesa. —Qué dulce eres, amor —respondí, sin poder evitar que una gota de culpa me rozara la conciencia. — Pero lo comentaré con Ellah. Mientras tanto, ¿puedes darme todos los requisitos para que ella pueda comenzar los trámites? —Claro, mañana mismo le haré llegar los documentos. Así, entre risas suaves y algunos bocados de ensalada con nombres impronunciables, hablamos de algunos detalles de la boda. Por la tarde, me llevó a casa. Yo, agotada mentalmente, trataba de mantener a raya el pensamiento insistente de que aún no le había dicho la verdad. Cuando llegué, me di un baño largo, el tipo de baño en el que una mujer se lava no solo el cuerpo, sino la pesadez de las decisiones postergadas. Luego, con el cabello envuelto en una toalla, revisé mis correos electrónicos, tratando de ignorar el ruido de mis pensamientos. Entonces vibró mi celular. Una videollamada de Gabriel. —Hola, Gabriel. ¿Encontraste algo? —Hola, Eva. Sí. Aunque me has tenido trabajando todo el día —dijo con un tono entre reproche amistoso y resignación — debo decirte que sí… lo encontré. Ya sé dónde está. Mi corazón se aceleró como si hubiera bebido tres cafés seguidos. Sentí una punzada inesperada. ¿Era miedo? ¿Alivio? —¿Dónde está? —Vive en Estados Unidos. En Nueva York. —¿Crees que pueda contactarlo? ¿Qué sabes de él? Gabriel sonrió. Una sonrisa con un matiz de picardía poco común en él, que usualmente se comporta como un general en funciones. —Creo que es necesario que viajes, Eva. Yo también lo haré. He pedido unos días de licencia en el ejército para acompañarte en esto. —¿Hablas en serio? Gabriel… gracias. Es un consuelo saber que puedo contar contigo en esta locura. —Sabes bien que para eso están los amigos. —Entonces dime… ¿qué debo hacer? —Viaja. Mañana, si es posible. Aunque creo que pasado mañana está bien, te dará tiempo para cerrar asuntos. Yo me adelantaré, verificaré la dirección exacta y te esperaré allá. —Dejaré unos pendientes resueltos y viajaré en el jet de mi padre cuanto antes. —Avísame la hora del vuelo. ¿Está bien? —Perfecto. —Nos vemos pronto, Eva. Esta aventura recién comienza. Nos despedimos y me quedé en silencio unos segundos, viendo mi reflejo en la pantalla. Iba a reencontrarme con un pasado que creía olvidado… y que, como el típico ciclo mal cerrado, había vuelto de lleno justo cuando más quería mirar hacia adelante. Mi corazón latía con una ansiedad silenciosa, como si presintiera que el destino, en su infinita ironía, se preparaba para revelarme algo que podría cambiarlo todo… o desmoronarlo. Sea como sea… Nigel Fletcher, prepárate para enfrentar a Eva Olsen. No soy la misma joven impulsiva que firmó contigo un papel entre risas y copas, sino la mujer que ha aprendido a mantenerse firme ante los desafíos, a reconstruirse entre los silencios, y que ahora viene a terminar con lo que sea que haya pasado entre nosotros, aunque en realidad ni siquiera haya comenzado. Porque no vengo a recordar viejos tiempos… Vengo a reclamar lo que merezco: mi libertad. Y créeme, no habrá papel o excusa que pueda detenerme.
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