Día 2👠

3248 Palabras
“El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos” William Shakespeare Nigel Fletcher Como ya es costumbre, me despierto temprano, incluso antes de que el primer rayo de sol se digne a besar los rascacielos de Nueva York. La ciudad aún bosteza y yo ya estoy enfundado en mis zapatillas, corriendo como si huyera de los fantasmas que yo mismo he ido coleccionando con los años. A mis veintinueve, casi treinta, admito que llevo una vida más intensa que la mayoría: entre negocios de alto calibre, conquistas amorosas y alguna que otra historia digna de una película que jamás me atrevería a producir. No porque no valga la pena, sino porque hay cosas que se sienten demasiado reales como para ponerles luces y cámaras ante una sociedad que solo alardea de cosas externas sin siquiera hacer profundidad en lo emocional. Cada mañana, tras mi rutina de ejercicio, cuando el sudor todavía marca mi piel como una armadura líquida, regreso a casa y me dirijo al vestidor. Allí, entre trajes a medida, relojes de lujo y corbatas que dicen más de mí que cualquier biografía, reposa mi mayor secreto: una caja de cristal, inmaculada, que encierra un solo objeto: Un zapato de tacón rosa. Sí, lo sé. No es el tipo de adorno que uno esperaría encontrar en el vestidor de un hombre como yo. Alto, imponente, de esos que caminan con seguridad entre reuniones millonarias y conversaciones cargadas de poder. Pero ese zapato… ese maldito y divino zapato es mucho más que un recuerdo; es un conjuro. Pertenece a una mujer cuyo nombre ignoro. No sé si era extranjera, neoyorquina, actriz, asesina… o simplemente un espejismo de aquella noche. Solo hay algo que nunca podré olvidar: sus ojos. Dos zafiros líquidos que parecían escarbar con paciencia el centro de mis contradicciones. No eran del mismo azul que los de mi madre o mi hermana; no, los suyos eran distintos. Irreales. Mágicos. De esos que no se limitan a mirar: atraviesan, descifran, desnudan. Ojos que no ves todos los días. Ojos que, si los encuentras, solo es una vez en la vida… y jamás vuelves a ser el mismo. Aquella noche, lo admito, estaba tan ebrio de whisky como de su risa. Tenía el cerebro en huelga y el alma de fiesta. Y aunque mi memoria se convirtió en un rompecabezas con piezas faltantes, el recuerdo de su voz, su perfume y ese zapato que olvidó en la habitación, seguramente por la prisa de huir, me ha acompañado durante seis años. Fue la única mujer capaz de doblar las férreas reglas de mi vida. Las mismas que me juré no romper jamás, esas que hacían que lleve una vida sin compromisos. Soy especialista en software. Un hacker elegante, si se me permite esta paradoja de vida. CEO de Mavericks Motors en Nueva York, gracias a los años de esfuerzo, visión y, claro, a ser el sobrino favorito de Alan Fox, el todopoderoso CEO de la sede principal en Inglaterra. No es por alardear , bueno, quizás un poco, pero la ambición corre por mis venas como el mejor bourbon: con fuerza, carácter y ese toque adictivo que deja huella. Además de eso, fundé mi propia empresa de investigación cibernética, un pequeño imperio en el que soy rey, espía y ladrón de secretos digitales. En más de una ocasión he colaborado con mi padre, Cedric Harper, ahora general de policía. Un hombre cuya rectitud solo se compara con su corazón, esa que siempre fue mi norte moral. De él aprendí que un verdadero hombre no se define por los músculos, sino por el propósito que lo sostiene. Junto a mí, en esta loca aventura tecnológica, tengo a Gabriel Lancaster, un militar canadiense de mirada cortante y alma inquieta. Hijo de Bruce Lancaster, magnate de la seguridad internacional. Gabriel y yo decidimos dejar de vivir bajo las sombras de nuestros padres y forjamos nuestro propio legado. Él pasa la mayor parte del tiempo en Canadá, pero siempre encuentra la forma de participar en cada proyecto, mostrando siempre su responsabilidad. Una vez duchado, perfumado y vestido con uno de mis trajes a medida, siendo mi color favorito azul medianoche con cortes que gritan elegancia sin necesidad de pronunciar palabra, salgo hacia la empresa. Lo confieso sin falsa modestia: donde voy, dejo miradas. Las mujeres se giran, los hombres me observan con respeto (y quizá algo de envidia). ¿Vanidad? Tal vez. ¿Realidad? También. Hay algo en mi sonrisa, dicen. Algo en mi forma de caminar, de hablar con ese tono que es mitad confidencia, mitad provocación. Mi coquetería no es algo que practique, simplemente… ocurre. Como la primavera. Como las mareas. Como el deseo. Muchas veces he visto cómo una conversación inocente se transforma en un juego de seducción sin que yo lo haya planeado. Y luego, claro, ellas creen que quiero más. Que hay una promesa oculta en cada palabra. Pero yo jamás he prometido lo que no puedo cumplir. Nunca he vendido amor al por mayor y nunca lo haré. Desde niño, dije que me enamoraría solo una vez. Que sería para siempre. Una frase que sonaba ridícula para quienes me escuchaban, pero que para mí era una verdad tan grande como el cielo. Tal vez por ver a mi madre y a Cedric, ese hombre que un día fue solo “el señor destino”, amarse con tanta fuerza que incluso las heridas del pasado se volvieron cicatrices sagradas. Él llegó cuando yo aún era pequeño, pero juro por mi alma que entendí desde el primer instante que venía para quedarse. Fue su promesa, su forma de mirar a mamá, la que me enseñó que el amor verdadero no pide permiso. Se instala, te transforma y no te deja volver atrás. Y sin embargo… aquí estoy. Casi treinta años y ni una sola historia que pueda narrar un amor de verdad. Muchas mujeres han pasado por mi vida, algunas fugaces como el humo, otras entrañables como un buen libro, pero ninguna ha logrado tocar mi alma. Por eso soy sincero. Por eso no miento. Porque no tengo el corazón en venta, ni me interesa entregarlo a quien no lo merezca. Y aún así, cada noche, cuando el ruido se apaga y el alma se queda a solas, vuelvo a mirar esa caja de cristal. Ese zapato. Esa Cenicienta sin nombre que me robó una parte que ni yo sabía que podía perder. ¿Puedo encontrarla? Claro que sí. Tengo los medios, la tecnología, los contactos. Puedo buscarla en bases de datos, cámaras de seguridad, r************* . Hasta debajo de las piedras. Pero no lo hago, solo he dejado pasar el tiempo. No porque tema al fracaso, sino porque tengo miedo de encontrarla casada, feliz… viviendo una vida en la que yo ya no tengo cabida. Y aunque no me he enamorado, no sé si podría soportar que mi corazón, intacto hasta ahora, se hiciera añicos por una ilusión. Así que espero. Como los viejos románticos. Como los idiotas valientes, a que el destino, vuelva a cruzarnos en el momento en que sus latidos y los míos puedan bailar al mismo compás. Mientras tanto, camino por las calles como un rey sin corona, dejando sonrisas, recogiendo suspiros y viviendo con el encanto de quien aún no se ha enamorado, pero que sabe perfectamente cómo hacerlo cuando llegue el momento indicado. Cuando llego a la empresa, como cada mañana, me recibe la serenidad de lo familiar. Elisa, mi secretaria de toda la vida, me espera con esa dulzura que solo las mujeres sabias y de corazón firme saben brindar. Es una señora mayor, de cabello plateado recogido con elegancia, con un andar pausado y un temple que ni los años han logrado desgastar. Una de las pocas mujeres que en este edificio me mira sin deseo, sin dobles intenciones. Solo con cariño genuino. Cariño de madre. —Buenos días, señor Fletcher —me dice con su voz suave, como terciopelo templado por los años. —Buenos días, Elisa —le respondo con una sonrisa sincera, de esas que no regalo con facilidad. Ella me extiende mi café, ese que solo ella sabe preparar. El aroma me despierta más que cualquier discurso motivacional. Elisa no solo conoce mis preferencias, conoce mis silencios, mis rutinas, mis días buenos y los que preferiría borrar del calendario. Aún le quedan algunos años para jubilarse, pero si de mí dependiera, estaría aquí siempre. Porque no todos los afectos deben ser intensos para ser profundos. Reviso los documentos que me entrega y me sumerjo en el torbellino de mi jornada. Nada fuera de lo común… hasta que la puerta de mi oficina se abre sin previo aviso. Y entra ella. Vanessa Lane. Modelo. Hermosa. Descaradamente segura de sí misma. De esas mujeres que saben que una mirada puede abrir puertas… y cerrarlas también. La conocí en una cena de negocios meses atrás. Hubo química, sí. Pero como en una copa de vino barato: intenso al principio, amargo después. Le dejé claro desde el primer momento que entre nosotros no habría más que un encuentro pasajero. Pero algunos egos no se conforman con la verdad. —Hola, darling —dice con una voz tan empalagosa que podría endulzar el café de toda la oficina. Levanto la vista con calma. No me inmuto. Su presencia ya no me altera. En su momento me pareció seductora. Hoy solo me parece… inoportuna. —Vanessa. ¿A qué debo tu visita? —pregunto, sin levantar una ceja, pero con esa frialdad cortante que uso con quien me quiere manipular. Ella camina como si estuviera sobre una pasarela. Se sienta sin ser invitada. Cruza las piernas con estudiada elegancia y me suelta, como si estuviera revelando un secreto digno de portada: —Pues, darling, vengo a decirte que estoy feliz. Por mí… y por ti. Quizá deberías sentarte —ríe. — Vamos a ser padres. El silencio que sigue podría quebrar cristales. Me quedo inmóvil. Solo mis ojos la estudian con intensidad. Es entonces cuando una carcajada breve, seca, irónica se escapa de mis labios. —¿Perdón? —digo, despacio, como quien calibra un arma. —Lo escuchaste bien —insiste. —Estoy embarazada. —¿Y se supone que debo creer que ese hijo es mío? Su sonrisa titubea por un segundo. Pero solo un segundo. Luego vuelve a la carga con ese aire de telenovela mal actuada. —Esa noche no usamos protección… —Ah, no, querida —interrumpo, apoyando los codos sobre el escritorio y entrelazando los dedos. — Yo siempre me protejo. Siempre. Y no solo físicamente. Si hay algo que mi padre me enseñó es a no dejar cabos sueltos. Ni con enemigos, ni con amantes. Su rostro palidece. No esperaba que yo respondiera con tanta claridad ni con tanta autoridad. La observo. Sé que está actuando. Que ese teatro barato no tiene más objetivo que atarme. Pero hay algo que Vanessa no sabe de mí: no hay cadena que me sujete si no la elijo yo mismo. —Vanessa —digo, bajando el tono, volviéndolo grave, seco, implacable. —No soy un idiota. No soy de esos hombres que se deslumbran con una cara bonita y unas palabras dulces. No me interesa tu teatro. No me interesan tus planes. Y si pensaste que podrías manipularme con una historia de embarazo, te equivocaste de hombre y de estrategia. Ella me mira con fingida tristeza. Se lleva una mano al vientre que aún no muestra nada. Sus ojos se humedecen. Pero no me conmueve. He aprendido a distinguir entre el dolor real y la manipulación emocional, no en vano mi padre Cedric ha sido el mejor oficial de policía, todo lo que sé, todo lo que soy es gracia a él y mi tío Alan. —Mira, Vanessa… —me levanto lentamente, como un depredador que ya no encuentra juego en la presa. — Agradece que fui criado por una gran mujer que hizo de mí un caballero. Por eso no te saco de aquí con mis propias manos. Pero te pido, con lo poco de paciencia que me queda, que te retires de mi empresa y no vuelvas a aparecer. Porque si lo que querías era problemas… conmigo puedes encontrarlos. Mi mirada es firme. No hay espacio para titubeos. Y ella lo sabe. Sabe que el juego terminó. Se levanta. Sus ojos aún intentan sostener la farsa, pero su cuerpo la traiciona. Camina hacia la puerta sin decir más. No la detengo. No hay nada más que decir. Una vez que se va, me siento de nuevo, respiro hondo y miro el café que Elisa me preparó. Ya está frío, pero aún conserva ese sabor que me recuerda quién soy. Un hombre de principios. Un hombre que, aunque sabe jugar, jamás juega con su libertad. Y mucho menos, con su destino dejándose manipular. Intenté concentrarme de nuevo. Trabajé sin descanso durante horas, repasando informes, firmando contratos, tomando café como si se tratara de mi líquido vital.. Tan absorto estaba en la rutina, que no me percaté de que el reloj ya había cruzado la barrera de las dos de la tarde. Fue entonces cuando la voz familiar de Elisa sonó a través del intercomunicador. —Señor Fletcher, tiene una visita… es el señor Gabriel Lancaster. Alcé una ceja, francamente sorprendido. Gabriel no solía aparecer sin previo aviso, mucho menos durante horario laboral. No era propio de él presentarse así…por lo que comencé a sospechar que algo grave estaba sucediendo. —Hazlo pasar, Elisa —dije, dejando la pluma sobre la mesa. La puerta se abrió y apareció la imponente figura de Gabriel. Uniforme militar impecable, botas perfectamente lustradas y esa expresión de “sé algo que tú no” dibujada con deleite en su rostro. —Vaya, Gabriel… qué honor tenerte por aquí y con uniforme incluido. ¿A qué se debe semejante despliegue? ¿Vienes a invadir mi oficina o a declararme culpable de algo? Porque te recuerdo que este país no se rige al ejército canadiense—solté con ironía, mientras él entraba con paso firme y mirada fija. Se detuvo frente a mi escritorio, cruzó los brazos y con una ceja alzada, dijo: —Nigel Fletcher… quiero saber qué demonios has hecho durante estos años. Lo miré con media sonrisa, esa que reservo para cuando sé que me están lanzando indirectas disfrazadas de curiosidad. —Lo mismo de siempre, querido amigo. Trabajar, construir imperios, lidiar con mujeres obstinadas, crear tecnología que puede hackear hasta los pensamientos de un político. Ya sabes, lo usual. Me miró en silencio, luego con ese tono entre fraternal y molesto, agregó: —¿Alguna vez has pensado en casarte? Justo en ese instante, estaba bebiendo mi cuarta taza de café del día. Su pregunta me tomó tan desprevenido que estuve a punto de escupirlo sobre el informe de fusiones internacionales que leía. Logré mantener la compostura, tragando el líquido amargo que aún tenía en mi boca. Lo miré, entornando los ojos. —¿Y ese interrogatorio matrimonial a qué se debe? —respondí, recargándome en la silla. — Eventualmente he pensado que, si algún día aparece una mujer que no me aburra antes del desayuno, podría considerar sentar cabeza. Pero ya sabes cómo soy… no firmo contratos sin cláusulas de escape. Gabriel rió. Pero no era una risa común. Era esa risa maldita que suele preceder a una bomba. Y efectivamente, la dejó caer: —Bueno, de hecho… sí estás casado. Me quedé inmóvil. —¿Perdón? —Sí, Nigel. Casado. Firmaste algo hace seis años en Las Vegas. ¿Te suena? Mi ceño fruncido se intensificó, le arrebaté el documento que me tendía con la solemnidad de quien entrega una sentencia. Lo leí. Despacio. Con esa creciente sensación de que mi corazón comenzaba a tamborilear con más fuerza que la lluvia contra un ventanal en medio de una tormenta. Ahí estaba. Un acta matrimonial con mi firma y el nombre de Eva Olsen estampado en tinta negra. —¿Qué demonios es esto…? —murmuré, sintiendo una especie de vértigo. —Es el acta en donde legalmente dicen que estás muy casado... Y no solo eso: ella me pidió que te encontrara. —¿Cómo es que tú tienes esto? —le espeté, con una mezcla de sorpresa, ira y confusión. Gabriel se encogió de hombros, con la naturalidad de quien no ve en ello nada extraordinario. —Porque tu flamante esposa contrató a alguien competente. O sea, a mí. —¿Desde cuando tú haces investigaciones personales?— pregunté con seriedad, analizando que mi “esposa” debe ser alguien especial para que él se haya hecho cargo de este trabajo. Entonces me llevé una mano a la frente, intentando forzar mi mente a retroceder seis años. Un viaje a Las Vegas, una borrachera monumental, y… sí. Hubo una noche. Una única noche en la que perdí completamente el control. Recuerdo apenas unos ojos azules como el hielo y el terciopelo, una risa que aún resonaba en los corredores de mi mente… y un zapato rosa olvidado en mi habitación. El zapato rosa. Mi Cenicienta, no podía ser otra. Mi corazón se aceleró. La ansiedad me trepó por la garganta, pero no era miedo… era emoción. Una mezcla de nervios y euforia disfrazada de incredulidad. Gabriel me observaba con una sonrisita burlona, consciente de cada centímetro del caos que acababa de desatar. —¿Y bien? ¿Me vas a recompensar por haber venido a ti antes de informarle a Eva que te encontré? Lo escuché «EVA» un hermoso nombre. Lo miré, aún atónito, pero ya con una sonrisa de regreso. Esa que surge cuando sabes que el destino está haciendo una jugarreta deliciosa. —Claro que sí. ¿Qué te apetece? ¿Una cena con vista al Empire State, una botella de mi mejor bourbon, o un fin de semana con todo pagado al destino que elijas?.—No ofrecí mucho porque sé que este tipo tenía tanto dinero como yo. Gabriel se rió, saboreando la escena. —Creo que me conformaré con el bourbon… pero solo el día en que descubras para qué te está buscando Eva. —¿Crees que hay algo más? —pregunté, aunque ya lo sabía. Lo leía en sus ojos. —No lo creo. Lo sé. Y no te lo diré. Lo miré con picardía. Él me conoce. Sabe que suelo tomarme la vida como una copa de vino añejo: con elegancia, arrogancia y un dejo de misterio. Quizá crea que Eva será solo otra página más en mi libro de conquistas… pero no. No lo es ni lo será. —Dile que estoy aquí —dije finalmente, levantándome y ajustándome el reloj. — que estoy listo para recibirla. Gabriel asintió, pero su mirada me lo decía todo: “tienes idea de lo que estás por enfrentar… y te encanta”. Y tenía razón. Porque, aunque aún no la he vuelto a ver, algo en mi pecho, quizá esa maldita caja de cristal con el zapato rosa, me grita que Eva Olsen no fue un error de borrachera. Fue la excepción. La que se escapó y que yo no volví a buscar. Y ahora, está de vuelta, simplemente ese era el destino. —Está bien Nigel, lo haré quizá mañana ella ya esté aquí. —Entonces estaré aquí, esperándola.—dije sonriendo. Quizá este sí sea mi momento, nuestro momento.
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