Día 3 ✈️

2847 Palabras
“No es el cerebro el que elige el camino. Es el corazón el que lo señala y el alma quien lo reconoce.” Anónimo Eva Olsen Había dejado todos mis pendientes en orden. Ellah, eficiente como siempre, se encargaría de la empresa durante mi ausencia. Preparé mi equipaje con lo indispensable para al menos tres días, aunque en el fondo anhelaba que este asunto pudiera resolverse incluso antes. La sola posibilidad de que todo encontrara pronto su cauce me llenaba de una paz tenue, casi imperceptible, pero suficiente para aliviar el vértigo de mi corazón. Mientras cerraba la maleta y repasaba mentalmente cada paso de mi improvisado plan, la puerta de mi habitación se abrió con la familiar suavidad de quien conoce cada rincón de la casa. Mi madre entró con un vaso de jugo de naranja recién exprimido, como si el gesto sencillo de una madre pudiera sellar un momento trascendental con un sorbo de dulzura y vitamina C. —Eva, querida… —dijo, con esa mezcla de ternura y preocupación que solo ella sabe dosificar. — ¿Estás segura de que no quieres que te acompañe? —No, mamá —respondí con una sonrisa serena que ocultaba el temblor de mis decisiones. —Por favor, ayúdame a cubrirme en casa con papá y con Dominic. Les dije que iba a un viaje de negocios, a explorar nuevas oportunidades para expandir la empresa. Ella asintió lentamente, aunque sus ojos la delataban: no estaba convencida, pero me amaba lo suficiente como para confiar. —Sabes que cuentas conmigo, hija. Hoy mismo me reuniré con la wedding planner y daré las indicaciones según tus gustos. El vestido, mi amor… ya estoy buscándolo. Y no importa si no es hecho a medida, encontraré uno que parezca diseñado por los dioses para ti. ¿Está bien? —No te preocupes por eso, mamá —respondí, deteniendo por un segundo la premura que me apuraba. — Confío en ti más que en cualquier diseñador de alta costura. La miré directamente a los ojos. En su mirada hallé el ancla que me recordaba quién soy, incluso en medio del caos. —Gracias por todo lo que haces por mí. —Siempre podrás contar conmigo, Eva. Cuéntame cuando llegues, ¿sí? —Gracias, mamá. Su abrazo fue ese refugio silencioso que solo se encuentra en los brazos que nos vieron nacer. En ese instante, mi corazón, tan alterado por la incertidumbre, encontró un segundo de consuelo. Al bajar las escaleras, lo vimos. Mi padre estaba en la entrada, con el periódico aún en la mano, conservando la elegancia que lo caracterizaba. Al verme, dejó todo a un lado. —¿Eva, mi amor? ¿Ya te vas? —Sí, papá. Gracias por prestarme el jet. Espero que mis negocios sean tan fructíferos como los sueños que los impulsan —dije, intentando sonar como una empresaria segura, aunque mis manos traicionaban mis nervios al aferrarse a la maleta. Él se acercó y me rodeó con un abrazo paternal, firme y cálido. Ese abrazo que siempre me hizo sentir que, aunque el mundo se desmoronara, él estaría ahí recogiendo los pedazos conmigo. —Lo serán, mi amor. Nunca lo olvides: eres una empresaria brillante. Y más aún, eres una mujer valiente. Estoy orgulloso de ti. —Gracias, papá. —Te quiero, nena. Pero más que eso, quiero que seas realmente feliz… aunque signifique que desaparezcas tres días de la casa.— me dice sonriendo. Solté una risa nerviosa. Él siempre sabía cuándo introducir una chispa de humor para apagar el incendio emocional. —¿Tan sospechosa soné? —Lo suficiente para que me dieras ganas de contratar a un detective privado. Pero te conozco. Sé que si te vas, es porque estás siguiendo eso que te vibra por dentro. Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, más significativas de lo que probablemente imaginó. Mientras me alejaba, con la maleta rodando detrás de mí y el corazón latiendo como un tambor ceremonial, sentí que cada paso no era solo una despedida, sino una afirmación. Me dirigía hacia lo incierto, sí, pero no sin rumbo. Había una brújula invisible dentro de mí, hecha de coraje, de intuición, que me guiaba con firmeza. A veces, lo que agita nuestro mundo interior no es el caos, sino la forma en que la vida nos revela un mapa oculto, una dirección inesperada pero necesaria. Esta vez, ese destino es claro: Nueva York. Así emprendí mi viaje de poco más de siete horas, con la certeza de que aterrizaría alrededor de las 18:00 horas. Gabriel me esperaría en el aeropuerto, un gesto que valoraba profundamente, no solo por la compañía en medio de la incertidumbre, sino por la generosidad de haberme ofrecido su departamento en la ciudad. Su apoyo, tan oportuno como discreto, me brindaba algo más que alojamiento: una sensación de resguardo. Durante el vuelo, mi mente fue un torbellino de pensamientos. Intenté recuperar fragmentos de esa noche, reconstruir escenas, hilvanar recuerdos. Pero, curiosamente, solo uno lograba emerger con nitidez entre las brumas del tiempo: sus ojos. Debo admitir que, aunque los años hayan difuminado su rostro, pero esa forma suya de seducir sin esfuerzo, aún persiste en mi memoria. No puedo negar que sigo sintiéndome nerviosa. Trato de calmarme y, como si de un mantra se tratara, me repito en silencio: Eva, puedes lograrlo. ¿Pero qué es exactamente lo que creo poder lograr? ¿Un divorcio en santa paz? Me cuestiono. Quizá él también esté afectado por todo esto; enterarse de que esta casado no debe ser sencillo, pues para mí tampoco lo ha sido. Puede que incluso tenga una pareja, una relación estable… tal vez esté enamorado. Son pensamientos que, en teoría, no me incumben, pero que, en el fondo, se sienten como pequeñas espinas invisibles que se clavan sin permiso. Sacudo la cabeza, casi de forma automática, intentando disipar esa maraña de suposiciones. Necesito concentrarme en lo esencial, en lo concreto, en lo que me trajo hasta aquí. Reviso mi bolso y encuentro la carpeta con los documentos que Ellah me entregó. No puedo evitar mirarlos. Su peso simbólico parece multiplicarse: no es solo papel… es el cierre de un capítulo, la llave de una liberación. Para relajarme, me coloco los audífonos y dejo que la música me envuelva. Poco a poco, el cansancio vence a la ansiedad y el sueño se convierte en un refugio silencioso durante el resto del trayecto. Al aterrizar, enciendo mi celular y marco el número de Gabriel. —Hola, Eva. ¿Cómo estás? —contesta con voz cálida. —Bien. Acabo de llegar. ¿Dónde estás?— le preguntó —Estoy en el aeropuerto. Esperando por ti. Escuchar eso me alivia más de lo que estoy dispuesta a admitir. Saber que no estoy sola en este proceso incierto, me brinda una calma inesperada. Arrastré mi maleta por los pasillos del aeropuerto, el ruido de ruedas, anuncios lejanos y conversaciones cruzadas iba desapareciendo en cada paso que daba. Apenas crucé la sala principal, lo vi. Gabriel, de pie junto a un hombre que no reconocí de inmediato. Su mirada se iluminó al verme y caminó hacia mí con una sonrisa. —¡Hola, Gabriel! —lo saludé con afecto, sintiendo un nudo de emoción al notar que habían pasado casi cuatro años desde nuestro último encuentro. —Eva… qué gusto verte —respondió con ese tono suyo tan medido, para conservar la autoridad que lo caracteriza, la misma con la que impone presencia incluso sin uniforme, como buen militar que es. Nos abrazamos entre risas, sin intentar disimular la alegría del reencuentro. Le susurré una broma al oído (porque ni siquiera él se libra de mis comentarios sarcásticos), hasta que, de pronto, sentí una mirada fija sobre mí. Intensa. Directa. Casi inquisitiva. Fue entonces que recordamos, casi al mismo tiempo, que no estábamos solos. —Ah, claro… —dijo Gabriel, separándose. — Eva, permíteme presentarte a un amigo. Giré hacia el desconocido, que nos observaba con una expresión que oscilaba entre la cordialidad y algo difícil de descifrar. Extendí la mano con cortesía. —Hola, mucho gusto. Soy Eva Olsen. El apretón fue firme y breve, pero bastó para que una especie de corriente, distinta a cualquier otra que haya sentido antes, me recorriera el brazo. No era solo electricidad estática o una simple impresión pasajera; era algo más profundo, casi instintivo, como si su contacto activara una memoria dormida en mi piel. Aun así, me obligué a mantener la compostura. He estrechado muchas manos en reuniones más tensas y con personas más imponentes, y no iba a dejarme desestabilizar por un simple saludo de un desconocido. El hombre vestía un traje impecablemente entallado, con esa naturalidad que solo tienen quienes saben que imponen sin esforzarse. Proyectaba autoridad, sí, pero también una calma peligrosa. En el mundo de los negocios, una aprende rápido a ignorar trajes caros y sonrisas bien ensayadas. Le di una sonrisa neutral… aunque por dentro, algo se había removido sin que yo pudiera evitarlo. —Hola, Eva. Un placer conocerte —dijo él, con una voz grave y una sonrisa que, si uno no era cuidadoso, podía resultar peligrosamente encantadora. Una que se parecía mucho a la de “mi esposo” —Igualmente —respondí, mirando de reojo a Gabriel con una ceja alzada y tono juguetón. — Vaya, tu amigo tiene nombre… ¿o planea conservar el misterio? Volví mi atención al desconocido y añadí, con un dejo de picardía: —¿Podría soltarme la mano? Él rió, algo divertido por el comentario y replicó: —Mucho gusto. Soy Neil. Noté que evitaba mencionar su apellido. Curioso, aunque no del todo sorprendente. Yo tampoco tenía intención de compartir más de lo necesario. Después de todo, no había venido a este país a hacer amigos, mucho menos a dejarme distraer de mi objetivo principal: conseguir mi divorcio. Gabriel me observó con esa mirada suya entre fraternal y diplomática. —¿Estás cansada? —Un poco, quizás —respondí, acomodándome un mechón de cabello detrás de la oreja. Fue entonces cuando Neil intervino con voz amable: —¿Te gustaría que te invitáramos a cenar? Volví a mirarlo. Había algo en sus ojos… una sombra conocida, una chispa que me parecía familiar, aunque no lograba ubicarla del todo. Decidí ignorarlo. —Está bien, me parece perfecto —acepté, antes de girarme hacia Gabriel. —Pero antes me gustaría dejar mi equipaje en tu departamento. No sé si sea muy prudente andar por ahí con la maleta a cuestas.— dije usando un matiz jovial. —No te preocupes —dijo Gabriel con naturalidad. —Podemos dejarla en el auto. Veo que solo traes una pequeña maleta. —Sí, la idea es que mi estadía aquí sea lo más breve posible —respondí, sin poder evitar que un dejo de ironía se colara en mi voz. Nos miramos y compartimos una sonrisa cómplice. Ninguno de los dos verbalizó el subtexto, pero ambos lo entendimos. No era el momento ni el lugar para explicar los motivos de mi visita ante un completo desconocido… por muy bien vestido y simpático que fuera. Cuando me preguntaron qué quería cenar, respondí sin pensarlo demasiado: —Algo sencillo, quizás sushi.— No tenía grandes expectativas, pero al final aceptaron la propuesta con entusiasmo. Terminamos en un restaurante que superó cualquier definición de “sencillo”: un lugar elegante, con una propuesta innovadora en cada platillo. Me sorprendió gratamente la creatividad con la que preparaban cada bocado, y debo confesar que disfruté la experiencia más de lo esperado. Cada pieza parecía una obra de arte minimalista; el equilibrio entre textura y sabor era impecable. Sin embargo, mientras degustaba un nigiri de salmón con una infusión de cítricos, no pude evitar sentirme… observada. La intensidad con la que el amigo de Gabriel me miraba era sutil pero constante, como si tratara de descifrar un enigma. Me limité a ignorarlo o por lo menos fingir que lo hacía; preferí sumergirme en una conversación más amena con Neil, que se reveló como un conversador encantador. Tenía esa habilidad de mantener un diálogo fluido, inteligente y con el punto justo de humor. Gabriel y yo nos pusimos al día con naturalidad, como si no hubieran pasado años desde nuestro último encuentro. Neil, curioso sin perder una pizca de elegancia, nos preguntó cómo nos conocimos. Gabriel le explicó que nuestros padres eran viejos conocidos, aliados de negocios y confidentes de ocasión. —¿De verdad? —dijo Neil, mirándome con un gesto entre interés y asombro. —Me fascina cómo las conexiones antiguas dan lugar a encuentros nuevos. No sabía si era por su forma de escuchar tan concentrada, tan precisa, que me daba la sensación de que grababa mentalmente cada palabra. O quizá era otra cosa. Había algo en su manera de mirarme, una atención sostenida, casi meticulosa, que iba más allá de la simple cortesía. Parecía estar analizándome en silencio, no solo interesado en lo que decía, sino también en lo que elegía no decir. —Y cuéntame —dijo de pronto. — ¿a qué te dedicas? Sonreí y me acomodé en la silla, lista para desplegar mi bandera de orgullo personal. —Bueno… tengo una empresa —respondí con una mezcla de modestia y entusiasmo. — Soy diseñadora de calzado y fundé mi propia marca hace varios años. Ahora es una firma internacional con presencia en más de diez países europeos. Gabriel soltó una risa suave cuando mencioné que, a pesar de la fama y el prestigio de mi padre quien es considerado uno de los magnates más influyentes en el rubro de tecnología e inteligencia artificial en Dinamarca, yo no usé su ayuda y contactos para abrirme campo en mi industria. —Ni hablar del círculo de mi madre —agregué, —quien, por cierto, es una de las diseñadoras de joyas más reconocidas del continente. Pero supongo que heredé de ella el espíritu emprendedor. Lo curioso es que mientras ellos asistían a galas y conferencias, yo estaba dibujando bocetos en servilletas. —Eso es francamente admirable —comentó Nail, genuinamente impresionado. Era inevitable que comenzara a hablar con entusiasmo sobre mi empresa. Hay una pasión que se cuela en la voz cuando uno menciona lo que ha construido con sus propias manos. Él entonces me preguntó desde qué edad diseñaba. —Pues bien —le dije, —el primer par de zapatos que hice fue cuando tenía dieciocho años. Eran unos stilettos, perfectamente moldeados a la forma de mis pies, de un tono rosa que me obsesionaba en esa época. Recuerdo que los llevaba a todas partes como si fueran de cristal. Noté un gesto apenas perceptible en su rostro, una mezcla entre sonrisa y nostalgia, antes de que me lanzara una pregunta que no esperaba. —¿Y los conservas aún? Tragué saliva, sorprendida por lo íntima que podía ser una pregunta tan sencilla. —La verdad es que no —respondí, intentando mantener un tono ligero para relatar con sinceridad.— Perdí uno en un viaje con mis amigas a Las Vegas. Una noche larga, muchos cócteles y… bueno, el zapato decidió no regresar conmigo.— dije resumiendo. Neil soltó una risa contenida. —Supongo que eso te convierte oficialmente en una Cenicienta moderna. —Sí, con la pequeña diferencia de que yo no encontré a un príncipe —repliqué con una sonrisa socarrona. —Solo perdí el zapato… y probablemente la dignidad durante unos minutos. Ambos rieron. Gabriel, que había estado observando la escena con disimulada diversión, intervino con tono burlón: —¿Estás segura de que no hubo algún príncipe torpe conservando tu tacón sin atreverse a buscarte? —Oh, no —dije, entre risas. —Lo más cercano a un príncipe fue un botones llamado Larry que me ofreció hielo para la frente y una botella de agua mineral, que ayudó a la resaca. Neil se llevó la servilleta a los labios, conteniendo otra carcajada. —Larry el Salvador. Tiene buen nombre para cuento infantil. —Solo si el cuento se titula “La Cenicienta con resaca” —añadí, rodando los ojos. — Una obra maestra aún no escrita. La conversación siguió fluyendo entre risas, anécdotas de juventud y algún que otro brindis con sake. A medida que avanzaba la noche, comencé a sentirme más cómoda, incluso con las miradas inquisitivas de Neil, que ahora parecían menos analíticas y más cómplices. Pero entonces, con esa calma suya que parecía no alterar nunca la atmósfera, preguntó: —¿Y qué te trae a Nueva York? No supe si fue el licor o el deseo de no seguir fingiendo, pero mi embriaguez, disfrazada de sinceridad, me llevó a decir la verdad: —Vine a divorciarme. Lo dije con una naturalidad que me sorprendió incluso a mí. Y fue entonces cuando lo noté: un cambio sutil se dibujó en el rostro de Neil. No sabría decir si fue desconcierto, curiosidad o algo más oscuro. Pero durante un instante, algo en él se quebró… o quizá solo se reveló.
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