Día 4 📄

3481 Palabras
“Porque cuando un hombre ama a una mujer, lo sabe desde el momento en que la ve.”Melendi Nigel Fletcher No cabe duda de que anoche fue un completo caos emocional. Caótico, sí… pero revelador. Conocer o mejor dicho, reencontrarme con Eva fue como abrir un libro olvidado cuyas páginas aún conservaban el perfume de una historia inconclusa. Descubrir lo que ha logrado por sí misma, con su talento y su espíritu emprendedor, me dejó sin palabras. No solo captó mi atención, sino que logró que la admirara profundamente. Es mucho más hermosa de lo que mi memoria había registrado. Ha cambiado. Ha crecido. Ya no tiene el rostro de la niña que conocí: ahora es toda una mujer. Una que podría desestabilizar cualquier brújula emocional. Sonreí, lo confieso, al pensar que ni siquiera puedo asegurar si alguna vez logré hacerla mía por completo… si en algún momento la tuve entre mis brazos con la certeza de que era mía. Pero lo que sí recuerdo, a pesar de los años sin verla, es esa sensación fulminante que me provocó la primera vez que sus ojos se cruzaron con los míos. Y ayer… volvió a pasar. Claro que noté que no me recuerda. O no del todo. Tal vez, en algún rincón borroso de su memoria, le resulté familiar. Ella misma me lo dijo, con esa voz encantadoramente distorsionada por unas copas de más. Se reía, se tambaleaba un poco y, entre confesiones, soltó la bomba: había venido a esta ciudad a divorciarse. De mí. ¿Quién se casa sin recordarlo y años después aparece pidiendo el divorcio de un matrimonio que ninguno sabía que existía?, me pregunté, pero cuando apenas estaba intentando entenderlo, su celular vibró. Una llamada. Ella, ya mareada y claramente ebria, contestó sin filtro. Y entonces lo dijo. «Hola, mi amor.» Sentí que se me congelaba el alma. Nunca fui celoso. Jamás tuve motivos. Pero lo que experimenté en ese instante no fue celos. Fue una mezcla de furia, desconcierto, orgullo herido… y un amor posesivo que no sabía que habitaba en mí. Porque… ¿cómo se supone que debe reaccionar un hombre cuando escucha a su esposa, sí ¡su esposa! Porque legalmente me pertenecía, llamando “mi amor” a otro? No es que quiera sonar melodramático… pero es que, francamente, hay límites. Y el destino, al parecer, no entiende de ellos. Si fue lo bastante teatral como para casarnos en un arrebato perdido en el tiempo y luego volver a reunirnos, bajo circunstancias dignas de una película, entonces no tengo dudas: quiere que estemos juntos. Solo tengo que hacérselo ver. Hacerle entender que no importa si no me recuerda del todo, si ha cambiado o si ahora tiene pretendientes que le dicen “mi amor” como si ese título no tuviera dueño. Yo soy su destino. Lo he sido desde el primer momento y no pienso darme por vencido. Me bastó verla para que mi mundo entero tambaleara. Fue suficiente con una sonrisa suya, para que todos mis sentidos gritaran lo mismo: es ella. Mi padre, Cedric, solía decir en sus momentos de sabiduría improvisada que “un hombre sabe”. Siempre lo decía con un whisky en la mano, con la profundidad de estar revelando un secreto universal. «Cuando un hombre ama a una mujer, lo sabe desde el momento en que la ve. Lo siente. Lo reconoce. Y no se confunde.» Yo no lo entendía… hasta hoy. Ahora lo sé. Porque ayer, cuando Eva volvió a entrar en mi vida como un huracán que contenía: divorcio, llamadas, copas y todo, lo supe. Es ella, la Cenicienta que espere. Aunque no me recuerde, aunque tenga dudas, aunque quiera huir… yo no voy a dejarla ir. No otra vez. Sé que no basta con decirlo. Tendré que demostrarlo en cada gesto, en cada palabra, en cada acto temerario pero necesario. No importan los obstáculos, ni cuántas veces la escuche llamar “mi amor” a otro por teléfono. Desde ahora, voy a luchar por ella con la determinación salvaje de quien ha reconocido a su alma gemela en medio del caos, y arde por alcanzarla como un náufrago que ve tierra firme después de años a la deriva. Porque si el destino tuvo el descaro de juntarnos otra vez, lo mínimo que puedo hacer… es convencerla de que no debemos separarnos. Gabriel, el muy desgraciado, sabía perfectamente a lo que venía Eva… y aun así me dejó enterarme de la peor manera posible. Claro, él tan encantador, tan cómodo en su rol de salvador, se limitó a disfrutar del espectáculo mientras me arrojaba al escenario sin libreto. Pero no crea que se lo dejaré pasar. No soy de los que olvidan fácilmente: me desquitaré. Si algo me enseñó mi tío Alan Fox, además de cómo desarmar a un hombre con una copa de whisky en la mano y una sonrisa en los labios, fue a tener paciencia, observar, calcular cada movimiento… y atacar cuando el otro cree que ya ha ganado. Así que no. No se lo dejaré fácil a mi querida esposa. Hoy decido arreglarme más de lo habitual. Nada exagerado, solo lo justo para que parezca accidentalmente impecable. Estoy casi seguro de que Eva aparecerá en la empresa con la idea de conocer a su “esposo”. Y yo, por supuesto, estaré esperándola con mi mejor sonrisa… y un contrato. Porque, como solía decir mi tío: «si realmente deseas algo, asegúrate de atarlo legalmente antes de que se te escape entre los dedos.» Eva quiere el divorcio. Perfecto. Pero que trabaje para ganárselo. No voy a regalarle la salida fácil, no después de la forma en que esta situación se desplegó. Si tan desesperada está por borrar nuestro apellido compartido, tendrá que pagar el precio. No con dinero, no con súplicas… sino con presencia. Con convivencia. Con ese mes entero en el que tendrá que compartir mi espacio, mis silencios, mis mañanas de mal humor y mis noches de sarcasmo elegante. Conforme con mi apariencia, y confiado en que mi gran aliado James Mackenzie ya estará en la ciudad por asuntos de la empresa, (aunque él nunca necesita muchas excusas para estar donde hay buen café y mejores tramas legales), llego a la oficina con la certeza de quien ya ha ganado medio juego antes de comenzar. Elisa, como siempre, me espera con una taza de café perfectamente preparado. No dice nada, pero alza una ceja al ver mi actitud. Ella sabe que algo está por suceder. Elisa siempre sabe, me conoce bien. Me instalo en mi oficina, me relajo. Abro la agenda y finjo que me interesa un informe de logística cuando, en realidad, estoy ensayando mentalmente el tono exacto con el que le diré a Eva: “Así que vienes por tu libertad?” Entonces, como si el universo estuviera a favor del espectáculo, entra James. Impecable, cínico, con su portafolio de cuero y su sonrisa de tiburón elegante. —¿Ya está lista tu víctima? —dice, dejándose caer en la silla frente a mí. —No es una víctima, James. Es mi esposa. —Ah, claro. Perdón. ¿Ya preparaste las esposas entonces? —Justamente para eso te llamé. Nos reímos. Él abre su portafolio con la solemnidad de un sacerdote antes del sermón y comienza a redactar. Yo dicto las cláusulas con la calma, por la simple razón de que sé perfectamente lo que quiero y no pienso ceder ni una línea. —Primera condición —digo con calma, saboreando cada palabra—: el divorcio no se firmará hasta que hayamos convivido, bajo el mismo techo, al menos un mes completo. —¿Quieres que viva contigo un mes? —pregunta James, alzando las cejas. — ¿La estás castigando o te estás dando un regalo? —Ambas cosas.— dije con seriedad para luego continuar. —Bien. Segunda cláusula: si durante ese mes alguno de los dos infringe las normas de convivencia, se prolongará la cohabitación una semana más. —Perfecto. Que se castigue la impaciencia.— dice con burla. —Tercera cláusula: en caso de no aceptar y solicitar la separación definitiva, reclamarás la mitad de su empresa. —Eso lo añadí solo para verla enrojecer —sonreí. —No necesito su empresa, pero su reacción sí que me interesa, sé que por ahí la puedo presionar. —Eres un romántico, Nigel. De los peligrosos.— dice mirándome sin reparo. Seguimos afinando los detalles, entre carcajadas y tecnicismos legales. James, por supuesto, no puede evitar añadir un par de cláusulas cómicas. —Incluyamos que deben cenar juntos al menos tres veces por semana en casa. Nada de entregarle el divorcio sin haberla hecho probar tu risotto. —Y que no puede mudarse a la habitación de invitados, debe dormir en la misma cama que yo. —Y que debe acompañarte a un evento social fingiendo que están felizmente casados, además de un viaje a Inglaterra para ver a tu familia. —Brillante —asiento. —Que vea lo que se puede perder…pero también agrega que es importante que una vez a la semana prepare galletas. —¿Galletas?— preguntó James. Yo solo sonreí y asentí —No preguntes y solo escribe eso. James imprime el documento, cuando está listo sonríe con satisfacción. —He redactado contratos para fusiones multimillonarias, pero ninguno tan divertido como este. —Eso es porque este no es un contrato empresarial, James. —¿Ah, no? —No. Es un contrato de guerra. —¿Y crees que vas a ganarla? —No nací para perder. Me levanto y camino hacia el ventanal. Desde aquí puedo ver la entrada del edificio. Y algo me dice que hoy llegará. Con Gabriel, con esa expresión de quien cree tener el control, de quien no ha entendido aún que el tablero cambió. Pero yo sí lo entiendo. Y ya tengo las piezas listas. La reina se mueve. El rey espera. Y en medio de este juego, el contrato. En ese momento, el timbre del intercomunicador rompió la expectante calma de la oficina. Elisa, con su tono eficiente y sutilmente curioso, anunció: —Señor Fletcher, el señor Lancaster desea verlo. —Hazlo pasar —respondí con serenidad, tomando asiento como si ya supiera de memoria el guion del espectáculo que estaba a punto de comenzar. James, que aún no se movía de su silla, se recostó ligeramente, cruzó las piernas y murmuró con media sonrisa: —Empieza la función. La puerta se abrió y lo que vi fue, sin duda, una obra maestra. Eva apareció primero, enfundada en un vestido rojo que desafiaba a la lógica y al buen juicio. Impecable, poderosa, y sin saberlo, infinitamente hermosa. Detrás de ella, como un perro que sabe que pronto le lanzarán un zapato, venía Gabriel. Tenía esa cara de quien sabe que el huracán está por desatarse… y que olvidó traer paraguas. Eva se detuvo en seco al verme. —¿Neil? ¿Qué haces aquí? Miró a Gabriel, perpleja. La voz se le quebró apenas perceptiblemente. —¿Gabriel… qué es esto? Era mi turno. Me levanté, caminé con calma hasta ella y, con una sonrisa casi ceremonial, extendí la mano. —Mucho gusto, Eva Olsen. Soy Nigel Fletcher… tu esposo. No voy a mentir: ver la forma en que se le dilataron los ojos, el asombro contenido en su rostro y la respiración contenida en sus labios fue, sencillamente, glorioso. Pero lo mejor fue que, a pesar del impacto, no retrocedió ni un milímetro. Firme, altiva… encantadoramente desafiante. Esta mujer, pensé, empieza a gustarme demasiado. Ella tomó mi mano. Firme. Fría. Y fascinante. —Así que eres tú… —murmuró, mirándome con una mezcla de furia, desconcierto e interés. Luego giró hacia Gabriel: —¿Cómo pudieron hacerme esto? —preguntó, aunque la pregunta iba más dirigida a él que a mí. —Lo siento —dijo Gabriel, levantando las manos con torpeza, señalándome. —Él no quería que supieras su identidad. Un punto más, pensé. No para Gabriel, claro, sino para mi lista de cuentas pendientes. Le regalé a Eva una de mis sonrisas características, esas que provocan fascinación y desconfianza a partes iguales. —Quería conocerte primero… sin filtros.— le dije, pero ella interrumpió. —Mira, seré breve: he traído un acuerdo de divorcio. Sé que debes tener una vida, compromisos, un calendario apretado y tal vez una novia esperándote. No pretendo interrumpirlo. Hagamos esto simple y rápido. Un divorcio de mutuo acuerdo. Señalé con elegancia la silla junto a James. —Puedes sentarte, porque yo también he preparado mi acuerdo. Eva se acomodó con una mezcla de gracia y altivez. Gabriel, con un silencio que hablaba más que mil excusas, se quedó al margen. Mi abogado, James Mackenzie, se puso de pie. —Eva, te presento a mi abogado, James. Uno de los mejores tiburones en los juzgados. Ella asintió con cortesía seca. —Un gusto. —Ya que estás aquí, y si tienes duda él podrá asesorarte —continué. —No necesito revisar ningún documento, porque he decidido que no voy a darte el divorcio. Al menos no tan fácil, pues aquí tengo un contrato con ciertas condiciones que debes cumplir, si es que en verdad quieres, tu libertad. Eva palideció un poco. Pero como buena estratega, recuperó el color al segundo. —¿Y si no acepto tus condiciones? —soltó con una firmeza que casi me hizo aplaudir. Fuerte. Orgullosa. Infinitamente tentadora. La miré con una sonrisa que dejaba claro que yo ya había jugado esta partida muchas veces. —Entonces pelearé por la mitad de tu empresa. Será un escándalo delicioso. Y todos sabrán que estás legalmente casada conmigo. Ella se irguió. —Eso es ridículo. Mi abogada podría gestionar una anulación. Llevamos años separados, este matrimonio no tiene validez real. James intervino con su tono pulcro y demoledor: —La anulación es posible, sí, pero podría tardar muchos meses… y no hay garantías de que sea aprobada. —Eso no es una opción —replicó ella con impaciencia. —Necesito estar divorciada en menos de 30 días. Yo entrelacé las manos, tranquilo, y la miré con interés renovado. —¿Y por qué la urgencia? Eva dudó un segundo. Luego lanzó la bomba: —Porque estoy comprometida. Me caso en un mes. Durante una fracción de segundo, todo en mí se congeló. Un golpe seco me atravesó el pecho y desde ahí comenzó a extenderse, generando una sacudida lenta, profunda, que desordenó la calma con la que había llegado. Cada parte de mí se estremeció, haciendo que el equilibrio que tenía se hubiera roto desde dentro. ¿Comprometida? ¿Casarse? Respiré hondo. No iba a perder el control. Al contrario, el momento exigía perfección. —¿Y cómo planeas casarte si ya tienes esposo? —pregunté con calma venenosa. Ella se defendió: —Mira, ni tú sabías que estabas casado ni yo. Y estoy segura de que tú también tienes tus “relaciones”. No te estoy juzgando. Yo solo… estaba empezando una nueva etapa en mi vida. Hasta que mi abogada encontró este obstáculo. No hay necesidad de dramatizar. —Yo no dramatizo, Eva —respondí con suavidad punzante. — Yo negocio. Me incorporé, tomé el documento y lo coloqué frente a ella. —Mis condiciones son simples. Un mes. Conviviendo bajo el mismo techo, fingiendo ser mi esposa. Tres cenas semanales. Un evento social. Y sí, dormir en la misma cama. —¿Qué?—exclamó, hojeando el contrato con incredulidad.—¡Esto es absurdo! ¡Estás completamente loco! —¿Loco? —me reí suavemente. —Solo dice “dormir”. No habla de sexo. Aunque, claro… si en algún momento deseas convertirme en tu juguete s****l… no seré yo quien se oponga. Ella soltó una carcajada incrédula. —Estás mal de la cabeza. —Quizás —respondí con desvergüenza. —Pero aquí la que tiene una necesidad urgente… eres tú. Gabriel, a una distancia prudente, no podía contener la sonrisa. El espectáculo era de primer nivel. —Necesito consultarlo con mi abogada —dijo Eva, volviendo a su tono profesional. —Por supuesto —asentí. —Estás en tu derecho. Pero no olvides algo: si no aceptas y firmas antes de mañana al mediodía, este acuerdo será inválido… y yo jamás firmaré un divorcio. Tengo los medios, los contactos y, créeme, la paciencia suficiente para convertir tu compromiso en un escándalo de sociedad. La miré. Firme. Seguro. Inamovible. Eva apretó los labios. Su mirada era fuego. Pero también… había algo más. Curiosidad. Intriga. Quizás, un atisbo de deseo por jugar el juego. Perfecto. La reina había sido movida. Y el rey… estaba disfrutando cada segundo. Eva salió de la oficina Gabriel intentó acompañarla y apenas escuché cuando le dijo Eres un traidor déjame sola Yo solo sonreí esa mujer era dinamita. Eva Olsen ¡Maldito Gabriel! Me las pagarás, pensé mientras apretaba los dientes. Lo sabía. ¡Maldita sea, lo sabía! Algo dentro de mí, quizá mi instinto, me gritaba que esa sonrisa suya, tan pulida, y esos ojos descaradamente encantadores, me eran familiares. Y ahora todo tenía sentido. Ese hombre había jugado conmigo. Y no contento con eso, pretendía hacerlo ver como una broma inocente. ¿Quién se cree que es? ¿El villano sexy de una comedia romántica? Pues que se prepare, porque no pienso ser su escena de apertura. Indignada, llegué al departamento de Gabriel. Dejé mi bolso con brusquedad sobre el sofá y me senté frente al computador. Abrí una videollamada con Ellah, mi abogada y fiel amiga, la única persona cuerda en mi vida en ese momento. Ella respondió con su eterna taza de café en la mano. —Eva, ¿cómo te fue? —preguntó con ese tono que ya sospechaba un desastre. —Mal —dije, echándome hacia atrás. —Me fue muy mal. Y entonces comencé a narrarle todo: desde mi llegada triunfal a Nueva York, hasta la aparición sorpresa de mi “esposo legal” y la absurda propuesta de convivencia marital por contrato. Ellah, lejos de contenerse, comenzó a reírse sin pudor. —¡No te rías! —le solté, fulminándola con la mirada. —Esto no tiene ni un mínimo de gracia, Ellah. Mi vida se está desmoronando frente a mis ojos y tú actúas como si fuera una obra de teatro. Ella dejó escapar una última carcajada, se acomodó el cabello y recuperó la compostura. —Está bien, está bien. Vamos a lo práctico. ¿Qué necesitas saber? —¿Cuánto puede tardar la anulación del matrimonio? —pregunté, cruzando los brazos con impaciencia. Su expresión se volvió seria de inmediato. —Técnicamente… unos seis meses. —¡Seis meses! —repetí, al borde de un colapso nervioso. —Sí, y eso si no se complica —añadió con ese tono de abogado que uno odia cuando no quiere escuchar la verdad. Me levanté de golpe y caminé por la sala como leona enjaulada. —¡Esto es un desastre, Ellah! Tengo menos de treinta días antes de la boda con Dominic. No puedo presentarme ante él y decirle: “Hola, amor. Pequeño detalle: ya estoy casada con otro.” ¡No puedo! ¡Le rompería el corazón!, si te lo he dicho. —Eva —dijo con suavidad pero firmeza, — no puedes mantener una mentira así. Tienes dos opciones: o haces las cosas por las buenas con este tal Nigel y aceptas su estúpido contrato, o le cuentas a Dominic la verdad. —Eso no es una opción —dije con voz más baja, casi un susurro. —Dominic es bueno, noble. Él no merece esto. —Entonces necesitas neutralizar el problema Fletcher —concluyó Ellah, volviendo a sorber su café. —Sé que no te gusta la idea, pero el contrato es, objetivamente, lo más conveniente. —¿Conveniente? —repetí entre dientes. —¿Pasar un mes viviendo con ese lunático, fingiendo ser su adorable esposita de catálogo? ¿Dormir en la misma cama con él como si esto fuera un reality show? —Bueno, piensa en la alternativa —dijo encogiéndose de hombros. —Si se pone difícil, puede reclamar la mitad de tu empresa, hacer un escándalo mediático… Ya sabes, el menú completo del infierno legal. Suspiré. El peso de la realidad cayó sobre mí como un balde de agua helada. —Eva, eres una mujer inteligente.— La voz de Ellah se volvió más suave. — Sé que tomarás la decisión correcta. Puede que te cueste el orgullo… pero no te costará la vida entera. Me dejé caer sobre el sillón como una actriz de tragedia griega. Miré al techo. Conté hasta cinco. Cerré los ojos. Entendí que no tenía opción. Tendría que firmar el estúpido, absurdo, ridículamente maquiavélico contrato de Nigel Fletcher.
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