Día 5 💄👠

3879 Palabras
“Juega mucho y juega bien, juega como si tu vida dependiera de ello. Porque depende…” Dean Koontz Eva Olsen No hablé con Gabriel en toda la noche, ni siquiera supe a qué hora llegó. Preferí sumirme en un sueño profundo para recuperar algo de energía antes del siguiente acto de esta tragicomedia que, sin querer, estaba protagonizando. 👠—————-👠 Hoy es un nuevo día. Resignada al absurdo legal en el que me encontraba, lo primero que hago es llamar a mi madre antes de ir a enfrentarme una vez más con mi esposo involuntario. —Hola princesa, ¿cómo estás?... Cuéntame, ¿ya conociste a tu esposo? —preguntó con voz curiosa y una risita contenida que me hizo fruncir el ceño. —Sí, mamá… y tengo malas noticias. Al otro lado de la línea hubo un silencio apenas roto por un leve jadeo de sorpresa. —¿Malas noticias? ¿Qué pasó? ¿Acaso es feo? —¡Mamá! ¿Cómo puedes preguntar eso? —dije en tono de regaño, aunque por dentro sabía perfectamente que Nigel de feo no tenía ni los cordones de los zapatos. —Ay, nena, es que esa sería una mala noticia —respondió entre risas. —No, mamá. La mala noticia es que no voy a poder regresar tan pronto como pensaba. —Pero ¿qué sucedió? Anda, cuéntamelo todo y exagera. —acotó jocosa. Después de resoplar y entornar los ojos por sus ocurrencias, le conté, en pocas palabras, todo lo que había ocurrido con ese hombre y cómo su aparición repentina había complicado mi vida de la manera más absurda e inoportuna. —Por último... hablé con Ellah. Y tras mucho debatir, terminé aceptando ese contrato ridículo que él me propuso: vivir juntos durante un mes entero. —¡Pero nena! No tienes tanto tiempo. ¡La boda está a la vuelta de la esquina! —Lo sé, mamá, lo sé… —suspiré, frotándome la frente con cansancio. —Por eso quiero modificar el acuerdo: quedarme solo veinte días, divorciarme y volver a Dinamarca justo a tiempo para casarme. —dije sonriente pensando en mi plan maestro. Hubo un silencio prudente antes de que mi madre hablara de nuevo, esta vez con un tono más maternal. —Mi amor… ¿estás segura de que quieres casarte tan pronto? ¿No crees que sería mejor posponer la boda? —¿Qué? ¡No, mamá! No puedo hacerle eso a Dominic. Él es un hombre maravilloso. Esto es solo una consecuencia de mis malas decisiones de juventud. —Está bien, mi amor —dijo con voz serena. — Entonces seguiré organizando tu boda como estaba previsto. Y trataré de explicarle a tu padre que te quedarás en Estados Unidos por temas de negocios. —Gracias, mamá. Aunque, técnicamente, esto es un negocio. Uno firmado en papel, bajo términos ridículos, pero, lamentablemente, completamente legal. —Ya sabes cómo se pone tu padre cuando se le cruza algo —dijo con un matiz de complicidad. — Yo me encargo. Nos despedimos con un suspiro compartido. Sabía que había esquivado el drama familiar por ahora. El próximo episodio me esperaba en la siguiente llamada: Dominic. Cuando la videollamada se conectó, lo encontré sentado en su fino despacho, rodeado de madera oscura, libros encuadernados en cuero y una luz tenue que parecía salida de una serie de aristócratas aburridos. —Eva, querida, ¿cómo estás? —preguntó apenas apareció en pantalla, con su típica voz encantadora. —Hola, Dominic. Bien, ¿y tú cómo estás? —Extrañándote —dijo con un gesto medido, como quien ofrece un cumplido que ha sido ensayado frente al espejo. —Me lo imagino… —le respondí con una sonrisa un poco forzada, conteniendo un suspiro. Tenía que ir al grano. — Dominic, espero que estés sentado para lo que voy a decirte. —No me asustes, cariño —respondió con una dulzura cuidadosa. —Verás… mis asuntos aquí se han complicado más de lo esperado. Es posible que llegue a Dinamarca apenas un par de días antes de la boda. Él arqueó una ceja, pero su rostro mantuvo esa compostura propia de los duques que ya han presenciado demasiados conflictos… o almuerzos familiares incómodos. —Lo importante es que llegarás, ¿verdad? —dijo guiñando un ojo con galantería. —Sí, Dominic. Ten por seguro que estaré ahí. Puedes confiar en mí. —Siempre lo he hecho, Eva. Solo deseo que no te sobrecargues —dijo, con esa voz calma que uno imagina perfecta para leer cuentos o testamentos. —Estaré muy ocupada estos días —expliqué. —La frecuencia con la que pueda responder llamadas será limitada. Tú entiendes, ¿verdad? Asintió con gentileza, aunque en su mirada se leía una ligera inquietud. Era un hombre guapo, distinguido, un duque en toda la extensión de la palabra. Pero había algo en él… algo contenido, inalterable, como si su corazón latiera con la puntualidad de un reloj, pero sin pasiones que lo hicieran desbordarse. Nada que ver con Nigel, que con una sola mirada parecía incendiar la habitación. Sacudí la cabeza, como si al hacerlo pudiera también sacudirme esos pensamientos impertinentes. —Está bien, Eva. Estaremos en contacto. Trataré de ayudar a tu madre con los preparativos. Pero… quiero que sepas que evitaré en lo posible ver a tu padre y a tu hermano. Sonreí, porque entendía muy bien sus razones. Los Olsen no son fáciles de manejar… ni siquiera entre ellos. —No te preocupes. No tienes obligación de estar ahí. Solo mantén todo bajo control… y pórtate bien. —¿Pórtate bien? —repitió con una ceja alzada y un ademán burlesco. — ¿Ese es un intento de coqueteo o una amenaza diplomática? —Una mezcla de ambas —respondí con picardía. —Cuídate, cariño. Te envío un beso. Y si necesitas algo, solo llámame. Cerré la llamada con una extraña mezcla de alivio y resignación. Dominic había reaccionado con madurez, lo cual facilitaba todo… al menos en teoría. Me quedé mirando el reflejo de mi rostro en la pantalla apagada. El problema no era el contrato, ni siquiera Nigel. El problema era que, en medio de todo el enredo legal, emocional y logístico… parte de mí no estaba segura de querer que fuera tan fácil zafarme de esto. Me estremecí violentamente… necesitaba sacar toda la confusión, la rabia y la humillación que me hervían por dentro. Caminé hacia el baño. Me urgía una ducha, una larga, caliente, que se llevara los restos de ingenuidad que aún me quedaban pegados a la piel y luego, prepararme. No, no para una simple salida. Hoy me alistaría como quien se prepara para una guerra. Una hora después, estaba de pie frente al espejo. Me observé con detenimiento de pies a cabeza. El vapor aún flotaba en el aire, envolviéndome como una nube de determinación. Llevaba un vestido n***o ceñido al cuerpo, sencillo, pero con una elegancia letal. Tacones de aguja (obviamente un diseño mío), cabello suelto con ondas suaves y un labial rojo que gritaba sin necesidad de decir nada: No soy la víctima de esta historia. Soy la amenaza que no viste venir. —Bien, señor Fletcher —musité frunciendo los labios. —Quieres jugar… pues te enseñaré lo bien que sé hacerlo. Porque si ese hombre creía que se toparía con un corderito tembloroso, estaba a punto de llevarse la sorpresa de su vida. Y no precisamente una grata. Salí de la habitación con el porte de una emperatriz y, por supuesto, allí estaba él. Gabriel. El traidor. —Eva… —dijo con una voz suplicante, apenas lo vi. El muy descarado parecía culpable, aunque no lo suficiente. Me crucé de brazos y lo miré con esa ceja levantada que mamá decía que podía partir a un hombre en dos si la usaba con suficiente intención. —¿Qué vas a decirme, Gabriel? ¿Que solo estabas jugando con la urgencia de una mujer desesperada? —No fue así —replicó él, dando un paso hacia mí con las manos alzadas como si intentara calmar a un león hambriento. —Escúchame, por favor. Fue una tontería. Me divertí un momento, lo admito, pero también te apoyo. Siempre lo haré. Tú y Nigel son mis amigos, Eva… y aunque no conozco al tal Dominic, ni tengo idea de tus sentimientos reales hacia él, creo que deberías darte una oportunidad de conocer a Nigel. —¿Una oportunidad? —solté una risa breve y seca. — ¿Tú también te apuntaste al club de los que creen que me pueden dar consejos sobre mi vida sentimental? ¿O acaso es un beneficio adicional por traicionar mi confianza? Gabriel suspiró. Parecía más resignado que ofendido, y eso, de algún modo, lo hizo parecer más humano. —Solo intento que no tomes una decisión de la que después te arrepientas. Vi sinceridad en sus palabras. O al menos lo que parecía ser sinceridad. Y aunque parte de mí quería gritarle que saliera de mi camino, la otra parte sabía que Gabriel, con todos sus defectos, había estado para mí en esta locura. Suspiré, bajando la guardia apenas un poco. —No te he perdonado del todo, Gabriel —le dije, mirándolo directo a los ojos. —Así que… cuídate. No estoy con el mejor de los humores últimamente. Él sonrió. No la típica sonrisa socarrona que solía usar para encantar, sino una de esas que tienen algo de orgullo y una pizca de cariño. —¿Vas a ver a Nigel? —Sí. —Me di media vuelta con decisión. —No me queda más que aceptar su contrato, pero haré que le quede claro: será bajo mis condiciones. No soy una chica que se deja arrastrar por caprichos masculinos. Gabriel se cruzó de brazos y ladeó la cabeza, divertido. —¿Sabes? Hay una parte de mí que siente pena por Nigel. No tiene idea del torbellino que está por arrasar con su vida. —Pues que se prepare —respondí sin detenerme. —Porque si esto es un juego, también sé mover las piezas. Y créeme, aprendí del mejor: papá siempre decía que, si vas a entrar al tablero, lo hagas con la cabeza alta y lista para ganar, no para sobrevivir. Gabriel me siguió hasta el pasillo y justo antes de que tomara el ascensor, me dijo con voz más suave: —Ve con cuidado, Eva. Si en algún momento necesitas algo… lo que sea, llámame. No importa la hora ni el lugar. Me detuve, respiré profundo y lo miré por sobre el hombro. —Gracias, Gabriel. No estoy acostumbrada a aceptar ayuda… pero si tropiezo, te llamaré. Aunque, honestamente, espero no tropezar. Este vestido no está hecho para caídas dramáticas. —dije guiñando un ojo. Él soltó una carcajada. —Dios, Eva, eres un espectáculo. Si no estuviera tan convencido de que me partirías un diente, te invitaría a cenar solo para ver cómo se insulta a un camarero con clase. —Y con vocabulario en latín, no lo olvides —respondí, con una expresión triunfante. — Pero no me distraigas. Tengo un contrato que renegociar y un marido que enloquecer. Así que, Gabriel… deséame suerte. —No te hace falta suerte, Eva. No cuando tú eres la catástrofe misma. Y con esa frase, la puerta del ascensor se cerró entre nosotros. Mientras descendía me sentí, por primera vez en días, en control. No del todo, claro. La vida nunca permite eso. Pero sí lo suficiente como para mirar al destino a la cara y decirle: Esta vez, es mi turno de jugar. Cuando llegué a la oficina de Nigel Fletcher, el ambiente ya estaba cargado de tensión. Él me esperaba con su impecable traje oscuro, un aire de superioridad despreocupada y, por supuesto, su abogado a su derecha, con esa expresión de tiburón corporativo que parecía disfrutar demasiado de estar ahí. Yo, en cambio, hice mi entrada como se debe: sutil, firme, con la confianza de quien sabe que está a punto de cambiar las reglas del juego. —Buenas tardes, señores —dije con una sonrisa que podía cortarse con cuchillo. — Nigel, ¿podrías concederme unos minutos a solas? Mi tono fue amable, pero en el fondo, era una orden envuelta en terciopelo. Nigel sonrió, ese gesto suyo de galán consumado que tan fácilmente irritaba y encantaba por partes iguales. —Por supuesto —respondió, como si le complaciera la idea. James, se levantó con un suspiro resignado. —Me retiro. Me llamas cuando llegue el momento de firmar —dijo sin molestarse en disimular su diversión. —Así será —contestó Nigel, dándole una palmada en el hombro. Apenas James cerró la puerta, Nigel se puso de pie. Lo hizo con esa teatralidad medida que usan los hombres que saben que su sola presencia es parte de la estrategia. Rodeó lentamente el escritorio, como un depredador midiendo a su presa. Sabía perfectamente lo que hacía: estaba probando los límites de mi espacio personal. Pero lo que no sabía era que yo había llegado justo para jugar este juego. No me moví ni un centímetro. Lo esperé erguida, tranquila, y sonreí con la certeza de estar bien preparada para una guerra santa. Llevaba puesto mi mejor vestido, ese que insinuaba más de lo que mostraba, con un escote estudiado hasta el milímetro, refinado pero sugerente como un secreto bien guardado. Sus ojos lo notaron. No dijo nada, pero el leve parpadeo y el trago seco que dio fueron más elocuentes que cualquier palabra. —Voy a aceptar el trato —dije, con la voz firme, apenas suavizada. —Pero con una condición. —Ah, ¿sí? —preguntó, alzando una ceja. No parecía preocupado, pero su mirada ya estaba más atenta. —No serán treinta días. Solo me quedaré contigo veinte. Ni uno más. Su rostro cambió, aunque intentó disimularlo. Y fue entonces que decidí dar el golpe. Me acerqué lentamente, como quien no teme al peligro porque sabe que lo controla. Coloqué una mano sobre la solapa de su chaqueta, acariciando apenas la tela, y hablé con una voz que no sabía que tenía: baja, seductora, afilada. —Por favor. —susurré cerca de su oído. —Es la única condición. Sentí su respiración volverse más pesada. Su mandíbula se tensó, sus hombros también. Por un momento, la guerra se convirtió en danza. Sus brazos me rodearon con determinación, atrapándome con una facilidad que me hizo querer maldecir lo bien que se sentía. —Está bien —dijo al fin, respirando mi perfume como si fuera algún tipo de elixir. Por dentro, sonreí como una emperatriz en el campo de batalla. Una primera victoria. Con esto creo que empataba el marcador 1 a 1. Me zafé de su abrazo con disimulo, sin perder el control del momento, y me dejé caer en su silla de cuero como si fuera mi trono. Crucé las piernas con estudiada indiferencia y tomé una pluma del escritorio. —Entonces, perfecto. A firmar. Él se quedó mirándome por un segundo, sonriendo con esa mezcla de asombro y rendición que tanto disfruto provocar. Se giró para llamar a su abogado. El proceso fue rápido, sorprendentemente serio para lo informal que todo esto era. Firmamos. Su abogado nos observó como si estuviera presenciando un incendio controlado. Al terminar, se despidió: —Buena suerte, señorita Olsen. No supe cómo interpretar su tono. ¿Ironía? ¿Compasión? ¿Advertencia? Por un instante, sentí que él sabía algo que yo no. Pero ya era tarde para echarme atrás. Y entonces, sin que me diera cuenta, Nigel volvió a hacer lo suyo. Apareció por detrás, como una sombra sofisticada, y se colocó peligrosamente cerca. Tan cerca que pude sentir el calor de su aliento en mi cuello. —¿Estás lista para ser mi esposa? —murmuró, con una voz grave que, si no fuera porque ya lo detestaba un poco, habría sido capaz de hacerme temblar. Reuní valor. No sabía de dónde lo saqué, pero ahí estaba. Me giré lentamente, lo enfrenté, y le respondí con una sonrisa peligrosa. —Espero que seas tú el que esté listo, querido. Su mirada no flaqueó. Jugaba el mismo juego. No pestañeó siquiera. Era como un duelo entre espadachines que, en lugar de acero, usaban insinuaciones. —Veamos… —dijo, observándome de arriba abajo. —imagino que no has traído suficiente equipaje para tantos días. —Y no lo hice —respondí, alzando la barbilla. —Lo esencial cabe en una maleta. Y tú, Fletcher… no entrabas en la lista de esenciales. —Vaya —rio él, inclinándose ligeramente. —Eres incluso más peligrosa de lo que recordaba… pero quiero que recuerdes que si necesitas algo solo dímelo. —Y tú incluso más arrogante de lo que sospechaba —repliqué, con una expresión dulcemente venenosa. —Pero no te preocupes… te pienso domesticar. —Suerte con eso —murmuró, divertido. —A mí nunca me gustaron los collares. Lo miré fijamente y solté una carcajada breve, pero él con tono muy sugerente dijo: —No pretendas usar una correa conmigo. A menos que sea en otro contexto, claro… Ambos nos quedamos en silencio unos segundos. Un silencio que no era precisamente incómodo, sino más bien eléctrico. Nos habíamos declarado la guerra. Y en ese instante entendí que este no iba a ser un simple contrato. Esto era una batalla por el control, por el deseo, por el poder. Y yo no cedería ante él. —El contrato entra en vigor a partir de hoy —dijo Nigel con la voz grave y una mirada que me estudió sin ninguna prisa, — así que esta misma noche dormirás en mi casa… y en mi cama por supuesto. No me tomó por sorpresa. Conozco su tipo: hombres acostumbrados a imponer antes que negociar, a tomar el control como si fuera un derecho de nacimiento. Por eso sonreí con esa dulzura irónica que aprendí a perfeccionar con los años. —Bueno, querido esposo —dije, recargando la palabra en un tono deliciosamente sarcástico. —antes de que consumemos esta brillante farsa matrimonial, necesito pasar por el departamento de Gabriel. Tengo algunas cosas allí. Le lancé una mirada altiva, de esas que dicen más que cualquier amenaza velada. —Tengo algunas compras que hacer. Puedes recogerme esta noche. Te esperaré. Nigel no respondió de inmediato. Se limitó a caminar hacia su escritorio con el estilo pausado de quien nunca tiene prisa porque sabe que el mundo se mueve a su ritmo. Abrió un cajón y sacó una tarjeta de crédito negra. Centurion. Sin límites. El tipo de tarjeta que muchos codiciarían, pero que a mí no me impresionaba. Yo tenía la misma. Literalmente. —Compra lo que necesites —dijo, tendiéndomela. —No quiero que el mundo piense que soy un marido incapaz de mantener a su esposa. Tomé la tarjeta con una media sonrisa, divertida. —Espero que no te arrepientas —repliqué, dándole un vistazo fugaz y metiéndola en mi bolso. —No lo haré —dijo con esa arrogancia tan suya. —Es ilimitada. Disfrútala. Solté una risa burlesca. No necesitaba su dinero, pero me encantaba esa extraña mezcla de caballerosidad y control que él proyectaba. Me acerqué con lentitud, hasta que solo un suspiro nos separaba. Le hablé en voz baja, casi en un susurro. —No olvides que a mí no me hace falta nada de esto. Sus ojos se quedaron en los míos un instante más largo de lo necesario. Y entonces, asintió suavemente. —Lo sé —murmuró. Salí de su oficina con paso firme, ya imaginando lo que compraría. No necesitaba ropa, ni joyas. Lo que necesitaba era un par de armas silenciosas para comenzar a desestabilizar a mi “marido.” Tenía en mente comprar unas cuantas “cositas” para enloquecerlo. Esa noche, después de una cena elegante, Nigel me condujo hacia su departamento. El lugar era exactamente como él: masculino, sofisticado, minimalista. Todo en tonos oscuros y metales pulidos. Cada rincón gritaba dominio. Sin embargo, había algo acogedor en la frialdad. Quizá era el contraste con mi presencia, con el aroma a jazmín que había dejado a mi paso desde que entré. —¿Así que aquí viviremos los próximos veinte días? —pregunté, paseando los dedos por el borde de una repisa impecable. —Veinte noches —me corrigió, sin dejar de mirarme. —Aunque dudo que alguna de ellas sea tranquila contigo bajo mi techo. Me volví hacia él con una sonrisa inocente. —¿Eso es una queja o una advertencia? —Un deseo, tal vez —dijo, y aunque su rostro seguía imperturbable, había algo en su mirada que me hizo sentir que acababa de cruzar un umbral invisible. Me dirigió a su habitación. Y entonces lo noté: una sola cama. King size, sí, pero una sola. Nada de habitaciones separadas, ni de sofás de emergencia. Él estaba cumpliendo su parte del contrato con literalidad provocadora. —¿Siempre tan tradicional? —pregunté, señalando la cama. —¿Acaso esperabas menos de mí? Me limité a sonreír, me giré y desaparecí en el baño con mi bolsa de compras. Tomé mi tiempo. Me aseguré de perfumarme sutilmente, de soltar mi cabello con descuido estudiado… y de ponerme aquel pijama que dejaba poco a la imaginación, y todo al deseo. Era una pieza de encaje n***o, con transparencias en los lugares justos, y una caída suave que acariciaba la piel más que cubrirla. Cuando salí del baño, fingí no notar su reacción. Pero la vi. Casi se le salen los ojos. Nigel estaba de pie junto a la cama, con la camisa desabotonada a medias y una copa de whisky en la mano. Su mandíbula se tensó. Sus ojos descendieron lentamente por mi cuerpo como si memorizaran cada centímetro. Pero no dijo nada. —¿Pasa algo? —pregunté, acercándome a la cama con aire inocente. —Nada. Solo estoy… procesando —respondió, con la voz más ronca de lo habitual. Me senté en el borde del colchón, cruzando las piernas con naturalidad. —Bien, pues… tendrás veinte días para acostumbrarte —dije, tomando su copa de whisky sin permiso y bebiendo un sorbo. Él no protestó. Solo me observaba, como si intentara adivinar mis intenciones. Pobrecito. No sabría ni por dónde empezar. —¿Y tú siempre duermes así? —preguntó al fin, sentándose al otro lado. —No. A veces con menos ropa—repliqué, sin mirar. Él soltó una leve risa. —¿Estás intentando provocarme? —¿Lo estoy logrando? —Solo un poco. Me recosté lentamente, mirándolo de reojo mientras acomodaba la almohada. —Vas a tener que resistir, esposo mío. Recuerda que esto es solo un contrato. —Sí, claro. Solo un contrato. Hubo un silencio denso, vibrante. Nos miramos un segundo más largo de lo permitido. Y luego… nada. No sé en qué momento cerré los ojos. No sé si fue la tensión, el licor, o simplemente el agotamiento emocional acumulado. Lo último que recuerdo es su voz, apenas un murmullo: —Dios… esta mujer va a volverme loco. Y entonces me dormí, sonriendo, satisfecha porque esa era exactamente la idea. Atormentarlo.
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