Estaba en clase, al borde de quedar profundamente dormida; como si el Darach no fuera un problema, o los sacrificios, o la manada de alfas. O simplemente el ir reprobando la materia de Jennifer Blake.
Aunque a decir verdad la mujer no le agradaba en lo más mínimo, y menos su clase, a pesar de amar la lectura.
Una vez la clase se acabó, todos empezaron a salir; y en medio del movimiento alguien había golpeado su hombro despertándola.
Se levantó, fingió no haber estado dormida los últimos treinta minutos de la clase de cincuenta minutos; alzó sus cosas, pasó sus dedos por sus ojos para despertarse y empezó a caminar a la salida, siendo ella la última en dejar el salón.
Antes de salir la voz de Jennifer la llamó. Se devolvió, acercándose al escritorio.
—¿Sí, señorita Blake?—, dijo y no pudo imprimir más socarronería en una frase.
—Valeska, verás, he visto tus notas...
—Sería raro si no lo hubiera hecho, es su materia.
—Pero encuentro algo bastante extraño—, ignoró sus palabras y siguió hablando rebuscando entre los papeles en la mesa—. Tus exámenes son excelentes, impecables. Pero tu participación en clase es nula. Y ni hablar de tus tareas.
—¿Entonces...?
—Sé que pasas mucho tiempo con tus amigos—, su tono cambió un poco, lo suficiente para no pasar desapercibido—, en especial con ese chico... Derek. Temo que sea una distracción y que afecte tu desempeño.
Frunció el ceño evidentemente fastidiada.
¿Quién se cree que es? Ni mi madre se entromete así. Pensó con bastante rabia. Le hace falta escuchar un par de verdades; porque si no fuera mi profesora lo único que escucharía sería sus huesos partirse.
Una bomba de tiempo, generalmente así la describieron sus maestros en San Francisco. Tal vez tenían razón.
Boom.
—Jennifer—, habló expresando todo el odio que tenía. Alzó su mano, levantando uno de sus dedos: enumerando—. Lo que haga con Derek o no en mi tiempo libre es de lo que menos se debe preocupar. No es de su incumbencia. Y finalmente, usted es una maestra, no mi madre, poco le debe importar mi vida personal. Concéntrese en su trabajo.
Se alejó, caminando bastante molesta hacia la salida. Cuando la mano de Jennifer se enredó en su muñeca.
—Te lo diré de otra forma. Aléjate de Derek—, sonó imponente, seria. Pero no lo logró intimidarla.
—Señorita Blake, creí que ya había superado los estúpidos enamoramientos de secundaria. El amor a simple vista no existe, y menos si ni siquiera lo ha visto.
La mujer apretó su agarre ante el forcejeo. Miró a la mujer con ojos asesinos, claramente sin mostrarle el azul fuerte que tomaban antes de convertirse.
—Aléjate de él.
La alarma de incendios sonó. La mujer parecía importarle poco pues solo apretó con más fuerza. Se soltó y salió casi corriendo del salón de clase.
Caminaba por los pasillos, hacia el punto de encuentro donde se suponía debían estar todos en caso de que se tratara de un incendio real. Pero el sonido era tan fuerte, que casi hacía su cerebro martillar en su cabeza. Se preguntó si Scott, Isaac o Boyd estarían igual.
Cubría sus oídos inútilmente.
Se le ocurrió que tal vez sería mejor concentrarse en otra cosa, lo que fuera. Y lo encontró, pero para cuando descifró qué era una aguja se estaba clavando en su piel y Kali estaba sobre ella quitándole las gafas.
Y ya sabía qué le había inyectado. Lo sabía porque ella misma alguna vez se llegó a inyectar, incluso voluntariamente.
( . . . )
—Tu y yo, Derek, o la harán pedazos.
Escuchó la voz de Kali, distorsionada, amortiguada. Pero sabía que era solo efecto de la droga.
—Te arrancaré la garganta. Con los dientes.
Escuchó gruñidos, sabiendo bien que eran de Derek y de Kali. Dedujo que, quien la sostenía debía estar entretenido con la pelea de los alfas; aprovechando la oportunidad para intentar escapar. Forcejeó contra dos pares de manos fuertes, ahí supo que eran los gemelos.
Uno de ellos, no supo distinguir cuál, pareció enojarse ante su deplorable intento de fuga; la tomó por el cuello, alzándola del suelo. Evidentemente le empezó a faltar el aire.
—Déjala. Esto es entre tú y yo.
Pudo escuchar a Derek gruñir. Kali rió.
—Increíble que te importe más una revoltosa adolescente que una mujer de tu edad.
—Suéltala—, usó su voz de alfa, pero no tenía ningún efecto en ninguno de los otros tres alfas.
—Pelea. O ella pagará—, a ese punto su cabeza se sentía pesada, y ella bastante mareada.
Pensó que lo mejor era dejarse llevar por la sensación de liviandad, y simplemente desmayarse. Así que lo hizo.
( . . . )
El dolor de cabeza fue lo que la despertó. Y el inevitable deseo de volver a tener morfina en su sistema.
Se hallaba en su habitación, sorpresa para ella pues esperaba estar en el departamento de Derek.
—No. Mierda, no.
Sostuvo su cabeza entre sus manos, al sentir una fuerte punzada atravesar su cabeza. Pero el hecho de necesitar más morfina no la abandonaba, casi se lo exigía; y sabía que era solo porque antes ya la había dejado, y cuando Kali la inyectó, su cuerpo simplemente reaccionó como era de esperarse. Reaccionó como el de una adicta, intentando rehabilitarse.
Necesitaba ayuda, necesitaba alejarse de eso solo ante los recuerdos de la última vez que había tenido morfina en su sistema.
Y sabía que la única distracción para su cerebro, mientras conseguía ayuda y eliminaba los residuos -o simplemente, pasaba lo peor de la abstinencia- eran los cigarrillos. No eran sus favoritos, pero eran mejor que inyectarse.
Rebuscó en su maleta una caja, la guardó en un bolso y cambió su ropa. Había optado por una sudadera que alguna vez perteneció a Calvin, y un pantalón n***o ajustado, con sus zapatos negros de siempre.
Poniendo sus gafas, decidió salir a buscar, bien fuera a Stiles o a Derek. Casi rezaba para encontrar a alguno rápido, pues si su cuerpo le exigía más, sabía que terminaría en alguna casa abandonada o incluso el bosque, con una aguja clavada en su piel.
( . . . )
"—Pruébala, te gustará, muñeca. Tanto como a mi.
—No estoy segura. Me dijiste que querías hablar conmigo, Calvin. Hablemos.
—No tienes idea de lo mucho que lamento lo que pasó... pero, te lo pido, si aún sientes algo por mi, o alguna vez lo hiciste. Pruébalo.
—Calvin...‐ —, no pudo decir más pues la pequeña quemazón del líquido entrando en su sistema le pareció abrumadora por un segundo. Y después, simplemente, cautivadora.
—Puedes pedir más cuando quieras. Tu, pídeme lo que quieras por esa boquita, nena. Yo te lo daré".
—Hija de puta. No—, hablaba consigo misma, regañándose y negándose sin cesar, consumir.
-V