—Te veo en tu departamento. Ve con cuidado, por favor.
Él asintió reacio a separarse de ella, pero aún así obedeció.
No duró ni cinco minutos en sacar casi a empujones a su madre de la casa. Cerró con llave y subió a su auto, conduciendo como alma que lleva el diablo.
Pero es que no podía perder tiempo. El pobre beta seguramente se hallaba sufriendo.
Beta. Beta. Beta. ¿Podía entrar en celo siquiera?
Empujó la pregunta a un lado, al igual que la puerta del departamento, la cerró a sus espaldas. El olor del lugar la golpeó con fuerza. Feromonas. Un olor fuerte.
Su omega saltó ya bastante ansioso por el mero olor.
Subió las escaleras, sintiendo el corazón palpitar detrás de sus orejas. Al entrar en la habitación de Derek, se encontró con la imagen de su adorado alfa -porque para ella, él seguía siendo el alfa que la había marcado- sentado en el borde de la cama, sosteniéndose la cabeza entre las manos. Notó que no tenía zapatos y que la chaqueta de cuero estaba tirada en el suelo junto a la puerta, notó que se había quitado el cinturón y que este se hallaba a los pies de la cama, también notó el bello reloj que usaba en ocasiones especiales, puesto descuidadamente sobre la mesa de noche.
—Derek...
Él alzó la cabeza de inmediato y como un resorte caminó hacia ella. En dos zancadas ya se hallaban con los pechos unidos.
—Estás bien... tranquilo—, empezó con una sonrisa. Tomó el rostro del ojiverde entre sus manos—. Estoy aquí.
Ni siquiera le dio tiempo para responder o incluso para devolverle la sonrisa, cuando se hallaba ya uniendo sus labios en un desenfrenado beso. Sus respiraciones mezclándose, agitadas, pesadas.
Olía a Derek de una forma invasiva sin duda. Y no era porque estuviera en su habitación. Pero eran conscientes de que era cuestión de segundos para que empezara a oler a vainilla y a omega.
Las manos inquietas de Derek acariciaron toda su espalda, no queriendo separar sus labios en ningún momento. Lo sintió tantear toda su espalda, a veces emitiendo gruñidos de frustración por no poder encontrarlo. ¿Encontrar qué? Pues, el lugar dónde poner sus manos.
El chasquido húmedo que se escuchaba a veces, en medio de sus besos, era lo único que resonaba en todo el departamento; eso, y los ronroneos y gruñidos de Derek.
Lo encontró.
Un punto entre su cintura y sus caderas, que ella ya sabía que él adoraba.
Se separaron del beso, solo para que el ojiverde enterrara la cara en el cuello de la menor, esparciendo besos húmedos por la piel ahora sensible, a veces mordisqueando la zona.
Sintió las manos de Derek apretar con fuerza su piel. Sonrió estúpidamente, imaginándose a sí misma dentro de algunas horas, saliendo de la ducha y mirando las marcas amoratadas en su piel, imaginando ya el dolor placentero que le causaría presionarlas y recordar el causante de las mismas.
Si es que era posible, él unió más sus cuerpos. Sintió un gran bulto presionarse contra su abdomen, jadeó inconscientemente.
—Te necesito. Ahora.
Las manos de Derek bajaron hasta sus muslos, levantándola del suelo como si la acción no implicara un esfuerzo, caminó hasta que la espalda de la teñida quedó apoyada contra la puerta; aún con la cabeza entre su cuello, besando, mordiendo... disfrutando el olor que desprendía. Rozando sus caderas, buscando desesperadamente más fricción.
Y llegado este punto, casi podía decir que ella estaba igual de desesperada que él.
—Esto, fuera—, lo escuchó susurrar, pero sonó más como un gruñido. Seguidamente él la bajó, dejándola pisar nuevamente el suelo de la habitación, sintió que se iba a caer, sus piernas temblando y su sangre en punto de ebullición- lo siguiente fue el sonido de la tela rasgarse, y el material de lo que alguna vez fue su camisa favorita terminó en algún lugar de la habitación.
Sí. Estaba desesperada. Lo necesitaba. Bajó sus manos hasta el pantalón de Derek, buscando principalmente el borde de su camiseta.
Tiró de esta, hasta que logró hacer que Derek mismo se la quitara por encima de su cabeza. Lo empujó con delicadeza hacia la cama, pero él parecía reacio a moverse de aquel punto contra la puerta; finalmente cedió.
La recostó con una sorprendente delicadeza en el centro del colchón, ubicándose sobre ella. Con un fuerte tirón, él le sacó el pantalón y, luego de un buen rato, decidió hacer lo mismo con el suyo. Demasiado desesperado como para poder soltar el botón de este, ella lo hizo por él.
El roce de su entrepierna con su zona sensible solo lograba hacerla delirar. Enviaba pulsaciones eléctricas a todo su cuerpo, agradeció estar acostada, porque de lo contrario habría caído al suelo sin piedad.
Y apenas estaba empezando.
Casi lloró cuando dejó de sentir los húmedos besos sobre la marca. Pero era para bien, para mejor. Quitó su sostén n***o con habilidad y rompió el lindo encaje de color n***o que adornaba su entrepierna, quiso protestar por su ropa interior rota. Pero era inútil por el estado en el que él se hallaba.
Enredó sus piernas en las caderas de Derek, queriendo unirse más a él, necesitándolo.
Había mucho espacio. Lo quería más cerca, más aún, lo necesitaba.
La tela de la ropa interior de Derek era un fastidio, ni siquiera dudó para tirar de ella y forzarlo a él a tirar esta estorbosa y molesta prenda lejos de su vista.
Jadeó, sintiendo sus pieles rozar.
Estaba goteando, deseosa, ansiosa, lo necesitaba ya. Se sentía asfixiada.
Él tomó sus muñecas, empujando estas sobre su cabeza, sosteniéndolas con una mano, mientras que con la otra perfilaba el cuerpo de la pequeña frente a sí. Sus dedos pasaban con tanta suavidad sobre su piel, que se erizaba bajo su tacto. Pero, por donde pasaban sus dedos, pasaba su boca... y la humedad de sus besos y lengua.
Perfiló sus clavículas, que casi no se notaban, y lamió su piel; perfiló la marca plateada en su cuello, luego besó la marca; bajó los dedos, ahora perfilando sus senos, sonrió, encontrándose con aquellas bolitas metálicas en el pezón. Adoraba esa perforación. No dudó en quedarse en aquella zona un buen rato, lamiendo y succionando la piel sensible. Dejando varias marcas oscuras en donde succionaba, por donde pasaba su boca. Siguió con su tarea original, bajó por su abdomen, encontrando ese punto nuevamente, mordió la piel de su cintura.
Sintió que él seguía bajando y parecía no querer detenerse. Su respiración se volvió más irregular que antes.
Su mano perfiló la parte interna se su pierna -donde se hallaba una casi imperceptible cicatriz-, luego sus labios rojos e hinchados se alzaron en una sonrisa, mordió la zona acariciada.
Cerró los ojos.
Ahogaba gemidos y gritos, mordía la almohada junto a su cabeza, cerraba sus manos en puños en las cobijas. Sus piernas temblaban sin piedad, pero lo que hacía Derek con su mano era digno de ello. No se imaginaba cómo sería en cuanto decidiera remplazar sus largos dedos con...
No, no se lo podía imaginar. Porque cualquier pensamiento racional se vio desechado y borrado en cuanto la lengua del ojiverde empezó moverse de manera circular y repetitiva.
Perdió el juicio. Ya ni siquiera se molestó en no gritar.
Enredó sus dedos ansiosamente en el cabello -ahora casi ruloso de Derek, presionándolo para que siguiera haciéndolo. Para que no se detuviera.
Lo sentía cerca, lo sentía venir.
Derek se detuvo, saliendo de entre sus piernas con una sonrisa triunfal y sus pupilas devorando el verde de sus ojos. Limpió la comisura de su boca con rapidez, con una sonrisa de lado, volviendo a acomodarse entre sus piernas.
Jugó descaradamente con ella, provocándola, haciendo movimientos circulares en su zona más sensible con su m*****o, antes de presionarse en ella de golpe. Abrió más las piernas de Valeska con sus manos, disfrutándolo.
Jadeó. El sentimiento de asfixia fue mayor. No se acostumbraba a su tamaño. Se mantuvo estático unos segundos hasta que ella movió las caderas hacia él, en señal de que continuara.
Siguió con las estocadas con un ritmo constante, con bastante fuerza. Pero ella ya sabía lo que implicaba el sexo con Derek, y eso era: dolor en las piernas por una semana.
—M- más...
Él mantenía sus manos en el punto de su cintura, apretando con fuerza. Cada vez con más fuerza. Sintiéndose cada vez más cerca.
Rogó por más, y Derek bajó una de sus manos, para estimular su punto sensible, mientras hacía las estocadas más fuertes y más rápidas.
Levantó las caderas inconscientemente, pidiendo por más casi a gritos.
El ángulo varió y con esto, ambos llegaron a la vez al tan ansiado orgasmo.
Se dejó caer sobre ella, sosteniendo su peso con sus brazos para no aplastarla, aún dentro de ella; enterró la cabeza en el hueco de su cuello, enterrando los colmillos en la marca. La había reabierto, pero no le importaba.
Dolores peores había sufrido; esto era placer, en comparación. Sintió la calidez de Derek llenarla, el líquido blanquecino escurrió por su piel, desde su interior, por sus piernas hasta las cobijas.
Sonrió, sintiendo los labios de Derek presionarse en su hombro con suavidad.
Sabía que este era solo el inicio.
( . . . )
—No.
—Sí.
—No vas.
Sonó severo. Demandante. Su omega quiso obedecer, pero ella no.
—No son ni diez metros—, alegó ignorando la mirada fulminante que Derek le daba.
Se levantó de la cama y caminó hasta el cuarto de baño, importándole poco su desnudez y el gran ventanal a su derecha. Entró al baño, lavó su rostro y lo secó con una toalla de manos. Buscó dos toallas limpias, con una se limpió. La otra la puso sobre su hombro, tomó un vaso plástico que reposaba en una repisa junto a la crema de dientes; lo lavó y llenó con agua.
Regresó sobre sus pasos, con la toalla limpia en una mano y el vaso de agua en la otra.
Nuevamente, no importándole su desnudez en lo absoluto, al sentir la mirada lujuriosa de Derek. Se sentó en su lado de la cama, mirándolo de frente, él estaba recostado sobre la cabecera de la cama, y ella le daba la espalda a la puerta.
Le tendió el vaso lleno de agua. Acabándose el contenido se este en tres largos sorbos. Le dio la toalla, él se limpió, finalmente tirando esta junto a la cama.
—Debes estar hidratado—, explicó tímidamente.
Y él, simplemente, no pudo ocultar la sonrisa que creció en su rostro. Era una sonrisa con todo dientes, hoyuelos y pequeñas arrugas en las esquinas de sus ojos.
Recordó que así mismo había sido él durante los tres días que duró su celo, igual de protector, igual de preocupado, igual de dulce.
Él se lanzó hacia ella, rodando sobre sus cuerpos, entre las cobijas. Ahora atacando primero su cuello, y con manos ansiosas acariciando todo su cuerpo.
-V