—¿Con quién crees que estás hablando?
Kali miró retadora a Lydia.
—Con alguien a quien le urge un pedicure. Puedo recomendarte a alguien.
( . . . )
—No llames hasta que estés a sesenta kilómetros. ¡Largo!
Y con esas dulces y cálidas palabras de Peter, Derek arrancó el auto. Avanzando con velocidad por las calles casi desérticas.
Estaba nerviosa, sin duda. ¡Obvio! La vida de su padre corría peligro... y también la de Lilian. Sus amigos estaban metiéndose en la boca del lobo, literalmente.
Y ella estaba huyendo en un jeep, junto con Derek. Pero debía hacerlo; si la manada de alfas quería herir a Derek, ella era un objetivo también.
Se sentía culpable. Miró por la ventana del auto, fijándose en las luces de los postes pasar con rapidez.
—Oye—, la mano de Derek se posó sobre su muslo, apretando este con ligereza—. ¿Todo bien?
Asintió, no confiando en su voz para hablar.
—Tienes miedo. Y sabes que lo sé. Lo puedo sentir. No tiene caso que me mientas—, su voz era suave. Esto logró quitarle un poco el malestar del momento.
Tenía tantas cosas rondando en su cabeza que simplemente sentía que se iba a ahogar. Su estómago dio un vuelco extraño, sintió el nudo en su garganta convertirse en náuseas.
—Para el auto, por favor.
Derek detuvo el vehículo a un lado del camino. Bajó la ventana, asomando su cabeza por esta, lista para vaciar el contenido de su estómago, que, bueno, estaba vacío -mejor dicho, lista para expulsar la bilis que subía por su garganta, quemando esta en el proceso.
Pero nada.
Respiró un par de veces, apoyando su cabeza en la puerta del auto. Escuchó a Derek soltar su cinturón de seguridad, y el de ella también.
Miró al hombre, quien había movido el asiento hacia atrás.
—Ven aquí.
Saltó de su asiento al de Derek. Sentándose sobre él, con cada pierna a cada lado del cuerpo del ojiverde. Sintió los brazos fuertes y firmes de él envolverse alrededor de su cuerpo.
Lo necesitaba.
Lo abrazó por el cuello. Esta vez, tomando como ventaja el haber quedado más alta que él, apoyó su mentón sobre la cabeza de Derek, sintiendo el suave cabello de él hacerle cosquillas en el cuello. Y él, por su lado, no dudó en enterrar la cara en el hueco del cuello de su adorada omega.
Su olor. Sí, era preocupación pura, miedo; pero no era ese, el olor natural de la teñida... era dulce, suave, como helado de vainilla. Le encantaba. Pero había notado que con el paso de los días, este era diferente. Tal vez porque pasaban mucho tiempo juntos, y sus olores se empezaban a mezclar.
—No quiero más malas noticias, D.
—Estaremos bien. Ellos estarán bien.
La sintió asentir.
—Mírame—, ella obedeció. Tomó la cara del ojiverde en sus manos, juntando sus frentes—. Bésame.
No pudo ocultar la sonrisa que creció como resultado de su orden, pero tampoco dudó en obedecer.
Sus labios tibios y suaves se movían en sincronía, en un baile sincronizado, los del uno hechos para el otro.
Su estómago dio un vuelco, esta vez de alegría. De felicidad.
—Estaremos bien—, repitió él en cuanto se separaron. Juntó sus frentes, con los ojos cerrados y una pequeña sonrisa creciendo en sus labios.
Esa pequeña sonrisa creciendo solo por saber que había sido gracias a él que la pequeña omega ahora sonreía tontamente -olvidando las preocupaciones- que gracias a eso, ahora el auto olía, casi de forma invasiva, a vainilla.
—Hey...
—Dime.
—¿Alguna vez te dije lo hermosa que te ves sin lentes?
Desde que salió de la tina, recordó, no tenía sus lentes puestos. Bueno, realmente desde que se metió en esta, pero eso era diferente.
Había estado viendo con claridad y no era consiente de ello.
¿Cómo?
—No las necesitas. Nunca lo hiciste. Deaton tenía razón, la mente es poderosa. Estabas convencida de que tu vista era mala, que incluso luego de saber que eras una omega, que eras un lobo, seguiste usándolas. Estabas convencida de que las necesitabas.
Se quedó sin palabras.
Tenía razón. Tanta razón.
Se quedó callada, jugueteando con sus dedos.
¿Cómo debería sentirse al respecto? Con esas palabras, qué se supone que debería hacer.
No sólo eso. El recuerdo aún fresco de lo que había pasado hacía unas horas. Pero al morir -al estar en esa tina, muerta, no había visto el recuerdo completo. Calvin. La casa abandonada.
"—¿Y solo te gusto con los lentes puestos?
Un bufido resonó, un gruñido de fastidio, de resignación.
—Sí.
Miró a Calvin que acomodaba sobre su regazo algunas cosas.
—¿Por qué?
—Tus ojos se ven más bonitos, más grandes. El marco de las gafas cubre tus cejas... así no tengo que mirar esa horrible cicatriz en tu ceja.
Tragó con fuerza, su cara decayendo. Sintiendo de repente una oleada de rabia inundarla... no tanto por lo que dijo, no estaba enojada realmente, estaba decepcionada, dolida. Pero no sabía de dónde venía esa ira repentina.
—La cicatriz la tengo por tu culpa, y lo sabes.
—Dame el brazo.
Y allí todo se volvió difuso".
Las manos cálidas y ásperas de Derek acariciaron sus mejillas, captando su atención.
—Ya te podrás acostumbrar—, él volvió a enterrar la cara en su cuello.
Esta vez empezó a sentir besos húmedos ser esparcidos por su cuello. Luego los labios de Derek centrándose especialmente en la marca. Le encantaba.
—Me encanta cómo te queda mi ropa—, ronroneó él, jugueteando con el borde de los grandes pantalones que ella usaba.
Él tiró de ella con fuerza de sus caderas, generando algo de fricción entre ellos.
Lo abrazó por los hombros, besándolo con fiereza. Desordenado su cabello oscuro con sus dedos inquietos.
Se separó de él, muy a su pesar. Pero la verdad es que si seguían así, terminarían haciéndolo en el auto al borde de la carretera.
Muy a su pesar, bajó del regazo de Derek, casi ignorando la mirada inquisitiva que él le daba.
—No lo haremos en un auto—, explicó con simpleza ocultando con habilidad una sonrisa.
Una sonrisa ladeada apareció en la cara de Derek, logrando que uno de sus ojos se entrecerrara un poco.
Él se estiró, picoteando sus labios. Susurró en su oído un "por ahora", observando las mejillas de la pecosa tornarse rojas. Y se acomodaron en sus asientos, abrochado nuevamente el cinturón sobre sus cuerpos.
Ya no había miedo. Ese olor se disipó. Ahora olía a vainilla.
Vainilla y feromonas de excitación.
Tanto de ella como de él. Predominando las de ella.
Casi podía sentir sus pupilas dilatarse, ante el olor que ella desprendía, ante las feromonas que gritaban llamándolo.
Encendió el auto dispuesto a seguir avanzando.
Un grito. Lejano, pero aún así, un grito. Un grito de puro terror, de miedo.
—Lydia.
—Tenemos que volver.
Él giró el volante con fuerza, acelerando.
Había sido inútil.
Ahora solo olía a vainilla... pero el olor a preocupación empezaba a llenar el auto nuevamente.
-V