Narrado por: Noah Darcy
La mañana siguiente al desastre en el estudio, me sentía como si hubiera sobrevivido a un huracán categoría cinco. Mi espalda dolía por la tensión, pero mi determinación estaba intacta. Emma Sterling quería un guardaespaldas que se doblegara; yo le iba a dar un dictador con traje de etiqueta.
Me apoyé contra la pared del pasillo, justo frente a su habitación, y esperé. Cuando la puerta se abrió, ella salió hecha una furia, vestida con un conjunto deportivo rosa flúor que cegaría a un ciego.
En su mejilla izquierda, la pequeña marca del cristal de anoche destacaba como un recordatorio de su derrota.
—Buenos días, Pecas —dije con mi voz más cargada de ironía—. Veo que tu cara sigue intacta. Una lástima, pensé que la cicatriz te daría un poco de personalidad.
Emma se detuvo en seco y me lanzó una mirada que habría incinerado a un hombre común. Sus ojos café claro estaban inyectados en sangre, producto de la resaca y la rabia.
—Eres un animal, Darcy —espetó, apretando los dientes—. No te atrevas a hablarme. No existes. Eres solo una sombra molesta que papá me obliga a cargar.
—Una sombra que te sacó de una fiesta antes de que terminaras bailando sobre las mesas —le devolví una sonrisa ladeada, disfrutando de ver cómo se le inflaban las fosas nasales—. Míralo por el lado positivo: hoy te ves... brillante. Literalmente. Pareces un resaltador humano.
—¡Vete al diablo! —pasó por mi lado, chocando su hombro contra el mío.
Bajamos a la entrada de la mansión. Aparcado justo frente a la escalinata, brillaba un convertible de último modelo en el tono exacto de rosa que Emma idolatraba. Era un regalo de "disculpa" de Lucas por lo de anoche. Un soborno metálico para comprar el perdón de su hija.
Mar y Ámbar ya estaban allí, apoyadas en el coche de Mar, observando la escena con curiosidad.
—Vaya, vaya —silbó Mar, señalando el auto nuevo—. Parece que alguien recibió un juguete nuevo por portarse mal. ¿Discutieron por el regalo, Emma? Papá gritaba anoche como si el mundo se acabara.
Ámbar entrecerró los ojos, analizando la marca en la mejilla de su hermana. —¿Qué te pasó en la cara? ¿El regalo vino con instrucciones complicadas?
Emma se quedó paralizada un segundo. Vi cómo sus dedos se cerraban con fuerza alrededor de su bolso. Por un instante, la niña vulnerable que vi anoche en el estudio amenazó con aparecer. Pero entonces, sucedió algo que me dejó helado.
Emma inhaló profundamente, irguió la espalda y, en un abrir y cerrar de ojos, una sonrisa perfecta, radiante y completamente falsa apareció en su rostro. Fue como ver a una actriz ponerse una máscara antes de salir a escena.
—No sean tontas —dijo Emma con una voz cantarína y despreocupada—. Discutimos porque quería los asientos de cuero blanco y él insistía en el gris. La marca es solo un rasguño con una rama de los rosales. Y el auto es... aceptable. Supongo que me servirá para ir a la universidad hoy.
Sus hermanas intercambiaron una mirada de duda, pero Emma no les dio tiempo de preguntar más. Se subió al convertible y me miró con una frialdad absoluta.
—Súbete, Darcy. Y no toques nada. Tu sudor de clase trabajadora podría arruinar el olor a nuevo.
—A sus órdenes, su alteza del plástico —respondí, saltando al asiento del copiloto.
Durante todo el trayecto a la universidad, ella no dijo una sola palabra. No hubo insultos, no hubo ironías. Se limitó a conducir con una precisión mecánica, con esa sonrisa congelada en la cara que no llegaba a sus ojos.
Al llegar al campus, la transformación fue total. Apenas puso un pie fuera del auto, se convirtió en la "Reina de la Universidad". Saludó a los grupos de estudiantes, lanzó besos, bromeó con los chicos del equipo de fútbol y caminó como si el suelo estuviera hecho de nubes.
Me quedé a dos pasos de ella, observando el espectáculo. La gente la rodeaba, riendo sus chistes vacíos, admirando su ropa y su auto. Nadie veía la marca en su mejilla. Nadie veía el temblor casi imperceptible en sus manos.
—Es buena —murmuré para mí mismo.
—Es la mejor —la voz de Mar me sobresaltó. Se había acercado a mí mientras Ámbar se alejaba hacia su facultad—. Esa sonrisa es su mejor arma, Darcy. La usa cuando más rota está. Si fuera tú, tendría cuidado.
—No me asustan las sonrisas, Sterling.
—Deberían —Mar me miró con una seriedad que rara vez mostraba—. Porque cuando Emma sonríe así, es porque está planeando algo que va a doler. Y creo que tú eres el primero en su lista de objetivos.
Miré hacia donde Emma estaba ahora, rodeada de gente, siendo el centro de un universo que ella misma había creado con mentiras y seda rosa. De repente, ella se giró y me miró por encima del hombro. La máscara seguía allí, perfecta, pero por un breve segundo, sus ojos se encontraron con los míos y vi un desafío mudo.
"Intenta romperme ahora, Darcy", parecían decir.
Apreté los puños. Ella creía que su máscara la protegía. No sabía que yo ya había visto lo que había debajo, y que me tomaría todo el tiempo del mundo para desmantelar esa sonrisa, pieza por pieza, hasta que solo quedara la verdad.
—Que empiece el juego, Pecas —susurré, mientras la seguía hacia el edificio de diseño.