Capítulo 21

1816 Palabras
Mientras iba en el carruaje, Khojin observó toda la cantidad de linternas, que estaban apostadas a lo largo del camino. La gente pasaba de un lado a otro y los niños gritaban extasiados. Khojin suspiró aliviada y tras el recorrido por las calles de la ciudad, por fin el carruaje se detuvo. Las ruedas hacían demasiado ruido, el vestido le tallaba en el pecho y estaba segura de que alguna horquilla se le había salido del cabello. Khojin estaba nerviosa, pero en cuanto vio pasar el carruaje real de la princesa Pingyang, supo que aquella era una misión como las que solía realizar en el ejército, que no debía tener miedo. Ambos salieron del vehículo. Estaban escondidos en uno de los pasillos que conducían a la residencia Mu. Khojin esperó en el interior del carruaje mientras dejaba que Altai realizara su parte del plan. Poco después, el príncipe regresó con ella, y hablándole desde el exterior del carruaje, le avisó que su momento había llegado. Ella respiró profundamente y antes de salir del carruaje se colocó en el rostro un fino velo que dejaba cubierta la mitad de su rostro. —¿Qué le hiciste a la princesa? —preguntó cuando se bajó del carruaje. —Solo la dormí un rato junto con su doncella. Vigilaré que no se despierte en un buen rato… Ya sabes, debes seguir el plan. No dejes que nada se salga de tu control. Altai le tendió algunos adornos, que previamente había retirado del cabello de la princesa Pingyang. —Póntelos, será mucho más creíble si utilizas sus joyas. Khojin asintió antes de alejarse de él y buscar la entrada de la residencia Mu. Le costó poco encontrarla. En la entrada de la mansión estaban apostados varios criados pertenecientes a Mu Yue. Al llegar junto a ellos, mostró el sello real y de inmediato ellos la dejaron entrar. —¡Su alteza! —exclamaron como saludo antes de dejarle el camino libre—. El señor Mu la espera en el interior. Khojin asintió. Y empezó a caminar imitando el característico andar de la princesa; delicado y elegante. Era algo diferente para ella, quien siempre había sido dominante en su ejército, por lo que su manera de caminar denotaba osadía. Ella entró al banquete y saludó ligeramente. Luego, tomó su lugar y esperó con paciencia el momento indicado para realizar su jugada. —Su alteza, ¿por qué cubre hoy su rostro —preguntó Mu Yue—, ¿se encuentra enferma? Khojin asintió ligeramente. —Estoy resfriada, señor Mu —respondió—. Pero, no podía rechazar su invitación. En cuanto mejoré, me arreglé para venir. Mu Yue aceptó su excusa. Khojin regresó la mirada hacia la comida y tomó un poco de vino. Inesperadamente, no sintió aquel sabor horrible. En su lugar, se deleitó con el gusto dulzón del vino. Pasó al menos una hora, el banquete fue servido y todo parecía indicar que esa iba a ser una noche extremadamente aburrida y larga. Sin embargo, la llegada de la cortesana Mingyue y sus bailarinas alegró la experiencia. Khojin se vio maravillada en cuanto la escuchó tocar la citara china. En realidad, su talento era excepcional. Aunque, podía notar que, tras las notas armónicas y bien pensadas, MingYue escondía una vida llena de vicisitudes. Incluso cuando su corazón ardía, su garganta picaba o sus ojos se aguaban, la cortesana seguía tocando el instrumento como si en las mismas nubes se encontrara. Parecía que era una muñeca de porcelana, alguien demasiado bello y tranquilo que vivía en un mundo imaginario, que nadie podía conocer porque estaba restringido para los mortales. La música resonaba y se hacía cada vez más enérgica. Llenaba a los oyentes de euforia y excesiva admiración deseo por volver a oírla tocar la cítara. Luego, las notas disminuían, bajando de la cresta llena de éxtasis, vibrando dulcemente hasta extinguir los dejos de su canción. En cuanto terminó de tocar, el señor Mu fue el que más la aplaudió y le concedió regalos por su espléndida canción. —¡MingYue, cuéntanos un chiste! ¡Vamos! El rostro blanco de la damita no esbozó ninguna expresión. Sus ojos negros se curvaron ligeramente, en una simple aceptación. De inmediato, su expresión cambió y una sonrisa burlona y traviesa apareció en su rostro: Un hombre tenía un plátano seco y su vecino siempre al observarlo decía: El conservar un plátano seco no es bueno. Pero cuando el dueño lo hubo talado, el vecino fue a pedirle un poco de leña… El viejo solo quería leña. La sala estalló en risas. Pero ella se mantuvo seria, rígida en medio del salón. Solo Khojin pudo entender el esfuerzo que hacía por ser el payaso del hombre que le había hecho daño a su familia. —¡Denle más recompensas a Mingyue! Khojin no se rio. No había entendido el chiste. Se levantó de su puesto y caminó hacia la salida del salón, pero antes de salir dejó caer de manera intencional su pañuelo cuando pasó al lado de Mu Xiaoji. Poco después, descubrió que el muchacho la perseguía, así que, para llevar a cabo su plan, entró a una de las habitaciones más cercanas. —Su alteza—saludó Xiaoji—. ¿Se siente bien? Khojin observó a través de la fina tela de seda puesta en medio de la habitación. El rostro joven y apuesto del hombre la hizo sonreír. Saltaba a la vista que estaba enamorado de la princesa Pingyang. —Joven amo, no es correcto que usted esté aquí. Soy una dama soltera y debo conservar mi buena reputación. —¿No quería que viniera aquí, princesa? —dijo mientras avanzaba hacia ella. Khojin se alarmó, pero pronto se dio cuenta que solo le mostraba el pañuelo que había dejado caer a propósito para atraerlo a ella—. ¿Por qué dejó caer este pañuelo? Khojin escondió forzosamente una sonrisa burlona. ¡Le encantaba jugar con aquel muchacho! —Se cayó, yo no lo tiré —dijo antes de tomar el pañuelo—. No sé de qué habla, joven amo Xiaoji. Aunque, he escuchado rumores de usted… Debo reconocer que me siento halaga debido a sus sentimientos, pero usted no me merece. Hubo silencio. Khojin no lo entendió, pero esperó nerviosa su respuesta. —Su voz… —susurró—. Nunca he hablado directamente con usted hasta ahora, pero si la he escuchado hablar en otras ocasiones… Diga, ¿por qué su voz se escucha diferente? Khojin abrió los ojos espantada. Se mordió los labios con fuerza antes de responderle. —Joven Xiaoji, esta vez he venido refriada. Es natural que mi voz se escuche diferente. El lugar volvió a quedar en silencio. —Conozco las de su clase, princesa —aseguró. Khojin no supo distinguir a qué se refería exactamente—. Las personas de la realeza están acostumbradas a que se les ruegue… Las señoritas de su clase lanzan el anzuelo y luego lo dejan en la boca del pez para dejar que se muera de hambre. —Se equivoca. Usted entendió mal todo. —¿Es eso así? —siseó enojado—. El día que se case conmigo no dirá lo mismo. Khojin rio a carcajadas. Sí, estaba consiguiendo lo que quería de él; que terminara por perder la cabeza, que se enfureciera en contra de ella y así su furia le llevara a cometer una locura. Khojin estaba esperando que la sal picara en la herida para que él luego la rascara. —¿Qué crees que haces? ¿De quién te burlas? Khojin se levantó de la almohadilla y siguió riéndose con más fuerza, logrando hacer temblar de cólera a Xiaoji. —¿Hay alguien más en esta habitación? —burló con malicia—. Solo estamos los dos, así que intuya de quien me estoy riendo. Del otro lado de la cortina de seda, Xiaoji empezó a romper todos los objetos de porcelana y adornos de jade que encontró por su camino. Estaba fuera de sí. Las palabras de ella lo habían enfurecido. —¡Te arrepentirás, princesa! —gritó—. Te convertirás en mi esposa, vivirás en esta casa y tendrás que besarme cada día… Yo Xiaoji, prometo que serás mi esposa. —¡No te atreverías! —respondió de la misma forma—. Tendrás que llevarme lejos, amarrarme a un poste y obligarme a compartir contigo cada día de mi vida, porque ante el menor descuido, prometo que te haré sufrir una eternidad… Ya no me tendrás ni en tus horribles sueños, Xiaoji. ¡Vamos, traspasa este velo y oblígame si eres capaz! Xiaoji pasó la barrera impuesta por la cortina de seda. Khojin retrocedió tal y como una mujer lo haría al verse en desventaja. Sí, ya había conseguido lo que quería. Khojin retuvo las ganas de darle una fuerte patada justo en el estómago, ver como se retorcía del dolor o como suplicaba por piedad… Se reprendió internamente, pues sabía que no podía hacer eso. Sabiendo cuál era su papel, volvió a sentarse sobre la almohadilla e ignorarlo completamente. —Hoy mismo te convertirás en mi esposa. —No sueñes. Xiaoji tembló antes de ordenarle a uno de sus criados que preparara el carruaje de la princesa. —Xiaoji, tus esfuerzos son en vano —respondió mientras se burlaba—. Mi padre es el emperador, sabes que puede matarte por lo que intentas hacer. —¡Entonces moriremos juntos! Khojin lo vio caminar por la habitación. Luego de un rato, volvió, caminó hacia ella y la agarró por el brazo para hacerla salir de la habitación. —¡Lo lamentarás! —gritó. —No, yo lo lamentaré si no lo hago. Khojin caminó por un pasillo oscuro. Estaba segura de que allí nadie los veía y que si gritaba nadie los iba a escuchar. Sin embargo, debía seguir dentro de su papel, así que pataleó y lloriqueó por todo el camino. Finalmente, salieron de la residencia. Allí afuera estaba listo un carruaje. Subió obligada y además le tocó esperar a que Xiaoji regresara. Sin embargo, Xiaoji no regresó tan rápido, de modo que Altai tegim aprovechó para derribar a los guardias que custodiaban el carruaje donde iba Khojin, cambió el emblema de la familia Mu y lo colocó en lugar del sello real de la princesa antes de hacer que la princesa Pingyang saliera de la residencia Mu hacia la salida de la ciudad. Antes de que huyeran de ahí, el grito de una mujer llegó hasta las afueras de la residencia Mu. Fue Mingyue quien avisó que la princesa Pingyang había desaparecido de la mansión. Cuando montó en el carruaje, Khojin alcanzó a ver salir a Xiaoji de la mansión. Ella retiró el velo y sonrió. En ese momento, el hijo de la familia Mu supo que había caído en una trampa.
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