Con el pasar de los días, Khojin salió del palacio imperial, asegurando que regresaría a la estepa, pero ella en realidad no hizo eso. En vez de regresar con el gran khan, se quedó en una de las tantas posadas que había en la ciudad.
Khojin se sorprendió mucho al ver que la señorita Gerel la ubicó con tanta rapidez después de haber perdido comunicación con ella desde el día que regresó el halcón con su rotunda respuesta. Sonrió satisfecha al saber que Gerel estaba dispuesta a protegerla mientras se quedaba en Chang´an.
La comandante Yuezhi dejó que los días pasaran, ella no hizo ningún movimiento y tampoco Altai se acercó a la posada, aun sabiendo el nombre del mesón en el que estaba ella. Sin embargo, tras el paso de una semana, Altai hizo presencia allí y Gerel fue corriendo para avisarle que Bore Tseren estaba allí.
Khojin salió de su habitación y observó desde lo alto del segundo piso como Altai se sentaba al fondo de la taberna. Como era de esperar, no iba solo y a su alrededor, pero de manera muy discreta, sus guerreros se apostaban en el exterior de la posada para protegerlo ante cualquier eventualidad.
Khojin bajó las escaleras de madera mientras observaba la figura de Altai. Llegó al restaurante atendido por el posadero, pidió una bebida fermentada y luego caminó en dirección del príncipe Altai.
—Una bebida calida te calentará, tegim —comentó mientras hacía rodar el recipiente sobre la mesa—. ¿Hay alguna razón relevante por la que estás aquí?
Altai asintió. Se levantó de la mesa mientras tomaba el kumis en las manos. La observó por un momento, señalándole que lo siguiera hasta la ventana cercana. Ambos observaron el cielo ennegrecido y las cabañas alumbradas con bonitas linternas.
—Pasaré el invierno fuera de casa. Es la primera vez que me alejo tanto de la montaña Mongke —avisó en un susurro—, ¿no te preocupa estar tan lejos?
—Sí, tengo miedo de que mi abuelo me castigue severamente cuando regrese.
Khojin se apoyó sobre la ventana, lo observó con interés.
—¿Cuándo piensas regresar? —preguntó Altai.
—En cuanto termines de trabajar para los chinos —respondió Khojin.
—Temo que esperarás mucho tiempo… No pretendo irme de aquí en meses, quizá años.
—¿Qué quieres decir? —preguntó confundida—. Pensé que ayudarías a los chinos en lo que sea que vayan a hacer y luego regresarías conmigo.
—No puede ser así.
—¿Cómo debe ser entonces? —preguntó con burla.
Altai se separó de la ventana y caminó de regreso a la mesa. Sentado sobre la almohadilla, tamborileó los dedos sobre la mesa. Levantó la mirada y le indicó acercarse más a él. Quería tener un poco más de privacidad. El estar rodeados por tanta gente le daba dolores de cabeza.
—Mu Yue se ha levantado en contra del emperador y un grupo numeroso de campesinos y nobles de las provincias del sur le apoyan —indicó—. El comandante Li Yuan ha sido designado como el subgobernador de la ciudad de Luoyang, así que podemos aprovechar esta oportunidad para generar aún más pánico en la corte. Para eso debemos hacer creer al emperador y su corte de que Mu Xiaoji, el hijo de ese subversivo de Mu Yue ha secuestrado a la princesa Pingyang.
—¿Secuestraremos a la princesa Pingyang? —preguntó Khojin vacilante.
Altai negó suavemente.
—La novena princesa te ha obsequiado varios vestidos. De hecho, ella los dejó en mi mansión un día después de que tú te marchaste… Estoy convencido de que piensa que te entregué su regalo.
—¿Y?
—Deberás ponértelos y hacerte pasar por ella.
Khojin rio a carcajadas. Pensar en ella misma vistiendo prendas tan costosas y femeninas, solo le hacía reír.
—Pero qué pasa después… No creo que esto sea una buena idea. Además, ¿Cómo harás creer que soy ella cuando saltará a la vista que no es así? —burló—. Altai tegim, soy brusca y no tengo los modales refinados de la princesa Pingyang.
—Bueno, deberás usar tus habilidades de convencimiento para que todos crean que eres la delicada y tierna princesa Pingyang.
Khojin se burló con ganas. Era algo imposible de creer… ¿Estaban depositándole toda la responsabilidad a ella?
—¿Quieres decir que el éxito depende de mí? —se burló—. Están pasando una línea delgada de la improvisación… Qué extraño, Altai tegim tiene su vida planificada hace diez años.
Altai sonrió levemente antes de poner sobre la mesa un paquete de telas finamente doblada. Khojin observó sin entender.
—Son los vestidos que te hizo la princesa… Obsérvalos, y me dices si encuentras algo extraño.
Khojin tomó la tela y la desdobló, encontrando varios vestidos perfectamente diseñados. Tocó la tela de seda y observó en detalle los bordados que tenía cada vestido. Finalmente, encontró algo común en los vestidos a pesar de que todos eran de diferentes diseños y colores.
—Tienen bordados de peonías y crisantemos —señaló mientras detallaba la tela.
—Exacto —aceptó—. Justo tiene mucho que ver con su sello real; flor de primavera e invierno.
—Es obvio que es la manera que utiliza para mantener el control de quienes la rodean… Regala vestidos a quienes quiere espiar —Khojin sonrió débilmente. Pingyang no era como aparentaba ser—. En realidad, no es tan inocente como quiere hacernos creer.
Después de un breve momento de silencio, Khojin entendió la razón por la que Altai le pedía que se pusiera los vestidos de la novena princesa.
—Esta es la mejor forma para atraerla a nosotros… Para evitarla solo tengo que evitar estos vestidos, pero justo lo que quieres es que llegue a sus oídos que estoy en la ciudad todavía.
—Exactamente, comandante.
Khojin sonrió satisfecha.
—¿Cuándo lo haremos? —preguntó intrigada.
—Dentro de dos días los chinos celebrarán el festival de las linternas. La casa Mu realizará un gran banquete y la princesa Pingyang está invitada, como es costumbre. De hecho, ahí también estará la princesa Khutulun y su marido Arslan, quien contrató a las bailarinas de la corte MingYue.
Khojin esbozó una mueca de desagrado ante la mención del esposo de su prima.
—Algo me dice que Arslan y MingYue comparten algo más que el gusto por el arte y la belleza.
—Exacto. MingYue apoya a Arslan, pues su padre fue asesinado por Mu Yue. Escucharla tocar la cítara es un privilegio que muy pocos se pueden dar, pero hablar con ella incluso yo lo puedo hacer… Es muy inteligente y suspicaz, verás que te caerá bien.
Khojin entrecerró los ojos. En su mente, empezaba a evaluar el carácter de la cortesana MingYue. Al parecer, por su naturaleza artística y desinhibida no podía conservar el atractivo si no era por su exclusividad en el laúd c***o.
—Bien.
[…]
Los copos de nieve se veían caer lentamente a través del cielo nocturno y helado. El día era diferente al resto, la gente estaba animada y se escuchaba su parloteo desde el primer piso de la posada.
Khojin sonrió levemente. Suponía que así era la gente de la llanura central. De repente, entendió que, si la guerra asomaba otra vez, no solo los mongoles sufrirían, también los ciudadanos chinos, quienes esperaban descorazonados, el regreso de sus hijos de la guerra.
Desde el centro de la habitación, la señorita Gerel aun batallaba por arreglar el vestido sobre el cuerpo de su superior. Pero tras varios intentos, por fin pudo decirle a Khojin que estaba lista para salir.
Khojin sintió nervios, pero bajó la mirada para ver cómo se veía con las vestimentas obsequiadas por la princesa Pingyang. Volvió a levantar la mirada para observar a Gerel.
—Dime, ¿Cómo me veo? —interrogó con miedo. Se mordió los labios y negó—. No me digas, sé que me veo como un payaso.
—Señora…
—No importa, ve y mira si Bore Tseren aparece en la posada.
La señorita Gerel asintió y salió de la habitación.
Khojin se sentó sobre el lecho. Respiraba agitada, los pechos se le querían salir del vestido con cada respiración. Ella sentía que poco a poco el aire faltaba en sus pulmones. Sonrió nerviosa, se puso de pie y caminó por la habitación buscando liberar su tensión, tocó las telas y movió las piernas debajo de la falda. Se sentía extraña, los bombachos no le ajustaban y eso de alguna forma le hacía sentir desnuda.
Solo eran ideas de su cabeza.
Finalmente, luego de una angustiosa espera, Gerel regresó a la habitación para avisarle que el líder de la liga Changhaan esperaba a las afueras de la posada.
Khojin se salió disparada de la habitación, bajó las escaleras con rapidez y después salió de la posada. A lo lejos, vio a Altai apostado al otro lado de la calle, iba acompañado por un cochero.
Se acercó a él y bajó la mirada apenada. Sin embargo, lejos de escuchar alguna clase de burla sobre su vestimenta, Khojin solo vio la sonrisa amplia en su rostro.
—Princesa, ¿está lista? Debemos apurarnos, no queremos que la otra princesa se nos adelante.
Khojin pasó por su lado, y se encaminó hacia la entrada del carruaje. Sin embargo, Altai la detuvo tomándola por uno de sus brazos. Khojin se detuvo abruptamente y giró hacia él. El tiempo se detuvo y los cristales de nieve quedaron flotando en su cabello.
Altai la observó a los ojos, detalló la pequeña cicatriz que Khojin tenía por encima de las cejas, vio su cabello n***o peinado y adornado con horquillas, su nariz dilatada y la boca roja y ligeramente abierta. Una extraña corriente recorrió su cuerpo, y en ella solo pudo encontrar a la mujer más hermosa que había visto jamás. Era ella, la que había soñado muchas noches.
El viento helado del norte soplaba para desempolvar los recuerdos. En su solitaria existencia, Altai había enfrentado sus más terribles miedos, recordando que su vida solo se debía a la misericordia. Sin embargo, en esos momentos sentía que ella en verdad era su compasión.
Así de difícil era despreciar los sentimientos. Incluso cuando se pensaba que ya todo había quedado atrás, la desesperación repentina hacía recobrar el sentido para pensar que era solo una ilusión de la mente, que se seguía amando.
Después de recobrar la comprensión, Altai supo que no podría seguir evadiendo su amor por ella, fingiendo que lo que siente es algo pasajero.
Cuando sus labios se juntaron, Khojin pensó sentir una explosión a su alrededor, pero eso nunca fue así. En cambio, una sensación de bienestar se instauró en el pecho, de solo sentir la calidez de sus labios, ella podía sentir como se derretía como si fuese hielo en medio del desierto.
Aquel era un beso real, no uno accidentado y vergonzoso.
Khojin supo que quería a Altai, que a pesar de que siempre fue autosuficiente y que ella era el refugio para otros, le atraía enormemente esa chispa incandescente que había perdurado con el pasar de los años, la seguridad y estabilidad que él le generaba eran terriblemente abrumantes para ella.
Era claro para ella.
No hallaría un hombre como él, nadie podría hacerla sentir así; solo él. Pero ella tenía miedo de darle más poder, de darle su corazón… Era como si ambos se condenaran al fracaso.
Una comandante no podía estar enamorada de un hombre como Altai, el hijo traidor de la tribu enemiga, un hombre que con el pasar de los años había perdido su identidad, convirtiéndose en una sombra acechante. Nadie lo aceptaría, todos se opondrían a ello. En primer lugar, su abuelo, el gran khan Eljigin.
Ella sufría una espera silenciosa, que pronto se iba a convertir en una cruel realidad.