Capítulo 19

1746 Palabras
Khojin esperó sentada sobre el lecho a que la princesa Pingyang acomodara todos sus implementos de costura. La comandante fue consciente de que la Pingyang era dedicada en su labor, en sus ojos y la manera en que tomaba sus utensilios, se notaba que aquello le apasionaba. —Comandante, ¿puede levantarse del lecho? Khojin asintió, sacó las piernas hasta tocar el suelo y se impulsó para levantarse. Hacerlo le dolió. De hecho, la princesa pareció darse cuenta, por lo que la ayudó a sujetarse. —¿Se siente muy mal, comandante? Khojin negó mientras respiraba agitada. Era una mentira, el cuerpo le dolía horrores. —No, solo es un poco de incomodidad, su alteza —respondió con suavidad. La princesa asintió levemente. Se despegó de ella un momento para tomar su cinta de medir y luego regresó dando pasos ligeros mientras sonreía alegre. Se ubicó tras Khojin, le hizo levantar los brazos a cada lado y luego deslizó la cinta hacia adelante, envolviéndole la cintura. —Comandante, ¿Cómo es la guerra? He oído que usted es famosa en su ejército… Si le soy sincera, la admiro a pesar de que usted atacó al ejército de mi padre —comentó con su usual voz infantil y dulce—. Es usted una mujer excepcional, y aunque la admire, temo que nunca me podré comparar con usted. Khojin frunció el ceño. Ser una princesa tenía sus ventajas, sin embargo, muchos llegaban a saber que solo era vanidad. —¿Por qué no puede? La princesa Pingyang sonrió con ternura. Hizo girar a Khojin, de modo que ambas se observaron por un breve instante. Luego, la hija del emperador desplegó la cinta desde uno de los hombros de Khojin hasta el otro. —Comandante, soy una princesa y como tal, soy la imagen del emperador y la emperatriz de la dinastía. Muchos esperan que sea un bonito adorno en una casa, una cara bonita que luzca vestidos costosos, o una madre dedicada, que solo sirve para atender a su marido y su casa… No digo que eso sea malo, solo pienso que no es lo que quiero. ¿Por qué no puedo elegir mi futuro? ¿Por qué no puedo ser una funcionaria, una general del ejército; una mujer con libertad de elección? Comandante, admito que la envidio un poco. Khojin sonrió levemente. La princesa hablaba desde su inexperiencia y su deseo de libertad. Sin embargo, lo que ella ansiaba era tan difícil de conseguir como un oasis en el desierto. —Princesa, nada en la vida se consigue solo por derecho o porque se crea merecerlo —respondió sintiendo nostalgia en su corazón —. En mi vida, las cosas nunca fueron fáciles… Mi padre fue asesinado y me tocó huir de la tierra en la que había nacido, mi madre perdió la cordura y ahora vive separada por orden del gran khan Elgijin, me separé de mis hermanas y, luego de tantos años no he visto a ninguna. A veces, para ganar algunas cosas debes perder otras. La princesa no reaccionó ante las palabras de Khojin. En su lugar, siguió tomando las medidas del cuerpo, sin hablar más durante un buen periodo de tiempo. Sin embargo, lo dicho por Khojin sí había hecho mella en su mente, por lo que volvió a hacer más preguntas. —Comandante, ¿alguna vez la han obligado a hacer algo que no quiere? Khojin pensó en la respuesta, que, aunque era más que obvia, sí que le dolía saberla. —Muchas veces, alteza. La princesa terminó de tomarle las medidas, se dirigió hacia donde estaban sus utensilios de costura. Parecía absorta en sus pensamientos. Mientras ella guardaba sus cosas, la puerta de la habitación se abrió de tras ella Altai asomó. Pingyang alzó la mirada. Se notaba molesta por la intromisión de un hombre en su espacio. —Bore Tseren, ¿no le enseñaron lo que es el respeto? —interrogó incómoda por su presencia. Altai parpadeó varias veces. Finalmente, ofreció disculpas y salió de la habitación, no sin antes mirar de reojo a Khojin. Cuando él salió, la princesa se acercó otra vez a Khojin. —Comandante, ¿no le da miedo ese hombre? Khojin quiso reírse de la expresión de repugnancia que la princesa hizo cuando se refirió a Altai tegim. —¿Quién? Bore Tseren me ha dejado quedarme aquí a pesar de que no tiene nada que ver conmigo. La princesa Pingyang caminó hacia la puerta de la habitación, la abrió ligeramente y logró ver a través de la r*****a que se abrió. Rio ligeramente mientras husmeaba a Altai. —¿Por qué su rostro es tan feo? —preguntó la princesa con extrema indiferencia. Khojin miró a otro lado. Dio un pequeño paso para llegar al lecho, se sentó y volvió a observar a la princesa. —Está quemado —respondió seria—. Me imagino que tuvo un accidente. —Bore Tseren… —susurró la princesa—, ¿Cómo es que un hombre desfigurado y de origen plebeyo es así de poderoso? Khojin observó a la princesa de reojo. Si tan solo ella supiera que aquel hombre era un príncipe. […] Khojin se recuperó después de cuatro días. Y aunque sabía que debía regresar con su abuelo, se negó a hacerlo. Ya había enviado la respuesta a Gerel, y esta no había insistido más. Luego de eso, Khojin sabía que lo más útil era salir de la mansión de Altai lo antes posible para no despertar sospechas innecesarias. Khojin ya podía caminar con normalidad, así que en menos de lo que planeó, se puso sus ropas y salió de la habitación. Le sorprendió no ver a Altai por ningún lado. La mansión estaba rodeada con miembros de la liga Changhaan. Pero por ningún lado se veía a su líder. Khojin siguió caminando por el ala principal, que tenía un antiguo árbol plantado en su centro. Mientras recorría el lugar, haciendo un primer y último reconocimiento, pensó en lo que debía hacer, si decirle a Altai lo que el gran khan quería de ella o solo desaparecer sin más. La última opción se le hizo inconcebible, pues entonces estaría obrando sin sentido. Después de pensar y de recorrer el extenso lugar, alcanzó a ver a Altai caminando en su dirección desde el lado contrario de la mansión. Tal vez para muchos él tenía una apariencia horrible, que su rostro estaba deformado por las quemaduras, pero ella, que conocía quién era y como el pasar de los años le habían reformado su naturaleza pretenciosa y egoísta. Tal vez, en su interior guardaba un poco de aquello, pero su resiliencia las opacaba por completo. Khojin le veía con admiración. Ella sonrió en cuanto lo tuvo frente a ella y removió los pies con nerviosismo. —¿Por qué estás de pie? —preguntó Altai—. ¿Estás bien? Khojin asintió. —Sí, pero quiero hablar contigo —comentó mientras seguía caminando, pero esa vez en compañía de Altai, quien estuvo dispuesto a escucharla—. Recibí la orden de regresar al campamento, pero en realidad no quiero hacerlo… Prometí que te iba a ayudar. Yo quiero que las tribus de las estepas y los vecinos vivan en armonía… Al menos durante un instante. —¿Qué harás entonces? —preguntó Altai. —No lo sé. Creo que no regresaré, pero tampoco puedo seguir aquí y lo sabes. —Sí, será difícil de aparentar que sigues enferma. —Sí, por eso es beneficioso que avise al emperador que me he ido de la ciudad, pero me estaré quedando todavía… En Chang´an hay muchas posadas, puedo quedarme en alguna. Altai la observó mientras asentía. En sus ojos, el resplandor genuino de su cariño por ella brilló a la luz del sol. Incluso años después, ella se veía como aquella guerrera sin dirección, indecisa por lo que debía escoger. Ella estuvo a punto de girar su cuerpo y buscar la salida de la mansión, pero Altai no dejó que simplemente se fuera. La tomó con ligereza, haciendo que girara hacia él. Su cabello largo ondeó en el aire mientras los brillos del sol penetraban en sus hebras. Ambos se observaron por un instante, y antes de que ella lo empujara, la abrazó. Khojin quedó entre sus brazos, sintiendo como el corazón del príncipe latía. Ella cerró los ojos y le abrazó también. —Ahora que te vas, no puedo evitar sentirme abatido—susurró Altai—. Espero que esta sea una buena decisión, no quiero ponerte en peligro… Khojin, ya te perdí una vez y no quiero que nuestras vidas se vayan en la travesía sin retorno, en nunca volver. —Prometo que estaré bien, pero también debes protegerte, Altai… Sabes que Silun pudo haberte apuñalado hace tiempo, de seguro aprovechará para hacerlo donde más te perjudica… Debes pensar que le revelaste tu secreto. —Todo estará bien —aseguró Altai—. Verás que pronto habrá conciliación con las estepas. Cuando eso ocurra, estaré allí justo a tu lado. —Quieres decir que… —Que te quiero, no sabes cuanto quise evitarlo y así no herirte, pero fracasé, no pude hacerlo, Khojin —confesó—. Pero tampoco puedo dejar de lado el hecho de que tu prima casi me mata, mejor dicho, que me ha matado. Si después de lo que planeo hacer, aun quieres tenerme a tu lado, entonces allí estaré. Khojin se separó un poco de él. Lo observó a los ojos. ¿Por qué las cosas eran tan difíciles cuando tenía la disposición para enfrentar el mundo entero? En sus ojos grisáceos el odio se mezclaba a partes iguales con su amor. ¿Qué iba a pasar cuando el odio sobrepasara su barrera? —¿Qué pasa si no te quiero conmigo? Altai tragó con fuerza. —Entonces me conformaré con saber que estás viva, que estás bien así yo no esté ahí contigo. Prometo que no te molestaré, nunca más me volverás a ver, aunque me duela separarme de ti. Khojin negó. No podía comprender que Altai le diera tanta importancia a su venganza. Sin embargo, no era nadie para entrometerse en sus asuntos. Si él quería seguir adelante y afrontar su pasado, entonces ella se haría un paso al lado, esperaría en silencio el día que él por fin se redimiera o fracasara… —Pero yo nunca dejaré que te alejes de mí. Seré tu tormento, Altai.
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