Los candelabros de la habitación quedaron encendidos incluso después de que el emperador fuera notificado de que la mujer perteneciente al clan Eljigin había sido atacada en su ciudad, y como respuesta a su propia preocupación, envió al eunuco jefe del palacio imperial para que viera como se encontraba la comandante Yuezhi.
Khojin durmió gran parte de la noche. Sin embargo, antes de que amaneciera, por fin abrió los ojos. El sol todavía no salía y hacía mucho frío.
Khojin no recordaba cómo había llegado hasta ese lugar. Cerró los ojos, tragó con fuerza, intentando esconder su dolor cuando apoyó el cuerpo en el lecho. Se mordió los labios y dejó salir un leve quejido. Cuando calmó su dolor y la agitación de su corazón, logró observar toda la habitación, pero su examen terminó en cuanto su mirada encontró el rostro de Altai.
Ella lo observó con tristeza y ni siquiera entendió por qué de repente se sentía así. Él le devolvió un somnoliento vistazo antes de despagarse de la pared de madera en la que estaba recostado y acercarse a ella.
Altai se sentó a un lado del lecho y la observó con un poco de curiosidad.
—¿Cómo estás? —preguntó suavemente.
Khojin suspiró profundamente. Se sentía consolada con su presencia. A gatas, se acercó a él, y suavemente se introdujo entre los brazos del príncipe, cerró los ojos y descansó allí. Sonrió aliviada cuando percibió que Altai la rodeaba con los brazos, acogiéndola con satisfacción en su pecho cálido y fuerte.
—No te vayas —susurró Khojin con voz ahogada—. Tengo frío.
Altai se removió un poco hasta alcanzar la cobija, que reposaba a un lado del lecho. Luego, la arropó con ella, cubriéndola por completo, convirtiéndola en un pequeño y caliente bollito.
—No me iré —contestó mientras la observaba a los ojos—. No te abandonaré nuca, te lo prometo.
Khojin sollozó levemente.
—¿Qué me sucedió? ¿Quién quiere matarme?
—Llegué a tiempo, esos hombres por poco te matan. Pero, todavía no estás fuera de peligro… Silun está detrás de todo esto.
—¿Silun? —preguntó mientras se alejaba de Altai—. Él es tu aliado, ¿no lo apoyas?
Altai negó.
—No permitiré que te haga daño, Khojin.
—¿Y si lo hace? —preguntó angustiada—. Sé pelear, me sé defender, pero él es un carnicero. Él no va a descansar hasta que yo esté muerta y fría bajo la tierra.
—Khojin, ahora mismo mis hombres le están buscando… Sabes, él no tiene escapatoria.
—Pero él te conoce y sabe cuáles son tus métodos, no debes confiarte.
—Lo sé, pero en difícil que te haga dalo ahora. Estás a salvo conmigo.
Khojin volvió a sentirse cansada. Su cuerpo amoratado y lleno de heridas debía descansar nuevamente, así que volvió a acostarse sobre el lecho mientras observaba como Altai apagaba las velas encendidas.
Ya había amanecido, por lo que el cielo ya no se veía oscuro.
Khojin cerró los ojos y en poco tiempo, volvió a quedarse dormida. Altai salió de la habitación y puso guardia al otro lado de las puertas.
Cuando se hizo de mañana y el sol calentó con fuerza, la princesa Khutulun llegó a su residencia en compañía de otra mujer, que por sus vestimentas costosas y adornos de plata parecía ser de la nobleza. Sin embargo, Altai no les prestó atención a aquellos detalles.
Las dos mujeres entraron a la habitación en la que descansaba Khojin. En ese momento, se encontraba sentada sobre el lecho, mientras una criada le sostenía la bandeja de su medicina.
—¡Khojin! —exclamó Khutulun al verla—, ¿te sientes bien?
Khojin asintió mientras sonreía.
—Estoy bien gracias al cuidado de Bore Tseren.
Khutulun sonrió alegre, se hizo a un lado, consiguiendo que Khojin viera a la mujer que la estaba acompañando.
—Khojin, te presento a la novena señorita, la princesa Pingyang.
Khojin observó a la mujer vestida con costosas túnicas de seda, pendientes de plata y guirnaldas de colores y horquillas doradas en el cabello, que daban la apariencia de corales dentro de un mar oscuro.
En ese inmediato recordó que tenía que ganarse su confianza. Sí, está allí enfrente, ni siquiera tuvo que ir a buscarla al palacio.
—Saludos, princesa Pingyang… Espero que no se ofenda si no me levanto para saludarla.
La princesa Pingyang negó mientras le sonreía con gentileza.
—Comandante, sé que está herida, así que le dejo pasar su falta esta vez —respondió con voz dulce—. La princesa Khutulun es noble y bondadosa. Usted, como su prima debe serlo también.
—¡Estás equivocada, su alteza! —respondió Khojin—. La princesa Khutulun es demasiado buena, yo no puedo compararme con ella.
La princesa Pingyang esbozó una tenue sonrisa.
Khutulun se acercó al lecho y se sentó al lado de Khojin para ver cómo se veían las heridas.
—Esto se siente horrible, lo sé —comentó Khutulun—. Cuando estuve herida, me sentía como la peor de las escorias… Todo por culpa de Arslan.
La princesa Pingyang decidió acercarse un poco más.
—Sé que mi primo es impulsivo, pero llegar hasta el punto de dispararle una flecha ya es de dementes —intervino Pingyang—. Pido disculpas, princesa Khutulun.
—No deberías pedirme disculpas… es tu primo quien las debe dar —respondió Khutulun—… Por cierto, dijiste que tenías algo a la comandante.
La princesa Pingyang asintió, salió por un momento de la habitación. Regresó poco después sosteniendo en sus manos una canasta con comida.
—Comandante, preparé este plato para ti —contestó mientras le extendía la comida—. Es sopa de Wanton, es muy deliciosa… De hecho, me gusta mucho porque me recuerda a mi madre, ella siempre la preparaba para mí.
Khojin tomó la comida y la observó con deleite. El estómago le rugía, quería devorarlo todo, aunque aseguraba de que quedaría con hambre.
—Se ve delicioso —aseguró—. ¿De qué está hecho?
—Es una masa de harina rellena con un poco de verduras… Abajo tienes un poco de fideos chinos con cebolla.
—Gracias, su alteza.
Khojin no esperó más para disfrutar de aquella delicia que le ofrecía una de las hijas del emperador. Cuando lo devoró todo, dejó a un lado el recipiente y volvió a mirar a la princesa.
—¿Le gusta cocinar? —preguntó Khojin luego de un rato—, ¿qué otras cosas te hacer?
—Me gusta cocinar, aunque me apasionan los vestidos y las telas.
—Sí! —exclamó Khutulun—. Ella hizo para mí un vestido en solo dos días, Khojin. Es tan hermoso, que quiero esperar un evento especial para usarlo.
—¿Es esto cierto? —interrogó sorprendida. Para ella, lo que era coser o tejer era algo que no se le daba muy bien—. Eso es impresionante.
La princesa Pingyang bajó la mirada. Estaba avergonzada, pues muy pocas personas habían alabado su destreza en la costura… Tal solo su madre.
—Comandante, ¿le gustaría que hiciera un vestido para usted? —preguntó Pingyang—. Estaría encantada de obsequiarle uno.
Aquello tomó por sorpresa a Khojin. Sin embargo, aprovechó la oportunidad para compartir un poco más con la princesa. Al fin y al cabo, eso era lo que Altai le había pedido hacer.
—Eso sería muy bueno.
[…]
Cuando su prima y la princesa Pingyang se retiraron de la mansión de Altai, Khojin pasó toda la tarde deseando ver al príncipe, pero solo fue hasta que anocheció que él regresó para verla.
En cuanto lo vio pasar por el pasillo, se alegró de inmediato. Llevaba esperándolo todo el día, por lo que, en ese momento, sus anhelos se elevaban por encima de los límites que ella misma se imponía. No eran chispazos, ni agitación en su estómago… Era algo diferente.
Cada vez, una nueva sensación se apoderaba de ella. Pero al final, concurrían a una bella certeza, la plena seguridad de que él iba a ampararla incluso cuando no lo viera.
—Altai —susurró.
El tegim sonrió al verla, buscó un asiento y se ubicó justo a un lado del lecho.
—¿Te duelen las heridas?
Khojin negó. Ni siquiera supo por qué, pues en realidad si le dolían.
—¿Quieres hablar un rato? —preguntó Altai también—. Creo que tú todavía tienes preguntas sobre mí. Aunque, reconozco que quiero saber algunas cosas de ti.
—¿Qué quieres saber?
—Bueno, Silun dijo que tú habías matado a su hija. Sin embargo, no creo en su versión… Dime, ¿la mataste?
—No, ella se suicidó —respondió con simpleza—. No sé las razones, solo sé que un día corrió el rumor que Bulga se había suicidado.
—Por lo que entiendo, Silun pertenecía a el campamento Elgijin.
Khojin negó.
—No, pertenecía a una tribu que había sido desplazada por las tribus túrquicas.
—Sí, tienes razón. Una vez me lo dijo… Pero ¿qué pudo haber hecho que Bulga se suicidara?
—No lo sé, pero supongo que está relacionado con la muerte de mi prematuro esposo. Mientras investigaba supe que ellos dos se conocían, que habían sido compañeros de infancia.
Altai se interesó en saber más acerca del esposo muerto de Khojin.
—¿Cómo murió?
Khojin entrelazó las manos en el regazo y suspiró con tristeza.
—Fue todo muy extraño… Murió en la tienda, a mis pies, escupiendo sangre… Estoy segura de que bebió algún tipo de veneno.
Khojin y Altai hablaron por un largo rato. Para ambos era emocionante compartir más que solo las discordias, también los aciertos y las sonrisas. Sin embargo, las lunas no eran eternas y la oscuridad siempre volvía.
Luego de conversar, Khojin empezó a tener sueño. De reojo observó a Altai y supo que él necesitaba mucho más unas cuantas horas de descanso.
—Deberías dormir —indicó Khojin—. Se te ven las ojeras, estás cansado.
—No te dejaré sola.
—Estaré bien —sonrió levemente—. Toda la mansión está rodeada por tus hombres. Nadie se atreverá a entrar.
Después de que insistió, Altai la complació, más porque se sentía realmente exhausto. Al final de todo, ella tenía razón; ninguna persona podía entrar sin ser percibido por los guerreros de la liga.
—De acuerdo.
Altai se levantó de su asiento, caminó alrededor de la habitación, llegando a cada uno de los candelabros que yacían encendidos. Luego, salió de la habitación.
Khojin se acostó en el lecho de Altai y se cobijó hasta las mejillas. Cerró los ojos, queriendo poco a poco ir cayendo en el letargo. Sin embargo, algo le llamó la atención en medio de la oscuridad. Su corazón latió desbocado. Ella pensaba que alguien había logrado escurrirse al interior de la mansión de Altai.
Con dificultad, se levantó del lecho y ahogando los gemidos de dolor, Khojin agarró una de las dagas que el tegim guardaba debajo del lecho y se acercó al ventanal. Khojin metió la daga en su boca y la desenvainó suavemente para no hacer mucho ruido. Al otro lado de la ventana cubierta, Khojin sintió un tamborileo en la madera. Esperó un poco más, pero nada sucedía, por el contrario, ese repiqueteo seguía.
Khojin escuchó el graznido de un ave y se calmó de forma inmediata. Aliviada, empujó levemente la ventana y sonrió con alegría al ver a su halcón Shona colgado a un lado de la ventana.
—Shona, ¿qué haces aquí? —preguntó mientras lo tomaba para revisar si sus patas tenían algún mensaje. Efectivamente, en una de sus patas llevaba sujeto un pequeño mensaje. Khojin lo acarició—. Buen chico.
Khojin leyó el mensaje rápidamente. Sin embargo, no eran buenas noticias para ella. Su ayudante de armas, la señorita Gerel estaba en la ciudad y venía por ella. Lo que más la desconcertó fue saber que su abuelo solo tenía una semana para regresar.
¿De esa forma tan repentina la frialdad de la distancia volvería a congelarlos a ambos?
Khojin no podía creer que justo cuando Altai se mostraba dulce con ella, entonces debía irse.
El control de todo un país estaba en manos del gran khan. De ella no dependía nada, tan solo la protección de la subdivisión del ejército Yuezhi y la fortaleza… A pesar de la intermitente paz, Khojin aun confiaba en que la guerra no iba a asomar al menos en décadas.
Khojin frunció el ceño mientras pensaba que no hacía falta en el campamento Elgijin. El deseo de rebelarse en contra de la voluntad de su abuelo iba en aumento cada minuto que pasaba.
Sus ojos negros resplandecieron, revelando el ardor deslumbrante que yacía oculto bajo su sonrisa inflexible.
Khojin tomó la daga y ahogando un grito de dolor, punzó una de sus heridas haciendo que la sangre brotara, ensució la daga con sangre y escribió en el reverso de la tela un determinado ¡No!
Envolvió el trozo, lo sujetó a la pata del halcón Shona y lo soltó fuera de la ventana para que regresara a Gerel con su respuesta. En ese momento, ella estaba retando la orden del kagan.