Capítulo 17

1653 Palabras
Khojin se quedó en medio de ellos, esperando a que la atacaran. Los hombres avanzaron de manera cautelosa hacia ella, pues sabían que no podían subestimar las habilidades de aquella mujer. Respiraba agitada mientras esperaba por el primer ataque. Empuñó la espada y la alzó para bloquear el trayecto de la espada del asesino. Retrocedió cuanto pudo mientras chocaba una y otra vez la hoja en un vaivén de estocadas estruendosas. —¿Qué quieren? —preguntó. Nadie le respondió. Los hombres la observaban con frialdad, como si solo estuviesen afanados por concretar su tarea. Parecía que en ellos no había nada de humanidad. Khojin se hartó de seguirse defendiendo, así que se agachó cuando los seis hombres se apresuraron hacia ella. En el proceso, logró herir a uno de ellos a la altura de la cintura. Sonrió levemente cuando escuchó el quejido. Dio vuelta rápidamente, quedando fuera de la ronda hecha por ellos y desde allí, golpeó con fuerza a uno de los asesinos con la empuñadura de su espada, haciéndole caer al suelo. La sangre le hervía en las venas. Se sentía inexplicablemente poderosa. Justamente ese fue su error, pues debido a su exceso de confianza, descuidó su retaguardia en medio de la euforia que sentía. Sintió cuando la carne de su espalda se rasgó y la sangre empezó a brotar, manchando sus prendas, calentándole la piel lenta y dolorosamente. Khojin gimió suavemente y cerró los ojos, se deshizo de uno de los hombres y enfrentó a ese que le había herido. Lo venció rápidamente. Sin embargo, eran seis hombres contra ella sola. Pronto, uno de los asesinos abrió otro tajo en su piel, uno muy cerca de su cintura. Ella dejó de atacarlos y aprovechando eso, la golpearon fuertemente en las rodillas, haciendo que cayera de bruces al suelo. Khojin dio una vuelta para lograr alejarse de ellos, logró levantarse y contraatacar, lo hizo, pero en cambio recibió múltiples puñaladas. Volvió a caer. Khojin escupió saliva mezclada con sangre sobre la tierra, levantó la mirada y sonrió levemente. Sus dientes manchados con sangre se vieron en medio de su sonrisa ladina. —Moriré, pero no sabré quién lo ha hecho. Los asesinos se acercaron a ella mientras caminaban con lentitud, como si tuvieran miedo de que ella se levantara en cualquier momento para seguir con la pelea. Sin embargo, Khojin estaba perdiendo sangre y poco a poco se sentía débil. Era imposible pelear en esas circunstancias. Khojin dio la vuelta sobre la tierra y apretó la herida profunda que tenía en el vientre. Tragó con dificultad mientras trataba de retroceder. Estaba a punto de desfallecer. Sin embargo, en el momento que se creyó muerta, los hombres que la habían atacado empezaron a caer uno a uno frente a sus ojos. Khojin trató de ver qué era lo que ocurría, pero simplemente no resistió más y se desmayó sobre la tierra. Khojin cerró los ojos antes de que Altai tegim corriera hacia ella y le acomodara la cabeza sobre el regazo. Él le retiro la sangre de su rostro y la cargó en brazos mientras varios de los integrantes de la liga Changhaan se encargaban de retener a los asesinos que quedaban vivos. —¡Señor, el único que estaba vivo se ha suicidado! —gritó uno de sus hombres. Altai regresó la mirada por un momento y vio el cuerpo laxo del asesino sobre la tierra. Esbozó una mueca de asco. —Vigila la zona, mira si hay más asesinos o algo que nos diga quién fue el que cometió esta insolencia. —¡Sí! Altai caminó con rapidez teniendo a Khojin en brazos. Sentía la sangre en su cuerpo, y eso le preocupaba. Le tomó poco tiempo llegar a su residencia, y aunque no se decidía a hacerlo, supo que era lo que debía hacer. Al llegar, ordenó a uno de sus criados ir a buscar a Arslan. Arslan no tardó en hacer presencia dentro de la residencia de Altai tegim a pesar de que era muy tarde. —¿Qué sucedió? —preguntó con preocupación al verlo—. Tu criado me ha dicho que estás herido. Altai negó. —No lo estoy —indicó con frialdad—. Pero la comandante Yuezhi sí. Arslan frunció el ceño. Lo único que se preguntaba era qué rayos estaba haciendo un oficial mongol allí, en la residencia del príncipe. —¿Qué dices? ¿Dónde está? —Está en la habitación principal. Arslan entró a la habitación en la que reposaba Khojin. Dio vueltas desesperado, pues pensaba en las excusas que le diría a su tía al día siguiente. —Llamen a un médico—ordenó Arslan antes de regresar con Altai. Al verlo nuevamente, negó en repetidas ocasiones, demostrando su enojo— ¡Mas vale que tengas una buena excusa, Bore Tseren! —Dirás que estabas en la corte MingYue y que la viste pasar. Arslan se burló. —¿Corte MingYue? —bufó—. Fuiste tú el que la rescató. —¡Pero no lo deben saber! —contestó enfurecido por la actitud de Arslan—. Sabes que ella es una comandante mongola y yo todavía no tengo la entera confianza del emperador. Además, la emperatriz me vio junto a ella… Divulgar que fui yo quien la salvó de un ataque solo incrementará su desconfianza por mí. —¡Esta es tu mansión, genio! —Dirás que la trajiste aquí porque te quedaba lejos el palacio imperial. Ella podía morir desangrada. Aslan negó a la vez que sonreía levemente, pues sabía que las cosas se estaban complicando. —Tú me debes una explicación —aseveró—. La comandante y tú se conocen desde hace tiempo. Sé que hay cosas entre ustedes que yo no conozco y no quiero ignorar… Altai asintió. —Te lo contaré, pero debes decir que fuiste tú el que la salvó. Ahora, necesito que le avises a la princesa Khutulun que la comandante está herida. […] Arslan salió de la mansión y poco después un médico llegó para ver el estado en el que se encontraba Khojin. Altai no se despegó de ella durante el tiempo que el médico valoró su estado de salud. Incluso, se negó a que la servidumbre curara las heridas de Khojin; lo hizo él mismo. Altai se acercó a ella, tomó el paño de algodón y lo sumergió en el agua que reposaba en la palangana. Pasó el paño por las heridas, limpiándolas con dedicación y cuidado, pues cada respingo que ella hacía en medio de su inconciencia le dolía como si fuese propia. Se dedicó a limpiar su piel magullada y enrojecida por la sangre. Khojin yacía sobre el lecho de Altai, tiritante y con la piel pálida. Tenía sus ojos cerrados y sin energía, sus labios resecos y desprovistos de color, los hombros descubiertos y su cabello enmarañado a un lado para que no estorbara. Verla tan vulnerable le afectaba. —¿Cómo está ella? —preguntó al médico, quien reposaba en un rincón, expectante a lo que hacía el tegim. —Señor, ella está bien, es muy fuerte… Solo necesita descansar esta noche y tal vez mañana ya esté despierta. Altai asintió. La habitación volvió a quedar en silencio. Sin embargo, luego de eso, uno de sus hombres entró afanado, se arrodilló a su lado y le mostró una especie de sello hecho en jade. Altai lo reconoció de inmediato. —Joven amo, encontramos esto. Lo tenía uno de los asesinos. Altai tomó el sello en sus manos y lo apretó dentro del puño con tanta fuerza, que el pequeño objeto se rompió, incrustándose en la palma de su mano. Él arrojó el sello con ira el sello a un lado de su lecho. Ahora todo tenía sentido. Silun estaba detrás del intento de asesinato a Khojin. ¡Él se había atrevido a hacer semejante acto! El tegim presionó la palma de su mano contra el lecho, manchándolo con sangre en el acto. Sus ojos ingratos y resistentes asomaron en medio de la tempestad imperiosa que se había gestado, sintiendo como crecía exponencialmente su aborrecimiento por el que había sido su mayor consejero. Silun ya no podía seguir beneficiándose de la liga. Debía ser desterrado y perseguido como el criminal que era. Altai sabía que lo único que podía detener a Silun de vengar a su hija Bulga era la muerte. Estaba decidido a proteger a Khojin sin importar que en realidad ella hubiese matado a la hija de Silun. A esas alturas, eso no le importaba. No le importaba querer a una asesina después que esa mujer fuese Khojin. —¡Busquen a Silun y tráiganmelo! —¡Sí! Altai volvió la mirada hacia Khojin. —Silun ha llegado demasiado lejos. No permitiré que te lastime… Es mi culpa, yo debo solucionarlo. —prometió con voz firme. Estaba más que convencido de que Silun iba a pagar el daño—. No importó cuanto traté de evitarte o esconder lo que sentía por ti con tal de protegerte, ahora veo que eso no sirvió para nada. Sé qué es lo que debo hacer ahora… Sea como sea, todos se van a enterar que la persona a la que Bore Tseren ama es intocable, y que quien se atreva a tocarla otra vez, no la pasará nada bien… Yo me encargaré de matarlo. Eso mismo ocurrirá con Silun. Altai se sentó sobre el lecho, tomó una de las manos frías de Khojin y la entrelazó con la suya tratando de trasmitirle un poco de calidez, la tibieza de su amor por ella. A partir de ese momento, Altai no iba a seguir negando su amor por ella. Al final, aquello no había servido para nada. Silun había sido astuto, ganándole el pulso. —Debes recuperarte, comandante —apremió, aunque sabía que ella no le estaba escuchando—. Sé que eres muy fuerte.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR