Altai dejó de sentir las notas de la cítara. En su cabeza, la voz de Khojin era como una fuente caudalosa, que por su bullicio y rebeldía era imposible de ignorar. Allí, sintiéndose desprotegido y con todos los escudos abajo, el príncipe no tuvo más alternativas que contarle sus secretos.
—El señor Silun fue uno de mis primeros clientes —aseguró—. Le ayudé en algo que ahora no recuerdo y poco después empezó a patrocinarme. Es un hombre rico, aunque no tiene mucha influencia en la estepa.
—¿Sabes algo de su hija, la señorita Bulga?
Altai relacionó las palabras que alguna vez Silun le había dicho. Era algo relacionado con su hija y la comandante Yuezhi.
—Silun tenía una hija, pero ella murió hace varios años.
—¿Qué le sucedió? —preguntó intrigada—. ¿Es cierto que se quitó la vida?
Altai negó. En ese momento, quería colocar las cartas sobre la mesa y saber de una vez cuál era la versión y postura de Khojin frente a la muerte de la hija del señor Silun.
—Él dice que tú la mataste —aseguró mientras la observaba a los ojos—, ¿por qué él dice eso, Khojin?
Khojin se notó sorprendida. ¿Cómo iba a ser ella la responsable de la muerte de la señorita Bulga? En su vida la había visto unas pocas veces.
—No tengo la menor idea —aseveró—. Pero debes estar seguro de que miente.
—Sí, eso lo sé, pero debe haber un trasfondo. Silun no puede simplemente odiarte. ¿Qué le hiciste, Khojin? ¿Por qué Silun se ha vuelto contra mí solo porque tengo comunicación contigo? —preguntó suavemente—. Khojin, debes protegerte muy bien mientras él esté merodeándonos de cerca.
Allí Khojin entendió todo. De eso se trataba su indiferencia hacia ella mientras otros veían. No era que Altai la ignorara, sino que se preocupaba por guardar las apariencias.
—Altai, ¿qué hay de mi prometido? ¿Tuviste algo que ver con su muerte?
Alta negó.
—No tuve nada que ver.
—¿Por qué siempre mis investigaciones terminan en la montaña Mongke? No puede ser una casualidad, debe ser que algo debe haber detrás de todo.
—Últimamente reconozco que Silun es sospechoso en muchos sentidos. Sé que me esconde algo y que, además, no me apoyará en un futuro. Estoy seguro de que en cualquier momento me puede traicionar, así que primero debo deshacerme de todos los secretos que él podría usar en mi contra.
—¿Por eso dejase cubrir tu rostro?
Altai asintió.
—No solo por eso… Quiero que de alguna forma Bortei sepa que estoy vivo, que su poder está en peligro.
—Pero nadie te conoce en la corte china.
—Esa es una ventaja por ahora, ya lo verás.
…
Khojin dejó de hablar y un rato después. Se escuchó el sonido producido por el roce del metal contra su vaina.
Altai sintió el metal frío contra su garganta. Alzó una de sus cejas, y con su típico gesto malévolo la observó de reojo. Khojin empuñaba el arma contra su cuello.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Dijiste que me ibas a contar todo acerca de ti, pero estás faltando a la promesa.
—Dije que te contaría todo, pero no que sería en un solo día como lo estás exigiendo… No saques conclusiones precipitadas, comandante.
Khojin apretó los dientes en un gesto de desagrado y movió la espada en círculos para incitarlo a pelear contra ella. Altai la observó con fingida tranquilidad, pero luego desenvainó su espada, aceptando el reto impuesto por la comandante del ejército Yuezhi.
—¿Qué pensaste, Altai tegim? —interrogó mientras blandía la espada en el aire—. Siempre tuve curiosidad respecto a si podría ganarte en una pelea, y ahora que hay una disputa entre nosotros, ¿qué te parece si lo solucionamos?
—¿Solucionar? —bufó. Sus dientes afilados y claros se vislumbraron gracias a las luces amarillentas de las linternas de papel—. ¿Qué estás dispuesta a perder?
—No estoy dispuesta a perder, tegim —decretó antes de iniciar el combate.
Khojin arremetió contra Altai. El filo de la espada resplandeció cuando estuvo expuesto a la luz de los múltiples candelabros. Altai evitó ágilmente el golpe haciéndose a un lado. Soltó un suspiro al ver que ella seguía enfrascada en vencerle. Con la espada, trataba de defenderse, pero no atacar. Pensaba que estaba haciendo lo correcto, pero al parecer eso le molestaba a la comandante Yuezhi.
—¡Ataca! —gritó airada mientras saltaba sobre la mesita y le asestaba un impacto, que se estrelló contra su espada—. ¡No soy de porcelana como crees!
Altai levantó la vista por un momento para observarla. Vio su expresión desafiante y la manera en la que apretaba la mandíbula. Ella era fuerte en extremo. Sin embargo, Altai también tenía presente de que sus capacidades en el combate se habían elevado muy por encima del resto. Durante aquellos años se había esforzado por volverse fuerte.
En cuanto vio la determinación y el fuego en sus ojos, algo dentro de Altai se borró. De inmediato, la atacó, como aquella vez que había enviado una daga a su corazón, esa vez que ella descubrió que todavía vivía, un recuerdo que él había borrado de su memoria con veneno.
Volaron en el aire, dando vueltas alrededor de cada uno, mirándose fijamente durante las fracciones de segundos en las que sus espadas chocaban y sonaban como chispas de pólvora.
Altai vibró en medio de los golpes de las espadas y se movió ágilmente esquivando y promoviendo ataques. Khojin no era fácil de vencer, pero en lo que llevaban peleando, Altai ya empezaba a notar cual era la debilidad de ella. Entrecerró los ojos antes de golpear su pecho, consiguiendo que ella retrocediera, perdiendo el hilo de la lucha.
Khojin se agarró de una de las paredes y tocó su pecho ligeramente, tratando de aligerar el dolor. Alzó la mirada y lo vio sobre ella. Se había dejado distraer por él, y por eso estaba a punto de perder. En cuanto sus manos y rodillas tocaran el suelo lacado de madera, podría darse como la vergonzosa perdedora. Sin embargo, no era honroso darse por vencido antes de terminar la contienda. Tomó aire y retrocedió con rapidez, quedando arrinconada contra el biombo amarillo que los separaba del bullicio del lugar.
Todo sucedió en cuestión de segundos.
Altai perforó con su espada el papel del biombo y se precipitó sobre ella.
Khojin soltó la espada antes de empezar a caer de espaldas, siguiendo el mismo camino del biombo. Su cabeza solo estaba pendiente de no perder, así que en medio de su afán estiró el brazo y tomó a Altai del cinturón, urdiendo la forma de ganarle aun cuando todo estaba en su contra. Antes de caer al suelo, Khojin tomó un último impulso, cruzó las piernas alrededor del tegim y dio vuelta.
Ambos cayeron al suelo, y aunque ella había controlado el movimiento con el que había logrado la victoria, no pudo evitar que su boca rozara los labios de Altai.
El bullicio que habían armado atrajo la atención de varias bailarinas y clientes recurrentes de la corte MingYue. Todos observaron atónitos la escena.
Resultaba extraño, pues ambos iban vestidos con trajes masculinos y todos los presentes habían visto aquel accidentado beso.
Khojin se alejó de Altai mientras los clientes empezaban a amontonarse alrededor de ellos. La observaban con confusión.
—¿Qué? —preguntó enojada— ¡Vuelvan a sus asuntos! —gritó en cuanto estuvo de pie.
De reojo observó a Altai, quien estaba detrás de ella y mirando a todos con frialdad, como si le importara en absoluto su reputación. Él la tomó del brazo y la llevó lejos del escrutinio de la gente chismosa.
Khojin estaba haciendo fuerza para soltarse de su agarre, pero él no se lo permitió.
—¿Qué crees que haces? —preguntó enfurecida.
—¡Trato de evitar que te metas en un problema! —respondió con voz potente.
Khojin se negaba a mirarle, así que la tomó ligeramente por la barbilla y giró el rostro de ella hacia él, consiguiendo conectar sus miradas. Los ojos oscuros y llenos de ira se sumergieron en la tenacidad silenciosa de la tormenta encapotada de los ojos grises de Altai.
—¡Descubrirán que eres una mujer! —replicó—. No debemos meternos en problemas.
Khojin cruzó los brazos en su pecho.
Altai tenía razón, pero de alguna forma se sentía enojada, lo peor era que no tenía nada qué ver con que otras personas los hubieran visto, sino porque no había visto ninguna reacción luego de que sus labios rozaran.
Se enojó más consigo misma, pues sabía que no debía importarle. Altai solo era un viejo conocido que se había convertido en un aliado reciente.
Khojin salió corriendo. Se veía ridícula huyendo, eso lo sabía, pero era mejor irse antes de hacer alguna otra cosa mucho más vergonzosa. Por ese día, su corazón había volado demasiado alto y debía bajarlo a tierra nuevamente.
Su objetivo para un futuro era endurecer su corazón. Ya no era una adolescente, era una mujer adulta y con una vida curtida en la guerra.
Khojin corrió hasta salir de la corte MingYue y al ver que poco a poco se alejaba de aquel lugar, ralentizó el paso mientras regresaba hacia la tienda. Sin embargo, a medida que avanzaba notó que las calles se volvían solitarias y que el viento nocturno levantaba arena.
La comandante Yuezhi se detuvo en medio de la calle desierta siendo consciente de algo extraño pasaba. Suavemente, deslizó su mano derecha hacia su costado izquierdo para sujetar la empuñadura de su espada.
El viento sopló nuevamente. Khojin ya tenía la certeza de que alguien estaba allí, que una persona la estaba buscando. Cerró los ojos con languidez, respiró suavemente y esperó a que su cuerpo reconociera la amenaza.
Khojin sintió los pasos a su costado derecho e izquierdo. Era al menos un grupo numeroso, que intentaba interceptarla en aquel lugar.
Abrió los ojos y en ellos se vio reflejado el ardor de su corazón. Vio pasar la hoja afilada frente a sus ojos cuando se movió ligeramente hacia atrás. Desenvainó su espada y embistió con fuerza a su primer atacante, quien apenas pudo resistir su ataque, pues retrocedió ante la ferocidad del contrataque de la comandante mongola.
De la oscuridad salieron otros cinco hombres y la rodearon, cada uno se ubicó en un sitio estratégico.
Estaban dispuestos a matarla.