Khojin sintió que los días pasaron con rapidez.
Todo salió según lo planeado y después de todas las pruebas en contra de Mu Xiaoji, el emperador le ordenó al hombre confesar su crimen, pero este se negaba y seguía diciendo que era inocente.
La única alternativa que tenían para que confesara era entregándolo a la oficina de castigos, pues sin una confesión no podían dictarle un castigo.
Mu Xiaoji seguía siendo terco. No aceptaba su culpa en el mancillamiento del honor de la princesa Pingyang, quien después de varios días se encontraba confusa y perdida en sus propios pensamientos. Nadie había logrado sacarle una sola palabra.
Mientras Khojin esperaba noticias, Altai se encontraba dentro de un gran dilema. Lo mejor que podía hacer era enviarla de regreso a la estepa y así evitar cualquier rastro que evidenciara que los mongoles habían intervenido en aquella estratagema. Sin embargo, una repentina jugada de Mu Yue hizo que todo el tablero de ajedrez se volcara, y que sus fichas volaran por los aires.
La noticia llegó a su residencia. Altai no dudó en saber que aquello complicaba las cosas.
Mu Xiaoji había huido de la oficina de castigo, y su padre, había generado múltiples incendios en la ciudad antes de desaparecer de la capital. En esos momentos, todo era un caos.
El mismo Arslan le envió un mensaje urgente; que Khojin debía desaparecer, pues de seguro Mu Yue ya debía estarla buscando.
Altai esperó que anocheciera para ir a visitar la posada en la que se hospedaba la comandante Yuezhi. Esperó un buen rato en la taberna antes de que la señorita Gerel se diera cuenta de que él estaba allí. Más tarde, Khojin bajó las escaleras y se sentó junto a él.
Hubo un silencio extraño, pero no incómodo. Era como si las palabras ya no hicieran falta. En cierta forma, Altai dudaba que ella quisiera hablar, pues solo se dedicó a observar el movimiento de la taberna, los borrachos que andaban de un lugar a otro, gritando, bebiendo, incomodando.
—¿Cuándo regresarás? —preguntó finalmente Altai.
—Sabes la respuesta.
—Esta vez no voy a ser complaciente contigo. Debes regresar.
—Sí, debo regresar, pero no lo haré sola.
Altai endureció la mirada, haciendo que Khojin le respondiera de la misma forma.
—Es una orden. Ya no necesito que estés aquí —explicó.
Khojin frunció el ceño.
—¿Por qué?
—La princesa Pingyang se va a casar con pronto con Mu Xiaoji —mintió—. Espero que esa sea una buena explicación, porque no pretendo quedarme a darte otras. Khojin, ya todo está hecho y ya no te necesito aquí. Regresa.
Khojin se puso de pie de un salto. Ciertamente el casamiento de la princesa la tomó desprevenida.
—¿Se casará? —interrogó—. Se suponía que Xiaoji iba a ir a la prisión, ¡Que el emperador lo iba a castigar!
—¡El plan inicial era que la princesa se convirtiera en su esposa!
—¡Pero dijiste que él iba a la cárcel! —gritó enfurecida.
—¿Qué? El emperador decidió que la dignidad de su hija había sido mancillada por la casa Mu y por eso está concediendo el matrimonio… Por supuesto, ha castigado a Mu Xiaoji, obligándole a pagar el salario de tres años en compensación.
—¡Pero ella no fue mancillada! —contestó—. Tú y yo lo sabemos. Esto que haces no es justo… es cortarle las alas y mandarla directo a un asadero. ¡Quieres buscar justicia, pero en el camino haces injusticias a los demás! —bramó.
—Pues tú estuviste dispuesta a ayudarme, la cuestiones moralistas no tienen cabida aquí, Khojin.
—¡Pensé…! —Khojin bajó la voz al mismo tiempo que disminuía sus ganas de debatirle… Era como hablar con una pared. Él se mostraba reacio a doblegarse… Él en realidad no lo iba a hacer.
Altai se levantó de su asiento y avanzó hacia ella, la tomó del brazo y la sacó de la taberna al notar que estaban llamando la atención.
—Ya no te necesito aquí —decretó—. Vete Khojin, regresa con tu gente.
—Sí, eso haré —aceptó abatida—. Regresaré, porque ya te pagué el favor. Solo quiero que recuerdes, que para redimirte no necesitas una
Khojin entró en la posada.
Altai la observó desde la entrada del recinto hasta que ella desapareció. Luego, regresó a su mansión y se detuvo a observar la noche estrellada desde el gran jardín.
Podía imaginar que en esos momentos Khojin estaría empacando sus cosas… Y era lo mejor. Después de todo, en un futuro tampoco podría complacerla en todo lo que ella quería, pues de manera prematura ya habían entrado en una especie de enfrentamiento.
La quería, sí.
Sin embargo, una cosa era quererla y otra su anhelada venganza.
Altai vivía anclado a su pasado. Los años pasaron sobre él, vivió sin sentido… toda una vida perdida por culpa del odio que sentía por aquellos que le hicieron daño en el pasado.
La princesa Bortei debía pagar todos sus pecados. Debía ser culpada como una asesina y usurpadora.
El kanato Karluk debía ser suyo. Su objetivo era conseguir recuperar lo que había perdido; su honor, sus títulos y su lugar como khan.
Mientras pensaba en su futuro y en cómo iba a lograr tener a Khojin en él, un halcón voló por encima de su residencia y se posó en la rama de un árbol. Altai se sorprendió de ver un ave de tal tamaño allí, así que se aproximó a ella. En cuanto la tuvo más cerca, notó que esta tenía atada un mensaje.
Con rapidez lo desató de la pata del animal y lo leyó.
La nota se clavó como dagas a su piel. En aquel momento, Altai arrojó la nota al fuego y echó de regreso el ave. El señor Silun se las arreglaba para salirse con la suya y evadir a sus hombres.
—¡Maldito seas, Silun! —gritó enojado.
Silun una vez más quería inyectarle miedo. Una vez había intentado matar a Khojin… Si no lo conociera, Altai pensaría que él seguiría intentando acabar con su vida, pero al haber probado el fracaso, sus métodos cambiarían por unos más agresivos y sutiles.
No importaba si ella estaba cerca de él o si estaba lejos. Silun se las arreglaba para hacerle daño.
La nota era una advertencia. Más bien, un recordatorio de lo que iba a hacer.
Yo colgaré la cabeza de tu amada y la exhibiré sobre la montaña Mongke. Yo, Silun la enviaré a la muerte.
[…]
Khojin salió de la ciudad esa misma noche. No había más razones para quedarse allí. Su labor había terminado y lo mejor que podía hacer era regresar al campamento del gran khan y enfrentar su furia.
Cualquier gobernante estaría furioso si uno de sus oficiales del ejército se mostraba desobediente ante sus órdenes.
Khojin entendía que al regresar debía confrontar a su abuelo, pues pese a todo, no le podía decir la verdadera razón por la que se quedó en la capital.
Al llegar al campamento, los hombres que la vieron no pudieron esconder su asombro y la pena que sentían, pues sabían que el Kagan estaba enfurecido con ella por haber desobedecido la orden de regresar.
Khojin caminó por el campamento hasta apostarse a las afueras de la tienda principal de todo el inmenso campamento. Alzó la voz y anunció su presencia. Luego de un rato, las pesadas cortinas
—Khojin, hace un mes envié una orden, ¿por qué no la acataste? —preguntó el khan con extraña tranquilidad.
Khojin alzó los ojos hacia el gran khan. En medio de la tienda, rodeada de otros oficiales, estaba ella agachada sobre la alfombra, sosteniendo un gran peso en sus hombros. Solo ella podía hacerlo, pero también se preguntaba si lo aguantaría el tiempo suficiente.
—La guerra ha terminado —respondió con voz ronca—. Soy una comandante y mi única labor es defender la fortaleza Yuezhi del ataque de los c h i n o s.
El gran khan se rio de ella.
—¿La guerra ha terminado? La guerra nunca termina, solo se apacigua por un determinado tiempo. No puedo pretender relajar mi ejército y dejar que mi kanato se debilite.
—Si la guerra no termina, ¿por qué accedió a enviar a Khutulun como novia? Si lo que dice es cierto, gran khan, entonces qué sentido tiene concertar acuerdos de paz, tratados y matrimonios —rebatió entre dientes. Se sentía herida, como si miles de espinas atravesaran su corazón—. ¡No tiene ningún sentido!
El gran khan se levantó de su trono y la observó con furia. Ella en ese momento le observaba directamente, y en sus ojos se notaba el ardor furioso y de decepción. Ya nada le importaba, ¿qué pasaba si todo su mundo se derrumbaba? Ella misma estaba ardiendo en medio de la tormenta.
—¡Insolente! —gritó—. ¿Te atreves a desafiar mi voluntad?
—Quiero lo justo, no respetar dictámenes volubles y crueles.
—Khojin, ¿qué hiciste en Chang´an?
—Justo lo que usted me pidió —respondió—. No hay peligro con ellos, su gente s pacífica y lo último que quieren es la guerra con nosotros.
—¡Estás demente, no puedes mostrar misericordia con el enemigo!
Khojin sonrió con burla. Estaba yendo más allá de lo que el gran khan debía soportar. Aquello ya era una falta de respeto, pero no le importaba.
—¿Enemigo? El rostro desolado de una viuda que ha perdido a su marido en la guerra, el llanto de un niño al lado del c*****r de su madre o el gemir de una niña violada, no pueden ser catalogados mis enemigos… No lo sé, gran khan, pero no creo que ellos sean malos con nuestra gente, con nuestra tribu—sentenció—. El emperador no es la cara del pueblo como muchas veces creímos. Muchos quieren vivir en paz, solo eso…
El khan le propinó una fuerte bofetada en la mejilla. Sus labios se rompieron, dejando entrever el hilillo de sangre, que corrió por su barbilla blanca. El gran khan la despreció en frente de los oficiales. Una humillación como aquella era demasiado vergonzosa, pero incluso estando allí no bajó la cabeza… Se prometió que nunca lo iba a hacer.
—Khojin, eres débil.
—Tal vez…
El gran khan negó mientras regresaba a su lugar.
—Eres presuntuosa. Debes reconocer cuál es tu lugar… Debes recibir un castigo.
Luego de las palabras del gran khan, entraron varios esclavos mientras sostenían un pedazo de tablón. Khojin lo reconoció. Era el usado para castigar con azotes a los soldados rebeldes.
Sonrió sin ganas. Las lágrimas se acumularon en sus ojos, pero se negó a derramarlas, y en cuanto todo el tablón de castigo estuvo puesto, caminó hacia él y se recostó. Los miedos la habían abandonado.
—Gran khan, puede proseguir —dijo.
De inmediato, varios soldados entraron a la tienda sosteniendo varios trozos de madera largos y lisos. Tras la orden del khan, estos empezaron a golpearla.
Khojin mordió con fuerza la mordaza puesta en su boca, apretó los puños a cada lado de su cuerpo, silenciando con éxito sus ganas de gritar debido al dolor.
Tenía la mirada fija sobre su abuelo. Khojin quería comunicarle, que por más que la dominaran, ella nunca iba a doblegarse, y mientras los golpes iban y venían, Khojin se preguntaba cuanto tiempo duraría el castigo y si lo podría soportar. Sin embargo, vio una figura conocida desde el fondo de la tienda. No supo si era una ilusión, pero aquello parecía ser muy real.
Khojin escupió la mordaza al suelo y cerró los ojos abatida por el castigo.
¿Qué hacía el señor Silun allí?