Capítulo 23

2410 Palabras
Despertó sintiéndose mareada. Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue la figura de Gerel frente a ella. La muchacha suspiró aliviada en cuento ella recobró el conocimiento. Khojin estaba boca abajo y recostada en su lecho. Intentó moverse, pero el dolor en su espalda era tan insoportable, que ni siquiera volvió a intentar acomodar su cuerpo. —Señora, ¿le ha visto? —preguntó Gerel—. Ha frecuentado la tienda durante estos últimos días. —Sí, lo vi —aceptó—. Pero tengo dudas respecto a lo que en realidad quiere el señor Silun. Gerel se acercó más a ella mientras hacía mala cara. —Quiere hacerle daño. —Ya me lo ha hecho, pero presiento que no intentará matarme… No mientras yo ocupe un lugar privilegiado en el campamento de mi abuelo. —¿Por qué su abuelo no lo reconoce? —preguntó Gerel confundida—. ¿No recuerda que ese Silun intentó buscarlo hace varios años? —El señor Silun ha envejecido. Es razonable que el gran khan no lo reconozca. —¿Le dirá? Khojin quedó en silencio. No tenía la menor idea de lo que haría con Silun. —No tiene sentido —sentenció—. Esperaré un poco más… Estoy segura de que Silun me revelará cuáles son sus intenciones. No dudo que pueda aguantarse las ganas. Luego de dos semanas, el señor Silun por fin dio la cara y enfrentó a Khojin, quien para ese momento ya se había recuperado completamente de sus heridas. —Comandante, por fin nos encontramos. —¿Qué haces aquí, Silun? —¿No es claro? —preguntó el hombre mientras sonreía—. He venido a destruirte. Khojin sonrió sin ganas. La situación le resultaba extraña e incómoda. —¿Así como intentaste matarme? Dime, ¿eres así de efectivo? Silun dejó salir una risa ahogada, que más bien se pareció al chillido de una hiena. —Te pude haber matado, comandante. Si Bore Tseren no te hubiera salvado, ahora mismo estuvieras muerta. —Sí —aceptó Khojin—. Sin embargo, ¿qué te hace pensar que te dejaré envenenarle el corazón a mi abuelo con tus consejos llenos de odio? Dicen que te has convertido en su erudito preferido… Me sorprendes Silun, pero si yo le digo al gran khan que tú intentaste matar a su adorada nieta, entonces de seguro se pondrá en tu contra. —Eso no sucederá. —¿Cómo puedes estar así de seguro? —Porque si tú le dices algo, yo también le contaré lo que sé. ¿Qué puede pensar el khan si yo le digo que su nieta ha estado ayudando al príncipe fugitivo de los Karluk o que colaboraste a los chinos mientras estuviste en la llanura central? Khojin dejó de observar al hombre y negó mientras reía. Le resultaba insólito saber que Silun era un viejo zorro que no se percataba en sus pérdidas frente a sus rivales. —Así que esto se volvió un negocio. —Si así lo quieres ver… Khojin suspiró. Si pensaba en la advertencia de Silun, de seguro tenía las de perder. Su abuelo no iba a ser indulgente con ella si descubría lo que había hecho en Chang´an o a quién había colaborado. —Silun, ¿sabes lo que es un trato? —Si usted entiende lo que es, entonces yo también lo haré, comandante… Veamos cuanto tiempo puedes aguantar bajo mi bota. […] Un año más tarde. Las cortinas de la tienda se abrieron y al interior, entró la señorita Gerel en compañía de la segunda esposa del khan, la noble Emee Maral. Khojin se había recluido durante los últimos meses, muy pocas veces salía de su tienda, pues no veía muchas razones importantes para hacerlo, solo para tomar un poco de sol y así no permitir que su piel se volviera demasiado pálida. Su temperamento obstinado había cambiado, ya poco quedaba de la mujer llena de vida… A los ojos de los demás, ella se había convertido en una sombra lamentable. Muchos querían ayudarla a entrar en razón, pero ella se mostraba orgullosa. El gran Khan no volvió a llamarla en el ejército. Y a pesar de que seguía poseyendo el título de comandante, Khojin ya no gozaba de autoridad. Ni siquiera se podía decir que la fortaleza Yuezhi seguía siendo de su jurisdicción. La bruma vaporosa de las hierbas siendo chamuscadas en la plancha, llenaron de olor toda la tienda cuando las dos mujeres entraron. Khojin se levantó del lecho para recibirlas y se postró ante la segunda esposa. —Emee, ¿A qué se debe su noble visita? La mujer pasó y se agachó junto a ella. —Khojin, ¿qué crees que haces? —Prometí que no volvería a molestar a mi abuelo. No lo haré, ni siquiera para pedirle un favor. —Vamos, no seas terca —instó—. Tu abuelo te extraña y me ha pedido que venga a verte. —¿Qué quiere? —Verte… Solo verte. Khojin asomó el rostro y la luz que entraba por la parte superior de la tienda iluminó su pálido rostro. Las hebras de cabello que llegaban hasta debajo de sus nalgas lucían sin brillo y enredadas. Ella estaba en un estado deplorable, tanto, que incluso la señora Maral sintió pena por ella. —¿Por qué has descuidado así? ¿Por qué te niegas a regresar con tu abuelo, a tu vida normal? —Porque ya no lo considero necesario —respondió con simpleza—. Pensé que sería feliz al pertenecer al ejército de mi abuelo, y ser su mejor soldado… Pero no fue así. La señora Maral la levantó del suelo y la llevó de regreso al lecho. En su mirada se notaba la pena y la lástima que sentía por ella. —¿Pensaste que puedes convertirte en una mujer común? —interrogó con una sonrisa—. Puedes casarte, tener tu propio hogar, criar de tus hijos, cuidar de tu marido… Khojin sonrió levemente. Se burló, pues era algo irrelevante, casi que imposible de considerar, porque ella no había sido criada para tener una vida normal… Ni siquiera sabía qué era administrar un hogar. —Crecí entre espadas y ballestas, Emee Maral. —¿Quién dice que no puedes aprender? —No lo conseguiré. La segunda señora se desesperó con la terquedad de Khojin. Se levantó de un salto del lecho y empezó a repartir improperios sin ningún miramiento. —¡Comandante, eres cobarde! —bramó—. La fortaleza Yuezhi, esa que protegías con tu vida está siendo amenazada de nuevo por los chinos. Khojin dirigió la mirada hacia ella de inmediato. —Eso es imposible. Hay trato con los chinos. —¿Trato? —mofó—. No hay tratos que resistan mucho tiempo, Khojin. —Los chinos no pueden estar cerca de la fortaleza… Debe ser un malentendido. —Los chinos se encuentran el paso Sinkur, al noreste de la fortaleza Yuezhi… Hace semanas enviaron un aviso; buscan a un hombre y creen que está escondido dentro de la fortaleza. Khojin se levantó del lecho para enfrentar a la segunda señora. Aquello sí que había llamado su atención. —¿Cómo se llama? —Si quieres saberlo, entonces toma tu caballo y galopa hasta la fortaleza. —No tengo poder, Emee Magal. Además, ya la fortaleza ha sido conferida a otro general del ejército. —Los hombres son leales… Ellos solo te obedecen a ti —advirtió mientras veía como ella empezaba a vestirse para salir del campamento—. No olvides que ellos te respetan. —¿Hace cuanto están en el paso Sinkur? —Hace un mes. —No ha habido enfrentamientos? —preguntó confundida—. Es extraño, ellos querrían entrar a revisar si en realidad la persona a la que buscan está en la fortaleza Yuezhi. —La fortaleza no ha abierto las puertas desde hace un mes. La persona que ellos buscan debe estar en el interior. No creo que sea difícil encontrarla. No ha habido ningún enfrentamiento. La señora Magal corrió junto a una de las estanterías, agarró una tijera e hizo que Khojin se quedara quieta. Le cortó el cabello hasta la mitad de la espalda, quietándole todo el enredo y peinándolo en una trenza. —¿Qué más sabes? —preguntó Khojin. —Ese hombre famoso de la montaña Mongke, el líder de la liga Changhaan se ha convertido en un funcionario de la corte china… Un erudito de segunda clase. Se rumora que es él quien ha instigado para que la fortaleza entregue al traidor. Khojin giró hacia la mujer y la observó asustada. Volver a escuchar de su viejo conocido hizo que el estómago se le revolviera y que sintiera enormes ganas de llorar. Más al sospechar que él había incumplido su promesa. —No seas endeble, Khojin. Vuelve a lo que eras, permite que el khan te vea. —El khan me quiere ver, pero yo no lo veré. Él me ha desechado como la basura, no me ha quitado la deshonra… No quiero ofenderle nuevamente. —Si te vas sin decirle, es obvio que se enfadará. —Y si le digo no me dejará ir… Parece que no lo conoces lo suficientemente bien, Emee Maral. La mujer se rindió. No podía hacerla entrar en razón, porque era Khojin demasiado terca. —Si quieres desafiarlo entonces hazlo. Nada te lo impide… Eres libre, siempre lo fuiste. […] Khojin entró al establo y rebuscó entre los caballos uno que fuera fuerte y que soportara el galope durante lo que faltaba de ese día. Pretendía llegar a la fortaleza Yuezhi en la madrugada, así que debía viajar toda la noche; sin descanso. Al amanecer, Khojin llegó a las puertas de la fortaleza desde el sur, pues desde esa dirección no iba a encontrarse con los chinos. —¿Quién es usted? —preguntó un guardia desde la muralla. Khojin no lo reconoció, al parecer habían cambiado a los guardias que vigilaban las murallas—. No puede entrar. —Llama a tu general y dile que la comandante Yuezhi está a las puertas. El muchacho dudó por un momento, pero al final corrió para entregar el mensaje de Khojin. Al rato, sobre las murallas asomó el general que regentaba la fortaleza. Ella le reconoció, muchas veces había colaborado con él en muchas batallas. El general Siban era un hombre íntegro y moderado. —¡Comandante! —saludó desde la muralla. Al instante las puertas de la fortaleza se abrieron ligeramente para darle entrada a Khojin. —Comandante, ¿qué hace aquí? —interrogó el hombre mientras ambos caminaban por las escaleras que conducían a la muralla—. Escuché que el khan la castigó y que no había recibido cargos durante el último año… Creí que su situación era lamentable. —General Siban, entenderé si no quiere escucharme, pero lo cierto es que mi vida está en este lugar y en cuanto escuché que estaba siendo objeto de una amenaza, no pude resistir venir. —¿El khan no la ha reestablecido en su cargo? —preguntó. —No, ni siquiera lo he visto antes de venir… Y comprendo que no me quiera escuchar o que me pida que me vaya. —No puedo hacer eso, comandante —respondió el hombre una vez llegaron a la parte superior de la muralla—. Usted es la figura de este lugar. Los hombres la reconocen a usted, no habrá mando sobre usted así yo lo sean en realidad. Khojin giró el cuerpo hacia el hombre y le agradeció con una reverencia pequeña. Volvió la mirada hacia la lejanía y aunque desde allí no se veía presencia de un ejército, sabía que no faltaba mucho para que los chinos volvieran a apostarse frente a la fortaleza para entrar a ella por la fuerza y buscar al supuesto traidor. —¿Quién es esa persona a la que buscan? —Se llama Mu Xiaoji Khojin dio un pequeño salto en su lugar. ¿Cómo podían ser tantas las coincidencias? El general Siban notó su sobresalto, por lo que la miró con preocupación. —¿Conoce a este hombre? Khojin asintió. —Es una larga historia, General —comentó—. Es el intrigante hijo de la Mu Yue, un noble de la corte china, que buscaba derrocar al emperador YangDi. —¡Entonces no es malo! —Lo es, porque pone en peligro la tranquilidad de nuestra estepa —reprendió—. Debemos averiguar quiénes son las personas que han entrado antes de que el ejército del emperador regresara. —Hemos estado revisando, comandante, pero no hemos hallado nada sospechoso. Las personas que han entrado son mongolas, no hay nadie extranjero. Khojin asintió. Era claro que entonces algunos mongoles habían ayudado a entrar a chinos en la fortaleza. —¿Cuántos carruajes entraron? —Muchos, alrededor de doscientos… Aunque, recuerdo que días antes del anuncio de los chinos, un carruaje lleno de tela entró. El propietario dijo que venía de la ruta de la seda y que pasaba temporalmente para vender su mercancía. —Ordena revisar los registros. Los extranjeros debieron entrar en carruajes que nadie revisó… Ordena a tus hombres que busquen ese mercader de la ruta de la seda. El general asintió antes de regresar a su oficina. Khojin quedó sobre la muralla. El viento corría en dirección opuesta. Su mirada oscura se perdía entre los bosques que cuidaban la entrada al territorio Eljigin. El tiempo cambiaba, las personas se volvían distantes y el afecto se enfriaba. La tempestad volvía a gestarse justo en frente de sus narices y otra vez se quedaba sin poder hacer nada más que esperar. La vida avanzaba sin dar paso a los arrepentimientos. El tiempo perdido se volvía un recuerdo lejano, que la mente borraba o se empeñaba en recordar. Pero, el cariño custodiado por la ausencia hacía doler el corazón. Khojin se preguntaba si Altai aun la recordaba, si la había pensado una sola vez… Si era capaz de dejar su venganza por ella. Ella quería dejar de aferrarse al pasado, pues tenía claro que en el futuro de Altai no podía estar. Para su desgracia, el tegim hacía parte de su ayer… —Ellos tienen razón —susurró mientras observaba el cielo—. Soy lamentable… Te olvidaste de mí, pero yo no pude hacerlo.
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