Khojin bajó de la muralla para encontrarse de nuevo con el general Siban. El hombre se notaba emocionado. Ella solo quería escuchar que habían encontrado al comerciante de la ruta de la seda.
—¡Comandante, lo encontramos!
Khojin apresuró el paso. Entró en una especie de guarida al pie de la muralla interior, encontrándose con el supuesto comerciante.
—¿Dónde dejó su carreta? —interrogó—. La ciudad cerró hace un mes. Las personas no pueden entrar con regularidad, por lo que no pudo haber vendido todas las telas… Dígame, ¿Dónde está la carreta?
—Oficial, ciertamente no he podido vender todas las telas, pero un hombre dentro de la ciudad insistió en comprarlas junto al carruaje.
Khojin sonrió.
—¡Qué buen ciudadano! —reclamó con ironía—. ¿No será que usted cumplía con un pedido, que evidentemente no era de telas?
El hombre se asustó, pero aun así se negaba a decir alguna otra palabra. Khojin no estaba dispuesta a perder el tiempo, así que ordenó torturarlo.
En cuanto el hombre escuchó aquello, empezó a llorar y suplicar clemencia.
—¡Si quieres vivir, habla! —ordenó el general Siban, apoyando la iniciativa de Khojin—. Solo así te puedes librar de la furia de la comandante.
—¡Traía unas personas bajo un doble fondo! Las caravanas acostumbran a ser amplias, así que no vi problema en transportar a dichas personas.
—¿Quiénes eran?
—¡No lo sé! —se afanó en decir—. Solo dijeron que me darían taels de oro.
Khojin asintió. Se retiró a un lado para debatir qué hacer con aquel hombre. Sin embargo, una mala noticia llegó a ella. El ejército c***o avanzaba por la llanura. El delegado y el general c***o avanzaban hacia las puertas de la ciudad con la intención de volver a negociar.
Los chinos aún se encontraban lejos, por lo que era poco probable que llegaran rápidamente a la ciudad en poco tiempo. Sin embargo, a medida que avanzaban, el pánico la oprimía hasta sentirse indefensa.
—General, debes hablar con ellos —inició—. Diles que estamos colaborando con ellos, que la guerra no debe asomar y que, por lo tanto, la ciudad entregará al traidor.
El hombre aceptó.
—¡Sí!
Khojin volvió el cuerpo hacia el comerciante, se sentó frente a él y esperó un buen rato para continuar con el interrogatorio.
—¿Sabía usted que esto no es un juego? —preguntó iracunda. Ella trataba de contener la rabia que la carcomía— ¡Está arriesgado vida por unas cuantas monedas de oro!
—Lo siento —dijo el hombre entre llantos. Se notaba que estaba asustado—. Perdóneme, yo no pensé bien.
—¿De dónde viene su “mercancía!?
—De Chang´an.
—¿A quién lo vendiste?
—Dijo ser el dueño de la taberna Beki.
Khojin se levantó nuevamente, observó al hombre con desprecio y antes de salir, ordenó a uno de sus soldados mantenerlo custodiado en la prisión. Luego, ordenó requisar dicha taberna y no dejar que nadie saliera de allí.
Mientras caminaba de regreso a las murallas, el viento sopló, y la energía volvió a su cuerpo. Se sentía con vida.
Al llegar a la parte superior de la muralla, Khojin observó los dos caballos que se habían detenido a varios metros de la puerta. Desde la torre más alta, el general Siban estaba concretando un acuerdo con los c h i n o s.
Khojin asomó la cabeza ligeramente por encima de la muralla y fijó la mirada en uno de los hombres. Su figura era la misma, su mente lo reconocería en cualquier lugar. Allí estaba Altai tegim frente a la fortaleza Yuezhi, aparentemente indefenso, y en silencio mientras su acompañante resolvía con el general Siban.
El corazón de la comandante dio vuelcos. Él estaba allí.
Después de un año entero de ausencia y silencio, Altai aparecía nuevamente en la posición del enemigo; allí donde siempre había estado, de ese lugar del que ella lo había querido sacar, pero él se empeñaba en quedarse allí.
Khojin dio la vuelta. Se negó a seguirlo mirando, y para su fortuna, uno de los soldados llegó para informarle, que tras requisar la taberna Beki habían encontrado a un sospechoso.
Su mente dejó de pensar en Altai y se concentró en el soldado que la guiaba nuevamente al cuartel. En cuanto entró, Khojin sonrió aliviada. Allí, frente a ella se encontraba el famoso Mu Xiaoji.
—¡Tú! —señaló el hombre en cuanto la vio. Era obvio que la había reconocido—. ¿Quién eres? ¿Por qué me engañaste?
—Quien hace las preguntas soy yo.
Mu Xiaoji la miró con resentimiento.
—De mí no necesitas saber mucho, solo que soy la comandante de esta fortaleza. Ahora dime tú, ¿qué haces aquí?
—¿No lo sabes? —bufó—. Cuando me tendiste esa trampa, el emperador me envió a la oficina de castigo para que confesara mi crimen. Pero como sabes, yo soy inocente.
Khojin frunció el ceño. Lo que él le decía no tenía ningún sentido, porque en esos momentos él debía gozar de un matrimonio conveniente con la princesa Pingyang.
—¿Qué hay de la princesa? ¿No es tu esposa?
—¡El emperador no me hubiese premiado de esa forma! —respondió.
Allí lo comprendió. Altai le había mentido.
—Debes saber que los chinos te buscan.
—Y tú me entregarás, ¿verdad?
Khojin le sonrió.
—Por supuesto. No tengo razones para protegerte.
—¿Y si te ofrezco algo?
Khojin sonrió más. Le hacía gracia la ingenuidad de ese muchacho.
Cansada del juego de tira y afloja, ella ordenó a sus soldados amarrarlo a una de las columnas para que no intentara escapar.
El hombre se removió en el proceso, pues se resistía a ser inmovilizado, y accidentalmente, al suelo cayó un artilugio, que él mismo protegía como nada en la vida. Era un sello de bronce y tenía la figura de un tigre. Khojin no lo supo reconocer de inmediato, pero en cuanto lo tomó, supo que la verdadera razón por la que buscaban con tanto empeño a Mu Xiaoji no era porque este le hubiese quitado la dignidad a la princesa Pingyang.
—Es el sello del ejército —reconoció mientras miraba al hombre de manera acusatoria—. Así que es por esto por lo que te buscan.
Mu Xiaoji sonrió levemente.
—Este sello es todo lo que se necesita para movilizar todo el ejército del emperador… Es mucho poder, ¿no cree?
Khojin miró al Mu Xiaoji. En ese momento, sintió que debía golpearlo con todas sus fuerzas, porque aquel mocoso estaba jugando con fuego y además se atrevía a poner en peligro a la estepa mongola.
—¡Eres un estúpido! —dijo antes de golpearlo—. Eso te llevará a la desgracia. Tu familia entera es traidora, serán ejecutados por el emperador.
Khojin salió corriendo del cuartel, subió apresurada las escaleras que conducían a las murallas y acompañó al general Siban. En ese momento, tanto Altai como su acompañante se estaban retirando. Sin embargo, ella les ordenó detenerse.
—¿Qué hace, comandante? —interrogó el general—. He llegado a un acuerdo.
—Y yo encontré al traidor —avisó—. Es mejor salir de esto y por fin decirles que se vayan por donde vinieron.
El general asintió. Ella tomó aire en los pulmones y gritó su mensaje:
—¡He encontrado al hombre que buscan! —bramó con voz fuerte.
Khojin contuvo el aliento en cuanto Altai fijó su mirada en ella. En ese instante, reconoció su mirada de afecto. Pero no podía olvidar que él estaba incumpliendo la promesa… Khojin estaba decidida a no ceder ante él.
—Yo, la comandante de este lugar se los llevaré al paso Sinkur.
—¿Podemos confiar en usted? —interrogó Altai. En sus ojos, Khojin vio la chispa de su anhelo o tal vez su desconfianza por ella, al saberse en desventaja.
—Al menos sé que mucho más que usted —advirtió—. Esta es mi condición.
Los hombres asintieron. No les quedaba otra alternativa, pues de todas formas entrar a la fuerza no era una opción viable.
…
Khojin se preparó para salir de la fortaleza. Llevaba una celda sobre la carreta y dentro de esta, Mu Xiaoji iba. Luego del largo trayecto, Khojin llegó al paso Sinkur y vio a lo lejos el ejército c***o apostado en la falda de la montaña.
Vio a Altai, pero decidió ignorarlo.
—¡Aquí está el hombre!
Los soldados chinos sacaron a Mu Xiaoji de la celda y lo arrojaron sobre la tierra, haciendo que se arrastrara. Casi de inmediato, Altai se acercó al hombre empezó a revisarlo, queriendo encontrar algo de valor entre sus ropas. Sin embargo, no encontró nada.
Khojin miró atrás y vio la cresta del risco. Si intentaba escapar, le sería imposible.
—Al parecer no es a este hombre el que buscan —dijo mientras caminaba de regreso—. Es extraño, parece que han perdido el interés en él.
Altai dejó de requisar a Mu Xiaoji y la observó con fijeza. Si ella hubiese sido una chiquilla tal vez la mirada de Altai le asustara. Sin embargo, ese no era el caso.
Khojin giró el cuerpo hacia él, sacó el sello del tigre y se lo mostró.
—¿Es esto lo que buscas? —preguntó mientras sostenía el sello por encima de su cabeza.
Altai fijó la mirada en el sello y empezó a acercarse a ella. Khojin empezó a retroceder, orillándose más sobre la cima del risco.
—Entrégalo —ordenó Altai—. Tendrás problemas si no lo haces.
Khojin sonrió levemente. Desenvainó su espada y lo apuntó con ella. Hubo silencio. Se notaba la indecisión del hombre.
—¿Lo quieres? —preguntó Khojin mientras esbozaba una tenue sonrisa—. Tendrás que pelear por él.
Altai caminó con lentitud. Ella siguió retrocediendo cada vez más. Finalmente, él inició el combate.
Los hombres del ejército c h i n o miraron con asombro toda la pelea, pues a pesar de que sabían que las capacidades de Bore Tseren eran excepcionales, se sorprendían de que Khojin respondiera con valentía. Sin embargo, después de un año de descuidos, ella había perdido parte de su destreza con la espada.
Altai terminó por llevarla hasta el borde del precipicio. Estaba acorralada y ella sabía que no tenía una salida segura. Observó el vacío detrás de ella y suspiró nerviosa.
—No lo hagas más difícil, Khojin —susurró Altai—. Ríndete y veré la manera de salvarte.
Khojin no lo observó. Su mirada seguía fija sobre el abismo. Estaba evaluando si podía sobrevivir si caía desde allí.
—¡Yo nunca me rindo! —respondió antes de dejarse caer.
Altai alcanzó a sujetarla con uno de sus brazos. Sin embargo, le era difícil volver a subirla si ella no se lo permitía. La observó con dolor.
—Rompiste tu palabra. —dijo Khojin mientras colgaba del precipicio—. Dijiste que habría calma en la frontera.
—¡No tuve elección! —respondió.
Khojin se mantuvo quieta. Giró el rostro levemente y escuchó el sonido del agua, que emergía de la profundidad para tragársela.
—¡Altai tegim! —gritó con voz ronca— ¡Termina lo que empezaste!
En cuanto terminó de hablar, Khojin le sonrió, cerró los ojos, y alzando la espada que reposaba en su otra mano, hirió al príncipe en el brazo, haciendo que él la soltara.
Khojin soltó un pequeño gemido. El viento se escapó de sus dedos. Iba cayendo, sintiendo como poco a poco sus ojos se cerraban y como la figura de Altai se hacía distante.
En sus oídos escuchó los gritos de Altai, que poco a poco desaparecían de su mente. Volvía a vivir o se dirigía directo a la muerte.