Capítulo 25

1295 Palabras
Khojin se hundió en las aguas frías y revueltas del caudaloso río que corría bajo el risco. Las corrientes heladas amasaron su cuerpo, escondiéndolo bajo capas y capas de agua, que amenazaban con quitarle el aliento. Después de su caída, Altai no soportó verla saltar por el precipicio. Sintió cólera en su interior al saber que ella prefería arriesgar su vida antes que obedecerle. Mientras ella se fundía en las aguas, Altai se quedó sobre la orilla, esperando que ella volviera a la superficie. Sin embargo, al ver que so no sucedía, saltó tras ella. El tegim no iba a permitir que ella muriera ahogada en aquel feroz río. En sus ojos duros, las lágrimas empezaron a brotar. Se sentía culpable, pues después de todo, él había incumplido a la promesa, él la había hecho saltar por su propia falta de palabra. Él no tenía razones para estar enojado con ella. Los hombres del ejército gritaron en cuanto lo vieron saltar. Los altos oficiales corrieron hasta el lugar y observaron hacia abajo. Ya el erudito Bore Tseren había saltado e incluso su cuerpo ya estaba dentro del río. Todos lamentaron lo que había hecho. Sin embargo, no sospecharon que la verdadera razón por la que saltó no había sido el sello de tigre, sino la comandante Yuezhi. El corazón le dolía a Altai. Si Khojin moría, no iba a ser capaz de seguir sin ella. Sería peor saber que por su culpa ella había muerto, y que, aun teniendo la oportunidad, no quiso estar con ella. En cuanto su cuerpo se sumergió en el agua, Altai nadó bajo el río, tratando de encontrarla. Él sentía morir cada vez que se internaba en las aguas turbulentas y no la encontraba. Sin embargo, luego de un rato, alcanzó a sentirla en medio de la fuerte corriente que lo arrastraba. Nadó hacia ella, yendo en contra de la corriente, sintiendo como volvía a la tranquilidad. En medio del fuerte caudal, Altai juntó sus labios con los de Khojin, compartiendo el poco aliento que aún quedaba en él. La furia que había sentido en un principio se había convertido en culpabilidad. Pero finalmente, todas las sensaciones negativas desaparecieron. La abrazó con todas sus fuerzas y nadó nuevamente hasta la superficie, teniéndola sujeta a él. Poco después, Altai volvió a respirar grandes bocanadas. Sin embargo, Khojin yacía lánguida entre sus brazos, sin la menor intención de reaccionar ante sus gritos y llamadas. Altai alzó la mirada y notó que estaban lejos, el río los había arrastrado y adentrado en el bosque. Como pudo, nadó hacia la orilla y tendió a Khojin sobre la tierra húmeda, empezó a tratar de sacar el agua de su interior, y cuando por fin lo logró, Khojin abrió los ojos y tomó una gran bocanada de aire. En cuanto ella lo vio, se apartó de él, como si fuese una plaga. Respiraba agitada y en su mirada, se notaba una mezcla extraña de miedo y furia. —¿Estás loca? —preguntó Altai enojado—. No puedes tirarte y esperar a morir. Khojin no dejó que él la tocara y se alejó más. Lo miraba enojado, porque en el interior presentía que se había tirado para rescatar el sello. —No te lo daré —dijo refiriéndose al objeto—. Tú no cumpliste tu parte del trato. Me utilizaste. Altai se sentó en el barro y la observó en silencio. No tenía muchas cosas qué decirle. Después de todo, lo que ella decía era cierto. Suspiró cansado y removió los pies entre el barro. —Tienes razón —aceptó—. Fue mi culpa. —No te estoy culpando —increpó—. Decía que no hiciste nada por impedir que el ejército del emperador entrara en discusión con nosotros. —No tuve elección. Khojin se levantó del barro e intentó caminar. Lo único que deseaba era estar lejos de él. Ya no era lo mismo de antes, él no había querido escucharla, siempre había hecho lo que él quería. Sin embargo, pese a su esfuerzo por retirarse y buscar el camino de regreso, sintió el dolor punzante en una de sus piernas, y al bajar la mirada, se dio cuenta que tenía una herida profunda. Chilló asustada antes de tirarse nuevamente sobre el barro. Tenía un hueco en su pierna y ella ni siquiera se había dado cuenta. —¡No debes moverte! —ordenó Altai antes de acercarse a ella nuevamente. Khojin le golpeó la mano con la que él intentaba tocarla. —¿Sabes que odio que me den ordenes? —siseó enojada. Altai dejó que ella refutara cuanto quiso, pero al final no tuvo más alternativa que dejar que Altai la curara. Tal vez, esa acción hizo que su corazón dejara de resentirlo en ese instante. —Sé que eres dominante —comentó—. Pero no dejaré que por orgullo enfermes más. Khojin se rio con ganas. —Me obligas a saltar por el precipicio y tú mismo me curas la herida que me causaste… ¿no te parece hipócrita? Altai cortó un pedazo de tela de su túnica y se la apretó en la pierna con fuerza. Khojin sollozó débilmente. —No me importa lo que pienses —dijo sin darle importancia a las palabras llenas de veneno de Khojin—. Vamos, habla… Extrañé tu carácter indomable. Khojin no pudo aguantar la desfachatez con la que él le hablaba. Apretó los puños y empezó a golpearlo. Sin embargo, no llegó a golpearlo con dureza, pues entre el berrinche controlaba la fuerza que usaba contra Altai. —¿¡Por qué desapareces siempre!? —interrogó enfurecida—. Ahora no vengas a dártelas de buen hombre. —Es cierto, no soy un buen hombre —dijo antes de levantarla en brazos—. Pero tú tampoco eres una mujer ejemplar, así que solo deja de destilar veneno y disfruta del paseo. Altai hizo que ella se colgara de su espalda. Se internaron en el bosque sin saber exactamente en donde estaban, ni si iban en la dirección correcta. Sin embargo, Altai tenía el interés de regresar incluso excavando en la tierra, pues Khojin estaba herida y podía complicarse durante la noche si nadie la curaba como era debido. Altai caminó, pero no encontró el camino de regreso. El bosque se los tragaba cada vez más. Él ya no estaba tan seguro de lo que hacía. —¿Qué crees que haces? —preguntó Khojin mientras alzaba los ojos al cielo. Su voz sonaba adormilada—. Está anocheciendo, los lobos nos comerán… No tiene sentido. Altai se negó a descansar, primero tenía que encontrar la salida de aquel espeso bosque. —¡No tiene sentido! —reclamó Khojin nuevamente—. Debemos buscar ayuda. —¿Quién nos puede prestar ayuda? —enfrentó con voz cansada—. Estamos en el medio del bosque, ni siquiera sé cuántas veces he recorrido este mismo tramo. Khojin rio con sutileza mientras le señalaba unas marcas extrañas en los árboles. —Altai tegim o como te llames, estoy a salvo —aseguró mientras se recostaba en la espalda de Altai nuevamente—. La noche es larga y oscura, pero por lo menos yo estoy a salvo. —¿Qué quieres decir con eso? —Este es el territorio de los Routan. Su rey es muy cercano a mi abuelo, así que no hay peligro para mí, porque me aprecian y reconocen… Aunque, no sé si ellos pensarán lo mismo de ti, Altai —dijo entre risas delirantes. Ella ardía en fiebre —. ¿Qué te harán? Lo más seguro es que te arranquen la cabeza y tu pellejo lo friten en la cena… ¡Altai tegim, estás muerto!
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