Capítulo 12

1891 Palabras
Khojin vio a lo lejos las murallas de la capital china. Suspiró profundamente mientras apretaba aún más las riendas del caballo. El viento sopló ligeramente, refrescando su cara sudorosa por el viaje. La caravana se detuvo a las puertas de la ciudad. Luego, los dejaron pasar con rapidez al notar que se trataba de la caravana nupcial de la princesa mongola. Khojin agarró con fuerza las riendas mientras seguía de cerca el carruaje en el que iba la princesa Khutulun. Al entrar, Khojin se sorprendió por la actividad de Chang´an. Los niños corrían de un lado a otro, algunos comían dulces incrustados en palitos de madera. También había varias mujeres vestidas con ricos y sedosos trajes. Luego, hombres caminando en todas las direcciones. Khojin pasó por el largo corredor, siguiendo a los guardias chinos que se habían encargado de guiarlos hasta el palacio imperial desde el momento en el que entraron al interior de la ciudad. Khojin sentía todo tan extraño. Se sentía ahogada. Luego del largo trayecto, Khojin pudo ver las enormes paredes que rodeaban el gran palacio imperial, la residencia del emperador junto con sus concubinas y gran parte de su familia. Khojin bajó del caballo cuando toda la caravana se detuvo justo antes de que las enormes puertas del palacio se abrieran. En silencio, ayudó a bajar a Khutulun del carruaje, dejando que su prima visualizara por completo el lugar en el que iba a vivir. Estando allí, Khojin sacó el pañuelo de seda de color rojo carmesí y se lo colocó a Khutulun sobre la cabeza, cubriéndole completamente su joven rostro. Khutulun alzó la vista, giró el rostro tratando de percibir cada detalle del lugar. La imponente construcción que se alzaba frente a ella la hacía sentirse insegura. Después de todo, esa sería su jaula. Al otro lado, dos criadas vestidas con vestidos similares esperaban por su nueva señora. Mientras Khutulun aun miraba el entorno, Khojin la instó a cruzar el umbral de madera que se alzaba frente a ellas. Khutulun titubeó por un momento, pero al final se decidió a hacerlo. Dio dos pasos, alzó las piernas y cruzó. Khojin la siguió. Iba detrás de su prima, quien a su vez iba acompañada de una de las criadas, tomándola de su brazo, como si fuese una niña que necesitara aprender a caminar. Finalmente, después de caminar por el largo corredor, cruzar jardines hermosos y pabellones aislados, Khojin y Khutulun se detuvieron frente a la residencia que las acogería durante esos días. Era un lugar amplio, limpio y fresco. Khojin se separó de Khutulun para avanzar al interior del pabellón. Subió las escaleras, cruzó la puerta de madera y abrillantada. Observó sorprendida todo el interior, las pinturas, las salas que seguían una tras otra, el recibidor, las habitaciones e incluso un pequeño jardín en el interior. Khutulun la siguió. Sin embargo, ella no se veía asombrada por la belleza de aquel lugar. Parecía estar sumergida en una nube vaporosa de ideas difusas y peligrosas. Ella simplemente no estaba pendiente de lo que ocurría en su mente, pues sus preocupaciones giraban alrededor de su vida en el futuro y lo que ese matrimonio significaba para ella. —¿Quieres descansar? —preguntó Khojin al verla de pie al lado de los postes tallados con figuras extrañas—. No te ves bien. Khutulun asintió débilmente. Su rostro empezaba a palidecer. —Estoy cansada —respondió. Intentó dar la vuelta, pero sus rodillas flaquearon. Khojin tuvo que ir a socorrerla, pues había caído sobre el suelo de mármol. —¿Qué te sucede? —preguntó mientras la ayudaba a levantarse del suelo y a caminar hacia la habitación. En ese lugar, un enorme lecho de cobijas y funda de seda estaba cubierto con una toldilla dorada. Khojin se apuró. Poco después, Khutulun descansó sobre el inmenso lecho. —Estoy cansada —advirtió débilmente—. Falta poco para que se realice mi ceremonia, así que, por favor, déjame descansar. Khojin se quedó allí por más tiempo. Cuando verificó que ella iba a estar bien, salió del lugar sin hacer mucho ruido. Al entrar al recibidor, notó todos los ornamentos chinos apilados en las estanterías. Tocó cada uno, quería tocar con sus propios dedos aquellos jarrones de porcelana, que muchas veces había visto que los mercaderes vendían en la ruta de la seda. […] Al poco tiempo, Khojin observó que las mismas dos criadas ingresaban al interior del palacio. Al llegar frente a ella, las mujeres se inclinaron de una manera muy graciosa para Khojin. —¿Qué hacen aquí? —preguntó Khojin—. La princesa está descansando. —La ceremonia ha comenzado —respondió una de las criadas—. Su alteza, la princesa debe acudir al salón de la pureza. Allí les está esperando toda la corte real, el emperador y su señoría, el señor Qinhao. —¿Quién es Qinhao? —El sobrino del emperador. Khojin observó a esas mujeres. No estaba nada conforme con que se llevaran de esa manera a la princesa después del largo viaje que habían hecho. Sin embargo, estaba en una tierra extranjera, allí no tenía ninguna clase de poder. Khojin asintió y se hizo a un lado para que las mujeres pasaran y buscaran a la princesa. Luego de un rato, Khojin vio salir a su prima en compañía de las criadas. El rostro de Khutulun estaba pálido y sus ojos muy hinchados. Ambas se miraron por unos instantes. Khojin esperó a que Khutulun caminara hacia la salida del palacio y poco después la siguió. Al salir, vio un gran número de criadas del palacio, vestidas con diferentes vestidos. Era una especie de caravana, varias sostenían lámparas en sus manos y otros adornos colgantes de color rojo. Más atrás, alcanzó a ver a varios eunucos cargar la cuantiosa dote, que días después sería conferida a la novia y su familia. Khojin caminó detrás de la princesa, mirándola fijamente, revisando cualquier movimiento extraño en aquella miniciudad que llamaban “Palacio imperial”. Finalmente, después de caminar por un breve periodo, llegaron a la entrada del salón de la pureza, que estaba antecedido por escalones de piedras, que conducían hacia el interior de una enorme estancia engalanada con lazos, moños y toda clase de adornos de color rojo. Los postes de ese lugar eran lisos y dorados. Khojin estaba sorprendida. Ni siquiera prestó atención a las personas que ya se encontraban reunidas allí. Solo hasta que dirigió la mirada al final del lugar, fue que vio al emperador sentado en su trono dorado lacado con dos dragones a cada lado. Tragó con dificultad y mientras seguía el andar lento de Khutulun se obligó a tranquilizar sus fieras ganas por acabar con aquel hombre. Se quedaron de pie justo en la entrada. Allí donde estaba grabado un círculo azul y con ornamentos dorados, ambas se detuvieron para saludar al emperador. Khojin no se atrevió a levantar la mirada durante la presentación de los saludos y solo fue hasta que se alejó de la princesa, que se dignó levantar el rostro. Lo primero que sus ojos oscuros observaron fue la figura inconfundible de Altai tegim. La mirada de ella se quedó fija sobre el hombre, pues ni siquiera podía distinguir si era real o producto de su imaginación. Al final lo supo. Era real. Ya lo podía reconocer incluso con su mascara. Khojin respiró agitada. Quería gritar, quería salir corriendo del salón de la pureza. Ella no sabía exactamente cuáles eran sus deseos. Tan solo se preguntaba la razón por la que el tegim estaba allí, en el matrimonio de una princesa mongola. —¡Princesa, los regalos y tu dote han sido enviados a tu familia, espero que esto contribuya a la paz de nuestra nación! —dictó eunuco del emperador Yang Di, sacando a Khojin de su trance. La princesa Khutulun volvió a inclinarse en respuesta. Khojin se vio tentada a bajar el rostro, pero no lo hizo. Fijó la mirada nuevamente sobre Altai tegim mientras que en medio de estruendos y el sonido del gong y el tambor, Khutulun y Arslan iban subiendo lentamente las escaleras que conducían a la parte superior. —¡Beber el vino juntos! —gritó el heraldo que estaba realizando la ceremonia. Khojin desvió la mirada hacia su prima, que se veía tan insignificante y pequeña desde lo alto de las escaleras. Luego, de la ceremonia y las reverencias, la ceremonia matrimonial se hubo completado. Khojin volvió a mirar a Altai, quien la observaba con frialdad, como si en realidad no le importara que ella estuviese allí. ¡La ignoraba por completo! Después de iniciar el banquete de bodas, Khojin deseó con todas sus fuerzas que todo acabara. Se sentía cansada, y ni hablar de lo frustrante que le resultaba tener a Altai tan cerca, pero tan lejos. Khojin tomó el jarrón de vino y sirvió un chorrito en la pequeña copa de jade que reposaba en la mesa. Era el primer trago que se tomaba, y fue el último que tomó. Aquello le resultó asqueroso. Aunque, la principal razón por la que su interés se desvió del vino fue que la atención del emperador recayó sobre Altai tegim y Arslan. Ella volvió a mirar al príncipe. —Dices que tu invitado es alguien muy talentoso —inició el emperador—, Dime, Qinhao, ¿quién es este? ¿Por qué me oculta su rostro? Arslan estuvo a punto de responder, pero fue mismo Altai quien le robo la palabra y habló por él mismo. Se levantó de la almohadilla y salió hasta el centro de la sala. —¡Presento mis saludos, majestad! —reverenció—. Yo soy Bore Tseren, el líder de la liga Changhaan, un servidor suyo. Después de decir aquello, Altai tegim dirigió sus manos tras la máscara y la desató, dejando ver su rostro imperfecto y con quemaduras. Khojin no podía comprender lo que Altai estaba haciendo. ¿Qué razón de ser tenía descubrir su rostro ante el emperador c h i n o? Más que nada, le asustaba lo que le podía pasar si se descubría que era un traidor en otro reino. El emperador c***o se sorprendió. Todos los poderosos de la llanura central y las estepas querían tener como aliado a Bore Tseren. Para muchos, tener la palabra de ese hombre era como tener el mundo a sus pies. La liga Changhaan era implacable y siempre lograba realizar los deseos de su líder. En el bajo mundo empezó de manera cautelosa, ayudando a piratas y gente sin escrúpulos. Finalmente, logró ganarse su lugar en la estepa, logrando llamar la atención de los reinos poderosos, quienes ansiaban tener si quiera un grupo elite como aquel. —Muchos desconocen cuál es mi apariencia o qué es lo que quiero. Ahora, quiero dejar que mis hombres trabajen bajo un amo, que los pueda recompensar como es debido. El emperador se levantó de su trono. En su rostro, una sonrisa satisfactoria se iba extendiendo. —Bore Tseren… Bore Tseren, ¿Quién eres en realidad? —preguntó el emperador. Altai tegim achinó los ojos. de reojo, alcanzó a ver la expresión confusa de Khojin. Ella tenía los puños apretados sobre la mesa y sus ojos expresaban la más pura preocupación. ¿Qué podía pasar si revelaba su verdadera identidad?
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