Capítulo 11

1844 Palabras
Altai tegim observó con fijeza al señor Silun. Para él era claro que ese hombre ya no era de confianza y que, si no lo lograba aplacar, iba a meterlo en problemas. Altai se levantó de su asiento, caminó lentamente y se apostó en frente del señor Silun. —¿Qué harás, Silun? El señor Silun rechinó los dientes. Se veía enojado. —Todo lo que esté en mis manos para acabar con ella —advirtió—. Espero que a usted no se le olvide cuál fue nuestro propósito al acercarnos a ella… No debe ir más allá de su propio interés. Debe saber que soy el único que sabe de su identidad… No olvide eso tampoco. Altai tegim lo observó por un instante, luego volvió el cuerpo y caminó hacia su escritorio. Asintió lentamente. En esos momentos le beneficiaba mantenerse lejos de Khojin, pues no quería que Silun le estropeara tan apresuradamente los planes… Al menos debía mantenerse en perfil bajo, utilizar a Silun y luego deshacerse de él. Era algo que ahora veía con mucha claridad, pues ya ese hombre no le aportaba más nada. Al contrario, le ponía entre la espada y la pared. —Señor Silun, estoy aceptando tus condiciones —indicó en voz baja y rasgada—. Pero no debe provocarme, ¿de acuerdo? El señor Silun sonrió levemente, como sin ganas. —¿Me está amenazando? Altai negó con lentitud. —No hice eso, pero usted ya lo ha entendido así. El señor Silun salió de la sala, dejando a Altai sumido en la inquietud y la incertidumbre. … Khojin no durmió bien, pues intentó calmar el llanto de su prima Khutulun, pero eso se le hizo imposible. Dudaba mucho que la princesa fuese a resistir todo el peso que le estaban colocando sobre los hombros. Cuando amaneció, Khojin salió de la tienda que por esa noche compartió con su prima y fue a buscar un baño para ella, pues al menos debía estar limpia y relajada antes de hacer semejante viaje hasta Chang´an. Al regresar con suficiente agua y en compañía de varias criadas, Khojin ordenó la limpieza de la princesa, quien tenía los ojos rojos y el cabello enmarañado. Siguió de cerca todo el proceso de baño. La princesa parecía un pollo caliente y arrugado cuando salió de la bañera de madera. Pero todavía seguía viéndose cansada. La razón era obvia; había llorado toda la noche. En silencio, las criadas vistieron a la princesa con un bonito albornoz rojo; un deel de bodas, que era confeccionado por las mujeres del clan para obsequiarlo el día del matrimonio. Khutulun dejó que las mujeres ajustaran el cinturón de seda y abotonaran su túnica. Se puso unos pantalones azules y sus botas de cuero rojo. Finalmente se sentó frente al tocador, mirando fijamente su imagen reflejada en el espejo de cobre. Cerró los ojos y sintió los jalones que las criadas le daban a su cabello. Su cabeza pronto sintió el peso de un enorme tocado. Khutulun suspiró. Las piezas de plata y coral estaban sujetas a su cabello, formando un ala a cada lado de su cabeza. El rostro de la princesa estaba maquillado. Sus labios pintados por el bermellón… Ese invento que los chinos habían extendido por la región. Khojin se deshizo la trenza maltrecha en la que estaba sujeto su cabello. Ella misma se volvió a hacer la trenza, tratando de hacerle saber a Khutulun que ella estaba allí, que la iba a seguir y proteger cuanto pudiera. —Comandante, la princesa está lista —avisó una de las mujeres. Khojin se acercó a Khutulun, la ayudó a levantarse y a sostenerse en pie debido a todo el peso que llevaba puesto. El repiqueteo de las perlas y las joyas de la tribu, que ella llevaba sobre su cabeza se escuchó con intensidad mientras caminaba hacia la salida de la tienda. Antes de cruzar el umbral, Khojin la detuvo. Khutulun frunció el ceño. —No sé si lo que esté haciendo sea bueno o malo —inició Khojin—. Sé que no te será fácil mirarle a la cara y pensar que tu esposo, fue capaz de engañarte y herirte… —Khojin sacó una pequeña daga dorada del interior de su albornoz y se lo entregó—Pero, si él intenta volver a lastimarte, simplemente mátalo. Khutulun tomó la daga entre las manos. La luz dorada brilló ante sus ojos. Estos estaban hinchados, enrojecidos cuando alzó la mirada para ver a Khojin. —No puedo hacer eso —susurró con debilidad—. Si lo hago, entonces estaré rompiendo el trato que hiciste, Khojin… Esta vez, tengo que sacrificarme por la paz de la estepa mongola. Khojin sonrió levemente. —No importa, al menos utiliza la daga para amenazarlo. Khutulun asintió sin muchas ganas. En sus manos balanceó la daga antes de guardarla en la manga. La sostenía bajo la tela cuando por fin ambas se decidieron salir del interior de la tienda. La caravana esperaba. Un carruaje tirado por dos hermosos caballos era el que le pertenecía a la princesa. Khojin se desvió para buscar su caballo. Desde lo lejos, y siguiendo un trotar tranquilo, Khojin observó como el carruaje de su prima avanzaba con lentitud luego de que la princesa había reverenciado a su padre y a su abuelo, el gran khan. La comandante se encargó de custodiar a la princesa durante todo el trayecto. Desde el campamento hasta la capital china había mucho recorrido y por supuesto que muchos peligros. Mientras recortaban la distancia, tal vez en un trayecto de días y semanas, Khojin no dejó de pensar que había sido buena la boda entre chinos y mongoles. Ella tenía la esperanza de que en algún momento pudieran conquistarlos y por fin liberar a su prima de aquel matrimonio. ¿Estaba soñando demasiado? Tal vez. […] Altai paseó por las instalaciones. Se fundió en el aroma fresco de las flores y la vegetación cuando entraba en contacto con las gotas de rocío matinal. La neblina se hacía espesa sobre la cima de la montaña, haciéndola fría. El príncipe caminaba a lo largo del largo corredor de flores, sembradas hacía varios años para que le acompañaran en su inmensa soledad. Su paseo fue interrumpido por uno de los integrantes de la liga. Era un muchacho delgado y joven. —¿Qué sucede? —preguntó. —Jefe, alguien desea entrar a la montaña. —No los dejes entrar —ordenó. Estuvo a punto de seguir su paseo, pero el muchacho volvió a detenerlo. —Jefe, son enviados de un hombre que se hace llamar Arslan, un noble proveniente de Chang´an. Altai tegim se preguntó por un momento qué era lo que estaban haciendo allí. Sin embargo, no tenía ganas de atenderlos. —Dile al señor Silun que vaya a ver qué es lo que quieren. El muchacho asintió, y salió corriendo para dejar entrar a aquellos hombres que intentaban acceder a la montaña Mongke. Tiempo después, el muchacho regresó con las razones. Altai estaba un poco impaciente por saber todo acerca de esa visita, así que apuró a su subordinado. —¡Vamos, dime a qué han venido! —Jefe, el señor Silun los ha atendido, pero ellos se han negado a hablar mucho, pues dicen que solo darán razones a usted. Aunque, dicen que lo que van a hablarle le puede beneficiar. Altai se quedó por un momento allí de pie y sin saber qué hacer exactamente, pues no acostumbraba a recibir visitas y mucho menos de personas que ni siquiera conocía. Además, ¿qué bueno le podían ofrecer cuando él había participado en el secuestro del sobrino del emperador? Sin embargo, después de pensarlo un poco más, decidió que definitivamente debía ir a ver qué era lo que querían. En cuanto vio al grupo de hombres pudo reconocer de inmediato a Arslan. Sintió sus manos sudar. —Señores, bienvenidos a la liga Changhaan. De los hombres, el único que habló fue Arslan, pues el resto solo le respondió el saludo con inclinaciones. —Bore Tseren, qué bonita residencia tienes. Altai no sabía qué responder ante eso. Se sentía realmente extraño, como si esperara ser atacado en cualquier momento. —¿Qué hace aquí, señor Arslan? —Vine a proponerle un trato —respondió. Altai frunció el ceño. Junto a él, estaba el señor Silun, incomodándolo aún más. —¿Podemos hablar en privado? El señor Silun se molestó. Pero su gesto pasó desapercibido. Arslan dio varios pasos, siguiendo a Altai hasta un lugar más solitario, lejos de oídos impertinentes. —¿De qué está hablando exactamente? —interrogó Altai. —Necesito que me acompañes hasta Chang´an. Puedo hacer que ganes fama en la corte de mi tío. Altai frunció el ceño. No entendía absolutamente nada. —¿Por qué haría usted eso? —preguntó con escepticismo—. Le secuestré y le entregué a la comandante Yuezhi, ¿no está ofendido conmigo? —Debería, pero no tengo tiempo para los rencores —respondió con simpleza. Se notaba que estaba sincero, al menos eso intentaba aparentar—. Si te ganas la confianza de mi tío prometo que nunca me acordaré de eso que me hiciste. —¿Por qué debería hacerlo? No entiendo nada. —Me casaré dentro de unos pocos días. De hecho, escuché que la princesa Khutulun estaba emprendiendo el viaje hasta la capital, pero yo debo llegar con algo más que un matrimonio… ¿lo entiende? Altai lo comprendía, pero seguía siendo extraño. —Esto es confuso, ¿no es una trampa? —¡No lo es! —exclamó el hombre exasperado. Había perdido la paciencia—. Debió usted escuchar sobre lo que le hice a la princesa, y que, a pesar de haberla traicionado, no logré lo que el emperador me había enviado a hacer… Ahora, no puedo regresar con las manos vacías, debo hacer que su ira se disipe. Eso lo puedo conseguir si le llevo a un hombre como usted. Además, este será nuestro trato. Usted se quedará conmigo el tiempo necesario, al menos hasta que la furia de mi tío, de la princesa y la comandante Yuezhi se disipen. —No sé cuánto tiempo es eso. No puedo aceptar. —¡Vamos! —exclamó desesperado—. Estoy acabado. Ni hablar de lo que me hará la comandante Yuezhi en cuanto llegue en compañía de la princesa. Altai se detuvo su mente por un momento. ¿Había escuchado mal? ¿Khojin iba a estar en Chang´an? De pronto, quiso aceptar viajar en ese mismo instante con tal de verla así fuera una vez más. —Dice que va a estar la comandante Yuezhi, ¿verdad? —¡Es un hecho! ¡De seguro acompañará a la princesa! El tegim esperó un buen rato. No quería aceptar de manera impulsiva, ni levantar sospechas respecto a Khojin. —Solo con una condición —advirtió—. No debes decirle nada al señor Silun. —¡Acepto!
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