Khojin subió a la parte más alta de las murallas de la fortaleza Yuezhi. Desde allí, observó la salida de Altai tegim con una expresión de tristeza. El viento sopló con ligereza, moviendo los cabellos que sobresalían de su apretada trenza. Su rostro escaso de emociones sorprendió a los que la veían.
Khojin sentía una extraña sensación en el pecho. Era como si le hubiese quitad una parte importante. Se sentía incompleta y de alguna forma estafada. Abatida fijó sus ojos sobre la figura distante del tegim montado sobre el caballo, que se perdía en medio de los bosques que circundaban los flancos de la fortaleza. Ya no había nada más qué hacer. Altai había dejado muy en claro que ella no hacía parte de su futuro. Ella tampoco se iba esforzar por incluirlo en el suyo.
—¡Comandante, los chinos se acercan para atacar! —avisó uno de sus soldados desde la altura de una torre—. ¡Es demasiado pronto, no estamos preparados!
Khojin sonrió levemente y con una breve seña trató de tranquilizar a su soldado, porque sabía que en esos momentos tenía la ventaja.
—¡Prepárense todos! —gritó antes de descender nuevamente las escaleras.
Khojin fue hasta la prisión. Un recinto reducido, sucio y con muchas ratas. Allí estaba Arslan, el despreciable que los había traicionado. Ella lo observó tirado sobre el suelo lleno de polvillo n***o. Supo que si prima Khutulun estuviese allí entonces podrían castigar con severidad a Arslan. Sin embargo, las circunstancias eran diferentes en ese momento. La princesa Khutulun no estaba allí, probablemente en recuperación después de haber sido herida con la flecha. Además, en esos momentos Arslan era su ficha de cambio para conseguir una paz temporal entre los chinos, mongoles y otras tribus nómadas.
Khojin se detuvo frente a Arslan y lo observó con frialdad y asco.
—Hoy los chinos y los mongoles deben vivir en armonía, Arslan —dijo con firmeza—, ¿quieres vivir? Debes hacer todo lo que yo te pida.
—Estoy en tus manos —contestó el hombre sin siquiera mirarla—. Debo estar agradecido de que fuiste tú quién me capturó y no la princesa Khutulun.
Khojin bufó con fiereza. Le enojaba el cinismo de aquel hombre.
—No me subestimes, Arslan —sentenció—. Ahora mismo tu cabeza hubiese sido colgada en las murallas para que quedara como escarmiento para todo aquel que traicionara a nuestro khan.
—¿Debo agradecerte? —preguntó con sorna—. Entonces lo haré, su alteza Yuezhi.
Khojin lo observó de reojo.
—¿Alguna vez quisiste a la princesa? —preguntó de repente—. Te mostrabas tan diferente a ella, un hombre débil…
Arslan rio con energía en cuanto escuchó lo que Khojin le decía.
—¿Hombre débil? Solo existen personas de mentalidad débil e inflexible… De amor no se puede vivir, comandante.
Khojin decidió que ya era hora de terminar la conversación sin sentido que estaba teniendo con Arslan. Era momento de enfrentar al ejército c h i n o para lograr su ansiado objetivo, así que llamó a varios de los carceleros, les ordenó que lo llevaran a las torres de las murallas y que esperaran allí su orden.
Khojin caminó detrás de ellos. Cuando llegaron a lo más alto de la muralla, Khojin tomó su alabarda y esperó en silencio a que el ejército del emperador Yang Di tomara su respectiva posición. Estaba ansiosa. Su corazón latía con fuerza desmedida.
—¿Qué cree que hace comandante Yuezhi? —gritó el emisario c h i n o en voz alta, haciendo que su voz llegara hasta la altura de las murallas—. ¿Dónde está su señoría, el sobrino del emperador?
—El sobrino de su emperador está aquí en la fortaleza Yuezhi —gritó en respuesta—. No aceptaré ningún trato de ustedes a menos que sea la negociación del fin de esta contienda.
—¡Nunca!
Khojin sonrió levemente. Sabía que tenía las de ganar, así que podía disponer de lo que tenía para tomar aún más ventaja. En ninguna circunstancia podía doblegarse ante ellos.
—¿Qué es lo que hace, delegado? —preguntó Khojin con sorna—. El sobrino del emperador está en la cueva de sus enemigos… Aquí lo peor no es la muerte, se lo aseguro.
—¿Me está amenazando? Usted no es capaz de ofender al emperador.
—¿Cómo está tan seguro de eso? —dijo mientras subía hasta la torre en la que se encontraba Arslan e hizo que los carceleros que lo sostenían empujaran el cuerpo por encima de la muralla, para advertir al comisionado—. Él morirá frente a todo su ejército, eso hará caer la moral de los suyos.
El silencio se instauró. Khojin empujó con fuerza el cuerpo de Arslan hacia atrás, haciendo que volviera al interior de las murallas.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que por fin los chinos se decidieron, pero supuso que varios días. El ejército había detenido el ataque y de seguro, había estado esperando una respuesta de pate del emperador y la corte.
Finalmente, durante una asoleada y bella tarde empeñada por los carros de guerra y el olor de la pólvora, el comisionado c h i n o por fin le envió una respuesta a la comandante Yuezhi.
Desde las generaciones de nuestros antepasados las bodas entre la nobleza han fortalecido o apaciguado las relaciones entre dos naciones. El emperador es considerado así que ha concedido una opción para la paz. El sobrino del emperador debe casarse con la noble princesa Khutulun. Ella será su esposa principal.
Khutulun leyó varias veces la nota. En ese momento supo que su prima podía ser enviada hacia Chang´an para casarse con Arslan. Definitivamente debía hacer llegarle la nota al Kagan para que fuese él quién decidiera el futuro de su nieta.
En un poco menos de dos semanas, Khojin recibió la respuesta de su abuelo. Era justo lo que había esperado. Khutulun debía casarse. Sin embargo, eso no era todo. También le estaba ordenando ir con ella a la capital china para averiguar si había una forma de debilitarlos.
—¿Qué dirá Khutulun de esto? —preguntó suavemente.
Khojin tiró la nota sobre su buró y se cruzó de brazos. El futuro de su prima estaba asegurado en la corte china, iba a ser anclada como un clavo que debía defenderse a sí mismo para clavarse en la madera y abrirse camino.
Poco después, Khojin envió emisarios con la respuesta del Kagan. El ejército se empezó a retirar. La llanura volvió a quedar desierta.
Días después, la princesa Khutulun llegó a la fortaleza Yuezhi. Khojin pensó que estaba enojada, pero no fue así. La princesa se hallaba en una inmensa tristeza, pues pensaba que el pertenecer al ejército la iba a librar de casarse prematuramente o por obligación. A Khutulun le inquietaba aún más el hecho de casarse con el traidor que le había disparado una flecha en el pecho.
—No hay más alternativa, ¿verdad? —preguntó con debilidad.
—No, tan solo te queda aceptar.
—Este es el precio que debo pagar yo y no el kanato con tal de conservar la tranquilidad. Así nuestra gente no sufrirá.
—Te acompañaré por algunos meses, ¿de acuerdo?
Khutulun frunció el ceño.
—¿Te lo ordenó el Kagan?
—Sí, quiere que investigue si hay una forma de… ya sabes, ¿verdad?
Khutulun asintió.
—Sí, quiere que sigas con la guerra, pero en una faceta diferente. Será peligroso para ti, debes cuidarte.
[…]
Altai tegim regresó a la montaña Mongke y se dedicó a revisar su plan, peor en esos momentos todo era confuso para él. Era como si una espesa neblina se hubiese posado sobre sus ojos, obstaculizándole cualquier visión.
Se quedó pensando un poco más, pero sin obtener ningún resultado.
De repente, el señor Silun entró a la sala, consiguiendo así sacarlo de sus pensamientos.
—Señor, ¿qué es lo que lo tiene tan pensativo? —preguntó el hombre mientras se pavoneaba delante de él—. Dentro de poco debe buscar un patrocinador, ¿ya escogió?
Altai tegim observó al hombre. Negó.
—No, pero creo que tú ya lo hiciste.
—Los chinos pueden ser unos buenos anfitriones… pero debo reconocer que este Yang Di no es de mi agrado.
Altai rio ante el comentario del señor Silun.
—¿Qué quieres decir? ¿Debemos mover los cimientos de ese país? ¡No nos interesa en absoluto!
—Debería interesarle…
—¿Por qué?
El hombre dio vueltas alrededor de la sala, como si quisiera verse más intimidante haciendo aquello. Sin embargo, Altai ya estaba acostumbrado a eso.
—Si la dinastía cae, entonces los mongoles tendrán un respiro.
Altai levantó una de sus cejas.
—¿Desde cuándo te interesan los mongoles?
El señor Silun lo miró desafiante. En sus ojos, Altai notó rebeldía y algo más que no supo descifrar en su totalidad.
—Desde que supe que usted solo tiene ojos para la comandante Yuezhi.
Altai desvió la mirada del hombre, ignorándole totalmente. Le incomodaba escuchar a Khojin en boca del señor Silun.
—¿Por qué crees eso? —preguntó sin mirarle a los ojos—. La admiro, pero no solo tengo ojos para ella.
—Respóndame, ¿tuvo algo que ver con ella en el pasado? —preguntó—. No sé muchas cosas de usted. Sé que es el hijo del khan karluk, sé que es ese príncipe fugitivo.
Altai se levantó de su asiento y se acercó al señor Silun. Ambos se miraron por unos breves instantes. Solo eso le tomó, pues de inmediato supo que el señor Silun ya no era una persona de confianza.
—Señor Silun, usted sabe lo que debe saber —evadió—. Debe entender que no me interesa ni me beneficia esparcir el hecho de que en realidad estoy vivo.
—En ningún momento he dicho eso —se excusó—. Solo se me hace difícil entender cómo es que todavía sigue aquí y no se lanza a buscar alguien que esté interesado en su liga. ¿Por qué sigue aferrado a esa mujer? ¿Por qué ella?
Altai perdió la paciencia. Le irritaban los interrogatorios del señor Silun, pues solo demostraban que ya el interés suyo iba por otro sendero y que poco a poco empezaba a mostrar su cara. Aquel hombre buscaba algo más, no solo ayudarle a esconder o servir de consejero.
—¿¡Por qué no puede ser ella!? ¿Tiene usted un pasado en común con la comandante que yo no sepa?
—¡Esa comandante me humilló! —gritó en respuesta—. ¡Obligó a mi hija a acabar con su propia vida! No podré vivir tranquilo mientras ella no pague lo que hizo. Tampoco permitiré que ella le ablande el corazón. Eso jamás ocurrirá.