La petición hecha por la comandante Yuezhi al líder de la liga Changhaan se convirtió en orden expresa difícil de resistir. Pues, Altai tegim buscaba de alguna forma congraciarse ante Khojin.
A primera hora llegó a los alrededores de la fortaleza Yuezhi y observó como el ejército c***o se extendía sobre la llanura seca y marchita. Poco después, logró infiltrar a sus hombres en el ejército y luego de unos cuantos días preparando el secuestro, por fin dieron con el verdadero hombre, Arslan, quien en realidad era un c***o de madre mongola, era el sobrino del emperador c***o, cuya madre había entrado como concubina del hermano menor del gobernante c***o.
Era mongol, era c***o, pero se oponía a la tierra de su madre. Algo no parecía ser, algo no encajaba en los cálculos de Altai.
—Jefe, el señor Silun ha salido —le informó uno de sus hombres—. Fue en dirección del campamento militar del emperador Yang Di.
Altai frunció el ceño. No le había dado ninguna orden a aquel hombre, ¿por qué entonces se iba a ver con los chinos?
—Averigua a qué va, pero procura que no se dé cuenta.
El hombre asintió y se alejó rápidamente de él.
En el transcurso del día, Altai tegim esperó con paciencia a que los hombres infiltrados en el ejército c***o regresaran con noticias o finalmente con Arslan.
Le tomó todo el día. Esperó sentado entre el espeso bosque, inclinado en dirección de la fortaleza Yuezhi, tratando de agudizar su mirada para ver si era capaz de mirar por encima de las lejanas e inmensas murallas.
Después de la media noche hubo un silencioso y discreto escándalo. Sus hombres entraron al improvisado y pequeño campamento hecho en el bosque.
—¿Qué sucedió? —preguntó en cuanto vio llegar a todos los hombres que había enviado como infiltrados—, ¿lo capturaron?
Uno de ellos arrastró a un hombre, lo arrojó en frente de Altai tegim y le quitaron la tela de su rostro. En ese momento, Altai tegim pudo conocer al famoso hombre que se había ganado el amor de la princesa Khutulun, el mismo que la había herido con un flechazo en el pecho.
—Es un invitado especial, deben tratarlo con gentileza —corrigió a sus hombres—. Eres Arslan, el sobrino del emperador… ¿Obtuve una mina de oro?
Arslan sacudió su cabeza con efusividad. En su rostro se veía el enojo. Eso poco le importaba a Altai, tan solo quería librarse de cualquier responsabilidad.
—¿Quién eres? —preguntó Arslan—. Debes saber que no te metes con cualquier persona.
—De hecho, sí. Mis hombres te han reducido, no eres muy bueno, ¿sabías?
Arslan bufó. Pero no dijo más nada. Para Altai tegim era muy difícil de lidiar con otros nobles… Él mismo lo había sido, y ver a otros en situaciones difíciles solo lo hacía verse reflejado en ellos.
—Soy Bore Tseren —dijo de repente—. Debes saber quién soy, pero no lo que busco. Ahora, solo sirvo a un amo, pero pronto dejaré de tenerlo.
Arslan dejó de mirarlo con ferocidad. En su lugar, una expresión de incredulidad se instaló en sus ojos. ¡El mismo Bore Tseren se atrevía a secuestrarlo! ¡La figura famosa de la montaña Mongke era implacable!
—¿Qué quieres de mí?
—Yo nada. A quien sirvo es quien te quiere.
Arslan quedó en silencio. En su mente, trataba de buscar cuál era la persona que lo estaba demandando. La única persona que acudió a su mente fue la antigua prometida Khutulun.
—La comandante Yuezhi.
[…]
En la mañana del día siguiente, Altai tegim se encontró con la comandante Yuezhi. Esperó a que las compuertas se abrieran, también esperó un rápido intercambio, pero eso no ocurrió.
Los soldados que vigilaban las compuertas le obligaron a entrar al interior de la fortaleza y le condujeron hacia una especie de jardín interno.
Altai ni siquiera comprendía por qué estaban haciendo eso siendo que ya el favor se había concretado. No le quedó más alternativa que esperar. Finalmente, tras una breve espera la comandante se acercó hasta él. Iba vestida con su albornoz n***o y encima llevaba su cota de maya.
Altai se asombró al verla tan confiada y segura de su responsabilidad. Sonrió levemente.
—Estamos en ceros, Bore Tseren —dijo Khojin mientras sonreía levemente—. Ya has pagado tu ofensa.
Altai quiso sonreírle ante la ocurrencia, pero se mantuvo imperturbable y frío, aunque por dentro estuviese hecho un desastre.
—A partir de ahora no volveré a molestarla, comandante —dijo Altai tegim. El viento sopló ligeramente, helándole la lagrima solitaria oculta bajo la capa—. Seguiré mi camino y nunca volveré a cruzarme en el suyo.
Altai tegim dio la vuelta y quiso dar un paso cuando Khojin lo tomó del brazo, inmovilizándolo, dejándolo petrificado en su lugar. Aquello era más de lo que podía soportar.
—¿Qué hay de su ayuda cuando la princesa Khutulun resultó herida? —preguntó Khojin. En su rostro había una expresión extraña. Sus ojos brillaban ligeramente.
Altai tegim no giró el cuerpo. Se quedó de pie a su lado, inmóvil como una piedra gigante. Internamente luchaba por mantenerse frío.
—Usted lo sabe, comandante —comentó con voz ronca y gutural—. Solo fue un punto más en mi objetivo.
Khojin aligeró el agarre. La manga de algodón se deslizó de sus manos, soltándolo.
—¿Por qué quería ayudarme? —volvió a preguntar—. ¿¡Por qué tantas veces!? No puede decir que es un objetivo, ¿cree que no lo sé?
Altai tegim giró el cuerpo hacia ella para enfrentarla.
—En lo más alto de las montañas las tormentas se gestan, las políticas son tan inestables como cuando la marea sube, ¿quién soy yo, comandante? Solo quiero tener un nombre, tener un prestigio, pero soy un plebeyo —dijo mientras contenía el llanto. Su corazón era el mismo mar tempestuoso de la noche—. Soy un parásito. Vivo de la cortesía de mis huéspedes, comandante.
Khojin rio. Sus ojos se veían claros, brillantes por las lágrimas que había contenido. Ya no podía soportarlo. Él no era Bore Tseren, era Altai, el tegim del kanato karluk, un príncipe. Su voz, sus palabras, su estoicismo y su pragmatismo solo la hacían pensar en que ese hombre era Altai tegim y en realidad lo era.
—Dices que eres un plebeyo, pero yo sé que eres más que eso —Khojin actuó con rapidez y le quitó la capa, haciendo que el rostro del hombre quedara al descubierto. Sus cabellos negros revolotearon en el aire, empañando el color grisáceo de sus ojos—. Eres Altai tegim, eres un príncipe.
Altai la observó fijamente. El pasado se reproducía en su mente, enviándolo diez años atrás. Khojin, la pequeña guerrera se había convertido en una poderosa comandante del ejército mongol, se había casado y enviudado en una misma noche. Él, un príncipe criminal y fugitivo solo había huido durante los últimos años.
Khojin se estrelló contra él. Lo abrazó con mucha fuerza, tratando de hacerse saber que él en realidad estaba allí con ella, que estaba vivo y no muerto. Lloró.
—¿Por qué nunca me buscaste? —preguntó mientras lo abrazaba—. ¡Tenías que darme alguna señal de que estabas vivo!
Altai no la abrazó. Se mantuvo en silencio, pues no sabía qué responderle, o al menos no quería decirle la verdadera razón, que quería ocupar el lugar que le pertenecía y que Bortei, su cuñada le había quitado.
—¿Por qué debía hacerlo? Tú me liberaste, no tenías que hacer más nada por mí. Mi camino dependía de mí y de nadie más. Ahora, tú y yo somos extraños… Olvidemos que esto ocurrió, ¿de acuerdo?
—¡No!
Khojin no lo entendía, ¿por qué? Tal vez, en su interior sospechaba que
él podría hacerle daño más adelante.
—Durante todos estos años viví atormentada pensando que habías muerto, que mis esfuerzos no habían sido lo suficiente como para salvarte aquel día… Altai tegim yo no comprendo nada, ¿no deberías darme al menos una explicación? ¿Cómo es que te salvaste? No puedes simplemente irte y creer que yo dejaré que eso suceda.
—comandante, el que tengamos un pasado en común no significa que debamos tener un futuro. Simplemente olvide que estoy vivo, me facilitará las cosas más adelante. Pero le aseguro que la mantendré a salvo… Solo olvídeme.