Capítulo 13

1988 Palabras
Khojin apretó las uñas en las palamas de sus manos. La inmensa sala de pronto le pareció muy pequeña, ¿Por qué no simplemente desaparecía de ahí? ¿Por qué Altai tegim se exponía de aquella forma? Ella no sabía qué era lo que le podía pasar a Altai si se descubría su verdadera en la llanura central, pero sí sabía que los rumores podían llegar hasta el corazón de la enorme estepa. El ambiente era extraño. Como si una tormenta estuviese a punto de desatarse. Tal vez, de una manera metafórica era justamente lo que iba a ocurrir. Khojin observó a Altai tegim de reojo. Vio en sus ojos un brillo extraño y peligroso. De repente, volvía a ver al Altai que había desaparecido en medio del intenso fuego. Sintió su cuerpo tensarse. Sus ojos vagaron aceleradamente por los rostros desconocidos que los acompañaban en el banquete. Cerró los ojos, tratando de pensar mejor qué era lo que debía hacer para evitar cualquier peligro para Altai. De repente, se dejó caer a un lado del pequeño comedor. La reacción de todos fue inmediata. Las mujeres del emperador se levantaron de sus puestos sorprendidas por el repentino desmayo de la comandante mongola. Khojin no supo si hacía lo correcto, pero al final consiguió su objetivo; desviar la atención de Altai tegim. Los murmullos y los gritos de varias mujeres llenaron la estancia. Khojin solo deseaba que aquel evento se terminara y que Altai tegim no se viera afectado más tarde. Altai tegim se quedó de pie en el centro del salón. La observó desde allí, pero no movió ni una sola parte de su cuerpo. Se quedó inmóvil, reteniendo las ganas de ir hacia ella y ver qué le pasaba. Mientras Altai se quedaba allí sin hacer nada, la princesa Khutulun se levantó de su asiento y corrió hacia donde se encontraba Khojin mientras gritaba y ordenaba que alguien revisara el estado de su prima. —¡Llamen a un médico! —gritó Khutulun. Una de las mujeres que acompañaban al emperador, la que era conocida en los palacios como la emperatriz, caminó hacia Khojin con suma firmeza. Su rostro maduro, pero desprovisto de arrugas quedó inmutable sobre el rostro de Khojin. —¡Traigan al médico imperial! —ordenó—. Lleven a la comandante a la habitación, que allí sea atendida. Luego de la orden expresa de la emperatriz, varios criados de palacio la llevaron hasta una de las habitaciones más cercana. Allí, Khojin se quedó a solas con Khutulun, quien se había negado rotundamente a dejarla sola. En ese momento, Khojin decidió que era buen momento para abrir los ojos. Lo primero que vio fue el rostro lleno de lágrimas de la princesa. Su prima se limpió las lágrimas al ver que ella había despertado. —¿Estás bien, Khojin? —preguntó afanada—. ¿Qué te sucedió? Khojin no le respondió nada y con señas le pidió que se acercara más a ella. Así lo hizo Khutulun. —Estoy bien, no fue nada —respondió—. Sé que estás cansada, así que fingí desmayarme para que la celebración se interrumpiera. Khutulun se quedó mirándola. Luego, después de un rato, sonrió levemente mientras asentía. —Eres inteligente, Khojin —susurró—. Gracias. Después de eso, Khojin esperó a que el médico llegara. Tal vez ni siquiera encontrara nada, pero al menos debía fingir que se encontraba muy débil. Al final, el hombre no dijo muchas cosas y tan solo aseguró que se trataba del cansancio. Después del largo viaje, era razonable pensar aquello. Sin embargo, ella era una mujer fuerte, ¿quién se tragaba esa excusa? Sorpresivamente, el emperador y su esposa lo creyeron. Finalmente, dejaron que Khojin descansara. Las ultimas en salir de la habitación fueron las criadas, pues se encargaron de apagar los candelabros encendidos. La oscuridad la embriagó con su amigable soledad. A través de la ventana cubierta con papel de arroz, Khojin observó la figura redonda de la luna blancuzca y suspiró con pesadez. La noche avanzaba. En el exterior el búho ululó en la cercanía. Khojin pudo imaginar su plumaje pintado, marcado por la experiencia de la vida nocturna, sus ojos grandes y amarillos. Khojin observó hacia uno de sus costados cuando sintió un sonido extraño. La figura oscura se coló a su pabellón desde el otro lado de la pared corta y con tejas negras. En silencio, se levantó del lecho y salió hacia el patio a las afueras de la habitación. El cielo estaba plagado de estrellas brillantes, Khojin pocas veces había visto algo parecido en la estepa. Y aunque sabía que alguien estaba dentro de su residencia temporal, algo muy dentro en su corazón le decía que nada iba a pasar, que se trataba de un príncipe escurridizo y misterioso. Khojin sonrió levemente al verlo salir de la oscuridad. Su rostro radiante por la luz de la luna iba decreciendo en sus vagos recuerdos. ¿En qué momento habían cambiado tanto? Khojin dio dos pasos y se apostó con los brazos cruzados tras bajar las pequeñas escalinatas. Lo observaba con fingido enojo. —¿Qué crees que hace el Altai tegim? —preguntó con sorna—. Debe estar usted cansado de encontrarse conmigo, ¿no cree? Altai sonrió sin mostrar demasiado sus dientes. Se sentía aliviado de verla fuerte y de pie enfrentándolo. —En lo absoluto, Khojin —respondió—. ¿Estás bien? Khojin le respondió asintiendo con su cabeza. —¿Qué haces aquí? —preguntó ella después—. Si te reconocen sabes que estarás en graves problemas, Altai tegim. —No me reconocerán, aquí no hay más nadie que sepa de mi verdadero nombre a parte de ti. Además, vengo a trabajar para los chinos —respondió con simpleza. Khojin alzó una de sus largas cejas y se rio en su cara. —¿Trabajar para los chinos? —replicó entre risas—. ¿Qué le pasó al Altai orgulloso e indeciso que dejé atrás hace diez años? Estoy seguro de que él no hubiese sido lacayo de nadie. Altai la observó fijamente. En esa oportunidad no sonrió. —Tú misma lo has dicho, ese Altai se quedó atrás hace diez años —respondió con voz firme—. Él ya no está, Khojin. Khojin dejó de reír al verle tan serio. De repente, su corazón se deshizo ante los pensamientos pesimistas de su mente. Sí, al pensar en todo lo que sufrió y dejó con tal de sobrevivir y convertirse en lo que era ese día. Dio varios pasos, hasta cortar la distancia que se imponía entre ellos. —¿Qué te sucedió todo este tiempo, Altai? —preguntó débilmente—. Pensé que habías muerto, pero ahora te veo y ya no solo en mis sueños. Dime, ¿qué te sucedió? ¿por qué nunca me buscaste? Solo debes decirme la verdad, tegim. Altai sintió como su cuerpo se tensaba ante todas las preguntas de Khojin, pero en cuanto vio que los ojos de ella empezaban a volverse acuosos y claros, supo que debía abrazarla. Fue extraño. Altai ya no recordaba bien lo que era un abrazo, lo que era tener compañía a su lado, alguien que en realidad le extrañara. ¿Por qué ella se había arriesgado tanto por él? Tal vez solo había sido un pago de favores. Sin embargo, Altai pensaba pasar por alto las alertas de su mente… Solo por una vez, por esa vez. —¿Qué me sucedió? —dijo casi susurrando en su oído—. He muerto entre los plebeyos para surgir como un hombre útil… Entendí que mi pasado noble más que beneficiarme solo me perjudicaba. Tú me perjudicas, Khojin —confesó—, y yo hago lo mismo contigo. ¿Qué sentido tenía buscarte? —¡Te había liberado de mi prima Bortei, tu cuñada! —reclamó airada—. Además, ¿qué hay de tu ayuda en mi pasado? Me llevaste hasta mi hermana, permitiste que lograra liberar a mi madre y a toda mi familia de la esclavitud. —Khojin, tu prima te tendió una trampa… Nunca iba a permitir que escapara contigo. Sabía que yo iba a incumplir cualquier promesa que le hubieses hecho… Yo soy el hijo de un khan, soy el verdadero heredero del kanato Karluk y lo voy a recuperar sin importar el precio que tenga que pagar —dictó con frialdad—. Al final, Bortei tendrá que pagar su maldad. Khojin negó con firmeza. —¡No es cierto! —declaró—. Bortei me lo prometió… Ella no debía jugar de esa forma. Ella sabía lo que podía perder si yo me enteraba de su engaño. Altai escuchó con atención lo que ella le decía, pero su última frase le despertó por completo su curiosidad. —¿Qué es lo que ella podía perder? —preguntó intrigado. En sus ojos grises se podía ver un mar de emociones—. ¿Qué es? Khojin le observó a los ojos. Ahora, ella también iba a incumplir la promesa que le había hecho a Bortei. Debía confesar la verdadera muerte Torgan tegim, el medio hermano de Altai. —Bortei mató a su esposo y envenenó al khan, a tu padre. Altai pestañeó varias veces. A pesar de que Khojin era una incomparable comandante y su astucia en la guerra era envidiable, había caído en el engaño de su intrigante prima Bortei, aquella mujer de dos caras que le había sentenciado a muerte y enviado a un calabozo por un crimen que él no había cometido. El reino era joven, los hijos lo eran. Pero esa arpía había interrumpido el camino de su gloria, había engañado a muchos. ¡Debía pagarlo! —Ella te engañó, Khojin —aseveró plenamente seguro—. El día que me sacaste del calabozo, alguien incendió el silo en el que estaba. Ese día mi rostro y mi cuerpo se quemó, y junto con ellos mi vida pasada. Pude sobrevivir gracias a un anciano que me encontró medio muerto en medio de las llamas… Khojin, ¿crees que Bortei no iba a actuar? Su mentira quedaba al descubierto si yo seguía vivo —argumentó—. Años después pude comprobar que mis sospechas eran ciertas. —Ahora lo entiendo. Eso es lo que quieres; desenmascarar a Bortei, ¿no es así? —increpó—. Por eso no te acercaste a mí en diez años, por eso no quieres relacionarte conmigo. Crees que te voy a resentir si matas a mi prima… Pero ¿cómo puedo yo calmar ese anhelo tuyo? —replicó evitando alzar la voz—. Después de todo este tiempo, tu odio se ha arraigado en tu corazón. Altai desvió la mirada por un momento. No soportaba mirarla a los ojos, pues tampoco confiaba en sí mismo ni en lo que podía hacer con tal de verla feliz. —Debo irme —avisó mientras giraba. Khojin lo siguió. Lo detuvo antes de que el desapareciera entre los matorrales. Ella le observó, en sus ojos se podía observar que sus lágrimas no eran de tristeza, sino de impotencia. —Sin importar cuales sean tus planes, por favor no sacrifiques la vida de los inocentes. —¿Eres mi enemigo a mi amigo? Khojin sonrió levemente. —No soy tu enemigo, pero tampoco tu amigo. Altai tegim asintió sin apenas demostrar ninguna emoción en su rostro. Khojin, por su lado, lo vio perderse entre los arboles y los matorrales del patio. De pronto, se sentía tan lejana de él, como si nunca hubiesen tenido contacto. Él apenas le exponía sus planes, y eso la dejaba desconcertada. Ella no podía dejar de sentir el sin sabor en su boca, pues sabía que el muro que se alzaba entre ellos se agrandaba incluso más, aunque en el subconsciente supieran de cada uno estaba allí.
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