Capítulo 14

2734 Palabras
La mañana era preciosa, con una vista inigualable. El paisaje de las torres del palacio a lo lejos, la neblina que bajaba por las mañanas y los árboles podados en medio de los jardines era algo que poseía una belleza increíble. Altai acostumbraba a levantarse muy temprano para admirar la vegetación bañada por el rocío matinal. Aquello era proporcional a estar vivo. Su nueva residencia era cómoda y concedida especialmente por Arslan. La vivienda quedaba a las afueras del palacio imperial, en medio de una metrópolis de grandes residencias de gran avalúo. Ese día, Altai recibió una visita inesperada. Arslan acudió a él en compañía de un hombre llamado Li Yuan, de quien supo después, que era un jefe militar perteneciente a una familia noble. —Señor Arslan —saludó—, ¿qué sucede? ¿Por qué está aquí tan temprano? ¿Acaso no disfrutó de su boda? Aslan sonrió levemente. Sus labios se curvaron hacia arriba, una clara advertencia de su parte. —Tienes una lengua muy larga —aseguró luego de un rato—. Pero no es problema ahora. Lo que en realidad quiero es decirte de una vez por todas para qué te traje hasta Chang´an. Altai asintió mientras observaba al acompañante de Arslan. —Él es Li Yuan —dijo Arlan—. Es un hombre de confianza, un gran militar, que además es destacado por sus campañas contra las tribus turcas. En el palacio no encontrarás un hombre tan capacitado como él, te lo aseguro. Altai tegim le saludó con respeto mientras caminaban hacia un lugar más íntimo para hablar. —Bien, señor Li, ¿qué quiere usted de mí? —preguntó finalmente—. He venido aquí para servirle a usted y al señor Arslan. Li Yuan observó a Altai con seriedad. Se notaba que le estaba haciendo un examen exhaustivo. —He oído de usted, Bore Tseren —comentó el militar—. Qinhao me ha dicho que eres un genio de la estepa, que eres excepcional y todo eso, pero debo confesar que soy un hombre escéptico y no creo en rumores. Así que, debo convencerme primero de sus habilidades y la de sus hombres. Altai asintió levemente. Lo que quería era que se dejaran de rodeos y le dijeran de una vez qué era lo que querían de él. —Naturalmente —respondió con expresión severa—. Lo comprendo y sé que puedo demostrarle mis habilidades. —Dicen que usted no solo es bueno en el combate, sino también en la guerra política… Llegando a desestabilizas a otras tribus, que eran víctimas de los saqueos que hacían piratas adiestrados por usted. Altai no sabía cómo reaccionar ante aquella acusación. Si bien era algo que había hecho y de lo cual no se enorgullecía, el tono que usaba el hombre le incomodaba mucho. —Eso es algo de lo que no estoy orgulloso, señor Li. —Bien, eso está bien. Altai empezaba a impacientarse, —Solo quiero saber qué es lo que quieren de mí —volvió a hablar. —Por ahora, tu tarea es sencilla —comentó Arslan—. Recientemente, las inundaciones han hecho que el pueblo se vea afectado, hay gente sin hogar, sin comida y sin cultivos. A eso, súmale la guerra que ha emprendido el emperador contra del reino de Goguryeo tras conseguir un acuerdo con los mongoles. El país está a puertas de una rebelión, está a punto de fragmentarse. Por eso, debemos hacernos con el poder antes de que se levanten los sublevados —dijo Li Yuan—. Hacerlo no es fácil, es todo lo contrario y muy peligroso. —¿Cómo planean hacer eso? —El señor Li se ha ganado muchos adeptos dentro de la corte de mi tío —comentó Arslan—. Pero también es sabido que el emperador tiene varios enemigos. Tal vez, podemos hacer que estos empiecen sus planes antes que nosotros y así poder controlarlos. Mu Yue es uno de esos peones que podemos usar. —Para conseguir eso debemos conceder un detonante —comentó Altai con simplicidad—. No estoy al tanto de los acontecimientos en la corte del emperador Yang Di, pero sé que ustedes podrán guiarme… ¿hay algo que podamos utilizar? Arslan tenía una idea en su cabeza. —El emperador tiene una hija, es la hija de la consorte Wang. Hace un tiempo recibí un informe. Todos dicen que el hijo de Mu Yue está enamorado de ella. —¿Quién es esta princesa? —interrogó Altai—. Háblame de esta consorte Wang, y de cuanto poder es poseedora en el harén imperial. —La princesa Pinyang es joven y bella, pero es hija de la consorte Wang, una mujer que pertenece a las tribus túrquicas. Su madre llegó al palacio enviada por su propio padre como un regalo para apaciguar al emperador. Se decía que esa mujer era hermosa y, en consecuencia, su hija también lo es. Ahora ella tiene dieciséis años y está en edad casadera, pero su madre ya no goza de buen estatus, tan solo es una simple consorte. —¿Quieres decir que esa princesa nos tiene que ayudar? —No necesariamente. Nosotros la vamos a ayudar. —¿Para qué? —Para hacer que se convierta finalmente en la esposa del hijo de Mu Yue. Debemos hacer que ella sea nuestros oídos en la casa Mu. —Comprendo —aceptó Altai. Sin embargo, había algo que rondaba en su mente, que no lo dejaba pensar con tranquilidad. Él estaba seguro de que ya era tiempo de revelar quién era—. Pero antes debo revelarles algo importante, de esto que les voy a decir dependerá nuestra confianza en el futuro. Arslan frunció el ceño, como si no comprendiera lo que él estaba diciendo. En cambio, el señor Li Yuan solo lo observó expectante. —Antes de que las cosas se compliquen en todo el país y la región, quiero revelarles mi verdadera identidad. Me hago llamar Bore Tseren, pero mi nombre es Altai —respondió mirándolos con intensidad—. Soy el hijo del difunto khan Karluk… Tal vez el señor Li no está muy relacionado con los sucesos del pasado o tal vez no lo recuerda bien, pero soy un fugitivo, un criminal sin patria. Pero, estoy seguro de que el señor Arslan si está al tanto de lo que hablo. Arslan palideció por un momento. en su mente, muchos eventos del pasado hacían conexión hasta transformarse en un solo recuerdo. El hombre abrió los ojos desmesuradamente mientras se levantaba de su lugar. —¿Qué quieres decir? ¡Esto debe ser una broma! —gritó enfurecido—. El Altai tegim karluk murió en un incendio, no puede estar vivo. —¿Por qué crees que tengo el rostro y el cuerpo quemado? ¡Logré sobrevivir! ¡Aquí estoy! Arslan volvió a sentarse. Dejó caer todo el peso de su cuerpo hasta quedar otra vez frente a Altai. —¿No tienes miedo de ser apresado? —preguntó el señor Li luego del silencio. —Tengo a mi disposición hombres que incluso morirían con tal de defenderme, no tengo miedo. Si es necesario, podría salir hoy mismo de Chang´an y ninguno sería capaz de encontrarme. Sin embargo, no quiero que las cosas terminen de esta manera, así que estoy dispuesto a trabajar para ustedes y que no haya secretos que luego destruyan la confianza. Solo pido una cosa a cambio; que no ventilen quién soy. Li Yuan sonrió ampliamente. —Soy un hombre de palabra, y si tú aseguras ayudarnos, entonces la confianza se mantendrá. Altai le devolvió la sonrisa. Luego desvió la mirada hacia Arslan, quien todavía le miraba horrorizado. —¿Qué dices, señor Arslan? —apremió tras perder la paciencia. Arslan solo asintió. No dijo más nada. —¿Como te debo llamar? —preguntó Li Yuan—. ¿Altai o Bore Tseren? —Bore Tseren, señor Li. —Bien, Bore Tseren… lo primero que debes hacer es buscar una conexión con el interior del palacio imperial y las princesas. Altai asintió, bajó la mirada y tragó en seco. En su mente, la imagen de una hermosa mujer de cabellos negros, con facciones duras y de reproche se iba construyendo lentamente. Era inevitable. Khojin acudía a su mente, pues ella a quien necesitaba. —Conseguiré a la persona correcta, se lo aseguro. […] Después de pasar la primera noche en Chang´an, Khojin despertó más tarde de lo normal. Tal vez, al final si había estado muy cansada y el médico no había mentido. Con el pasar de las horas, Khojin había tratado de recorrer el lugar en el que estaba hospedada, pero simplemente no le habían dejado, alegando que la orden de la emperatriz era que nadie entrara ni saliera de aquella habitación. Ella no sabía qué pensar. Se sentía iracunda, como un león enjaulado. Ella odiaba sentirse prisionera. —¡Déjenme salir! —gritó desde el interior del palacio—. ¡Soy libre, déjenme salir! Luego de un rato de gritos y golpes a la enorme puerta que la mantenía encerrada, una de las doncellas abrió el cerrojo y luego, las puertas se abrieron. Al otro lado del umbral, Khojin vio la figura de la mujer, quien la saludó con una leve inclinación antes de arrodillarse. —Comandante, ¡merezco morir! —¡Levántate! —ordenó—. Quiero salir de aquí. —Comandante, la emperatriz ha dicho que usted no puede salir. —¿Por qué? —discutió—. Soy una militar mongola, invitada de la emperatriz, ¿esta es la cortesía del emperador Yang Di para con el kanato gobernado por el lider del clan Eljigin? —¡Comandante, solo obedezco las ordenes de la emperatriz! Khojin negó en varias ocasiones mientras echaba a un lado a la doncella, quien salió disparada hacia el interior del palacio mientras ella salía. El gran pabellón destaba ividido con varias habitaciones, por eso se le hizo infinito mientras caminaba por el suelo liso. ¿Acaso era un laberinto sin salida? Khojin caminó acelerada mientras seguía un camino recto, sin desviarse a ningún otro pasillo. En sus oídos, aun escuchaba los gritos de la criada que le suplicaba quedarse en el interior. Finalmente, después de correr por todo el pabellón, Khojin estuvo segura de que había salido del lugar. Se topó con un jardín labrado con piedras, puentes oblicuos de gran altura y lagos de aguas cristalinas. Aquello no parecía ser fuera del palacio, entendió que solo era otra ala del palacio imperial. Si no salía de la vista de la criada, de seguro no la iba a dejar de seguir nunca, así que corrió a esconderse tras uno de los matorrales de flores espinosas. A través del entramado de hojas, Khojin pudo ver a la doncella de pie al frente de ella, mirando a todos lados para ver la encontraba. —No me encontrarás nunca —aseguró mientras reía suavemente. Luego de un rato, la doncella desapareció de ahí, por lo que Khojin aprovechó para irse del jardín y seguir recorriendo el palacio imperial, que parecía ser tan grande como una ciudad. Tras caminar sin ningún sentido, pues estaba desorientada, Khojin alcanzó a ver una puerta enorme y llamativa de color dorado. Empezó su trote firme y pesado a través de los caminos de piedra mientras era consciente de que la servidumbre la observaba fijamente. Saltaba a la vista que no era china, y que sus vestimentas exóticas gritaban que era una foránea, una mujer tribal. Khojin apresuró el paso, pero al entrar en el túnel que conducía hacia las llamativas puertas, alguien salió de la oscuridad para arrebatarle la idea que tenía de salir a la calle principal. Khojin quedó inmóvil entre dichos brazos, pues percibió el olor amaderado y fresco como los rosales a comienzo de la primavera. Era él. En ese momento, ambos miraron se observaron en silencio. A pesar de que la oscuridad dificultaba la labor, podían verse tenuemente. Estaban desdibujados por la oscuridad, aunque reconocibles. Después, el paso de una persona por el túnel les llamó la atención. Se trataba de la emperatriz. Allí comprendió la razón por la que él la había detenido. —¿Qué crees que haces, Khojin? —preguntó luego de que la emperatriz pasara junto a su séquito de doncellas—, ¿estás demente? —Solo quiero salir de aquí. —Pero no lo harás yendo hacia allá. Tras esas puertas están las habitaciones del emperador. Khojin se alejó de él un poco. Le era imposible tomar más distancia por lo reducido que era ese pasadizo adyacente. —¿Qué haces tú aquí? Tú no estás quedándote aquí, Altai. Altai recortó la distancia que ella había impuesto. —Vine por ti. Khojin puso las manos sobre el pecho de Altai, manteniéndolo en su lugar sin llegar a estar muy cerca. —¿Qué quieres de mí? —Necesito tu ayuda, por favor no me digas que no. Khojin aprovechó y empezó a salir de ahí mientras Altai la seguía. —Estás ayudando a los chinos, ni siquiera debo pensar en ayudarte. No puedo traicionar a mi tribu, a los mongoles, al pueblo Yuezhi. —Pero esto puede beneficiarte… Los mongoles pueden obtener paz si logramos que este emperador abdique. Khojin se rio. ¿En qué momento la sensatez de Altai se había desvanecido? En su mente, no lograba hallarle ni un poco de sentido a lo que él le decía. —¿Cómo harás que el emperador renuncie? —reprendió—. Él nunca hará eso. Si las personas para las que trabajas quieren el poder, entonces temo que solo conseguirán que les corten la cabeza… Altai tegim, ¿crees que para esto esperaste todos estos años? ¿quieres morir, Altai? —Al menos quiero intentarlo, Khojin. —¿Qué me darás a cambio? ¿Qué seguridad le darás a mi gente con esto? —Puedo darte lo que quieras —insistió mientras la miraba—. También puedo intentar que entre chinos y mongoles no haya más rivalidad y que no se traspasen las fronteras. —Los mongoles somos libres, pero los c h i n o s no lo quieren entender. —El compromiso no debe ser solo de los c h i n o s —comentó—. Los mongoles no deben provocarlos. Khojin se quedó en silencio por un rato mientras le observaba. Luego, asintió sin muchas ganas. —Quiero que me cuentes cuál es ese favor —ordenó—. También quiero que me digas como sobreviviste y como conseguiste crear la liga Changhaan. Me tienes que contar eso. Diez años, Altai, son diez años de tu vida que me debes narrar. Altai sonrió con amplitud. Tenerla cerca era de indescriptible para él. Tal vez, en diez años, lo único que había hecho era pensar qué haría cuando por fin la tuviese de frente, justo al frente. Ahora, aquellos pensamientos y esquemas simplemente habían desaparecido. Su mente era incapaz de recordarlos. ¿Cómo se suponía que debía actuar frente a ella? ¿frío? ¿distante? ¿déspota? Él no era capaz. — Veámonos en la corte Mingyue. Te lo contaré todo, pero no debemos dejar que nos vean juntos… Khojin asintió. —Sí, lo menos que quiero es que empiecen a sospechar que tú y yo somos aliados… porque no lo somos todavía —comentó—. Pero, no sé dónde queda ese lugar que dices. —Te mandaré a alguien para que te guíe. Nos vemos mañana, ¿de acuerdo? —De acuerdo. Después aquello, Altai quiso retirarse. Eso era lo más prudente para no levantar rumores, pero alguien llamó a Khojin. Él cerró los ojos, maldiciendo por lo bajo. En cuanto ambos se dieron la vuelta, la figura elegante de la emperatriz se hizo real ante ellos. La mujer caminó en compañía de sus doncellas. Su rostro estaba blanco por el polvo de arroz, sus labios pintados en forma de nuez y sus horquillas de oro y plata se incrustaban en su largo y oscuro cabello. La expresión en su rostro era aún más difícil de leer. —Comandante, debería estar descansando y no aquí con Bore Tseren. Estaban en problemas, y más valía encontrar una buena excusa para no despertar sospechas.
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