Khojin no demoró en salir de la cámara secreta de Altai tegim. Cuando el salió, ella corrió por el pasillo iluminado con candelabros haciendo que su cabello n***o se saliera de su recogido.
El descubrimiento la había dejado muy sorprendida. Aunque, también con muchas dudas respecto a sus motivaciones, las razones por las que decidió conformar una organización tan sofisticada en el arte del combate. ¿Por qué seguía manteniendo escondida su identidad a pesar de que ella le conocía?
Khojin salió de sus pensamientos en cuanto llegó al gran salón de Altai tegim. El lugar estaba desolado, frío y las cortinas ligeras de seda se movían de un lado a otro, guiadas por la corriente de aire que circulaba en el interior de la montaña.
Khojin corrió lejos de ese lugar fantasioso. La señorita Gerel, quien la había acompañado durante todo el trayecto también corrió tras ella hasta que llegaron a la habitación que le correspondía.
La comandante del ejército Yuezhi quedó a solas en su habitación. Las lámparas amarillas bailaron una danza nerviosa que propagaba la luz dentro de todo el recinto. Khojin caminó despacio hacia el lecho cubierto por la almohadilla china, se acostó sobre ella sin siquiera desvestirse o quitarse sus botas de cuero.
Khojin se envolvió en el centro de la cama. En ese momento, los recuerdos de diez años atrás se instalaron en su mente.
El fuego brilló en sus ojos, las llamaradas calcinantes devoraban todo a su paso, los cultivos de trigo que rodeaban un viejo silo ardían frente a sus ojos. Desde un punto alejado, Khojin lloraba y gritaba con desespero, pues en aquel almacén de granos el príncipe fugitivo estaba ardiendo en las llamas.
Khojin se limpió las lágrimas de sus ojos y pestañeó varias veces con tal de borrar ese recuerdo. Ya no debía sentir culpa por Altai tegim, pues en realidad había sobrevivido al incendio. Aquellas razones solo eran excusas para no pensar en él.
Desde ese día, Khojin no pudo dejar de lado a “Bore Tseren”, el líder de la liga Changhaan. Entre más pensaba, ella solo podía llegar a la conclusión de él estaba buscando una venganza. Pero lo que no podía establecer con exactitud era de qué se quería vengar, de su cuñada, de ella por haberse ido sin buscarle o de sus hermanos, a quienes en algún momento había considerado traidores.
Los recuerdos que Khojin tenía del príncipe coincidían con los labios curvados, la sonrisa lobuna y los ojos brillantes llenos de una extraña picardía. Allí comprendió la razón por la que él se le hacía tan familiar. Su cuerpo, sus ojos, su piel… ¡Definitivamente había sido ciega!
Khojin sonrió levemente. Su cuerpo sintió una ráfaga que la hizo estremecer, los recuerdos volvían uno a uno, empezaba a sudar profusamente, ¿estaba envenenada? Sí, lo estaba.
Altai tegim estaba vivo, pero evaluando lo poco que sabía de él, Khojin sospechaba que sus planes tenían algo que ver con la construcción de un buen futuro para él. Tal vez, con el paso de los años, Altai tegim podía haberse puesto un objetivo, algo por lo que luchar.
—Si no me ha buscado es porque no está enojado —se tranquilizó en medio de la noche cuando los pensamientos iban y venían—. Tal vez solo me está utilizando, no es necesario despertar el pasado…
Khojin no sabía qué hacer con su descubrimiento, si dejarlo en el pasado, en el mismo lugar en el que había reposado durante los últimos diez años o, por el contrario, vivirlo.
En definitiva, debía vivirlo para enfrentarlo.
Ella era una mujer de retos y dinámica. Su vida nunca había sido plana ni insípida. No podía dejar que las cosas siguieran el mismo curso.
[…]
La mañana asomó entre las nubes, el cielo era de un color azul intenso y los pájaros cantaron en lo más alto de los árboles. Toda la orquesta natural que ofrecía la montaña Mongke.
Khojin despertó muy temprano a pesar de que no había logrado dormir bien. Se desvistió y enjuagó en silencio mientras esperaba que los habitantes del lugar despertaran. Poco después, salió de la habitación y deambuló alrededor de la montaña para despejar su mente. Estaba sola, no quería que nadie más estuviese presente cuando se sentía tan confundida.
Khojin recorrió el lugar y en medio de su caminata, encontró una especie de riachuelo. El agua de allí era clara, nítida como la verdad que tanto profesaba en su corazón. Después de un rato de estar observando el riachuelo, Khojin no pudo resistir la tentación que esa agua fresca le ofrecía. Se sentó en el lecho de pasto verde y perfumado a vida, se quitó los zapatos y metió los pies en el agua. Sonrió levemente mientras chapoteaba tal y como lo había hecho con su hermana Alimceceg.
La sonrisa fue desapareciendo poco a poco. Alimceceg había hecho su propia vida, se encontraba demasiado lejos de ella, ¡Cuánto la extrañaba!
El silencio la envolvió. En sus oídos solo se escuchaba la corriente del riachuelo. Sin embargo, giró el cuerpo en cuanto sintió que alguien estaba con ella. Se encontró con Altai tegim, quien llevaba su capa oscura sobre la cabeza. Tan solo le podía observar su mentón cuadrado y el indicio de sus cicatrices en la mejilla.
Khojin sintió como su estómago se agitaba de un lado a otro.
—¿Le gusta la montaña Mongke? —comentó Altai tegim. En su garganta retuvo el impulso de decirle que había elegido aquel lugar pensado en ella.
Khojin regresó la mirada hacia el rio y se estrujó las manos. ¡Tenía a Altai tegim justo a su lado!
—Es un lugar hermoso —aceptó—. Es algo que no veo con mucha frecuencia… Vivo en la fortaleza Yuezhi, cerca de la frontera con la gente de la llanura central, divididos por el esa larga y espaciosa muralla.
Altai tegim asintió, dio un paso más y de reojo ella alcanzó a ver sus zapatos. Khojin no se atrevió a levantar la mirada, eso le molestó. Ella no era cobarde. Cerró los ojos, respiró profundamente, es era su intento por recuperarse a sí misma. Se levantó y quedó en frente del tegim.
—¿Qué quiere, Bore Tseren? —interrogó—. Sé que usted…
Altai tegim achicó los ojos. El brillo desapareció por un instante. Khojin estuvo a punto de perder la compostura, pero contuvo su corazón.
—Usted se ha acercado a mí a propósito —indicó después de un rato—. ¿Qué quiere dígame?
Altai tegim se mantuvo oculto tras su capa oscura. Se sentía un cobarde por ocultarle la verdad, pero debía hacerlo para evitar que ella se involucrar en sus planes peligrosos más allá de lo que él la pudiera proteger.
—¿Por qué cree que deseo algo de usted?
—¿Por qué durante todos estos años me ha estado siguiendo? ¿Qué tiene que ver con la muerte de mi prometido en la noche de bodas?
Altai tegim tenía las respuestas, pero no iba a decirlas. Ella le odiaría después, le creería un hombre despiadado que solo la había estado usando. ¿Era del todo cierto? Altai ya no sabía cómo controlar su ambición.
—¡Es usted una comandante y yo un plebeyo en ascenso, por supuesto que quiero tener relación con usted! —exclamó con firmeza. Su voz potente y briosa resonó en el ambiente—. Quiero ayudarla, comandante.
Khojin rio a carcajadas.
—¿Me cree estúpida? —preguntó mientras le apuntaba el pecho—. Todo este tiempo no ha hecho más que beneficiarse por mi causa, ¿qué clase de parásito es usted?
Khojin salió disparada como una bala. No corrió, caminó dando grandes zancadas, se alejó de él con tanta contundencia y enojo, que Altai tegim no se atrevió a seguirla. Sus palabras le dolieron, pues en su mente resultaron ser ciertas. Era un parásito, un fugitivo que soñaba con regresar a su tierra para recuperar lo que le pertenecía.
No le importaba la forma, lo único que le interesaba era el resultado.
Regresó la vista hacia la figura lejana de Khojin y bajó la capa. Sus cabellos se revolvieron por la brisa, sus ojos se cristalizaron.
Pese a pensar haber endurecido su corazón, ahora descubría que se estaba lastimando. No solo a sí mismo, también a Khojin.
¿Era un ser malvado? ¿Debía dejarlo todo con tal de redimir su nombre? Altai empezaba a confundirse.