—¿Cambiara algo si decido no responder eso?
Su rodilla rosaba con la mía, ya que él había subido su pierna que estaba por encima de la otra. Tenía su brazo en el respaldo y su mano estaba a la altura de mi hombro. Tenía una camisa blanca desabrochada a la altura del cuello y el cabello algo revuelto.
No se tomaba la molestia siquiera de arreglarse y aún así se veía guapísimo. Y yo toda maquillada, con tacones y con horas perdidas en arreglarme. Me pregunté a mi misma si valía la pena.
—Dime aunque sea de dónde la conoces, Max.
Me miró y al ver qué no me daría por vencida, resopló, bajando la guardia.
—La conocí hoy en un café, tenía mí receso laboral cuando la vi llorando desconsoladamente mientras comía algo. Me acerqué a ella para ver si estaba todo bien y nos quedamos platicando. Me dijo que necesitaba trabajo, que eso la tenía mal, así que como yo necesito una secretaria, la contraté. Le di un adelanto de sueldo, hice varias llamadas y ahora sé qué no dormirá en la calle. Lo que no entiendo es por qué le diste una bofetada y la sacaste a patadas de tu apartamento. Eso fue lo que me dijo sobre lo que le había hecho su propia hermana.
Hija de …
—Típico de Rose, manipular a las personas hasta conseguir lo que ella quiere—pensé en voz alta—. Le di una bofetada porque se lo merecía luego de insultar a mi madre. El término zorra no está mal visto actualmente, pero por cómo ella lo dijo fue un insulto que me sacó de casillas. Le ofrecí un techo, pero lo único que hizo apenas pasó un minuto en mi apartamento, fue un bicho desagradecido.
Me miró, sorprendido por haber conocer el otro lado de la historia. Bebió su sorbo de vino, pensativo.
—¿Crees que hice bien en contratarla? ¿Es una persona de fiar?
Su pregunta me resultó atractiva, porque sentía que estaba poniendo sobre la palma de mi mano el futuro de Rose. En aquel sentí a un diablo y a un ángel posarse sobre cada hombro.
—No soy quién para juzgar —sentencié, agotada sobre el tema —. Pero lo único que tengo para decirte es que le tengas los ojos en encima. Puede tener unos veinticinco años, pero tiene la mentalidad de una niña de catorce.
—Anotado, y tú ¿qué mentalidad crees que tienes, Gray? No quiero hondar sobre tus asuntos familiares, después de todo, no es el tipo de relación afectiva que quiero tener contigo.
Supe que ahora la atención estaba puesta sobre mí, y eso me trajo cierta tranquilidad. Tenía miedo de que, Rose ocupara mi lugar y que yo me quedara sin el cupo en la universidad.
Apreciaba a Max y no estaba dispuesta a perderlo por la imbécil de Rose.
—No sé, eso no se supone que debe averiguarlo la otra persona ¿no crees?
Me sonrió, divertido y negando con la cabeza. Que sonrisa bonita tenía, me gustaría besarla nuevamente.
—¿Es mucho pedir si te pido que me muestres la lencería que llevas puesta esta noche?
—su pregunta me tomó por sorpresa —. Tengo el presentimiento de que llevas la que te he regalado el primer día en que te conocí.
Mientras el costearía mi futuro, me daba igual si debía mostrarle incluso un pecho. No tenía vergüenza o pavor alguna con hacerlo. Él me atraía y mucho.
—Lo que usted me pida, señor Voelklein.
Dejé la copa de vino sobre la mesa ratona de vidrio y me puse de pie. Me resultaba algo loco, gracioso, y un poco turbio que nuestra relación se desviara por completo para que sea sólo suya por un año.
Me gustaba su compañía, me sentía segura, era todo un caballero y me sentía bajo su protección. Nada mejor que estar con alguien que podría brindarte confianza.
¿Ya había dicho que aquello me estaba pagando la universidad?
Me saqué mi campera de jeans y se la lancé, él se puso más cómodo sin dejar de mirar con una sonrisa en sus preciosos labios, expectante a lo que estuviera a punto de hacer.
—Espera —me interrumpió cuando estuve a punto de sacarme la blusa por la cabeza —, ve al baño, desvístete y sólo déjate la lencería con las botas largas que llevas puestas. Quiero verte venir hacía mí así. Y antes de que preguntes, es al fondo a la izquierda, en la puerta corrediza blanca.
Asentí, le di un guiño de ojo y me marché para cumplir su capricho.
En cuanto llegué al baño que parecía inmaculado, por las paredes blancas, un espejo grandísimo y un tocador de muerte, me desvestí. Me revolví un poco mi cabello rubio y me miré al espejo, pero en cuanto estuve lista, vi una pequeña adhesiva rosa pegada en él con algo escrito.
“Ojalá follemos más seguido, futuro jefe. Con cariño, Rose, su hermosa pelirroja”
Retiré el adhesivo de un tirón. Tragué con fuerza. Cálmate Ada, cálmate. Max no es tu novio, ni tu marido ni nada cómo para reclamarle. Tú no eres su dueña y tampoco él es tu dueño. Cálmate, cálmate por favor, no hagas un escándalo al estilo Ada.
Me llevó los dedos al entrecejo y cerré los ojos. No, no llores, no seas así, seguro sólo fue un rollo, Rose no arruinará una oportunidad de salir a flote. Dios te dio una maldita oportunidad, no lo arruines como sueles hacerlo.
Siempre arruinas todo Ada, sal allí afuera y complácelo, lo que él haga con otras mujeres no es asunto tuyo, pero... ¡¿Por qué con ella maldita sea?!¡¿Por qué demonios con ella?! Múltiples escenas en donde ellos están juntos en distintas posiciones pasaron por mi mente. No, no llores maldita sea. Sal de aquel maldito baño con la frente en alto y follalo para que no tenga ganas de salir tras ella.
Demuéstrale que tú eres más que cualquiera y si no lo satisfaces, mándalo a la mierda y búscate otro sugar daddy.
Con la lencería puesta, observando mis pechos, levantándolos con mi mano y acomodándome las ligas de las bragas, me dije a mi misma que Rose podía irse a la mierda, porque Max sería mío costara lo que costara, no iba a perderlo.
Deslicé la puerta y salí al pasillo, en donde comencé a caminar hacia él, quien se encontraba en el sillón, con la copa de vino en su mano y esperándome, insaciable.
Su rostro se desfiguró, sus pupilas se delataron y su boca se volvió una O. De fondo sonaba mi canción favorita titulada Ex’s y Oh’s de Elle King, sabía que no era una simple casualidad y que todo el Olimpo me estaba haciendo ese favor.
—Por todos los cielos —lo escuché decir en un susurro, con los brazos apoyados en el sofá y pestañando más de una vez, sin sacarme los ojos de encima.
Sonreí con malicia y me quedé parada frente a él, con las manos en mi cintura y dando una vuelta para que pudiera apreciar todo lo que era necesario ver.
Por algo me llamaban la hija de la mismísima Afrodita, detalle importantísimo. Muchas mujeres solían odiar a mi madre por meterse con hombres casados, pero no quería entrar en aquel detalle en ese momento.
Lo único que me importaba era seducir a Max.
Se puso de pie, en silencio, mientras la música nos envolvía. Todo era perfecto.
Sentí como un enorme escalofrió recorrió mi cuerpo en cuanto sus manos sujetaron cada lado de mis caderas. Posó sus labios contra mi frente y sentí como su respiración agitada golpeaba contra mi piel,