CAPÍTULO 9
MAX VOELKLEIN.
Bueno, acabo de presenciar como una hija de Atenea perdida en el mundo podía resultar tan confianzuda cuando se le daba la mano. Literalmente me había tomado el codo.
Rose tuvo la insistencia de venir conmigo a mi apartamento ya que tenía muchas ganas de platicar sobre el nuevo trabajo como mi secretaria. Insistí en que la reunión podría ser mañana en mi oficina, pero se negó ya que no podría dormir sin saber qué le esperaría en su nuevo empleo.
—¿Te estás comiendo mis galletas? —pongo los ojos en blanco al ver como abre el frasco de galletas con chocolate y se sienta en la barra como una niña malcriada.
—Sé un buen anfitrión, Voelklein y charla conmigo mientras como ¿mi sueldo será alto? —se encoje de hombros mientras cruza las piernas.
—Sí, claro que sí.
—Bueno, más te vale que lo seas, eres millonario después de todo —me dice con comida en la boca.
—¿Cómo es que tú saliste de Atenea?
Rose enarca una ceja, ofendida.
—Por lo menos mi herencia es mejor que la tuya.
—Bueno, sí, en eso te doy la razón, pero tú eres...
—¿Torpe? ¿Testaruda y ordinaria? Sí, soy eso y seguro lo heredé de algún estúpido mortal con el que se acostó mi madre.
Pongo los ojos en blanco y le arrebato una galleta del frasco para llevármelo a la boca.
Miro hacia la ventana en dirección a la de Ada para ver si se encuentra en su casa. Se me dispara el corazón en cuanto veo su delgada silueta barriendo su apartamento mientras baila dando pasos ridículos que le dan un aire tierno.
Tiene el cabello rubio recogido y un pañuelo floreado en su cabeza. Realmente tiene esperanza por dejar brillando aquel mugriento sitio. Ella no merece estar en un sitio así.
Pronto brillaras Ada Gray, con o sin mí, lo harás.
—Te gusta la vecina ¿verdad?
Miro nuevamente a Rose, la hija de Atenea y me limito a cambiar de tema. Por alguna extraña razón la observa con gran desagrado. Siento que esta chica no quiere a nadie y solo deja entrar a su corazón a unos pocos.
¿Has sufrido Rose? ¿Cuánto?
Sin importarme demasiado, se queda por un par de horas. Creo que prácticamente todo el día en mi apartamento. Se ha dado una ducha, ha atacado mi heladera más de tres veces y tiene el descaro de acostarse en mi sofá mientras ve televisión.
Mientras me alisto para la cita que tendré con Ada, atrapo a Rose viendo la ventana de mi vecina con cierto disgusto. No me gusta como la mira, así que...
—Rose, tienes que irte —le anuncio.
Me mira con su rostro relajado.
—Déjame pasar a tu baño antes y me iré —me dice, sin esperar una respuesta, toma su abrigo de tono marrón y su bolso de mano.
ADA GRAY
Rose saliendo de su apartamento. Su nueva secretaria...
Digamos que cuando soltó eso me hubiese gustado reaccionar de una forma más madura y calmada posible, pero aquella noche no fue la excepción. Entré dando pasos agigantados a su maldito lujoso apartamento, con los brazos en jarra y lanzarle lo primero que tenía sobre su cabeza.
No, eso sería violencia y yo no era alguien violen…retiré la idea al recordar la bofetada merecida que le di a Rose aquella tarde cuando la muy descarada se presentó en la puerta de mi casa. Intenté pensar en otra cosa, como la decoración del apartamento.
Demonios, que bonito era el apartamento de Max: ventanales con una vista fascinante de la noche que prometía lluvia, piso de madera con barniz, sillones oscuros alrededor de una mesa de living pequeña, el último televisor colgado. Una isla de fondo que dividía la cocina lujosa y música tranquila sonando de fondo.
—Es la primera y última vez que te preguntaré esto ¿te follaste a mi hermanastra? —le pregunté, de hito en hito.
Max cerró la puerta y me miró con una ceja arqueada.
—Una sugar baby no tiene el derecho de saber con qué otras mujeres se acuestan su sugar daddy. Digo, por si eso exactamente no lo encontraste en Google.
Sus palabras fueron como una bofetada, paso al lado mío y fue directo a la barra a servir dos copas de vino. Parecía de mal humor, tajante.
—Siéntate, Gray—me dijo, autoritario y dándole un gesto al sofá con la cabeza.
Solté el aliento e hice lo que me pidió. Llegó con una copa para mí y con otra en mano. La tomé con delicadeza entre mis manos y la observé un instante.
—Si te propuse que seas mí sugar baby fue porque te vi demasiado madura para tu edad. Estar con una joven de diecinueve años quizás no sea lo más fácil del mundo, pero no me hagas perder los estribos con tus actitudes baratas.
Perfecto, su carácter ahora me demostraba que podía ser un hombre serio cuando él lo desee, así que yo podía tomar ese carácter también.
—Me pondré a la altura que desees cuando me respondas si te has follado a Rose y si contestas de dónde la conoces—contrataqué, mojando mis labios con el vino y mirándolo con mala cara.