Capítulo 8 (parte 6)

2344 Palabras
ADA GRAY —No voy a hacerte acabar en un baño público—sentenció Max, dándome un casto beso en la frente—. Esta noche, a las diez, te espero en mi apartamento. Si te ausentas, quedas despedida ¿entendido? Asentí, en silencio y mirándolo con mis ojos empañados debido a la excitación. Entonces, Max se marchó, dejándome sin aliento, con la entrepierna empapada y con el corazón latiendo con fuerza. No le faltaba demasiado para hacerme acabar así que completé el trabajo yo misma utilizando mis propios dedos. Agendé el número de celular de Max en el mío, pensando si enviarle un mensaje o no luego de lo sucedido. No podía parar de pensar en sus manos recorriendo mi cuerpo con desesperación y sus besos adictivos. Nadie me había besado de aquella forma, nadie había logrado averiguar por si solo dónde me gustaba ser tocada. Llegué a mi apartamento y me topé con una persona instalando una nueva puerta en mi apartamento. Pero qué demonios… —¿Qué está haciendo? Yo no he llamado a ninguna persona para instalar una puerta—me escandalicé, consternada. El hombre barbudo y de sonrisa risueña me miró al instante, sin perder su ánimo y levantándose del suelo. Le estaba dando unos últimos retoques a la nueva puerta que era demasiado similar a la vieja; madera oscura y con el número dorado en el centro. —El señor Maximiliano Voelklein me ha contratado para hacerle la instalación, señorita—me informó de lo más tranquilo. Asi que Max…mierda. Creo que ya me estaba asustando que se preocupara tanto por mí pero a la vez algo me decía que lo dejara pasar y me centrara en cosas más importantes cómo escoger una universidad. —Lista para usar, señorita—me dijo el hombre, de uniforme de trabajo azul y en donde en su placa figuraba el nombre Jerry. —¿Y la vieja puerta? —La llevamos a la administración del edificio para que la arreglen. —Muchas gracias. —Que tenga un bonito día, señorita Gray. Y dicho eso, tomó su caja de herramientas y se marchó. Me detuve frente a la puerta, con el entrecejo fruncido y pasé mi mano sobre ella. —¿Qué haría sin ti, Max?—pensé en voz alta, en un susurro.  Me duché, me preparé el almuerzo, y finalmente me senté en el horrible sofá verde vómito para buscar una universidad en la cual estudiar. La universidad privada de New York fue una de las que captó mí atención en el buscador de Google. Me quedé fascinada por el rústico edificio y fue allí donde algo en mí me pidió a los gritos que estudie allí, quedaba cerca de mi apartamento y solo tenía un bus de distancia. La ansiedad me atacó y la emoción por empezar me decía que lo haga, que estudie allí y salga adelante como tanto había soñado. Walter se podía ir al demonio, iba a mostrarle mi título universitario, sería una gran, prestigiada y envidiada ginecóloga. Con mi propio consultorio, atendería a estrellas de cine, sería fantástico. Daría entrevistas, saldría en la televisión para consultas sería… Alguien tocó la puerta, interrumpiendo de forma brusca mis pensamientos. Fui hacia ella y no tardé en reconocerla. —¿Rose?¿Qué demonios haces aquí? —fue lo primero que solté, consternada. Cabello rojo teñido recientemente y ojos azules hipnotizantes cayeron sobre mis ojos grises. Llevaba un saco color marrón claro, unos shorts azules que parecían rasgados y unas botas cortas. —Tanto tiempo sin vernos, hermanita—soltó, con una sonrisa falta y mascado chicle ruidosamente. Tuvo la intención de entrar, pero no sé lo permití. —No eres mi hermana ¿Qué haces aquí? —Mi padrastro te crío, vivimos una infancia juntas ¿no crees que tengo derecho a llamarte así? Ahora comprendía por qué traía una maldita maleta a su lado. Desee colgarme aquel día si sabía que ella aparecería nuevamente en mi vida. —Rose ¿qué demonios haces aquí? —insistí, ignorando lo que acababa de decir. —No tengo dinero, el idiota de mi padre me ha echado de mi casa. Discutimos, feo, al borde de que sus asquerosas manos me arrancaran los cabellos. Vamos, Ada, sálvame de esta. Mirándome a los ojos, con gran desesperación y con un corazón tan horrible que me daban ganas de vomitar, así era Rose, una persona que despreciaba ver por múltiples motivos. Ella no era una buena persona. —Dos semanas y te largas —sentencié, con muy mal humor. Una sonrisa floreció de sus labios pintados de rojos y no tardó en darme un falso abrazo. Le permití el paso en silencio, escuchando solo las rueditas de su maleta que hacían un espantoso ruido. —Qué asco tu apartamento, chica —soltó, con descaro y arrugando la nariz mientras sus ojos se paseaban por toda la casa. —Cállate Rose, agradece que te estoy ofreciendo un techo. —Soy sincera, no te lo tomes a mal —dijo, llevándose una mano al pecho mientras masticaba horriblemente su chicle. Dos semanas con ella ¿por qué mejor un tiro en la cabeza para mí? —Dormirás en el sofá. Me miró como si le hubiese vomitado encima de su abrigo. —¡No voy a dormir en ese asqueroso sofá, desde aquí veo las cucarachas! —No tiene cucarachas —sí tenía, pero no en el sofá, cada tanto veía a alguna pasear por aquí como si nada. Abrí la puerta nuevamente —. Duerme en el sofá o lárgate, Rose. —Siempre tan fastidiosa, te pareces a la zorra de tu madre. Sin pensarlo demasiado le propiné una bofetada, sacando lo peor de mí. Rose cayó de espalda contra la pared más cercana, con su mano en la mejilla y con varios mechones en su cabello. —¿Quieres empezar una pelea que no puedas terminar, pedazo de mierda?¡No me hagas echarte a la calle! —le grité, con los nervios de punta. Rose, furiosa, tomó la manija de valija y se fue dando un portazo de muerte. Intenté normalizar mi respiración, pero me fue imposible, tenía la mirada sobre la puerta y mi corazón desembocado. No sabía qué demonios acababa de ocurrir, pero de lo que sí me había dado cuenta es que Rose era mi pesadilla. Faltaba una hora para las diez de la noche, así que ya estaba maquillándome, con la lencería que él me había regalado unos días atrás que estaba en una bolsa que no deseaba abrir. Era color blanco, de tejidos finos y transparente, tenía unas lijas sujetando mis muslos y varios detalles de infarto que irradiaban elegancia. No podía imaginarme a Max eligiendo algo así para mí. Repasé mi labial rojo, poniendo la boca en forma de O. Volví a pasar rímel por mis pestañas y un poco de rubor rosa sobre mis mejillas. Dejé mi cabello corto suelto y no me tomé la molestia de alisarlo, ya que tenía miedo de quemarlo al no tener un protector. Lo añadí a la lista de compras. Me coloqué unos vaqueros azules ajustado, con la idea que marcar bien mi trasero, unas botas negras que me llegaban por debajo de mis rodillas y que tenían una plataforma bastante cómoda (gran decisión cuando las compré) Colocándome una blusa oscura y una campera de jeans clara, tomé mi bolso, lista para salir. A las nueve y cincuenta ya estaba cruzando la calle, e ingresando al lujoso edificio en donde Max vivía. Fui directo a recepción, donde un hombre de cabello castaño y ojos oscuros estaba detrás del mostrador, con la mirada perdida en su monitor. —Hola, tengo una cita con el señor Maxiliano Voelklein pero no sé qué número de apartamento tiene ¿usted podría ayudarme? El joven, que por cierto era muy apuesto, me sonrió tras levantar la mirada hacía mí. —Su apartamento es el número siete B, se encuentra en la planta cinco ¿desea que le avise su presencia? —No, está bien. Con un saludo de mano, sentí como sus ojos se posaron descaradamente sobre mi cuerpo. Le enseñé el dedo del medio para que lo mirara también. Tomé el elevador hasta el piso cinco y un enorme pasillo con luces blancas se hicieron presente ante mí. Las paredes eran de un color salmón y el techo era altísimo. Había varias mesitas con flores y obras de arte colgadas. Había varias puertas, pero la de Max estaba al final del pasillo. Le envié un mensaje en vez de tocar: “estoy ante tu puerta ¿piensas abrirme o cambiaste de idea?” Entonces antes de que apretara Enviar, la puerta se abrió de par en par y lo que salió del apartamento me dejó sin aliento. —Hasta la próxima Max, eres grandioso—lo saludó Rose, dándole un descarado beso cerca de la comisura de sus labios y haciendo puntas de pie para llegar a ellos. Max tenía su mano en la espalda de ella y la otra en la manija de la puerta. En cuanto los dos se dieron cuenta de mi presencia, quise echarme a correr, pero sin embargo me quedé helada. Rose me ignoró completamente, pasando por mi lado tras darme un empujón de hombros y con una amplia sonrisa en la cara, mientras que Max veía como se marchaba. Tuve que obligarme a mí misma a no abrir la boca por la sorpresa que me había encontrado. Múltiples escenas sexuales sobre ellos dos se me cruzaron por la mente. Y eso, aunque quise negarlo, me dolió bastante. ¿Por qué con todas las chicas que seguro estaban en su entorno, debía chocar con Rose? ¿Cómo demonios terminaron en su apartamento? —No te bastó con meterme los dedos a mí, sino que también lo hiciste con mi hermanastra. Grandioso Max, veo que no pierdes el tiempo —se me escapó decir, sin filtro alguno. Abrió los ojos, sorprendido. —¿Qué? ¿Rose es tu hermanastra? Acabo de contratarla como mi nueva secretaria. MAX VOELKLEIN. Horas antes... Aquella tarde fui por un café, volví a tener un receso. Necesitaba despejar mi mente y volver a recrear en mi cabeza aquel encuentro tan intimo con Ada. Aquel instante que se había vuelto un recuerdo seguía vagando por mi cabeza, al borde de querer perderme en ello y no regresar a la estúpida realidad. Me olvido de tantas cosas cuando estoy contigo, Ada Gray. Pido un cortado con unos tostados rellenos y espero el pedido en la barra sentado en una butaca alta. Mirando con desinterés a los clientes, me detengo en una mujer de pelo rojo que está llorando en silencio mientras contempla los autos pasar a través de la vidriera. Está sentada junto a esta y se seca las lágrimas con un pañuelo blanco la comisura de los ojos. Frunzo el ceño. ¿Debería acercarme? Realmente tiene mala pinta. Parece una joven de veintitantos años. Tiene la piel muy pálida y puedo ver desde aquí, desde mi insulso asiento, que ella no pertenece a este mundo. Pero no identifico a qué padre pertenece. Una belleza como ella tiene una explicación. Me bajo de la silla de un salto y me acerco a su mesa. La joven desvía la mirada de la ventana y me mira con el ceño fruncido hasta que finalmente pone los ojos en blanco y chista la lengua. —Estoy harta de cruzarme con hijos de dioses —espeta con desagrado, tomando su taza de café y llevándosela a los labios. Le da un sorbo largo. —Para ser sincero, creo que es la primera vez que me cruzo con uno —me encojo de hombros y tomo asiento. —No deberías juntarte conmigo, lo tenemos prohibido —me advierte, echándose atrás en su silla. —No me iré hasta que no me digas de quién eres hija —me cruzo de brazos. Enarca una ceja y se echa a reír. —El ultimo imbécil que intentó indagarlo terminó con una daga en el ojo. Entonces me inclino sobre la mesa y la miro directo a los ojos. —¿Por qué tu rostro me hace recordar al de Atenea? —le susurro para que nadie nos escuche. Deja de pestañear por un instante. Traga con fuerza y se le inunda los ojos de lagrima. Demonios, romperá en llanto y por mi culpa. —Si se lo dices a alguien me van a matar —me responde con los dientes apretados y su rostro tornándose rojo. —No le contaré a nadie si me dices por qué lloras. Levanta la barbilla con indiferencia y la veo mirar hacia la puerta, dudando si marcharse o quedarse sentada. —Estoy cansada de buscar empleo y de vivir en la calle. Esta vida terrenal es un asco —confiesa con gran pesadez en su voz mientras juguetea con la cuchara dentro de su taza de café—. Mi padre terrenal me ha echado de la casa y vine a visitar a mi hermanastra en busca de un sitio, pero me sacó a las patadas. Ahora no tengo a dónde mierda ir. Me chistan en la barra avisándome que mi pedido está listo y con una señal indico que me lo traigan a la mesa. Vuelvo a mirar a la diosa. —Yo puedo darte empleo si quieres. Ella levanta la vista de golpe con los ojos bien abiertos. —Mi mano derecha, Dany, entrara de vacaciones la semana que viene y necesitaré una secretaria que tome mis recados. Mi familia es dueña de una gran cadena de restaurantes y yo me ocupo de conseguir gente que promocione el sitio entre varias cosas más. —¿Me estás ofreciendo empleo? Si es una broma te echaré el café a la cara, extraño—le tiembla la voz y una sonrisa florece en sus labios pintados de rojo. Le devuelvo la sonrisa. —No hace falta que lo hagas. Tú necesitas trabajar, yo necesito una secretaria.
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