—¡Exijo inmediatamente ver a ese aprovechado que dice ser el futuro rey!—aquellas palabras retumbaron dentro de su cabeza, y desgraciadamente podía sospechar quien era la persona que estaba detrás de la puerta de su despacho. Escuchó a los dos guardas que custodiaban la entrada detener a aquel hombre que tanto le recordaba a su odiosa hija. —Le repito Señor que no puede entrar a este cuarto sin una autorización —afirmó un soldado. —¿Y acaso no sabe quien soy yo?—inquirió el Señor Bourgeois—¡soy un rey! no acepto órdenes de nadie, mucho menos de sirvientes. Escuchar aquellas palabras marcó la única gota que faltaba para llenar el vaso de su paciencia. Con desgana se levantó de su lujoso sillón y abrió las puertas de la sala. Los dos guardas e incluido el Señor Bourgeois se sobr

