1. Charlie
POV CHARLIE
Siempre supe que había algo diferente en mí. No en un sentido especial, como los protagonistas de las películas, sino una sensación constante de que algo dentro de mí necesitaba repararse. Me llamo Charlie, y esta es la historia de cómo encontré mi camino, primero en el amor de mi familia, luego en mí mismo, y cómo decidí volar al otro lado del mundo, a Corea, para empezar de nuevo.
Crecí en una casa donde el amor no era silencioso. Mi madre me abrazaba cada mañana como si quisiera borrar cualquier herida del día anterior. Mis hermanos eran mi caos, mis compañeros de juegos, mis escudos. Y luego estaba él: el hombre que llegó a nuestras vidas cuando yo aún no entendía por qué papá ya no estaba. Al principio le dije “él”… Hoy, sin dudar, digo “papá”.
No fue fácil. Tenía heridas que ni siquiera sabía que cargaba. Silencios que dolían más que los gritos. Recuerdos vagos de noches en que mi madre lloraba a escondidas. Durante años, viví con una armadura invisible. Sonreía, jugaba, pero por dentro, algo en mí estaba hecho pedazos.
Papá, mi papá del alma, nunca intentó reemplazar a nadie. Se sentó a mi lado cuando estaba triste, me llevó a pasear cuando no quería hablar, me esperó. Con el tiempo, me di cuenta de que el amor no siempre viene de donde lo esperas, pero cuando llega de verdad, lo sabes. Él me enseñó a perdonar, incluso antes de saber que necesitaba hacerlo.
En la adolescencia, empecé a escribir. Historias, cartas, pensamientos que nunca leía nadie. Ahí, entre líneas, me di cuenta de que no solo quería sanar, sino crecer. Mi mamá siempre decía que el mundo era grande y yo tenía todo el derecho de explorarlo. Cuando descubrí la cultura coreana, su idioma, su historia, su arte, sentí una chispa. Era un lugar donde podía empezar de nuevo, no para huir de mi pasado, sino para honrarlo.
Mi decisión de irme a estudiar a Corea no fue repentina. Fue una promesa que me hice a mí mismo: si algún día podía ver el mundo con mis propios ojos, lo haría con la fuerza de todo el amor que me dieron. Hoy, mientras preparo mis maletas, no siento miedo. Siento gratitud.
Soy Charlie. Fui un niño roto, pero amado. Hoy soy un joven que, gracias a su familia, eligió sanar. Y ahora, me voy a Corea no para encontrarme, sino para seguir construyéndome.
…
Pasaron los años. Corea se convirtió en mi refugio, en mi laboratorio personal para construir la vida que siempre soñé. Me formé, trabajé, me enamoré y también me rompieron el corazón más veces de las que quiero admitir. Aprendí a cocinar ramen a las tres de la madrugada, a escribir mi nombre en hangeul sin pensar, a vivir en un país que al principio me parecía tan ajeno como la luna. Pero también aprendí algo más profundo: que uno no puede huir eternamente de sí mismo.
Tenía 28 años cuando supe que ya no podía seguir posponiéndolo. Nueva York me esperaba, y con ella, la vida que había dejado en pausa. El puesto de CEO en la empresa familiar, esa silla que me habían estado guardando como quien guarda el sitio de un hijo pródigo, me llamaba desde hacía tiempo. Durante años me escudé en la excusa de seguirme preparando, de necesitar más tiempo. Pero la verdad era otra: no quería enfrentar el peso de las expectativas, ni el eco de una infancia que aún dolía en ciertos rincones del alma.
En Corea, tuve amores intensos, fugaces, apasionados. Algunos me enseñaron ternura, otros me recordaron lo solo que uno puede sentirse incluso en compañía. Pero ninguno logró llenar el vacío que solo puede sanar el hogar. No hablo de una casa ni de una ciudad, hablo de ellos: mi madre, mis hermanos, mi papá.
Volver no fue fácil. Había una parte de mí que temía no encontrar lo mismo, que las risas de antes se hubieran apagado, que el tiempo hubiera borrado los lazos. Pero también sabía que, aunque cambiadas, esas raíces seguían ahí.
Cuando aterricé en Nueva York, el aire me pareció más denso, más lleno de memoria. Caminé por calles que conocía de memoria y sin embargo me resultaban nuevas, había muchas razones para volver: la empresa, mi familia, el deber. Pero en el fondo, el empujón final fue el cumpleaños número 21 de mi hermana. La pequeña. La que solía colarse en mi cuarto para pedirme que le leyera cuentos antes de dormir. La que lloró el día que me fui a Corea y me hizo prometerle que volvería “cuando ella fuera grande”.
Y lo hizo. Creció. Y yo, en algún rincón del mundo, me perdí trece años de sus fiestas escolares, de sus triunfos, de sus días malos. Me dolió más de lo que estoy dispuesto a confesar. Así que cuando mamá me llamó con esa voz suave que solo usa cuando algo le importa de verdad, y me dijo -Charlie, tu hermana cumple veintiuno… y te necesita aquí- No dudé. Reservé el vuelo al día siguiente, pero no se lo dije..
Recuerdo bajarme del avión con el corazón acelerado, como si tuviera diecisiete otra vez. Nueva York no me esperaba con una ovación, pero sí con esa mezcla de caos y magia que nunca pierde.
No le dije a nadie que regresaba. Ni a mamá, ni a papá, ni siquiera a mis hermanos. Mucho menos a ella, a mi querida Valentina, tan linda, tan tierna, tan inocente, siempre fue así..
Después de tantos años fuera, quería que mi regreso fuera algo más que una llegada. Quería que fuera un recuerdo, uno de esos que se graban para siempre, de los que se cuentan en cenas familiares años después, entre risas y copas de vino.
Reservé una habitación en un hotel del centro. Nada lujoso, pero con una vista que me recordaba por qué siempre amé esta ciudad: caótica, ruidosa, viva. Era como volver a entrar en una historia que nunca terminó de escribirse.
La fiesta sería en casa. Un jardín decorado con luces cálidas, amigos, familia, música. Me enteré de todo por mamá, claro, gracias a sus mensajes de voz que aún me enviaba aunque muchas veces no respondía. Ella no lo sabía, pero cada palabra suya era como una cuerda que me ataba a casa, incluso desde el otro lado del mundo.
tomo un taxi para que me lleve al hotel, reserve una habitación para poder dormir un par de horas y poder arreglarme, quiero mantener la sorpresa hasta el momento indicado, llego y me registro para obtener mi llave. Entré al ascensor mirando el suelo, cuando una figura entró a toda velocidad, casi tropezando conmigo. Cerró las puertas de un manotazo, apoyó la espalda contra la pared del ascensor y exhaló con fuerza.
-¿Todo bien?- pregunté, sorprendido.
Me miró con ojos grandes, brillantes, una mezcla entre susto y adrenalina. Era hermosa, con el cabello revuelto y un vestido que claramente no estaba diseñado para correr. En una mano llevaba el celular, en la otra un pequeño bolso que casi se le cae.
-¿Me viste entrar sola?- me preguntó de repente, como si necesitara una coartada.
-Sí... ¿por?-
-Perfecto.. ¡No! mejor olvídalo y.. si alguien pregunta, jamás me viste- Me reí, sin saber si hablaba en serio. Pero ella estaba completamente seria.
—¿Piso? —pregunté, cuando noté que no apretaba ninguno.
—Nueve. ¿Tú?
—Siete.
Asintió. Silencio. Incomodidad. Luego me miró, y por primera vez nuestras miradas se cruzaron ¡Boom! Literal... Como si una corriente me hubiera recorrido el cuerpo.
-No me juzgues- dijo de pronto, con un leve acento extranjero -No suelo hacer esto-
-¿Qué? ¿Subirte a ascensores con desconocidos?- dije divertido
-No. Aparecer en un hotel a las cinco de la mañana con un vestido prestado y olor a tequila- No pude evitar reírme. Ella también. El ascensor se detuvo de golpe, temblando, y se apagaron las luces por un segundo. Una alarma suave sonó. Silencio otra vez.
-¿Es en serio?- murmuró, apoyándose en la pared -lo único que me faltaba- renegó
-tal vez el universo quiere que descanses un rato antes de enfrentar el juicio final-
-¿"El juicio final"?- pregunto enarcando sus cejas perfectas
-Tus padres, ¿no?- dije nervios y tratando de ocultarlo, me miró con una mezcla de sorpresa y resignación.
-Exacto, estoy tratando de entrar al cuarto sin que se den cuenta que pasé la noche fuera.. Si mi mamá me huele el pelo, se acaba mi existencia- dijo ella, volvimos a reír, y en medio del encierro, la confesión, el cansancio y la química, empezamos a hablar. Todo fluía, raro, natural, como si nos conociéramos de antes.
Cuando finalmente nos liberaron y cada uno fue a su piso, no me preguntó el nombre, yo tampoco lo hice, pero sabía que esa cara no se me iba a olvidar.
Horas más tarde, ya duchado y decentemente vestido, no podía sacar esos hermosos ojos azules de mi cabeza, tampoco su dulce voz incluyendo su acento italiano que por alguna extraña razón, hacia que "mi amigo" reaccionara más de la cuenta.. baje con la esperanza de verla de nuevo, que por casualidades de la vida me la topara otra vez, pero no fue así, resignado tome un taxi y me fui directo a la casa de mis padres, la emoción de ver a mi familia reunida después de tantos años empezó a ganar terreno en mi interior, llegue y me quedé un par de minutos viendo la entrada de la casa que fue testigo de mi felicidad los últimos años que estuve aquí.. fue un regalo de mi papá a mi mamá meses después de que naciera Roque..
Volver a casa después de tantos años se sentía como entrar en una película antigua: la misma escenografía, pero todos los actores habían envejecido un poco. Empujé la puerta sin avisar.
-¡Sorpresa!- grité, con una sonrisa.
El silencio fue inmediato, como si alguien hubiera cortado el hilo de una película. Mi mamá se quedó con los ojos llenos de lágrimas. Mi papá dejó caer una copa al suelo. Y mi hermana se me tiró encima, entre risas y reproches.
-¡Pensé que no vendrías!- me dijo
-Eso creías- respondí mientras la sostenía en peso, abrazandola como si mi vida dependiera de ello, luego vinieron los saludos..
-Te ves más flaco- dijo la voz de mi madre, suave, detrás de mí, sonreí sin girarme.
-O tú me ves con ojos de mamá- Ella se rió bajito y me rodeó con los brazos.
-Pensé que no ibas a venir, Charlie- dijo conteniendo el llanto
-Yo también lo pensé. Pero... los años pasan... Y pensé que si no venía ahora, iba a arrepentirme-
Mi padre apareció junto a nosotros. Se quedó un momento en silencio, observándome. Siempre fue más reservado con las palabras.
-Tu cuarto sigue igual —dijo al fin.
-¿En serio?- le dije sonriendo
-No. Tu madre lo convirtió en una especie de museo- Ella soltó una risita entre lágrimas.
-Solo algunas fotos. Y la camiseta que dejaste antes de irte- dijo mamá. Hubo un silencio más largo. No incómodo, sino lleno. Como si las cosas que no se dijeron en años se estuvieran diciendo en ese silencio.
-Nos hiciste falta, hijo- dijo mi padre, bajando un poco la voz, Tragué saliva.
-Lo sé. Ustedes a mí también- respondí. Mi madre me apretó un poco más fuerte.
-Bueno, ahora estás aquí. Y eso es lo único que importa- dijo mi padre y me abrazó por fin, estaba disfrutando mucho el momento
-¡¿dónde está mi hombrecito?!- hasta que escuché el grito de mi tía Stef, abrí mis ojos desmesuradamente, que ellos estuvieran aquí era una sorpresa, pero para mí, la busque con la mirada, avance sin mirar hacia donde, solo seguía su voz
-¡Calma mujer!- ese era mi tío Oliver
-¡tia!- grite al encontrarla en medio de la sala con Valentina
-¡dios mío! Has crecido tanto ¡ven aquí!- abrió sus brazos para abrazarme y no dude en ir hacia ellos, estuve esperando este momento por tantos años.. no sé por qué tardé tanto en regresar, me separé de ella para saludar al tío y luego buscaba con la mirada a Beatrice, ya no creo que sea tan pequeña, las ganas de verla se incrementaban. Hasta que, en medio de todo, escuché una voz familiar.
-¡perdón por llegar tarde! Roque maneja peor que mi abuelo- giré, era ella, la chica del elevador..Vestido claro, bolso en mano, la misma sonrisa tranquila, nos miramos como si el ascensor aún estuviera atascado
-Apuesto a qué no la reconoces...- dijo mi tía -¡Es Bea cariño!- ella abrió sus ojos, sorprendida, acalorada
-¿Charlie?- preguntó al aire -No lo puedo creer..- dijo en un hilo de voz, yo me quedé paralizado, pensando en lo tonto que fui al pensar en ella de otra forma que no fuera como... Mi prima... Se acercó a paso lento y nos saludamos, pero muy apenas, ambos tratando de marcar una distancia prudente entre los dos..
-¡carajo hermano! Pensé que iba a morir sin verte..- interrumpió oportunamente Roque, yo aproveché para separarme aún más de Bea, abracé a mi hermanito...
Regresé a casa sin saber que esa noche.. iba a cambiar mi vida para siempre...