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1756 Palabras
Roos Estábamos sentados en la mesa comiendo. Yo, que antes tenía mucha hambre, de repente se me había quitado; debía ser por las emociones, por ese bucle de sentimientos y pensamientos. Estaba claro que lo que sentía por Alex acababa con todas mis defensas. Jamás había tenido sexo sin preservativo y debo confesar que, desde el principio, me di cuenta de que él no se lo había puesto, pero en ese momento mi cabeza no estaba hecha para pensar. Le dije que no habría ningún problema, pero no era cierto: yo no estaba tomando nada para evitar un bebé y, además, nadie —y mucho menos Alex— estaba exento de contraer ETS. Esperaba que no fuera mi caso. Todas las que habíamos estado a su alrededor sabíamos que Alex era un "baja bragas", que nunca se había resistido a ninguna mujer y que todas andaban detrás de él. —¿En qué piensas? —preguntó llevándose la copa de vino a la boca. —En todo esto, Alex —respondí—, en que se nos está saliendo de las manos y debemos parar. —¿Parar qué, Roos? ¿Esto que estamos sintiendo? ¿Ordenarle al cerebro que deje de pensar? ¿A nuestros corazones que dejen de latir? ¿A nuestros cuerpos que no ansíen tocarse? ¿Dejar de estar juntos porque las cosas se nos están saliendo de las manos? No te creí tan insegura. —No es inseguridad, Alex —repliqué—, es realidad; es saber que no tenemos futuro. Nos hemos acostado, de acuerdo, el sexo entre los dos ha sido una pasada, vale, pero solo tenemos eso. Recuerda que soy esa... —Ya deja de esconderte en el pasado, Roos —dijo, inclinándose hacia adelante y moviendo las manos con vehemencia—, y en lo que dijo un niño de trece o catorce años, que quizás no era lo que en realidad pensaba. —hizo un gesto con los dedos, como si deshiciera algo en el aire—. Los niños dicen cualquier cosa porque lo piensan en ese momento y pueden tener sentimientos muy volubles. —Apoyó la palma de la mano sobre la mesa y me señaló con la otra—. La realidad es lo que estamos pensando y empezando a sentir ahora, lo que estamos haciendo en este momento. —Alex, pero… —Si vivimos recordando el pasado nunca podremos ser felices ni ver lo que nos puede traer este presente, y quién sabe, un futuro. Ya sé que tienes mucho rencor, ya sé que nuestro inicio no fue el mejor, pero nunca te he olvidado; de hecho, se me olvidó cómo hacerlo. De la manera que haya sido, tú siempre has estado en mi vida: odiándonos, mirándonos de lejos, cuidándote, viendo cómo pasan los años y con ellos la mujer en la que te has convertido. —Es mucho mas que eso Alex. —refuté intentado ser coherente. —Roos, los árboles cambian de hojas con cada estación, pero su raíz siempre es la misma; al contrario, con el pasar de los años esta se hace más fuerte. Intentemos ser esa raíz y dejemos que las hojas sigan su ciclo. —¿A dónde quieres llegar, Alex? —pregunté con lágrimas en los ojos. —A ninguna parte, porque ya estamos en ese lugar: estamos aquí, los dos juntos. Hemos hecho el amor y no me vas a decir que no ha sido una sintonía alucinante. Solo quiero que continuemos, que nos conozcamos; es lo que hacen todas las parejas cuando se atraen. —¿Cómo amigos? —pregunté confundida. — Es una paradoja, nos conocemos desde siempre, —Eso ya lo somos. Propongo una relación de pareja con derecho, sin engaños, sin terceras personas. —¿En serio crees que serás capaz de estar solo conmigo? Tu historial dice lo contrario, Alex. —Es lo que quiero, Roos —dijo—. Y cuando un hombre no tiene pareja puede acostarse con quien surja, así que no me voy a justificar; lo que debes hacer es mirar lo que pasa a partir de ahora. —Podemos intentarlo a ver qué pasa; quiero ver cuánto tardas en cambiar de braga —dije levantándome y empezando a llevar los platos al fregadero. Él hizo lo mismo. —De momento la braga solo quiero bajártela a ti —respondió, tendiendo la mano y empezando a buscarla, comprobando que me la había puesto rota; era mejor que nada. —Se te da muy bien eso de bajarlas —afirmé mirándolo, a lo que él respondió llevándome a la encimera de la cocina. Apartó todo lo que había en ella y, sin esfuerzo, me sentó. Ahora ya sé para lo que vale un cuerpo macarra hecho a base de trabajo de campo. —No sé si me da bien —contestó —. Lo que sí estoy seguro es que se me da mejor que subirlas. —dijo sosteniendo lo que quedaba de mi braga en las manos como si fuera un trofeo. —Ya estás tardando en seguir con esta amistad con derecho de exclusividad —pedí, burlona; fue una burla contenida, una forma de disimular lo que estaba sintiendo en ese momento. Era un sentimiento que, aunque no fuera nuevo, me atrapaba; me hacía vibrar, me quemaba por dentro y, cada vez que lo tenía cerca o lejos, quería más de él, de ese chico que desde que éramos niños despertó en mí un aquelarre embrujado. Así habíamos pasado todo el día, en su piso del barrio de Plantage —un barrio tranquilo y lleno de sitios interesantes para el turista que quería conocerlo—. Allí se encontraba la edificación De Burcht con su museo de los sindicatos, también el Hortus Botanicus y el teatro Hollandsche Schouwburg. El piso era propiedad de su familia y, por lo que había escuchado, en un principio había sido el nido de amor de sus padres, hasta que decidieron estar juntos para siempre y reformar la casa de campo donde habían vivido toda su vida. Antes lo tenían para cuando querían quedarse en la ciudad, pero me contaron que, después de que Alex empezó la universidad, se lo dejaron a él; así que no quise pensar en las mujeres que habían desfilado por allí; preferí concentrarme en el aquí y el ahora y, por supuesto, el ahora era yo. Sabía que los dos habíamos hecho nuestra vida, cada cual a su manera. Al igual que por su vida habían pasado mujeres, por la mía también habían pasado chicos. Nunca había tenido una relación seria, pero sí me lo había pasado bien. Vivíamos en la ciudad del desenfreno, en una ciudad donde no había límites; no por eso me había prostituido ni me había exhibido como un maniquí tras un escaparate del Barrio Rojo, pero el sexo nunca había sido un condicionante en mi vida. Siempre había pensado que había que vivirlo libremente y más cuando no estás enamorada; que el límite lo debían poner los sentimientos, no una sociedad que, hagas lo que hagas, siempre te juzga. Ella no debe decirte a quién amar, cómo, ni de qué manera; eso debe decidirlo lo que sientes y cómo lo sientes. Siempre supe que por Alex había sentido más que un simple sentimiento; yo diría que fue un volcán en constante erupción, un volcán que, con el paso de los años, llegó a emerger como magma. Todo eso hacía tiempo que lo asumí e incluso asumí que, con otros besos, otros brazos, nunca iba a ser capaz de olvidarlo, porque nunca aprendí cómo hacerlo. Allí estaba, intentando empezar algo que no sabía lo que era ni hasta dónde llegaría, pero alguien dijo que hay que hacerlo hasta que lo imposible se vuelva posible. —Roos, sé lo que haces, pero quiero que sepas que estamos juntos en esto, que yo quiero que estemos juntos —dijo adivinando mis pensamientos. —¿Y qué hago? —pregunté mirándolo. estábamos tirados en la cama; ya era casi de noche. El día siguiente era lunes y teníamos que volver a la Uní: yo a terminar mi carrera de diseño, que me quedaban un par de meses, y él a terminar el máster. —Pensar —respondió, soltando un suspiro y entrelazando sus dedos con los míos un instante—, pero quiero que sepas que esto es real; los dos debemos hacer que sea real. Mira: hemos estado juntos y aún estamos vivos; eso debería decirte algo. —Pero solo porque ya no somos aquellos niños; el tiempo se ha encargado de hacernos personas más juiciosas, más pensantes —repliqué, burlona—. Ha sido un día único, pero la realidad nos acecha; mañana en la Uní será nuestra prueba de fuego. —No hay ninguna prueba, Roos —dijo negando con la cabeza, acercándose—. Dejemos que el tiempo corra; ya verás cómo el puto destino se encarga de seguirnos juntando. Eso hará que te des cuenta de que esto es de verdad. —Verdad o mentira, la realidad es que estamos aquí, que somos dos personas jóvenes, que los dos albergamos un sentimiento el uno por el otro. No le pongamos nombre; aún es muy pronto. Lo único que debe valer es eso y que ahora tengo unas ganas locas de que me hagas el amor, como anoche, como hoy. —Y si no me equivoco y pongo mucho empeño, querrás que te lo haga como siempre, porque eso eres para mí, Roos: mi para siempre. No importa que esto no tenga nombre; lo importante es lo que estamos sintiendo, y yo ahora mismo siento un para siempre —dijo, empezando a besarme con ternura y ganas. —Me dejo; dejo que me ames porque es el único lugar donde quiero estar. —el mañana podría ser una oportunidad para fortalecer este sentimiento o simplemente podría tratarse de una ilusión que se disipase con el tiempo, dejando que los acontecimientos siguieran su curso. Pero de lo que sí estaba segura era de que, pasase lo que pasase, siempre nos quedaría este momento. —De momento me conformo con un ahora; el para siempre lo dejamos en el aire —contesté a media voz, porque al final los sentimientos son alimentados por nuestro propio juicio. Se introdujo despacio, sin premura, sin prisa, como si creyese que teníamos toda la vida. Yo también quise pensar que la teníamos; después de todo, podía ser fascinante si la mirábamos desde el objetivo correcto.
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