Alexander
De repente sentí miedo, miedo de lo que esa mujer me hacía sentir. Cuando tenía mi cabeza entre sus piernas y mi boca en su punto más sensible, solo quería beberla toda, que no quedara nada para nadie más. Y sentir esa posesión me asustó, aunque lo disimulé e intenté actuar con naturalidad, esperando ver de qué era capaz la pequeña Roos… que, como ella misma dijo, ya no era tan pequeña.
Me fui quitando la ropa con su ayuda. La noche anterior nos habíamos visto desnudos, pero no era lo mismo a oscuras que a plena luz del día. Ella se quedó mirándome.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunté para relajar el ambiente.
—Debo confesar que antes me gustaba… pero ahora… —hizo una pausa.
—¿Ahora ya no te gusto? —inquirí incómodo.
—Ahora me gustas más. Me encantas, Alex. Siempre ha sido así —confesó.
—¿A qué esperas, entonces? Todo tuyo. —respondí con alivio y una pose desenfadada.
A partir de ahí, las palabras se deshicieron. Solo quedaron los jadeos, las risas nerviosas, el roce de nuestras pieles. Lo que empezó como un juego ligero se transformó en algo más profundo, más íntimo, más revelador de lo que nunca habíamos admitido.
Ese día tomamos conciencia de lo que éramos, de cómo encajábamos, de todo el tiempo perdido fingiendo ser quienes no éramos. Siempre me excusé diciendo que la cuidaba por ser hija de quienes era, por haberla visto crecer… pero no. La verdad era otra: Roos siempre estuvo en mi vida porque sí, porque ese era nuestro destino, estar juntos.
Por eso me consumía cada vez que alguien se le acercaba. Por eso me hervía la sangre con cada ligue suyo. Nunca quise reconocerlo, hasta ese momento.
La miré después, dormida en mi cama, con el pelo extendido sobre la almohada. Era hermosa, sí, pero lo que me tenía perdido no era su cuerpo perfecto, sino su esencia. Quizás desde niños lo había sentido y solo ahora lo entendía.
—¿Cuánto llevas mirándome las tetas? —preguntó de pronto, sacándome de mis pensamientos.
—Mucho. Quería tocarlas, pero no quería despertarte —contesté con una voz que no reconocí.
Ella tomó mi mano y la llevó a su pecho. La dejé allí, quieta, sin atreverme a moverla.
—Tócalas. Son tuyas ahora.
—Yo pensaba en otro tipo de tocamiento… con la lengua, quizás.
—Eso no sería tocar, sería lamer.
—Lamer tu piel, lamerte el alma… —murmuré.
—El secreto está en saber usar la lengua —respondió ella, justo cuando empecé a recorrerla con besos y caricias.
Y volvimos a empezar. Esta vez fue distinto: más lento, más consciente, con un miedo nuevo, el miedo de volverme adicto a algo que no sabía si podría conservar.
Después, agotados, quedamos tendidos en la cama. Ella fue la primera en hablar:
—Creo que debemos pedir comida. Llevamos toda la mañana aquí y no me has alimentado.
—Ya me preguntaba si solo me querías por el sexo. No me quejaría, pero con la tripa llena, mejor aún —respondí entre risas.
Decidimos pedir de todo, imitando las voces de nuestras madres recordamos las veces que nos insistieron en probar cualquier cosa.
“No puedes decir que no te gusta si no lo has probado Alexander”
“Roos debes comer de todo, no sabes lo que pasará mañana”
Reímos como dos adolescentes. Por un momento todo fue sencillo.
Ella se levantó desnuda hacia el baño y me pidió su ropa interior. Yo la encontré en el bolsillo de mi vaquero, rota, y la llevé a la nariz. No era un fetiche, no era una manía; era simplemente que todo lo suyo me parecía embriagador.
No tardé en seguirla a la ducha. El agua resbalaba por su piel y yo no resistí. La abracé por detrás, besando su cuello.
—He ido a por tu ropa, pero ya no sirve… lo que sí sirve es esto, estar aquí contigo —susurré.
Ella apoyó las manos en la pared y nos dejamos llevar una vez más, rápidos, intensos, antes de que la comida llegara. Cuando terminamos, exhaustos, comprendimos que lo que teníamos pendiente ya no era físico, sino esa conversación que definiría lo que vendría después.
—Perdón… creo que he sido un poco brusco. —dije arrepentido dejándome caer al suelo de la bañera.
—No, no lo ha sido, me ha encantado, pero… lo hemos hecho sin preservativo, no creo que haya algún problema, pero debemos usarlo Alex.
—Lo sé, perdón, me dejé llevar.
Jamás había hecho el amor sin preservativo y lo más extraño de todo fue que, cuando tenía mi amiguito dentro de ella, sentía que era lo más normal del mundo, como si ese lugar hubiese estado destinado solo para mí. En ningún momento me arrepentí de no usarlo; al contrario, resultaba natural, como si lo hubiera hecho siempre. No sé cómo explicarlo, pero me sentí en casa, en un lugar donde nadie podría hacerme daño.
Escuché el timbre del portal y salí de la ducha. Busqué mi vaquero y me lo puse a toda prisa. Cuando el repartidor llegó arriba, ya estaba en la puerta con la tarjeta en la mano, mientras Roos se encontraba en la cocina poniendo la mesa.