Roos
Me acababa de levantar hecha polvo; no sabía si había dormido mal por pensar en todo lo ocurrido o por tener una compañía inusual en mi cama: mi hermanito. Busqué el teléfono y lo encendí; era hora de ver cómo seguía girando el mundo y, sí, había seguido girando, porque tenía un montón de llamadas perdidas de… ¿Alex? Siendo sincera, no sabía qué mosca le había picado. Habíamos dejado que las emociones fluyeran y habíamos hecho el amor; las emociones habían quedado encauzadas porque los dos elegimos estar ahí. Pero no era tonta: era consciente de que todo fue la exaltación del momento, las copas y lo que había pasado antes con Brandon. No siempre puede venir nuestro príncipe azul a rescatarnos; bueno, lo de príncipe es un decir, porque Alex tenía más de diablo que de príncipe.
Me duché y decidí acompañar a mis padres al desayuno. Mi padre no trabajaba ese día —era lo que tenía trabajar en una estación tan importante, el enlace de Ámsterdam con el resto de Europa—. Me vestí y salí de la habitación, dejando a mi hermano roncando. Cuando vi quién estaba sentado en la mesa, tomando café con mis padres, no lo creí: tuve que cerrar los ojos y volverlos a abrir un millón de veces.
—Buenos días, cariño, ¡mira quién ha venido a visitarnos! —saludó mi madre.
—Buenos días, madre, padre. ¡Hola, Alex! —contesté con una voz que no reconocía; no era raro que Alex viniera, nos visitaba a veces, pero no después de lo de la noche anterior; no me lo esperaba.
—¡Hola, Roos! Es sábado y pensé en venir e invitarte a tomar algo fuera.
—Alex… —murmuré.
—Ve, hija, Alex se ha tomado la molestia de venir a invitarte a salir; como él dice, es sábado y no tienes nada que hacer.
—Vale, mamá, entonces desayuno fuera —respondí—. Espera, voy a por el bolso.
—¡Vamos! —lo invité al salir de la habitación. Nos despedimos de mis padres y salimos a un lugar desconocido para mí.
Bajamos el ascensor en silencio; no nos dirigimos la palabra. Aquella sonrisa pícara se había esfumado; en su lugar tenía una cara de enfado, que me hizo dudar haber salido de casa.
—En vista de que anoche te escapaste como una cobarde y no te quedaste hasta el final, y de que tampoco atendiste mis llamadas, creo que deberíamos volver al mismo lugar. Tenemos que hablar y, por el enfado que tengo, ese es el mejor sitio —dijo mirándome con dos pares de ojos que echaban chispas mientras nos acomodábamos en su coche.
—Alex… no entiendo tu enfado —respondí, abrochándome el cinturón—. Solo nos acostamos, tuvimos sexo y ya está.
—Muy bien. Lo lamento; de verdad que lamento que solo haya sido un semental para satisfacerte… —empezó él.
—No me insultes. —le corté.
—No te preocupes, ya te encargas tú sola de hacerlo. Con escuchar lo que acabas de decir basta.
—Mira, creo que debemos dejarlo aquí. Ha sido un error pensar que podíamos hablar y arreglarlo —dije resignada.
—Ese precisamente ha sido nuestro problema siempre, Roos: no hablar, no arreglarlo, no decir lo que pensamos, como cuando éramos unos críos y tú me lo decías todo —dijo él—. Yo me guardaba la mayoría de las cosas que pensaba para no verte llorar; no me gustaba verte llorar, y reconoce que tú llorabas por cualquier cosa…
—Alex… —dije, mirándolo con la voz quebrada. Él me quitó el cinturón y me llevó a sus brazos. Nos miramos; nos dijimos con la mirada palabras que no salían de la boca pero que estaban en la cabeza, incapaces de articularse.
—Roos, debemos ceder —susurró, apoyando la cabeza en mi cuello —. Si queremos sentirnos como anoche, ambos debemos ceder y hablar; dejar salir todo esto que llevamos dentro y que no nos deja respirar.
—De acuerdo —respondí con voz ronca, volviendo al asiento. Debo reconocer que anhelaba ese beso que no llegó; tenerlo cerca y poder tocarlo era más de lo que había imaginado tantos años.
—Vamos al apartamento; allí podemos hablar tranquilos —pidió, mientras aceleraba el todoterreno con prisa.
Llegamos enseguida; cuando levanté la cabeza ya estábamos en la entrada de la finca. No me había dado cuenta, seguía mirándolo con un nudo en la garganta que me impedía decir mucho. Quizá, cuando llegáramos, podría soltarlo todo sin sentir miles de caballos desbocados en el pecho. O quizá solo querríamos estar juntos, decirnos todo o no decir nada. Tal vez la realidad estuviera en una sonrisa que arregla un problema o en un silencio que lo evita. Intentaría ser las dos cosas.
Subimos al piso; en todo el camino él no intentó tocarme y yo tampoco percibí si quería que lo hiciera. Ese margen de tiempo me hizo preguntarme qué veníamos a hacer aquí: Alex y yo no teníamos un futuro claro. Aunque había pasado algo entre nosotros —y había sido el mejor sexo que había tenido hasta entonces— no debía hacerme ilusiones.
—Roos, solo quiero que empecemos de nuevo, que… —dijo él.
—Alex… es que no tenemos nada que empezar de nuevo, porque en realidad nunca hemos empezado —respondí convencida.
—¿Y lo que pasó entre los dos qué? —insistió.
—Lo que pasó entre los dos fue lo que queríamos en ese momento. Puedes echarle la culpa al alcohol, a la situación, pero tú y yo somos agua y aceite, Alex. —le dije con firmeza.
—Yo no lo creo, Roos —replicó tomando mis manos—. Ahora mismo tengo unas ganas locas de besarte y de perderme en ti, que no quede lugar para el tiempo ni para la distancia.
—Alex… ¿tú de verdad crees que puede haber algo entre nosotros? ¿Que no me seguirás viendo como siempre lo has hecho? —pregunté con miedo.
—¿Y cómo lo he hecho? —me devolvió con otra pregunta—. Siempre te he tenido cerca, pero inalcanzable. Me acabo de dar cuenta de que a tu lado puedo encontrar la luz… No tengo palabras para describir cómo me sentí contigo. Puedes pensar que fue sexo, pero lo nuestro fue otra cosa.
Me miró y alzó mi barbilla con suavidad; en sus ojos leí la misma confusión y el mismo deseo que yo guardaba dentro. De repente nos besamos como si no hubiera mañana, como si ese beso fuera a decirnos todo lo que las palabras no lograban. Me dejé llevar; dejé salir a esa chica que había soñado con un amor bonito, sin tantas complicaciones. Quizá aún había esperanza para nosotros.
—Perdón —murmuró él entre besos—. Mi primer propósito era hablar, pero creo que eso lo haremos después, cuando nuestros cuerpos ya no sean desconocidos el uno para el otro. Siento que esto nos va a unir de una forma que no podré explicar.
Lo escuché y noté que sentía lo mismo. Me llamé a mí misma cobarde por haber dudado.
—Alex… —lo llamé sin saber bien qué decir.
—¿Qué quieres, Roos? Estoy aquí y no pienso ir a ninguna parte. —respondió—. Esto es real.
—Quiero esto —le dije—. Quiero estar contigo, quiero que me quieras, quiero arriesgarme. Que sea de verdad.
—Lo es, Roos. Es de verdad. —suspiró y volvió a besarme.
Sus manos fueron explorando con cuidado; sus gestos eran a la vez urgentes y protectores. Me desabrochó la camiseta con delicadeza, me rozó, me sostuvo; su atención sobre mí era reverente y feroz al mismo tiempo. Yo sentí cómo todo mi cuerpo se activaba, cómo se encendían sentimientos que había mantenido dormidos.
—Bájame la braga —susurré con la voz temblando, porque era lo que quería: entregarme y calmar el torbellino de deseo que llevaba dentro.
En vez de bajarlas, la retiró con un gesto impulsivo, casi infantil, y la guardó sin darle importancia. Abrió mis piernas con cuidado y volvió a cubrirme con su boca y sus manos, no para hacer una exhibición, sino para decirme sin palabras que me deseaba con toda la intensidad posible.
—Me vuelves loco, Roos —dijo mientras me miraba.
Sentí vergüenza y al mismo tiempo una extraña liberación. Sus manos y su boca supieron llevarme donde mi cerebro no alcanzaba; con cada movimiento fui perdiendo el control hasta que un orgasmo me atravesó y me dejó exhausta y llorosa de placer.
—¡Dios! —exclamé entre jadeos.
—Alucinante —respondió él—. Ver cómo te derramas es algo que no olvidaré. Verte así… ver como la pequeña Roos se vuelve escarcha en mis manos.
—De pequeña nada —le advertí con media sonrisa—. Solo soy Roos. Y si te quitas la ropa te lo puedo demostrar.
Nos reímos, abrazados, recuperando poco a poco la respiración y un orden nuevo entre nosotros: había deseo, sí, pero también una promesa que todavía necesitaba palabras para convertirse en algo real.