(7)

1597 Palabras
Alexander Desperté con una sensación extraña en el cuerpo, un vacío difícil de describir. Recordaba todo lo que había pasado, lo que habíamos hecho, cómo me había sentido; como jamás con ninguna otra mujer. Habíamos hecho el amor, sí, eso fue: hacer el amor. Me había perdido en el fondo de sus ojos y ella en los míos, hasta que me quedé dormido. Pero al abrir los ojos, estaba solo. Ella se había marchado sin que me diera cuenta, sin una palabra, sin una explicación. No era tarde, apenas habían pasado un par de horas. ¿Por qué se fue sin avisar? Quizá se había arrepentido. Yo no lo estaba; para mí, estar con Roos había sido una de las mejores cosas de mi vida. Busqué el móvil para llamarla, pero lo tenía apagado. Eso solo podía significar que no quería hablar conmigo, que tal vez solo había querido probar y me usó. Pero yo no era un hombre de quedarme llorando en los rincones. La fiesta seguía en marcha y decidí volver. ¿Roos? Que se vaya a freír espárragos. —¡Alex, qué alegría! Has vuelto —saludó una Meg alegre y borracha. Me arrepentí de inmediato de haber regresado, porque escuchar su voz me incomodaba. —Alex… —intervino Brandon—. Disculpa lo de antes, seguimos siendo amigos, y no quiero… —Lo que debes entender, Brandon —lo interrumpí mirándolo a la cara—, es que cuando una mujer dice “no”, es “no”. Solo hay una forma de que diga “sí”, y es pronunciando la palabra. Todo lo demás es “no”. —Pero ella… —Ella claramente te estaba diciendo que no, y algún día tendrás un problema serio si no lo entiendes. —Yo… es que tampoco vi que se negara —dijo Meg, metiéndose en la conversación—. Más bien los vi muy compenetrados. —Creo que no debí volver —dije dándome la vuelta para marcharme. —Lo siento, Alex, quédate, por favor. Ahora que Roos no está, podrás relajarte —pidió Meg con cara de pena. —Te prometo pedir disculpas cuando la vea —expresó Brandon—. Vamos, tomemos una copa. Acepté. Pero no fue una, ni dos, ni tres. Perdí la cuenta. Cada vez que pensaba en Roos, en lo que habíamos vivido y en cómo me había dejado, bebía un trago más. Tanto, que desperté en una cama desconocida… con Meg desnuda a mi lado. —j***r… j***r… —me llevé las manos a la cabeza. —Alex… —llamó tocándome la cadera. Yo reaccioné apartándome—. Gracias por la mejor noche de mi vida —dijo sonriendo. —Meg… tendrás que disculparme, pero no recuerdo nada. Me sabe mal decírtelo, pero no sé cómo llegué hasta aquí. —contesté con cara de circunstancias. —Caminando, Alex. —respondió con tono cambiante—. Y te prometo que ibas muy animado a mi lado. Lo que hicimos en esta cama puede tener muchos nombres, menos dormir. —Lo siento, Meg, de verdad. —repliqué mientras me levantaba y buscaba mi ropa por toda la habitación—. ¿Dónde cojones están mis calzones? Me vestí como pude y salí de la casa arrepentido, con un dolor de cabeza abismal y la certeza de que había hecho algo de lo que no tenía memoria. —¡Eres un imbécil, Alex! ¿A qué diablos volviste a casa de Meg? —me recriminé, furioso conmigo mismo. No recordaba cómo había llegado a esa situación. Solo quería un par de copas para sacarme la espina de esa que se había ido después del mejor sexo de mi vida. Nunca fue mi intención acostarme con Meg, ni dormir en su cama. Ella no me gustaba. Imbécil, eso es lo que soy. Lo peor de todo era que no recordaba nada. —j***r… j***r… —murmuré. Salí de casa de Meg y busqué mi coche para dirigirme al campo. Quería terminar lo que quedaba del sábado en casa, rodeado de los míos y, de ser posible, olvidar la segunda parte de la noche. Esa en la que no recordaba nada. Porque la primera no, esa seguía muy clara en mi cerebro: hacer el amor con Roos había sido lo mejor que había hecho en mi vida. Recordaba cómo me sentí, cómo nos sentimos. Ella estaba tan entregada como yo, eso no podía negarlo nadie. Pero después se fue, y yo no supe qué me pasó. ¿Cómo demonios terminé de nuevo en casa de Meg? ¿Y durmiendo en su cama? Ella decía que habíamos hecho algo más que dormir, pero yo no recordaba nada. Eso me descolocaba. Cuando llegué a casa, todos estaban en pijama desayunando. Era fin de semana y mis padres se relajaban; era un día para no hacer nada. —¡Hijo! Ven, siéntate y desayuna con nosotros —pidió mi madre al verme entrar—. Qué cara tienes, parece que anoche te lo pasaste bien… o mal, diría yo. —A medias, madre. ¡Buenos días! —Buenos días, hijo —saludó mi padre, levantando su taza de café—. ¿Qué tal la noche? ¿Algo que debamos saber? —Nada, padre. Solo fue una fiesta en casa de Meg —contesté mientras me sentaba y me servía café. —¡Y no me quiso llevar, papá! Qué asco de hermano tengo. —se quejó Amina. —No apresures el tiempo, hija. Ya llegará tu momento. Lo único que tienes que hacer es esperar. —Eso le dije, padre —añadí—. Además, las fiestas en casa de Meg no son para llevar a mi hermana. —¡Que tengo dieciséis, hermanito! —respondió burlona. —Cuando yo tenía esa edad aún estaba en casa —dijo mi madre—. Haz caso: hay años que hacen preguntas y años que dan respuestas. Todo a su tiempo. —Mamá, pero si tú me has dicho que con veintidós años viniste sola desde Rusia hasta aquí con una mochila. —Si mal no recuerdo, también te conté los motivos, hija. Pero gracias a Dios encontré a tu padre. Otras no pueden decir lo mismo. —Nos encontramos los dos, cariño —corrigió mi padre, levantándose para besarla—. Yo también la necesitaba y aún la necesito. —Ya empiezan estos dos —dijo Amina, acostumbrada a las muestras de cariño de nuestros padres. —Yo aspiro a que encuentres un amor, hija. Si no como el nuestro, al menos parecido —respondió mamá, mirándola con ternura. —No tengo ninguna duda de que quiero encontrar ese amor —intervine con una sonrisa enigmática. —Quizás ya lo tienes, hijo —dijo mi padre—. Solo falta que te des cuenta. —Papá, ¿cómo supiste que mamá era el amor de tu vida? —pregunté curioso. —Solo la miré —respondió con serenidad—. Reconozco que las cosas no fueron fáciles, pero cuando hay amor todo es posible. Debemos ser pacientes y tener la templanza de esperar lo bueno y apartarnos de lo malo. Con ese pensamiento se construye lo que tu madre y yo hemos construido. —Pero mamá siempre dice que nadie apostaba por vosotros… —Así fue, hijo —respondió ella—. Pero lo importante es lo que tu padre acaba de decir. Un deseo no cambia nada, pero una buena decisión tomada en el momento justo lo cambia todo. Nosotros teníamos claro que no podíamos estar separados y que queríamos un proyecto en común. Y vosotros habéis sido nuestro mejor proyecto. —Los amo, padres —dije levantándome—. Gracias por decir siempre las palabras indicadas en el momento indicado. Me fui directo a por ese proyecto. Quería que Roos me dijera a la cara que lo que vivimos la noche anterior no significó nada para ella. —¡Alex! Llévame contigo, no quiero quedarme aquí —gritó Amina. —No, espera el tiempo indicado para buscar tu propio proyecto, hermanita. Aún te falta mucho —respondí sin darme la vuelta. —¡Aburrido! ¡Que ya soy mayor! —alcancé a escuchar antes de cerrar la puerta. Entré en el coche y marqué de nuevo el número de Roos. Su teléfono seguía apagado, así que no me quedó otra que ir a su casa. Para sus padres no sería sorpresa, pero para ella sí. Nunca había hecho lo que estaba a punto de hacer: pedir una explicación. Entre Roos y yo siempre hubo un tira y afloja que, de algún modo, tarde o temprano tenía que terminar. Y terminó con los dos en una cama. Pero ella se escapó sin darme una puta explicación. Porque, siendo coherente, ambos sabíamos que la animadversión que sentíamos iba a desembocar en algo. No en vano había estado pendiente de ella todos estos años: de a quién veía, con quién se acostaba, a quién besaba. No en vano mi cuerpo reaccionaba con rabia cada vez que la imaginaba con otro. No en vano le puse zancadillas a Brandon para que no la enamorara. Porque, en el fondo, siempre pensé que era mía. Que siempre lo había sido. Lo más grande de todo era darme cuenta, demasiado tarde, del imbécil que había sido. Llevaba años buscando algo que ya tenía. Cuánta razón tenía mi madre cuando dijo que un deseo no cambia nada, pero una buena decisión, tomada en el momento indicado, lo cambia todo. Ojalá este fuera el momento.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR