El sonido de su respiración llenaba el estudio. Selene, sentada sobre el escritorio, con el pecho descubierto, los muslos ligeramente separados y la piel encendida, lo miraba con los labios entreabiertos, húmedos por los besos, por el deseo. Dominic se detuvo un momento, solo para verla. Para memorizarla. La yema de sus dedos recorrió la curva de su cintura, bajó lento por su muslo desnudo, apretando la carne con esa mezcla de control y necesidad. — Estás temblando… — Murmuró contra su cuello, su voz era fuego contenido. — Pero no me estás deteniendo. — Ella entrecerró los ojos, dejándose hacer. No sabía cómo explicar lo que sentía. No era solo deseo. Era esa sensación maldita de pertenecerle. Sin contratos. Sin promesas. Sin garantías. Solo él. Su nombre. Su voz. Su olor. Dominic bajó

