—Señor, le aseguro que he cuidado a su hija con mi vida. He intentado hacerla feliz. —argumentaba Anuar como sí todo esto le doliera mucho, era horrible ver hasta donde me manipulaba a mí también. —¡Te romperé la cara, infeliz! —Erick se levantó para tomar a Anuar de las solapas de su chamarra de cuero dispuesto a golpearlo, aunque la última vez, en su casa de Cuernavaca eso no estuvo ni cerca de salir bien, según recordaba. Cuando yo llegué con Arath Erick estaba en el suelo, doliéndose el estómago. Mi padre soltó una risa sínica mientras escuchaba al patán de Anuar declarar una sarta de estupideces que no hacían más que enervarme y quererle sacar a patadas de mi departamento. Erick zangoloteaba al patán que para dar una buena impresión fingía estar asustado. La pelirroja se había que

