Después de aquella carrera por el barco, Ana Leticia se sintió agotada. Había sido un día tremendamente largo. Cuando se levantó en la mañana, jamás imaginó que terminaría atrapada en el Invictus. Cuando llegó a la oficina, pensó que todo terminaría rápido: haría unas cuantas preguntas al capitán, desvelaría si tal vez podría ser —o no— un maníaco psicópata homicida, y luego regresaría con esa información a la asociación para terminar su día con un café a la orilla del muelle.
Pero no.
Ahora estaba a cientos de kilómetros de la orilla, incomunicada en un crucero que no tocaría tierra en seis meses. Solo tenía que soportar esas dos semanas antes de que el crucero pasara cerca de aquella isla. Una vez estuviera allá, estaba segura de que podría llamar a alguno de sus amigos para que vinieran por ella. Isaac tenía mucho dinero; estaba segura de que irían a rescatarla. Pero primero debían saber qué era lo que estaba pasando.
Sin más remedio, pasó al camarote del capitán. Ya era muy tarde en la noche, y a pesar de eso, muchos de los turistas pasaban todavía por los pasillos. Era la primera noche de un largo viaje; al parecer nadie quería dormir ni perderse ni un solo momento de su estancia en el crucero. Pero la tripulación, al menos gran parte de ella, ya se disponía a descansar.
Ana abrió la puerta del camarote y se encontró con Gabriel, que estaba de pie, observando el océano a través de la ventana de la habitación. El hombre la miró de reojo; luego le señaló el colchón en el suelo.
—Duerma —le dijo—. Mañana empieza a trabajar.
Ana Leticia lanzó un gran suspiro y se dispuso a ponerse la ropa de dormir que estaba sobre la cama, pero se sintió un tanto incómoda, así que se encerró en el baño para poder cambiarse con más confianza. La pijama era muy corta y ajustada, dejaba poco a la imaginación. Cuando salió a la habitación, se cubrió como pudo.
—Es muy pequeña —le dijo al capitán.
Él comenzó a quitarse la ropa, dándole la espalda. Cuando desprendió su camisa de botones, Ana Leticia pudo ver la piel pálida, marcada por los músculos... por las cicatrices que lo acompañaban. Se apartó un par de veces, incapaz de apartar la mirada de aquellas líneas grisáceas que le marcaban la espalda. Tuvo el impulso de preguntar qué era lo que le había pasado, pero se arrepintió. Parecían puñaladas. Disparos. Cada cosa que conocía del capitán la hacía pensar más y más que realmente era un hombre peligroso.
¿Cómo más pudo haberse hecho todas esas cicatrices? ¿Peleas? ¿La cárcel?
El hombre había estado en la cárcel.
Mientras Ana se metía debajo de las sábanas, pensó que debería haber investigado un poco más al capitán. Pero todo fue tan repentino, tan rápido... ni siquiera su jefe había atinado a hacer algo.
El capitán apagó las luces en silencio, y Ana Leticia lo escuchó respirar. A diferencia de lo que pudo haber imaginado, el sueño no la invadió. Se sintió asustada. Se volvió hacia el capitán y lo observó en la cama. Solo la luz de la luna que entraba por la ventana podía reflejar escasamente su silueta desdibujada: estaba boca arriba, con las manos apoyadas sobre su estómago, que subía y bajaba lentamente.
Y Ana tuvo miedo. Miedo de que el hombre se pusiera de pie en algún momento de la noche, de que la asfixiara hasta la muerte y luego la lanzara por la misma ventana por la que entraba la luz de la luna. Si su tripulación era fiel a él, nadie podría darse cuenta de que ella subió al barco. Podrían deshacerse de su cadáver y nadie en ese barco sabría que estuvo ahí más que la tripulación.
Tal vez estaba dejándose llevar un poco por la paranoia... ¿pero qué más podía hacer? El capitán Gabriel Morales no era un buen hombre. Si lo fuera, no hubiese recibido aquel soborno con una amenaza de muerte.
Así que no pegó un ojo en toda la noche. A pesar de que el cansancio la tenía inmovilizada, permaneció con los ojos abiertos, observando al hombre sobre la cama, temiendo que en cualquier momento se pusiera de pie y la matara. No era la primera vez que tenía que enfrentar algo como eso: hombres que querían matarla. Pero esta vez era diferente. Por alguna extraña razón, se sentía muchísimo más vulnerable.
Pero, a pesar de todo, el cansancio era incontrolable, y se quedó dormida sin darse cuenta.
Cuando despertó en la mañana, abrió los ojos y se encontró con los iris fijos del capitán sobre ella. Estaba sentado en el borde de la cama, observándola fijamente. Ana Leticia dio un salto tremendo en cuanto fue consciente de que se había quedado dormida, como si hubiese muerto en la noche y no se hubiera dado cuenta.
—Tranquila —le dijo el capitán, apretando los labios.
Estaba sentado en el borde de la cama, con un pantalón corto únicamente. Ana notó al fin que su torso no tenía cicatrices como su espalda. Tenía una cintura relativamente estrecha, hombros anchos.
—Tiene una cara horrible —le dijo él.
—¿Está segura que pudo dormir la noche?
—Pues dormí muy poquito —dijo ella, cubriéndose con la cobija hasta el cuello. Pero lo cierto es que dentro del camarote comenzaba a hacer calor, a pesar de que el sol apenas salía por el horizonte.
—Vístase —le dijo él, poniéndose de pie y caminando hacia el baño—. Los baños que están cerca de la piscina deben estar asquerosos esta mañana. Eso es lo que va a tener que hacer durante la mitad del día.
—Ya le dije, tengo estudios y conocimiento. Podría ponerme en un mejor trabajo.
—Yo la voy a poner donde la necesite. Y ahora la necesito limpiando los baños, ¿me entendió? Hasta que encuentre la forma de bajarla de mi barco, soy yo el que manda. Se hace lo que yo ordeno. Y si no le gusta, entonces créame que esta vez no voy a interrumpir la brillante idea que tenía antes de saltar al agua.
—¡Yo no quise quedarme aquí a propósito! —le gritó Ana Leticia con rabia.
Él la miró por sobre el hombro antes de cerrar la puerta del baño.
—Pero aquí está. Y tiene que adaptarse... o no va a sobrevivir.