La historia de Ana no había sido específicamente sencilla, pero tampoco era tan complicada como para no saber cómo lavar un baño. Había sido criada en una de las familias más importantes del país: los Vadell. Su padre era uno de los farmacéuticos más reconocidos del mundo, y a Ana nunca le había faltado nada. Pero siempre había sido una zorra maldita. Incluso ya ahora era capaz de admitirlo. Siempre había actuado según su conveniencia, sin escrúpulos.
Pero la vida le había cobrado con creces su mal actuar.
Nunca fue la hija biológica de sus padres. Había sido intercambiada al nacer. Sus verdaderos padres eran pobres, y habían maltratado terriblemente a la chica que quedó en su familia después del intercambio. Después, ella regresó a cobrar venganza.
Era una historia larga, compleja. Pero Ana Leticia había aprendido mucho de todo lo que le sucedió en esa ocasión.
Y mientras estregaba con más fuerza el retrete que tenía enfrente, pensó en lo que había sido su vida. Había pasado de ser una niñita mimada a ni siquiera saber quién era.
Y cuando uno de sus amigos, el dueño de la empresa de aviación más importante de México, le permitió convertirse en azafata, creyó que tal vez ese era su destino.
Pero pronto descubrió que los cielos no eran tan seguros como pensaba.
La historia se dividía en grandes partes: la parte de la venganza de aquellas chicas que casi los consume a todos; la historia de su redención… o lo que intentó que fuera su redención.
Al final, un psicópata se metió al avión y lo hizo estrellarse con todos a bordo. Ella y su amiga embarazada tuvieron que pilotarlo para hacerlo aterrizar a salvo. Y lo habían logrado. Habían logrado salvar a todos los pasajeros del avión aquella vez.
Pero algo había cambiado dentro de Ana Leticia.
La próxima vez que intentó subir a un avión, un pánico tremendo la mantuvo sujeta al suelo.
Pensó que, ahora, trabajando para la asociación de cruceros, su vida sería más fácil.
Y lo había sido… por unos cuantos meses. Había tenido una vida relativamente tranquila, sin altibajos.
Pero ahora estaba atrapada en un crucero con un capitán asesino que la hacía limpiar retretes.
A pesar de todo, Ana no sabía si lo estaba haciendo bien o no. Dejó el pequeño cubículo como a ella le hubiera gustado encontrarlo y salió.
El calor que azotaba ese día era aterrador. El sol brillaba fuertemente sobre un límpido cielo azul, sin una sola nube que pudiera ayudar a refrescar la ola de calor que azotaba el crucero, que avanzaba a través de las aguas caribeñas.
Ya estaba siendo cerca del mediodía cuando Ana terminó de lavar el último cubículo. Lanzó todas las cosas de aseo en el lugar en que le habían indicado y se quitó los guantes, lanzándolos al suelo. Se sentó, recostada en la pared. Tenía la boca seca. No podía seguir así.
Antes de bajarse en la isla, en la que podría encontrar nuevamente su libertad, tenía que encontrar información sobre el capitán.
No podía ser tan egoísta como la Ana Leticia del pasado: bajarse de ese barco salvando su vida y dejando a los diez mil pasajeros en manos de aquel hombre.
Tenía que ser capaz de alertar a las autoridades y tener las evidencias suficientes para hacerlo.
Así que, cuando llegó al puente de mando —después del almuerzo en el salón de la tripulación, donde por cierto se sentó sola en una esquina mientras todos la observaban con curiosidad— se dirigió al capitán.
—¿Ahora qué hago? —le preguntó.
El hombre se quitó su sombrero mientras apartaba la mirada de una de las pantallas que tenía frente a él en el puente de mando y la observó de los pies a la cabeza.
El uniforme le quedaba un poco estrecho y estaba despeinada y sudada.
Caminó hacia una de las estanterías, tomó un folio lleno de papeles y lo puso sobre sus brazos.
—Lleva esto al almacén —le dijo.
Luego, de uno de los armarios, sacó un mapa y se lo puso casi en la cara.
—Ahí encuentras el almacén —le indicó, señalando un punto en el mapa del barco—. Y después regresa aquí y entrégame de nuevo el mapa.
Ana asintió, salió del puente de mando y caminó por los pasillos.
Le tomó más de una hora atravesar todo el crucero hasta el almacén donde tenía que dejar los papeles.
Cuando abrió la puerta con la llave que le habían dado, resultó que no era más que eso: un almacén viejo lleno de papeles, libros y cosas empolvadas que le hicieron estornudar.
Pero entonces observó el mapa.
Aquello podría servirle mucho.
Entonces sacó su teléfono y le tomó fotografías a cada una de las partes. Y comprobó que en las esquinas de los pasillos había un símbolo extraño.
Y cuando comprendió su significado, entendió lo que eran: las cámaras de seguridad.
Detalladamente, pudo notar que las cámaras cubrían casi toda la superficie del barco.
Entonces corrió nuevamente hacia el puente de mando. Le tomó casi otra hora llegar.
Cuando lo hizo, estaba incluso aún más despeinada y sudada.
—¡Lo tengo! —dijo—. Las cámaras de seguridad. —Le señaló el mapa al capitán.
Gabriel parpadeó un par de veces y le rebotó el mapa.
—¿Qué pasa con eso?
—Las cámaras de seguridad… Puedes ver a la mujer que me amenazó. Tal vez ella misma sea la que mandó el sufragio.
—No creo que valga la pena. Pudo haber sido cualquiera. O tal vez… usted está mintiendo.
El amigo del capitán lanzó un fuerte bufido.
—Bueno, así es como le gustan al capitán: mentirosas y tóxicas.
Todos en el puente de mando comenzaron a reír. Incluso Gabriel sonrió un poco.
Pero Ana Leticia sabía que era algo serio.
Aquella mujer le generaba una desconfianza abrumadora, un miedo profundo.
Había conocido a mujeres como esas en su vida.
Sabía que era del tipo de mujeres que estarían dispuestas a hacer lo que sea por conseguir lo que querían.
—Ella me lo dijo —murmuró Ana, con la voz tensa—. Me dijo que te recordara su último baile… en el muelle de Nápoles.
Y entonces, la leve sonrisa que tenía el capitán se borró abruptamente y fue reemplazada por una expresión de muerte, mientras su cara palidecía.