10.

1123 Palabras
Ana Leticia había comprobado con horror que, en realidad, la mujer que le había dicho esa frase tenía razón. La mirada había cambiado por completo en los ojos del capitán. Su sonrisa se había borrado. El hombre se acercó y la tomó con fuerza por los hombros, y prácticamente la sacudió. —¿Dónde escuchaste eso? Ella se apartó con un poco de violencia. Miró alrededor para comprobar que todos estuvieran cerca, por si el capitán perdía los estribos y la asesinaba ahí mismo. Sabía que no debía tener tales prejuicios, pero ¿acaso el hombre no le había dado motivos para pensar que todas sus acusaciones eran reales? Ahora más que nunca sospechaba que, en efecto, el hombre ocultaba algo. —Ya se lo dije —añadió ella con seguridad—. Le dije que esa mujer me interceptó, me amenazó… me dijo eso. El capitán volteó a mirar hacia donde estaba su amigo. Parecía que ambos entendían lo que significaba aquella frase. —Ok. Veremos las cámaras de seguridad —dijo el capitán, con un poco de impotencia. Salió del puente de mando con paso firme. Ana Leticia se quedó ahí, sin saber muy bien qué hacer, y bajo la atenta mirada del resto de la tripulación, salió del lugar siguiendo al capitán por los pasillos de El Invictus. Las personas paseaban de un lado para otro, maravilladas con la imponente estructura del crucero. Parecían felices en sus vacaciones, y Ana Leticia los compadeció. Pobres almas que no sabían las cosas que pasaban en ese lugar. A lo lejos podía verse la oscuridad de una tormenta que se acercaba, pero no le preocupó mucho. Imaginó que los planes del crucero eran evitarla. Mientras caminaba detrás del capitán, lo observó. Su espalda ancha le hizo recordar todas las cicatrices que había visto en su cuerpo la noche anterior. Se preguntó qué clase de vida había tenido aquel hombre. Con paso decidido, el capitán ignoró a algunos turistas e incluso a algunos miembros de su tripulación que se detuvieron al verlo. Subieron unas estrechas escaleras en forma de caracol y llegaron a un amplio lugar que tenía muchísimas pantallas. Había una chica ahí sentada, observando los monitores mientras comía de una lata de frijoles. En cuanto vio al capitán, se puso de pie y lo saludó, apoyando la mano en su frente. —Capitán —dijo ella, sorprendida. Seguramente el capitán no acostumbraba a ir a esa zona del barco. —Angélica, necesito que busques en las grabaciones de ayer. Tengo que encontrar algo. —Le indicó la hora y el lugar exacto. Ana Leticia se quedó un metro más allá, observando la habitación. Era estrecha, sin ninguna ventana. La única comunicación con el exterior eran una decena de televisores cuyas cámaras vigilaban de cerca a todos los habitantes del crucero. —Sí, ahí —dijo Ana Leticia. Prestó atención a la cámara en el televisor. Pudo verse a sí misma caminando por los pasillos, alterada. Entonces se detuvo, pero la cámara de seguridad lograba captar solamente la mitad de su cuerpo. —Fue ahí —dijo ella, inclinándose—. Ahí ya estaba hablando con ella. Pero la cámara tenía un pequeño vacío, y la mujer que la había amenazado no podía verse en la grabación. Eso la hizo temer. Aquello la hacía lucir como una sospechosa, como una mentirosa. —Ella está ahí. Aunque no puedan verla, ahí está. Gabriel se volvió hacia ella. Se quitó el sombrero y su cabello se sacudió, haciendo que un largo mechón cayera sobre su perlada frente, brillante por el sudor del calor de aquel día. —En nuestra grabación no se ve nada. ¿Por qué me estás mintiendo? Ana Leticia blanqueó los ojos. Estaba cansada de tener esa misma discusión con el hombre. —¡Yo no lo estoy mintiendo! Ya se lo dije: esa mujer me abordó y me dijo eso, que recordara “su baile ese día allá”. —¡Eso es imposible! Esa mujer no puede estar en este barco. Está privada de su libertad, y no recibí ninguna notificación de que hubiera escapado. La única opción que veo para que usted sepa esa información es que me hubiera investigado. Que me hubiera investigado antes de subir al barco. Ana Leticia dio un paso al frente. Sus rostros casi se rozaron, separados apenas por un palmo. Ella pudo percibir el aliento del hombre sobre su frente. —Créame, si me hubiera tomado la molestia de investigarlo antes de subir aquí, no hubiera decidido entregar ese paquete. Ya le dije lo que soy: una simple mensajera que se quedó atrapada. —Pues no le creo. No creo ni una sola de sus palabras. Así que le exijo ahora mismo que me diga de dónde sacó aquella información… o voy a meterla nuevamente a la celda. —Entonces creo que va a tener que dejarme ahí durante el resto del viaje, porque tengo razón. —Capitán —dijo la muchacha, Angélica era que se llamaba, señalando la pantalla—. Puede verse que conversa con alguien en el video. Mire esto. En la imagen pudo verse a Ana Leticia alejándose del lugar. Iba en dirección contraria a otra persona, pero esa otra figura se veía bastante cubierta. Apenas pudo verse un poco de su espalda. —Pero ahí perdí su rastro. Es como si esa persona supiera dónde estaban las cámaras de seguridad. No soy capaz de encontrarla —dijo la muchacha. Gabriel se quedó observando la pantalla por un largo minuto. Luego lanzó un pesado suspiro. —Envía un mensaje al primer oficial —dijo—. Hay alerta roja en el barco. Tenemos un polizón peligroso. Avisen a las autoridades en tierra. Díganles que Ana Leticia tenía razón. Que busquen toda la información que puedan. Luego se volvió hacia Ana Leticia. Estaba claro que ella no esperaba una disculpa. Él seguía sospechando de ella. Y ella seguía sospechando de él. No había podido olvidar la conversación que el hombre había tenido por radio aquella noche. Él ocultaba algo. Pero no podía dar el brazo a torcer. Tal vez tenía la sospecha de que alguien de la Asociación había abordado el barco. Si sospechaba que era ella, tal vez podía tirarla por la borda. Tal vez podía matarla para lograr su cometido. Estaba a punto de decirle algo. Abrió la boca… cuando un fuerte trueno los silenció. —Capitán —le dijo la muchacha sentada frente a las cámaras de seguridad, señalando un televisor donde podía verse perfectamente la oscura tormenta que se cernía sobre ellos—. A pesar de que cambiamos de dirección… la tormenta nos alcanzó. El capitán suspiró profundamente. —Bien… será una larga noche.
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